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lunes, 14 de febrero de 2011

Valor de ley - Joel y Ethan Coen

Los Coen construyen un western magnífico tirando de sus elementos típicos: del humor que les caracteriza, del uso de la violencia negra sin contemplaciones, de los personajes retorcidos y carismáticos, de unos hermosos paisajes naturales y un reparto excelente hasta la náusea; una historia de venganza y sangre en el salvaje oeste.


 Contando que los protas son, a mi modesto entender, Bridges y Steinfield, que el nombre de ésta no aparezca en grande en el cartel, me parece extraño e inquietante.


La película parte de puntos buenos: de un Jeff Bridges colosal, de un Matt Damon cumplidor y gracioso como llevaba tiempo sin ver y, además, bienvenida sea, de una Hailee Steinfield absolutamente sorprendente. Una gran actriz, la verdad; aunque su doblaje castellano fuese, creo, infame; una voz plana, sin ningún tipo de alteración, sin sentimiento y sin modulación.

La historia es, ante todo, sencilla. Quizá previsible, tal vez un guiño a los western clásicos, con villanos malvados, héroes molones con un toque canalla y una historia clara y sin medias tintas. Es esa sencillez, además, la que permite a los hermanos no detenerse en zarandajas. La historia tiene un ritmo palpitante, sano; entre unas escenas hermosas de grabación cuidada, actuaciones sobresalientes y violencia despiadada.



Los paisajes amplios, vacíos, rojos. El lecho del río brillante, los altos y los valles. Los árboles. El refugio perdido, la casita dejada de la mano de Dios. Los caballos. Toda la imagen es fuerte y cuidada, todo transmite el aire de una vieja película del oeste.

El resto es obra de los hermanos, esa gracia natural que parecen tener para contar historia y, quizá, ese talento innato para conseguir que Bridges cree un símbolo, tal y como ya hizo con El Nota hace unos años. Rooster es más que su personaje, es esa bravura casi vacía, esa chulería de héroe de los 70. Rooster es todos y cada uno de los vengadores de película, un tipo oscuro, dado al alcohol, respondón y chulesco pero de buen, aunque ajado, corazón. La niña es, en cambio, el pilar sorprendente. Un personaje femenino fuerte, arrojado, capaz, a la altura —como personaje— del propio Rooster.



Destacar, ya aparte, algunas escenas en concreto. Alguno de los tiroteos, por supuesto, no podría faltar; me quedo con la carga final y el hombre que cae contra el peñasco. Una escena sencilla y dura sin tener que mostrar nada; la sencilla cabalgada a contraluz, con el Sol de fondo, de lado a lado de una cámara estática, la muerte del padre de Mattie que sumerge rápidamente en el ambiente de la película, la escena en la que Mattie va a despertar a Rooster en el antro en el que vive y toda la escena del refugio. ¡Qué talento tienen los Coen para firmar una escena y que parezca dorada por el fuego!



Por último destacar la fugaz pero magnífica actuación de Barry Pepper como líder del grupillo de villanos de dientes malformados y aspecto malencarado y repugnante.

Nota: 8,5. Una película que hará las delicias de los aficionados a los western y que dejará satisfecho al más exquisito gourmet pese a los puntos en los que no brilla. No es una historia enrevesada, no es una sucesión de inesperados giros y requiebros; es una sencilla y elegante historia de venganza y muerte, un canto a la violencia y al lado más salvaje de las personas.

De los Coen he comentado previamente:
Quemar después de leer.


Otras candidatas a los Oscar 2010:
Cisne negro.
El discurso del rey.
Valor de ley.
Toy Story 3.
127 horas.