lunes 9 de noviembre de 2009

Lisboa

Ayer, día 8 de Noviembre, el grupo alemán Rammstein tocaba en el Pavilhao Atlantico de Lisboa y yo, en la mejor compañía posible, estaba allí para disfrutar del espectáculo.


Día 6


Salimos en autobús a las 12:00 de la estación de autobuses de Vigo, con lluvia despidiéndonos en nuestra partida y llegamos a la parada del centro de Lisboa a las 20:20 (hora española). En esas casi ocho horas y media pasaron muchas cosas:

- Paramos en casi todos los pueblos de más de mil habitantes que había en el camino.
- Portugal nos recibió con la luz del Sol, Lisboa no.
- El viaje resultó agotador, en un autobús atestado en el que escaseaba el oxígeno y sobraba la ropa. Y no en el buen sentido de la palabra. Demasiada gente, demasiado calor.
- Encontramos los baños más sucios de los que he tenido noticia. En uno de los múltiples pueblos anteriormente referenciados. La descripción fue simultánea: "los baños eran un agujero infecto".
- Paro, porque si no voy a redactar un post eterno y no creo que os interese tanto, mis amables y queridos lectores.

Lisboa:
Lisboa nos recibió con lluvia y un atasco. Era casi como entrar en Vigo y coger a los citroneros en la salida de la circunvalación ahora que hay obras. Estábamos en el autobús, tras ocho horas de viaje, y solo queríamos llegar a la estación, salir al aire libre y que todo terminase. Los últimos 40 minutos fueron, realmente, eternos. Cuando al fin bajamos del autobús, estábamos felizmente al lado de una estación de metro. El metro, contra todo pronóstico, resultaba bastante poco intuitivo, con unas tarjetas de cartón semirrígido con las que se acariciaba algún tipo de sensor (que a mí me falló varias veces y, por lo que vi, le fallaba a más gente; punto para el Metro de Madrid). He de decir, en defensa del Metro de Lisboa, que sus estaciones son mucho más originales, variadas y bonitas, con especial mención a la estación de Olaias, que es tirando a friki, de apariencia más o menos steampunk. Preciosa, sencillamente preciosa.




El hotel Flamingos, en la calle Castillo, resultó ser un lugar agradable, a pesar de lo poco que nos gustó la posición del dormitorio respecto al plano general del edificio (demasiado cerca de los ascensores), pero el ruido no era notable y la amabilidad y simpatía de los recepcionistas, lo rico del café hizo el resto. Por lo demás, las tuberías olían un poco y el zumo estaba aguado. Pero para pasarse solo a dormir, estaba bien y era razonablemente barato.



Día 7:

Ese día, nos levantamos más o menos temprano, desayunamos y nos dirigimos al Castillo de San Jorge. Dicho Castillo estaba un poco lejos, el adoquinado lisboeta está bastante mal dispuesto y mis pies se resintieron del largo paseo cuesta arriba.

El castillo en sí... no es que fuera feo. Bueno, vale, no era feo en absoluto; el problema era en que, prácticamente, no había nada que mirar. Se puede subir a las murallas, a las torres, ver las garitas... y ya está; no es como el castillo de Soutomaior, por ejemplo, donde hay bastante más que ver. Alejado, mal comunicado y decepcionante.

Después, aunque pensábamos visitar el museo Gulbenkian, decidimos pasar por el Jardín Botánico y nos encontramos con el pastel: museo de la ciencia, museo de historia natural y jardín botánica. Y allá fuimos.

- El museo de la ciencia era un laboratorio antiguo y una clase, también antigua, con asientos en U invertida. Bonito, aunque, en mi opinión, poco interesante.
- El museo de historia natural era divertido, ameno, bonito y digno sin tener un gran material: estaba bien expuesto y jugaba muy bien con el interés del visitante.
- El Jardín botánico estaba horrible. Los cristales del invernadero rotos, las placas de identificación herrumbrosas, las vallas caídas y oxidadas... Salvo por el Ficus sp. de la entrada (no era una higuera común, por si lo estáis pensando) y un gato muy gordo, el jardín botánico no aportó nada realmente interesante.

En este momento llevábamos horas de paseo casi ininterrumpido y el cansancio y la necesidad de estar operativos al día siguiente nos llevaron de vuelta al hotel.


Día 8:

En primer lugar fuimos a la torre de Belén, en tranvía. Nunca había pisado un tranvía, y el hecho de que nos bajasen a medio camino por fallo eléctrico del vehículo, no mejoró mi opinión sobre ellos.

La torre en cuestión era preciosa. Su figura externa clamaba poderosamente a los cielos, una elegante estructura de piedra blanquecina llena de almenas y matacanes. El defecto fue la cantidad de gente que la visitaba (aunque, seguramente, el hecho de que fuera domingo influyó terriblemente): muchos de los accesos eran del ancho de una persona y todo se dificultaba y se ralentizaba.

Al salir de allí fuimos a Pasteis de Belem, una pastelería archiconocida en la que cogimos unos cuantos, para probar. Aprobados. Su fama es totalmente merecida. Así de simple. Id y consumid, golosos míos. No os arrepentiréis.

Luego, con una larga caminata por insistencia mía (me arrepentí de no haber hecho la sugerencia de mi querida compañera de viaje) fuimos hasta el museo Gulbenkian, por recomendación de un amigo. Lo cierto es que el museo era raro, muy raro; había una serie de artilugios mecánicos motorizados bastante peculiares, una sala negra con cables que la cruzaban y que nos recordó a las peligrosas estancias de Cube, aunque la sensación general era que aquel arte era demasiado contemporáneo para mi gusto. Puede que las horas de paseo de aquel día y del día anterior influyesen en mi visión de este hecho.

Después tuvimos un par de horas de descanso en el hotel y después fuimos al concierto, del que comentaré en otra entrada.


Día 9:

El autobús salió de Lisboa a las 7:30, hora portuguesa. Llegamos a Vigo a las 17:00 hora española. Otro maratón de bus. Vigo nos recibía con una leve lluvia y con un poco de frío, como Galicia suele recibir a sus invitados (o eso dicen).

Más allá de la línea

Burhum:

El viaje junto al elfo fue tranquilo. Sin sobresaltos. Llevábamos un ritmo cómodo y nuestra mayor preocupación era cómo distribuir las guardias de la única, según los cálculos del elfo noche de camino. Finalmente decidimos a cargo a tres de los hombres de armas, hicimos una pequeña hoguera y nos entregamos al sueño. Ber, igual que había hecho durante todo el día, y tal como haría al día siguiente, conversó hasta tarde con Úlvien.

Y la noche transcurrió tranquila y el día nos despertó con el resto del camino por delante. Marchamos a un ritmo tranquilo como el día anterior y pasada la media tarde alcanzamos a ver unas tiendas de piel sustentadas en ramas y finos troncos.

- No pierden el tiempo, no… nosotros deambulando y estos ya tienen un poblado y casitas… – comentó alguien.

La verdad es que me molestó bastante ese comentario. ¡Joder! Habíamos hablado sobre qué hacíamos o qué dejábamos de hacer y nadie puso grandes pegas a seguir el curso del río hacia la costa, y sin embargo ahora ya aprovechaban para criticar la toma de decisiones.

Nos acercamos, pues, a dicho campamento. Allí, los elfos, aquellas criaturas altas, delgadas y de cabellos dorados nos examinaron. El tuerto que iba con nosotros se adelantó y levantó los brazos y comenzó a hablar en una lengua suave, llena de eles y un suave ceceo.

Ber y uno de los elfos que se acercaron a nosotros intercambiaron palabras y gestos. A decir verdad, Ber manifestaba una facilidad inusitada para aprender cosas y me sentí contento de tener a alguien así en el grupo. Lo necesitábamos.

Unos elfos se nos acercaron con unos grandes felinos y nos los ofrecieron y luego, señalándolos previamente, se llevaron las manos a la boca. El elfo tuerto hizo unos comentarios, los otros se miraron unos instantes y contestaron algo, tras lo cual repitieron los signos. Ber y yo fuimos los primeros en inclinarnos sobre los felinos y morderles. La sangre era dulce y bastante líquida, y algo más caliente de lo que consideraba normal. Bajó fresca y deliciosa y, cuando nos levantamos, Ber musitó, según descubrí luego, unas palabras de agradecimiento en élfico por parte de ambos.

Luego, el tuerto se fue con uno de ellos que vestía una larga túnica verde llena de estirados símbolos blancos y yo me quedé con los míos. Alai se comunicaba, o lo intentaba, con algunos elfos mientras Ber hablaba con cierta torpeza. Los elfos se reían. Nos recibían bien y con cordialidad, era evidente.

Y ésa fue nuestra primera buena noticia en aquella tierra extraña.

Tarik:

Aquellos días pasaron en completa calma. Pudiera ser que esperásemos hasta seis soles, así que mucha gente intentó acomodarse. Arrancaron hojas, hierbas y se tendieron sobre ellas. No era difícil encontrar alimento y todas las mañanas, otros exploradores y yo salíamos y hacíamos una pequeña batida para conseguirlo… aunque yo solía demorarme un poco más y explorar los alrededores. Fue así, cuando uno de los días, el cuarto o el quinto, lo vi.

Era ridículo, pero allí estaba, entre los árboles, pastando con tranquilidad. Me miró un instante y siguió comiendo. Miré al unicornio, contemplé todavía sorprendida a aquel ser de leyenda y empecé a acercarme con mucha tranquilidad hacia él. Levantó la cabeza y asistió indiferente a mi lento acercar.

- Tranquilo… tranquilo, unicornio – le susurré con voz suave.

«No creo que tenga mucho que temer de ti, ¿qué tal si te acercas de una vez?», oí perfectamente.

Miré al unicornio un instante y luego paseé la vista entre los árboles. Alguien me estaba jugando un truco de ilusión, era evidente. Dudé un instante intentando localizar un atisbo de magia, algo. Intenté percibir las mentes cercanas…

«¿Qué se supone que haces? Estamos solos, y te estoy hablando…».

- ¿Eres tú? – le pregunté al unicornio.

«Claro que soy yo».

- ¿Cómo es posible que hables?

«Por favor, soy una divinidad protectora de este bosque. Faltaría más…».

Lo miré atónita, sin saber muy bien qué decirle. Estaba ya junto a él y tendí mi mano, no pareció asustarse, me miraba, miraba la mano. Lo acaricié.

- ¿Cuántos sois… como tú?

«Uno en cada bosque, protegiendo, cuidándolos».

- Entonces nunca…

«Cuando debemos hacerlo, nos reunimos. A ver, somos divinidades protectoras, ¿qué dificultad tiene saber cuándo y dónde hemos de reunirnos?»

Lo llevé hasta los míos, nadie daba crédito, pero allí estaba, indudablemente. Un unicornio. Hablamos durante un rato y vimos llegar a nuestros compañeros. En un principio no le dije a nadie que el unicornio hablase, ya había locos declarados por creer en naves como hojas de metal que venían del cielo, no crearía nuevas polémicas.

Nuestros compañeros, Burhum entre ellos, insistieron en que nos moviésemos hasta donde estaban los elfos, que se habían portado de forma muy amable, que ya estaba levantando pequeñas tiendas. En realidad había muchas razones para que intentásemos llevarnos bien con unos vecinos amables, tras todo lo vivido en Tilangibén; así que se convenció a la gente sin gran esfuerzo y todos nos dirigimos hacia allí. El unicornio vino con nosotros. Lo cierto es que el pueblo era llamativo, los elfos tenían una extraña forma de vivir, casi indiferentes a lo que sucedía alrededor. Bebían agua, comían carne y no dormían, pero parecían comprender perfectamente que nosotros hiciésemos otras cosas. Resultaba muy extraño, a decir verdad. Casi tanto como que Úlvien tuviese un ojo nuevo, azul, muy distinto del otro, que era verde, de tonos esmeralda.

Fue allí, en una de mis exploraciones matutinas cuando se me ocurrió la pregunta.

- Sabes… ¿todo lo que hay en tu bosque?

«Claro, es mi bosque, me encargo de cuidarlo y vigilarlo».

- ¿Has visto a alguien como yo, a uno… solo?

«Claro, sube».

- ¿Podrías agacharte un poco?

«Soy una presencia divina que protege el bosque, eres tú la que se debería agachar ante mí. Ayúdate con un árbol o como tú prefieras, pero no voy a agacharme».

Lo observé un poco contrariada y luego, decidida, me subí con gran esfuerzo a su lomo ayudada en la lisa y blancuzca corteza de un extraño árbol.

«¿Te llevo hasta allí?»

Y, tras eso, el unicornio comenzó a adentrarse en el bosque, los árboles quedaban atrás muy rápido aunque casi milagrosamente ninguna rama me azotaba sin piedad, ni él tropezaba. Se movía como solo una presencia divina puede hacerlo, estaba en su lugar. Todo encajaba, todo funcionaba.

Cabalgó durante horas, hacia el este, siempre hacia el este. Se alejó del río y, finalmente, lo vi. El cadáver estaba bastante destrozado, devorado por quién sabe cuántas alimañas distintas. No quedaba gran cosa, aunque la estructura ósea era totalmente reconocible. Ni siquiera me bajé del unicornio. Examiné la escena desde arriba y vi rastros de sangre, huellas, ramas rotas…algo grande se había alejado de allí, hacia el noreste. Montaña arriba. El unicornio me llevó hasta el final de la línea de árboles.

«Más allá de esta línea no es mi reino – informó –, si sigues, será solo».

Acordé con él que me esperase allí, junto a la línea de árboles. Me acercaría hasta una gruta cercana que se apreciaba desde allí y a donde llevaban las huellas, examinaría el lugar y volvería. Me bajé del unicornio y empecé a subir hacia la pequeña cueva. Vi que junto a la entrada se acumulaban rocas de gran tamaño. Si vivía alguien dentro, era alguien fuerte. Seguí acercándome hasta que, de pronto, el habitante atravesó el umbral y me miró. Era una enorme criatura con unos tentáculos que pendían desde la parte inferior de una cabeza muy circular con dos enormes ojos muy blancos en los que solo contrastaba una pupila completamente negra.

Me señaló y luego hizo unos gestos despectivos, alejando la mano de sí mismo, como diciendo: «márchate». Vacilé. Repitió el movimiento. Di un paso adelante, hacia él; él cogió una de las grandes rocas. Interpreté todo lo que había que interpretar y empecé a alejarme. Estaba llegando a la línea del bosque cuando me giré de nuevo para verlo, tal vez a esta distancia no le pareciese un peligro. Le vi lanzar la piedra con todas sus fuerzas. Salté tras la línea de árboles y corrí hacia el unicornio quien, asustado, se había agachado para que me subiese rápido y nos fuésemos. No sé cómo atinó con la segunda roca, a través del mar de árboles, pero sé que la vi en el aire, volando directamente hacia nosotros, me giré para tirarme del unicornio y me di cuenta de que no me daría tiempo. Puse el brazo y, presa de un dolor atroz, noté como el codo reventaba en mil pedazos justo antes de caer al suelo y llenarme de hematomas y contusiones.

Desde el suelo vi al unicornio, arrastrarse herido en los cuartos traseros. Me arrastré como pude sobre la hierba y la sangre, hasta que algo me arrastró y empezó a sacarme de allí.

«Venga, vamos, vamos».

- ¿Cómo…? ¿Cómo lo has hecho?

«Soy una presencia divina protectora del bosque, qué menos…»

- ¿Podrías curarme? – pregunté.

«Claro, pero no será agradable, hay poco que hacer con ese amasijo de huesos rotos».

Y sentí como mi brazo empezaba a deshacerse, como mis huesos se reducían a una pulpa blanca justo antes de ser incapaz de mirar. El dolor era más intenso que antes, y al rato noté cómo el brazo iba ganando masa, cómo se iba cubriendo de músculo y tendones otra vez. Y seguía doliendo. Cuando terminó, mi brazo tenía un tono de piel rosado, blando…

- ¿Podrías curarme el otro brazo?

«Necesitaría otro brazo izquierdo, aunque solo fuesen los huesos».

Y pensé en el cadáver que habíamos visto, pero poco había aprovechable en aquel cuerpo.

- No pasa nada – le dije con amabilidad.

Y él se agachó, me encaramé y me llevó al poblado.

domingo 8 de noviembre de 2009

Kenya

Vía Lu!

sábado 7 de noviembre de 2009

Hazte industrial



Grande, como tantas otras coñas ingenieriles. Lo cierto es que siempre me ha sorprendido la recurrencia de los ingenieros al terreno humorístico.

Ducha

El agua caía caliente y las paredes comenzaban a condensarse. Se llevaba sus pecados. El agua casi hirviente saliendo del cabezal de la ducha era agua bendita; el vapor de agua era Dios, elevándose etéreo e intangible. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que corriese por su pelo, como las juguetonas manos de una mujer; que lo empapase, que le lamiese los hombros, la espalda y las piernas, antes de abandonarlo.

La mampara era la cortina de humo, el mundo a su través se veía alterado, tergiversado, como el que se ve a través del prisma de las personas. Un mundo lleno de mentiras, traiciones, dobles juegos, puñaladas por la espalda... un mundo dirigido y creado por personas, débiles y temerosas de que los demás descubran quiénes son en realidad. Un mundo de cazadores y presas. Un mundo muy poco diferente de de las hienas, del de los leones o del de cualquier otro predador. El ser humano empezaría como carroñero-recolector, pero, sin duda alguna, había acabado predando y eso no podía dejar de marcar a la especie, al individuo. Y, por ello, dejó que el agua se llevase sus males y enjuagase la sangre de siglos de predación y mentiras.

viernes 6 de noviembre de 2009

Comunicado sobre La dama del lago

La dama del lago es la séptima y última obra de la saga de Geralt de Rivia, el brujo albino. En un pequeño mensaje en el foro de la editorial, comunican que tras la larga, larguísima espera de los aficionados a la saga, han decidido publicar la obra en dos tomos, y que uno saldrá a finales de este mes, el día 24.

Os dejo el comunicado, que encontré ya en varias páginas, aunque mi primera referencia se debe a Artemis2, de Nación Rolera, que siempre está al tanto de todo:

"Buenas

Como ya se sabe, _La dama del lago 1_ de Andrzej Sapkowski estará a la venta el próximo día 24 de noviembre. El motivo de la división del libro es muy sencillo: es lo que hay traducido, y a sugerencia del propio autor hemos decidido publicarlo en dos partes cuya estructura argumental no queda colgada. Entendemos que haya gente que no esté de acuerdo con esta decisión, y por supuesto tomamos nota. Pero ante la situación de espera producida por la tardanza de la traducción, hemos pensado que era preferible adelantar la parte traducida, que es lectura tan autónoma como las anteriores entregas de la Saga de Geralt de Rivia.

No hay fecha todavía para el segundo volumen, ni la podrá haber hasta que no recibamos la traducción.

El precio es el mismo que el de cualquier otro libro de 256 páginas de nuestra editorial.


Un saludo
Daniel Gonzalo"

jueves 5 de noviembre de 2009

Ausencia

Mañana, día 6 de Octubre del año 2009 de nuestro Señor, me dirijo a tierras lusas. Dado que no llevaré mi bien querido portátil desde el que casi a diario me dirijo a vosotros, amables lectores, no esperen mensaje alguno hasta el día 9 de Octubre hacia la noche o, incluso, hasta el 10 de Octubre, cuando tendrán un comentario sobre el concierto de Rammstein que tendrá lugar el día 8 en la capital portuguesa.

Tengan un muy buen fin de semana.

P.D.: si se actualiza este blog en mi ausencia, es que me he sentido muy inspirado hoy y he dejado mensajes programados, que nunca se sabe. Pero lo dudo.

Una de viñetas

Visito varias páginas con viñetas... bastantes, de hecho. No quiero que internet me desanime por las mañanas, así que visito varios blogs humorísticos, algunos de humor bastante ácido, y, al menos, me sacan una sonrisilla. Hoy, una recopilación.








Wulffmorgenthaler:




Palomitas y maíz:






Andy Riley:


Cyanide and happiness:




XKCD:


Runtime error:



No sé de quién es:

miércoles 4 de noviembre de 2009

Guitarrista manco



Vía Cris, cuya búsqueda para encontrarlo desconozco.

El elfo

Alai:

Estaba en mi turno de guardia, la segunda. El tiempo pasaba lentamente al calor que despedía la hoguera. Era el segundo día, la segunda noche, más bien, y parecía una noche tranquila. Sólo el crepitar del fuego y los quejidos de la leña interrumpían el pacífico silencio. Allí, tan lejos de casa que ni siquiera nuestros dioses se dignaban a contemplarnos desde lo alto, tal y como había destacado la madre Nuala cuando habíamos discutido sobre qué hacer, aquel silencio era portador de calma, de mansa tranquilidad y parecía inspirar seguridad.

Y con ese tranquilo silencio fue pasando el tiempo hasta que el crujido de unas ramas llamó mi atención y me quitó de mi soporífero ensimismamiento y me puso alerta. Me levanté casi de un salto y, no sé por qué, corrí hacia el sonido, alejándome de la fuente de luz. «El sonido ha sido muy cerca – pensé – no puedo dejarlo huir». En última instancia, con un solo grito despertaría a casi todos los míos.

Allí, entre las sombras, reconocí una figura que se alejaba tan torpemente como yo intentaba darle alcance, medio corriendo, medio tropezando entre las ramas y las hojas. Con todo, la figura me iba sacando más y más terreno. Parecía una persecución eterna aunque, probablemente no llevásemos más que unos instantes pero tocó a su fin con el ruido de un golpe y un grito atroz, desgarrador. Me acerqué hasta la caída figura y le di la vuelta, se tapaba el rostro con las manos y gritaba. Entre los dedos que apretujaba contra la cara manaba sangre, mucha sangre. Caliente, fresca, deliciosa sangre, aunque mezclada con algo más. Reprimí el hambre y cargué con él hasta el campamento, lo dejé cerca de la hoguera y fui a avisar a Burhum mientras la figura, que a la luz de la hoguera resultó ser una extraña criatura con la cabeza cubierta de un largo cabello rubio y unas extrañas orejas puntiagudas. Lo cierto es que era bastante monstruoso, pero el hecho de que estuviera llorando lo hacía parecer más patético que otra cosa.

- Burhum – lo llamé – Burhum, despierta.

Burhum se despertó perezosamente.

- ¿Qué pasa? ¿Qué quieres?

- He encontrado algo.

Burhum observó con más interés.

- Escuché un ruido y corrí detrás de él y… bueno, es un… ser con brazos y piernas, ágil y… con la cabeza cubierta de pelo.

- Un dorano.

- No, no es un dorano. Es… no sé qué es, pero no es un dorano.

Y salieron a contemplar al ser que se retorcía de dolor junto a la hoguera mientras seguía manando aquel líquido sanguinolento.

- Deberíamos atarlo.

- Por favor, Burhum, míralo: está llorando. ¿Te parece un sujeto peligroso?

Burhum miró al herido y luego miró a Alai. Resopló.

- Por los dioses, ve a llamar a Ber y que le dé algo para calmar el dolor.

Un líder no debe mostrar cobardía.

Ber:

Me llamó Alai, no sé qué hora era. Había alguien herido. Me acababa de despertar y no me enteré muy bien de qué pasaba. Recuerdo que me dijo “tiene pelo”, pero pensé que se refería al causante del daño. Es muy poco común que un cottar atienda a una criatura con pelo. Me levanté a toda prisa y reuní mis plantas, incluidas las que había cogido por el camino, y seguí a Alai. Me llevó junto a la hoguera. El campamento seguía en silencio, pues a excepción de Burhum, Alai y yo, no había nadie despierto.

Me acerqué al herido y le aparté las manos. Se había reventado el ojo con algo punzante y sucio, seguramente una rama o un saliente de roca. Tenía marcas y arañazos por toda la cara, lo que podía confirmar el latigazo de las ramas. Alai me puso al tanto mientras hervíamos agua, puse todo lo que me quedaba de duermeniños y se lo ofrecí, tal vez no se durmiese, pero le quitaría el dolor, era todo cuánto estaba en mi mano.

- ¿Qué vas a hacer? – preguntó Alai.

- Voy a limpiar la cuenca para retirar lo que haya quedado de ojo y luego intentaremos que deje de sangrar y taparemos la herida.

Y allí, al calor de la lumbre, con el herido inconsciente por las drogas, lo atendí lo mejor que pude, con los medios de los que disponía.

Alai estuvo al lado del herido hasta que se despertó Burhum otra vez e intercambiaron puestos. Recién empezada la mañana, ella se fue a dormir. Yo me acababa de levantar y contemplé al sujeto con fascinación.

- Es como una de esas criaturas de los cuentos – dijo alguien.

Y tenía razón. Era una criatura de cuento, con pelo largo, del color del sol, nariz afilada y rasgos muy suaves. Bello a su manera, aunque muy diferente a un cottar. Mientras lo observaba, Ber, el sabio, intentaba hablar con él por señas. Ber se señaló a sí mismo y dijo: «Ber». El otro, haciendo lo mismo, respondió: «elfo». “Se llama elfo, se llama elfo” dijeron unas cuantas voces medio cuchicheadas entre el gentío que estaba mirando. Ber se señaló a sí mismo, señaló a más de los suyos y dijo: «cottar». El elfo se señaló a sí mismo y dijo: «Úlvien» y luego, señalándose a sí mismo y haciendo un gesto alrededor, añadió: «elfo». Ber señaló a la muchedumbre cottar y luego hizo un gesto amplio, abarcando el espacio dónde se encontraban. Luego preguntó: «¿elfo?». Y el tal Úlvien, demostrando cierta comprensión, señaló el sol, levantó dos dedos, y luego marcó una dirección con la otra mano.

- Creo que su pueblo está a dos días en esa dirección – dijo Ber.

- Deberíamos llevarlo – dijo alguien.

Hubo quién se opuso, hubo quién no, pero al final un grupo armado compuesto por los cuatro guerreros del pueblo, por Ber, Alai y Luna se dirigieron al suroeste con el elfo. Y yo, por petición de Burhum, me quedé a cargo del pueblo

- ¿Y si os pasa algo?

- Esperaréis siete días. Si nos retrasamos más, seguiréis vuestro camino río abajo sin mirar atrás.

- Pero…

- Además, ¿qué nos va a pasar? Va Alai con nosotros – dijo en tono bromista –, la primera vez que echa a correr detrás de alguien y ese alguien corre hasta perder un ojo. Estaremos bien.

Un líder nunca debe mostrar temor. Burhum seguía aquella máxima a rajatabla. Aunque Aruala creyó ver un brillo de duda en lo profundo de la oscuridad de aquellos ojos.

- Suerte, Burhum.

- Suerte para ti, Aruala.

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Si Ber o Alai consideran que no habrían dicho/hecho/expuesto las cosas de ese modo, aceptaré los cambios que me digan.