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domingo, 28 de junio de 2009

[Brujo] Robo de almas

Ya no recordaba cuántos de sus compañeros habían muerto. Era una vida dura. La mayoría no soportaban el entrenamiento sobreespecífico. La leyenda decía que sobrevivía uno de cada veinte niños, pero era mentira: sobrevivía alguno más.

Muchos podrían pensar que esto demostraba un gran despilfarro de recursos. La Orden necesitaba a los huérfanos y niños abandonados o donados para seguir vigente y funcional. El hecho de que tantos muriesen en el proceso de formación parecía jugar totalmente en contra. No obstante, con los niños que no morían, y que acababan su entrenamiento físico sobreespecífico, se llevaba a cabo otro entrenamiento. Este era el entrenamiento de la Demonología.

La Demonología es el arte de controlar a los demonios. Es un entrenamiento duro, tanto, casi, como el anterior y, a decir verdad, quienes no soportaron el primero tendrían muy poco que hacer en el segundo.

Todavía podía recordar cómo se remataba a los condenados a muerte de los reinos vecinos para que los aprendices de demonología tuvieran algún alma que extraer e incluso, a veces, a enfermos terminales que pedían una muerte digna, bajo el filo de acero de una espada, como morían los valientes. Para un aprendez no era tan fácil matar a un blanco que se defendía; ni a los brujos les gustaba matar porque sí. Con esta solución tanto los brujos como los reinos circundantes quedaron conformes, que se libraban de un trabajo que casi nadie quería hacer, mientras los aprendices podían extraerles el alma.

Cuando un alma era arrancada del ser al que pertenecía, todos los presentes notaban un escalofrío que nacía en las vértebras lumbares y los recorría hacia arriba. El mundo perdía su color y su vitalidad durante una mínima fracción de segundo y todos, absolutamente todos los que estaba allí, sentían que acababa de suceder algo horrible. Los aprendices de brujo también. Era normal que en las primeras ocasiones sufriesen mareos, o les doliese la parte del cuerpo que había recibido el alma. También era común que sufriesen pesadillas los primeros días, que vomitasen la comida o que se sintieran ligeramente deprimidos, alienados. Todo aquello, por suerte, remitía tras la tercera o la cuarta extracción y, llegados a este punto, lo normal era no volver a hacerlo hasta que uno salía a valerse por sí mismo al mundo más allá de la Gran Montaña.

De esas almas que había utilizado para practicar extracciones, se las llevaba todas salvo las que hubiera usado para dar forma a su demonio... aunque esa ya es otra historia. Él nunca esperó salir sin almas de la montaña. El Gran Maestro, en un alarde de tacto, le dijo con suma sencillez:

- Esas cosas pasan, pupilo.


Se regala gatito

Un amigo mío se ha topado con una cría de este bello y maravilloso animal. Es de color negro, muy pequeño. Es manso y cariñoso. Si hay algún interesado, por favor, contactad con él aquí.

Tranquilidad

Fuera suena el repiqueteo de las gotas de lluvia, un rumor de fondo, ruido. Liberación. En cama, tirado, con los ojos cerrados, a oscuras, el ruido da un aire a mar, a libertad, a paz. Una guitarra eléctrica con efectos claros y con eco empieza a resonar, aguda, lenta y melancólica, como las gotas al romper en pedazos. Desde la cama todo se antoja ligeramente ajeno, distante, a mundos de distancia, a años luz. Es un misterio porque se deja oír algo tan distante. Voz y bajo, la lluvia arrecia, supongo que para hacerse oír. Un trueno, quizá la batería o un acorde fuerte. Las gotas siguen su rumbo suicida, la guitarra parece una caja de música, por debajo hay otra que se confunde con los demás instrumentos, como las gotas entre sí.

Todo es lluvia. Todo se confunde. Ritmos, ruidos, silencio, tranquilidad, dentro, fuera, distancia...

sábado, 27 de junio de 2009

[Brujo] Hipersensibilidad

Un brujo no percibe el mundo como el resto de sus conespecíficos. Un brujo percibe más. Percibe mejor. Un brujo no oye el ruido del viento, un brujo lo escucha y lo entiende. Ésa es la máxima. El proceso comienza una tarde, mucho antes del entrenamiento en oscuridad. Uno de los Maestros reúne a los pupilos y les pregunta: "¿Qué os dice el viento?" o "¿Qué nos dice este calor tan impropio de estas fechas?" o quizá "¿qué nos dice ese bosque calcinado?". Y los pupilos, responden, casi siempre equivocadamente. No tiene mayor importancia. Esas preguntas se hacen para obligarles a prestar atención a los mensajes que los rodean. A decir verdad, todo a lo que nos acostumbramos en exceso se cubre de un aura de inutilidad. Nada que nos pueda ser útil nos rodea permanentemente, parece decirnos el instinto. A los pupilos se les llama la atención sobre este hecho antes de que su instinto se elimine totalmente, tienen que darse cuenta, tienen que valorar toda la información que tienen, incluida la que los rodea siempre: el aire, la lluvia, la tierra, la vegetación, los olores, todo.

En muchas ocasiones el viento arrastra los olores hasta kilómetros de distancia, o un ruido puede oírse a una distancia increíble adaptando el oído a unas determinadas frecuencias. Uno podría notar la falta de oxígeno en el aire si interpreta correctamente la información de sus pulmones o notar lo extraño que se mueve una pieza de ropa bajo la que se oculta algo. Un brujo tiene que tener todo eso en consideración a la hora de modificar sobre la marcha uno de sus planes.

Y allí, bajo las preguntas del tranquilo maestro y entre la enorme variedad de respuestas, los aprendices crecían, y se hacían brujos.

Tiempo después, un tiempo enormemente variable según especies y aptitudes, los aprendices se entrenaban a oscuras, en completa oscuridad. Y cuando ya habían sido capaces de modificar sus órganos con tiempo y con el poder de su propia voluntad, las inocentes preguntas empezaban a exigir respuestas claras y concisas, y razones. La firme educación basada en el Código guiaba a los brujos en su vida y pensamientos, les daba un sendero que seguir, un sendero oscuro y serpenteante que conducía a una verdad lúgubre y, en general, funesta. Los brujos tenían cierta tendencia a conducir cualquier hilo de pensamiento a la muerte, que es un concepto muy similar a la vida. La vida y la muerte son el mismo concepto, pero los brujos mataban y enfocaban este hecho a su manera.

Cuando alguien podía, al fin, interpretar la realidad que lo rodeaba, se daba fin a esta fase del entrenamiento sobreespecífico y, si se quería continuar, se pasaba al combate casi constante, al entrenamiento más bruto y tortuoso. Las heridas se convertían en compañeras de fatigas y de cama, un brujo podía aprender a reconocer su sangre por el nimio matiz que la diferenciaba del resto de sangres que lo salpicaban al cabo del día, a calcular la sangre y fuerzas que le quedaban, a sentir la gravedad de sus heridas y, con el tiempo, a tener dominio de esto.

En cualquier caso, el entrenamiento de aprendices terminaba aquí en muchas ocasiones y era el momento en que se enseñaba a los pupilos a crear criaturas sin alma. Y así, comprendida la realidad circundante, se hacían brujos.

[Brujo] Ojos de la noche

Estaban a oscuras, una noche sin Luna, en el interior de una profunda y tétrica cueva. Se habían pasado los últimos días recorriendo los pasillos que, en algún momento, había excavado el agua. Armus, más conocido como el Gran Maestro, les gritaba: "más rápido, ¿a eso le llamáis correr? Más rápido, más rápido". Y los pupilos corrían dejándose la piel contra salientes rocosos varios: estalactitas, estalagmitas, columnas, paredes, no importaba. Cortaba, dolía, pero seguían corriendo.

El entrenamiento de un brujo, al principio, consistía en correr, saltar, cargar con pesos hasta la extenuación, y luchar desde que el Sol salía hasta que se ponía más allá del reino humano de Osmynd. Durante ese tiempo se podía ver niños ejercitándose magullados, sudados, llenos de cortes, y con la piel ensangrentada por toda la colina. A los que soportaban sin problemas aquel entrenamiento, un día los llamaban aparte y los llevaban con Oscuridad. Oscuridad era elfo, un elfo alto y rubio, delgado como todos los de su especie, con una mirada verde y fría. Sobre todo fría. La mirada de Oscuridad parecía evaluar cómo te mataría, cómo disfrutaría del sonido de cada gota de sangre al impactar contra el suelo, de cómo saborearía cada chasquido muscular al intentar detener la danza de sus espadas. Carecía de la gracia y majestuosidad de Armus, el Gran Maestro - el único brujo que, todo sea dicho, no tenía Nombre -. Oscuridad hacía entonces el ritual que le había valido el nombre y, en ese momento, comenzaba el verdadero proceso de convertirse en brujo. A los pequeños aspirantes a brujo les decían que aquello les permitiría, con cierta práctica, ver en la oscuridad. No era mentira, pero el ritual no se hacía para eso; aquel ritual hacía que los pequeños brujos crecieran de otra manera hasta que, finalmente, no fueran reconocidos natural ni mágicamente como seres vivos; aquel ritual era lo que diferenciaba a un ser vivo de un brujo. Los hacía No-Vivos, como los llamaban los médicos en las ciudades.

Y allí estaban ahora, corriendo a la máxima velocidad que permitían sus entrenadas y musculadas piernas, deslizándose entre los rocosos salientes y saltando por encima de todo tipo de obstáculos. Con la sucesión de entrenamientos llegaron a conocer aquella cueva como la palma de sus manos, cada estalactita, cada estalagmita, cada repecho plagado de cascotes y columnas, cada poza... y vieron sus detalles con los ojos de la noche, con aquella mirada fría y dura que caracterizaba a los de la Orden; y allí mismo, en aquel momento, el mundo empezó a perder, para aquellos niños, la magia y el color.

Se hacían brujos.

viernes, 26 de junio de 2009

El rey liche ha muerto

Esto solo puede significar dos cosas:

OPCIÓN A) Blizzard al fin ha implementado a Arthas y los frikis de WoW le han dado pa'l pelo.
OPCIÓN B) Michael Jackson ha muerto.

Escojan una.







PISTA (para los menos dotados): hoy los niños suspiran aliviados.

jueves, 25 de junio de 2009

Versiones...













Tras dos intentos infructuosos de un relato, al que creo que le van a dar. Y eso que la idea me gustaba...

miércoles, 24 de junio de 2009

Fringe

Edición del 13 de Junio de 2012

Casi tres años han pasado desde que publiqué esta reseña en su momento, el 24 de Junio del 2009 y Fringe me sigue pareciendo una muy buena serie, aunque la última temporada que se ha emitido por el momento, la cuarta, me ha decepcionado un poco; y la primera temporada, que acabo de volver a ver muy recientemente, me ha gustado tanto como cuando se estrenó la serie. 

¿Por qué una reedición de la entrada? Ha llovido bastante desde la publicación de la entrada original y la verdad es que como entrada era excesivamente escueta y poco representantiva de lo que es el blog a día de hoy; y dado que acabo de reencontrarme con la temporada, que Fringe me gusta y que la reseña se merecía un poco de maquillaje... pues aquí estamos. 

Fringe nos presenta una serie de casos extraños, de muertes producidas por virus o artefactos puramente cifi. A la investigación de los mismos tenemos a la hermosa, serie e impresionante Olivia Dunham (Anna Torv), ayudada por un as entre los científicos, Walter Bishop (John Noble), cuyas investigaciones de hace 20 años son el origen de casi todos los "eventos fringe" (que es como se denominan a estos casos; aunque en esta primera temporada también se refieren a ellos como "el Patrón"), y por el hijo de este, Peter Bishop (Joshua Jackson), un hombre acostumbrado a vivir al margen de la ley, con muchos recursos y maña con las máquinas. 


La serie empieza fuerte. Puede que el caso inicial no sea especialmente interesante, al menos no de entrada; creo que volviéndolo a ver conociendo ya la trama tiene más gracia; pero es una buena presentación para los personajes, que quedan muy definidos y, a su manera, creíbles. Olivia es un personaje muy claro desde el principio: es interesante y atractivo desde el principio, y gana con el transcurso de la serie; John (Mark Valley) tiene muy pocas escenas antes de su muerte (tanto es así que no voy ni a ponerlo en gris), pero lo esencial del personaje ya está en la parrilla. Charlie Francis (Kirk Acevedo) es un personaje serio y magnético y cae muy bien en general a pesar de su sobriedad. Phillip Broyles (Lance Reddick) y Astrid Farnsworth (Jasika Nicole) ganan peso, importancia y detalles capítulo tras capítulo. En esta primera temporada tiene mayor evolución el primero, aunque luego las cosas se van equilibrando. Y es que Fringe ha tenido bastante claro desde el principio que sus personajes eran una de las cosas que quería explotar, una de las bazas con las que enfrentarse al resto de producciones. 

Hay otros personajes importantes, aunque estos, por si acaso, voy a marcarlos como spoiler: 
-Nina Sharp (Blair Brown): es la directoria ejecutiva de Massive Dynamics una de las empresas más grandes del mundo, una multinacional biotecnológica que anda metida en todo. Esta mujer tiene MUCHO que contar. 
-El Observador (Michael Cerveris) tiene el privilegio y el logro de ser el personaje raro de Fringe. El Observador, al que posteriormente llamarán Septiembre es un hombre calvo que presencia hechos destacados y toma notas. Ser la encarnación misma del misterio nos indica cuánto sabemos de este hombre. 
-David Robert Jones (Jared Harris) es El Mal. Hay malos y malos, pero David Robert Jones uno de los grandes; uno de esos individuos que te mira, te sonríe y tiemblas. Con su cara de villano, su voz de londinense asqueado y su obsesión por el té... Perfecto. Adoro este hombre, a quien, por cierto, podéis ver también en Mad Men, como uno de los secundarios habituales, Lane Pryce. 
-William Bell (Leonard Nimoy) es el fundado de Massive Dynamics y ex-compañero de laboratorio de Walter. Mientras el señor Bishop acabó en un psiquiátrico, el otro se ha hecho uno de los individuos más ricos del planeta. Y es tan brillante, por supuesto, como el propio Bishop. Con el carisma añadido, además, que da ser el señor Nimoy. 

La temporada es bastante constante con la calidad de sus capítulos (aunque hay uno horrible, de unas mujeres a las que les explota la cabeza, que es mejor olvidarlo), y la serie ya luce algunas de sus cualidad más vistosas: la elegante cortinilla con su preciosa música, los nombres de los lugares como letras tridimensionales colocadas en alguna parte de la escena, los cambios de escena con una imagen estática de uno de los eventos del patrón (la hoja, la mariposa, la rana). 


El caso, pues, es que nos encontramos ante una buena serie y ante una gran temporada de apertura. Para los fans de la ciencia ficción y de las series de misterio Fringe debería ser una parada obligatoria; para los demás, en el peor de los casos, una parada muy recomendada. 

Por supuesto, como cabía esperar, aprovecho para comentar el fantástico trabajo musical que tiene esta serie detrás, pero mi afición por el señor Giacchino es ya bastante conocida. Así que no ahondaré más en el tema. 



Nota: 8. Olivia, Walter, Peter, Astrid y Broyles se merecen un visionado. Sin ninguna duda.

martes, 23 de junio de 2009

El arte de amargarse la vida - Paul Watzlawick

A decir verdad, esperaba un poco más. Quiero decir, cuando se lee un tratado ligero, en tono irónico sobre las penurias triviales humanas... uno espera que sea hilarante y que te haga sentir un cosquilleo frío, esperas reírte, sí, pero esperas hacerlo entre ofendido y humillado. Una ridiculización total de lo que eres y haces. Y a decir verdad, aunque uno pueda sentirse identificado en ciertas cosas (yo, al menos, sí lo hice) esta sensación estuvo muy en segundo plano.

Siendo honestos, el libro puede sacar alguna sonrisilla y dado lo corto que es, no es una lectura tediosa, no obstante... insisto, me resultó algo decepcionante (tal vez por el resto de lecturas recomendadas por su recomendador, que siempre me habían dejado muy buen sabor de boca).

Y la redacción parece un tanto tosca de más, así que, a priori, me atrevo a echarle la culpa al traductor.

El Barco de los No Muertos [UHdP]

Resultó que los elfos no solían ofrecer nada por lo que se daba al reino, salvo el favor que uno se podía ganar haciendo tributos a la ciudad. Así, por la promesa de un favor, el barco se ofreció a la ciudad de Principale y Eilis recibió el tributo con la más bella de las sonrisas. Su rostro altiva encajado por una melena lacia y negra y sus grandes ojos verdes, alegres y orgullosos.

Al le pidió a su artillero y alquimista, el oficial Azrik, que intentase estudiar cómo podrían lanzar agua bendita sobre la cubierta de otro barco y, ya puestos, como podría mantenerse ésa ventaja llegados al cuerpo a cuerpo. Por la noche, los oficiales y el capitán fueron a la fiesta. Era una casa grande y bonita y dentro había mucha gente charlando y saboreando vino y queso. Unas personas parecían claramente más integradas que otras, estaban los capitanes de todas las naves y muchos oficiales.
- Saludos, señor Al – dijo uno de los que los había invitado – me alegra ver que habéis venido.
Intercambiaron unas cuantas palabras más y luego, ese mismo elfo, se alejó con Tórquero:
- Ven, te voy a presentar a unas amigas.

Mientras sus compañeros se dispersaban entre las mesas con comida o entre la gente, Tórquero era conducido hacia un pequeño grupo de mujeres constituido por 4 elfas y una elfa negra. «¿Querrán reírse de mí», dudó. Al llegar, lo saludaron y examinaron de arriba abajo. Varias sonrieron.

Un bardo empezó a tocar, los hombres empezaron a sacar a las mujeres a bailar. La drow rechazó a varios antes de que desistiesen en su empeño. Tórquero y ella hablaron un rato más antes de que ella dijese:
- Odio este tipo de alborotos, ¿me acompañas fuera?
Y la acompañó hasta la balconada donde se quedaron hablando tranquilamente.
Dentro el ambiente se animaba, Satine se había unido al bardo que estaba tocando y ahora sonaba un dúo rápido y alegre. Oliveth sacó a Martha a bailar y la guió, aunque pararon pronto. Martha se sentía ridícula bailando. Al hablaba con Xantha, capitana del Roble Marino, sobre barcos animadamente y fue el único que se dio cuenta de cómo Tórquero abandonaba el lugar con Nessa Nemancyl, la elfa negra capitana de la Muerte Salada. Luego, él y Xantha bailaron, con inesperada habilidad notable.

La música se fue calmando, Oliveth se fue con Martha a tomar algo antes de volver al barco, Al se quedó con Xantha hablando y bebiendo, sorprendido del aguante de la esbelta elfa, Satine, que había recibido aplausos hasta la saciedad, fue la primera en regresar a bordo. El resto fueron regresando a lo largo de la noche.

En el barco, Sven, el corsario incorporado por sugerencia de Eilis Nayael, hablaba con Azrik sobre las ideas que había tenido. Para barrer la cubierta había pensado en utilizar las bombas de achique y dirigir el agua propulsada a través de los cañones, y para la llegada al cuerpo había pensado en unos pellejos de gran tamaño, colgados a la espalda como si fueran mochilas, con un pequeño tuvo desde el que dirigir el agua presionando la bolsa y con un pequeño artefacto que las hace explotar ante un fuerte golpe, como arrojarlas al suelo o recibir un impacto. Discutieron las virtudes e inconvenientes de las ideas y probaron una de las bolsas explosivas en la cubierta del barco. Satisfecho con el resultado, Azrik decidió ir a dormir. Lo necesitaba. Sven siguió en su turno, como le correspondía.

Al día siguiente, Jaina se levantó pronto y abandonó su camarote. Vio los pedazos empapados de bolsa y pensó en lo desordenada que podía llegar a ser la tripulación. Hay un dicho que recalca que los magos no han nacido para el mar, que necesitan orden y estabilidad. El dicho tiene razón. Jaina se acercó a recoger los pedazos y al contacto con uno sintió como la carne le empezaba a arder y fue incapaz de contener un horrible grito.
- ¡Joder! ¡¿Qué coño es esta puta mierda?! – tronó, bastante distinto de cómo suelen expresarse los magos.
El hecho de que fuera un experimento de Azrik, tal como le informaron, no consiguió que le pareciera mejor.
- Estas cosas se recogen, joder, se recogen, para que no pasen… accidentes.
Al, que ante el grito había salido armado de su camarote, dijo que, de todos modos, al menos funcionaba y que Azrik había hecho un buen trabajo. Jaina contuvo el aire y la furia y todo quedó en una mala mirada. Al volvió a su cama, Jaina se fue calmando con el transcurrir de las horas.

En una cama, en la Muerte Salada, Tórquero se despertaba. Se la había… bueno, a decir verdad, se lo había follado ella un par de veces tras una primera actuación que a Tórquero no le había parecido mala en absoluto. Sonrió para sus adentros recordando la canción de Alejandro sobre las chicas drow. Ella estaba leyendo, todavía desnuda, incorporada en la cama. La miró, ella desvió su mirada del libro, dudó un instante, dejó el libro a un lado y se puso encima, a horcajadas.
Cuando Tórquero salió de allí, silbaba la cantinela del bardo y pensó que nunca una canción había dado tan en el clavo. Llegó al barco, el Sol ya brillaba con orgullo y fuerza. Lo saludaron y contempló el mar. «Eolo, me has traído aquí – pensaba –, has bendecido el viaje con vientos favorables, nos has ayudado… las cosas nos van bien… como enemigos del Imperio. ¿Qué he de entender? ¿Qué…».
- Saludos – dijo una voz desde la pasarela.
Tórquero se volvió y vio la figura de Inathrae.
- Saludos, capitán Inathrae. ¿Qué desea?
- Quiero hablar con el señor Al, ¿se encuentra disponible?
Uno de los hombres de la tripulación fue a llamarlo y Al vino ya correctamente vestido, aunque un poco despeinado. Llevaba un tiempo despierto.
- Saludos, Inathrae.
- Saludos – dijo, dejando morir la palabra durante unos instantes, como si agonizase –, verás… tengo un plan que ofrecerte.
- Usted dirá.
- Quiero atacar el Barco de los No Muertos.
- Nosotros también pensábamos hacerlo – contestó Al incapaz de reprimir una pequeña sonrisa.

Y, así, discutieron sobre el plan a seguir, sobre cómo se llevaría el ataque si iba bien o si iba mal, sobre quiénes cargarían en primera línea y sobre la tripulación de la Flecha que participaría. Inathrae, que tenía más datos sobre el Barco, recomendó llevar una sola nave, lo que, en principio, podía parecer extraño, pero, según explicó se debía a un aura de terror que emanaba del barco que hacía que los marineros intentasen huir y separaban los barcos y luego, de algún modo misterioso, el Barco de los No Muertos los arrasaba uno por uno. Al le comentó los avances de Azrik, Inathrae sonrió contento de contar con tales artilugios y decidieron partir cuando todos los artilugios estuvieran hechos e instalados. Por otro lado, parte del plan consistía en acabar con el mago de a bordo que, por lo que sabían, podía ser un Liche con una Flecha Mortal para no muertos. A pesar de lo caro de estos objetos, no podían arriesgarse, todo tenía que salir al milímetro, ayudado por el hechizo guía de Jaina y confiar en la muerte del capitán del Barco de los No Muertos. Y así se hizo: el 28 del tercer mes de 1211, el Mar Embravecido, orgullo de la flota real de los elfos independientes de las Islas del Violín, zarpaba en colaboración con parte de los tripulantes de la Flecha Marina y del Cazador en busca de aquella maldita nave. Entre los 30 hombres de la Flecha Marina que participaron, se incluía el grimlock, que se llamaba Nguema y que, por alguna razón, había decidido volver. Aquello de sentir todo lo que pasaba en la nave, debía de darle una sensación de comodidad y tranquilidad.

Tardaron cuatro días en encontrarse el barco en una de las zonas en las que solía atacar. Apareció al atardecer y la oscuridad se impuso a ritmo increíble, aquella no era una oscuridad natural. Azrik se llevó a sus cañoneros a una de las bandas:
- ¡Preparáos y atacad cuando dé la orden! – les gritó.
El Barco de los No Muertos se acercaba, Inathrae estaba junto a Jaina con el arco en una mano y la flecha preparada. Cuando los cascos chocaron, un batallón de esqueletos saltó ágil y veloz y empezó la lucha. Las espadas hacían saltar huesos por todas partes, la primera línea del Mar Embravecido golpeaba con saña, Nguema arrojaba esqueletos directamente abajo mientras Al hacía bailar sus espadas en una danza de tajos y astillas. Sven, desde los palos, arrojó una de las mochilas, haciendo que varios esqueletos cayesen terriblemente deshechos. Al fondo, en el castillo de popa, unos alip parecían observar la situación antes de decidirse. Mientras, unos tumularios saltaron ágilmente por los palos de un barco a los del otro y empezaron a pelear con Sven y Martha, que se defendía de sus golpes y mordiscos. Dos cañones bañaron la cubierta enemiga con agua bendita, causando terribles heridas y quemaduras a los zombis. Los alip, viendo un poco más claro cómo iba la situación, decidieron comenzó un extraño balbuceo mágico que influenciaba a la gente para que los viese como aliados, y allí se quedaron, con aquella extraña magia. La mayoría de los esqueletos ya habían sido destrozados, los zombis malheridos se caían sobre sus piernas putrefactas y a la vista de un bódak y de un ahogado, Azrik dio la orden de disparar el resto de cañones. El agua bendita por Eolo bañó la cubierta durante unos instantes, aunque no pareció conseguir un efecto demasiado relevante en esta ocasión. El bódak miró a uno de los hombres de primera línea, que seguía a golpes con los esqueletos restantes, que murió en el acto. Y entonces apareció, una criatura alta y estirada cubierta por una envuelta de sombras que se movían y se agitaban como malignos brazos.
Jaina conjuró, Inathrae levantó el arco, puso la flecha y tensó la cuerda. A pesar de ser un tirador curtido en mil batallas, se le veía nervioso, el éxito o fracaso de la misión podía depender de aquella miserable flecha. «Lodveri, no me jodas ahora…».
Y la flecha salió disparada sobre el mar y las cubiertas y se incrustó en aquella masa de sombras, que desapareció casi al instante. Tras unos instantes de dudas, parecieron aceptar la muerte del capitán que presuntamente era un Liche y todos se dedicaron al resto. Algunos sujetos de la primera línea empezaban a ahogarse y todos intentaban evitar al bódak. Jaina dudó. El bódak miró a Al quien soportó estoico su mirada mientras seguía repartiendo espadazos contra los esqueletos. Varias flechas se clavaron en el bódak y el ahogado. El bódak se asomó un poco a la borda y ese instante lo aprovechó Urizen para lanzarlo al mar, pronto desapareció, como peso muerto, entre las aguas. El último fue el Ahogado, que cuando sus heridas empezaban a ser insoportables, se arrojó al mar, varios siguieron ahogándose y Nguema se lanzó al mar, directamente a por el ahogado. Lo agarró con sus enormes manos, incapaz de respirar, y le rasgó el pecho con los pies. Luego, soltando una de las manos le metió un zarpazo en la cara, debajo de un ojo, varias flechas cayeron e impactaron en el ahogado, otras cayeron al mar, no se podía tirar al lado del que estaba Nguema y no arriesgaban. Nguema terminó el asunto con un mordisco terrible y luego, pudiendo respirar al fin, presa ya de la extenuación, se quedó flotando libremente.

Contra todo pronóstico, el ataque al Barco de los No Muertos había resultado perfecto. Los alip viajaron semiprisioneros-semiinvitados hasta Principale con el resto del grupo, donde se haría el reparto del botín.

lunes, 22 de junio de 2009

Sobre el asesinato de Marbo, el Fuerte [Brujo]

Los Seres de Luz siempre fueron una especie honorable y, a su modo de ver las cosas, tranquila. Eran imperialistas, sí, tenían una tendencia irremediable a ampliar sus dominios, pero lo hacían con calma, sin prisas, mentiras ni traiciones. Avanzaban como dando un paseo. En aquella ocasión no era diferente. Bajo las órdenes de Brómanas, su astuto rey, habían extendido la pálida luz de su anatomía por prácticamente todos los pueblos circundantes. Y nadie protestaba, el protectorado de los Seres de luz funcionaba a la perfección. Desde la Gran Montaña, los brujos asistían indiferentes a las noticias al respecto. “Los seres de luz se han extendido por la ladera sur”, “han remontado el río del oro”, no tenía la más mínima importancia. Los Seres de luz respetaban culturas y vidas en la medida de lo posible y sus luchas eran justas a ojos de los brujos.

Todo esto cambió cuando Marbo, ‘el Fuerte’ del pueblo de los fuertes, asesinó a Brómanas. Según decían los espías de los brujos, Marbo lo había matado delante de todo su ejército, con las manos desnudas, que es como se baten en duelo los Seres de luz. Marbo era, sin lugar a dudas, el luchador más capacitado de su especie, lo cual es decir mucho y el combate fue rápido y claro. Las garras de Marbo rompieron músculo, hueso y arrancaron tripas. Y Marbo se proclamó nuevo rey de su pueblo, como dictaban las normas.

Fue bajo el dominio de Marbo cuando cambió todo. Los seres de luz no acostumbraban a discutir las órdenes de sus líderes, y así arrasaron pueblos a fuego y garras. Sin supervivientes, sin esclavos ni rehenes, por el placer de la sangre y la muerte. No diferenciaban a soldados de campesinos, a adultos de niños. Fuego, sangre, muerte. Y, de fondo, la sombra de Marbo, ‘el Fuerte’.

Armus, Gran Maestro inmortal de la Orden convocó a los Maestros y pidió opiniones. La decisión fue unánime: Marbo, ‘el Fuerte’ se estaba volviendo incontrolable y pronto la Orden se arrepentiría de no haber actuado y atajado el problema. A Armus no le gustaba eso de interceder en disputas políticas, pero esto estaba trascendiendo, incluso la Orden, a veces, tenía que tomar parte… por el bien de la mayoría. Siete fueron los escogidos para la misión. Todos eran importantes en la Orden, sujetos bien entrenados, con un demonio capaz y cientos de recursos. Solo uno de ellos era demonólogo y solo uno de ellos era uno seguía la senda de las Señales. Los cinco restantes eran sobreespecíficos. Todos marcharon armados y perfectamente equipados en caballos entrenados y optimizados por los Maestros de Señales para que no necesitasen comer, beber o descansar en varios días. Nunca tantos brujos habían participado juntos en algo que no fuera la defensa de la Gran Montaña.
- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó el demonólogo, un brujo alto y elfo, llamado Inal.
- Aún hay tiempo para pensar – cortó el sobreespecífico al mando, un humano llamado Roque – nos quedan dos días de marcha.

Pero esos dos días pasaron mucho más rápido de lo que parecía normal. Y las ideas eran bastante pobres. No obstante, ante el convencimiento de Roque, y la obligación de obedecer a un superior, los brujos siguieron su plan. Se plantaron ante las filas de guerreros Ser de luz que los miraron con curiosidad, con sorpresa, interponiéndose entre la lejana figura de Marbo y el grupo de brujos.
- Quietos – pidió Torque con serenidad –, no tenemos nada contra vosotros. Podéis imaginar cual es nuestro objetivo. Mantenéos al margen, escoged un nuevo líder cuando todo termine y no habrá una lucha como tal.
Inal, Uvlo, Liertos, Promius, Lenk y Cambur asistieron impávidos. Nadie pensaba que esto fuera a funcionar, pero había que intentar la vía pacífica. Eran brujos.
Los Seres de luz parecieron dudar, pero el grito de Marbo los sacó de dudas.
- ¡¡Matadlos!!
Y con fe ciega y lealtad férrea, los Seres de luz se lanzaron con espadas, garras, dientes, y espinas. Cada brujo convocó a su demonio con un rápido gesto, unas enormes criaturas compuestas de la oscuridad primigenia y de la locura de las pesadillas aparecieron de la nada, entre los Seres de luz y los brujos y comenzaron a agitar sus grotescas extremidades. Eran enormes, horribles y hasta los Seres de luz entendieron a qué se referían los humanos con “corazón en un puño”.

Los brujos aprovecharon ese instante de caos para catapultarse por el aire superando las numerosas filas de soldados brillantes. Durante aquel salto todos los seres vivos presentes sintieron que sucedía algo terrible y que un escalofrío los recorría desde la base de la espalda. El uso de las almas no es agradable de presenciar por una criatura que posee una. Los brujos cayeron a unos 15 metros del origen del salto y cinco de ellos corrieron a velocidad impensable la distancia que los separaba de Marbo con las armas que había desenvainado mientras volaban sobre los Seres de luz. Marbo palideció y sintió un estremecimiento. El sexto se giraba hacia los soldados y gritaba cosas en un idioma extraño, los demonios se retiraban evitando matar a los Seres de luz pero empujándolos brutalmente y evitando todos los ataques que podían. En cualquier caso, se les empezaba a ver mal, los Seres de luz no eran un juego, aquello era obvio. El séptimo brujo estaba con los brazos ligeramente echados hacia delante y las manos colocadas en unas posiciones rígidas y perfectamente estudiadas, expectante. Los cinco que corrieron contra Marbo atacaron prácticamente al unísono, y sus aceros, impulsados por la energía de las almas, cortaron huesos como si fuesen ramitas. Marbo se defendió con toda la fiereza que pudo, pero cinco brujos armados con mandobles fueron más de lo que podía manejar. Se desplomó, muerto incluso antes de caer el suelo y en ese momento, también al unísono, los demonios desaparecieron y ellos estaban en la Gran Montaña.
- Os dije que funcionaría – comentó con gesto cansado Torque.
- Si llego a fallar habría resultado todo muy gracioso – suspiró Promius.
- Eres el Señalizador más dotado de los últimos cuarenta años, contaba con ello en mis cálculos.
Y allí, a un par de kilómetros de casa, pero cansados por los dos días sin dormir y por el alarde del uso de almas. Durmieron sobre el suelo de roca, pues en la Gran Montaña nada crecía nunca.

jueves, 18 de junio de 2009

Buenos presagios - Neil Gaiman, Terry Pratchett

Esta simpática novela de mis dos autores británicos favoritos trata de... de cómo se va a acabar el mundo. Así, muy toscamente.

Las buenas y acertadas profecías de Agnes 'la Chalada', las únicas profecías ciertas que se han escrito y que, lamentablemente, carecieron de todo éxito editorial, describen a su manera subjetiva y puntual cómo sucederá todo. Así, siguiendo esta historia escrita siglos antes, voluntaria o involuntariamente, las historias de los distintos personajes se van trenzando desde el principio hasta el final del libro.

Por un lado tenemos al dúo Azirafel-Crowley, un celestial y un infernal que previamente era celestial, que tienen una forma peculiar de hacer sus respectivos trabajos, pactando entre ellos porque la distancia que los separa es mucho menor de la que los separa de sus respectivos jefes. Por otro tenemos a Anatema Device y a Newton Pulsifer, bruja y soldado del ejército cazabrujas. Por otro tenemos a Los Ellos, una banda de niños algo pillos que se divierten y son liderados por Adán Young, hijo del señor Lucifer, en realidad y no del señor Young. Así, enfrentados los grandes poderes del Cielo con los grandes poderes del Infierno, y con pinceladas de los Jinetes/moteros del Apocalipsis y un enorme elenco de personajes, la trama se dibuja, se pinta y, finalmente, se abalanza sobre el lector.

Totalmente recomendable (como no podía ser menos contando a los escritores que tiene detrás) y muy divertida.

miércoles, 17 de junio de 2009

El templo de Lodveri y la flota real [UHdP]

Principale era una ciudad recortada contra la costa desde la que se apreciaban varios muelles y, según se adentraba en tierra, grandes cúmulos de casitas bajas. No era muy grande, tal vez unos 7000 habitantes, pero se respiraba tranquilidad. Los barcos atracaron y Al organizó grupos para facilitar la consecución de los objetivos que se marcaba: un grupo diplomático, que constaría de Satine, Martha y él mismo, un grupo de información, que constaría de Tórquero, Jaina y León y un grupo de ventas, formado por Juan y quien él necesitase para cargar o proteger la carga.
- ¡Hey! – gritó un hombre desde el muelle. Era alto, estilizado, pálido para ser un humano, tostado para ser un elfo. Era el hombre que les había hablado desde el otro barco, en mitad del mar.
- ¡Suba!
Y le tendieron la pasarela y el hombre subió. Era alto, moreno y de unos intensos ojos verdes, y bajo su cascada de cabello liso negro, asomaban dos puntiagudas y tostadas orejas. Tenía la piel levantada y agrietada, como reseca.
- Me llamo Urizen – dijo – soy el capitán de El Cazador. El de las velas rojas.
Urizen tenía algo extraño, una forma rara de pronunciar algunas consonantes y una mirada de odio terrible. Incluso sonriendo con toda su amabilidad, como en este momento. Les habló sobre la ciudad y sobre qué tenían que hacer para ingresar en la flota: había que hablar con los de la Oficina de Información Marítima y con la suma sacerdotisa del templo de Lodveri, Eilis de Lodveri o, como sus padres la llamaron al nacer, Eilis Nayael. Ante la pregunta de que qué podían hacer con las bestias, respondió que esperasen a poder hablar con Inathrae.
Tras la conversación, cuando Urizen se fue, Al liberó a los esclavos que quisieron ser liberados y los demás ingresaron como tripulantes libres. Igualmente ofrecieron la posibilidad al Grimlock quien tras meditarlo un instante dijo que prefería estar fuera del mar un tiempo aunque, tal vez, volverían a tener noticias suyas. Era una criatura mucho más tranquila de lo que podía parecer a simple vista.
Antes de ir al templo, Al, Martha y Satine se dirigieron al mercado a comprar ropa. Se sorprendieron al ver que, allí, la ropa y algunas armas se exponían en las puertas de las tiendas, fuera, sin ninguna medida de seguridad, que la gente llevaba las bolsas con el dinero a los lados, sin prestarle gran atención. «Un ladrón aquí, se hincharía – pensaba Martha, conteniéndose». El lugar era una bella utopía, un reflejo colorido y tranquilo del bullicioso y mezquino reino humano, con gente de todas las razas.

Se hicieron con diversas ropas, tres trajes cada uno: uno elegante, uno serio y otro, provocativo en el caso de las mujeres, para usarlo cuando resultase conveniente, según explicó Al. Luego se dirigieron al templo de Lodveri, situado en la zona oeste de la ciudad, hacia el interior de la isla, mientras León y Tórquero se acercaban a preguntar a la Oficina de Información Marítima sobre cómo se ingresaba en la flota elfa y sobre el Barco de los No Muertos, una leyenda que surcaba los mares y atenazaba corazones.

Resultó que en la Oficina de Información Marítima atestiguaban la existencia de dicho barco y hablaron largo y tendido sobre las características de la galeaza negra que atacaba siempre de noche, custodiados por la oscuridad imperante y por la pálida luz de las estrellas, todo en un tono que muchos romanos considerarían relamidamente elfo. Tórquero y León hablaron con ellos sobre el arte de la navegación, sobre la flota, sobre el susodicho Barco y sobre el resto de la flota y, desde luego, sobre toda el papeleo que hubiera que cubrir para ingresar en la armada elfa.

El templo resultó ser una construcción muy al estilo romano en la que los acólitos paseaban pacíficamente por los alrededores, en un ambiente de total tranquilidad. Los dirigieron a una sala, pasada el claustro, donde los recibió Eilis Nayael, una elfa preciosa, de rasgos suaves y temperamento tranquilo que los recibió amablemente y les dio la bienvenida a las Islas del Violín.
- Toda ayuda es bien recibida – concluyó – ahora que parece que todo se pone en contra.
Al asintió. Y hablaron sobre la situación de las islas, sobre la flota real, aunque los elfos no tenían reyes –al menos no los elfos isleños – y sobre el próximo intento de ataque romano, del que los tripulantes de la Flecha Marina se habían enterado por Tórquero y del que los elfos ya tenían conocimiento.
Eilis les explicó como ingresar en la flota, para lo que tendrían que ir a la Oficina de Información Marítima, y les invitó a una fiesta que tendría lugar tan pronto llegara el capitán Inathrae, líder militar de las Islas.
Finalmente, cuando parecía que la conversación había llegado a un punto y final, la bella Eilis Nayael sugirió al grupo que se entrevistasen con un marino que llevaba ya un tiempo en las Islas del Violín en espera de un barco en el que navegar. El hombre se llamaba Sven y era un aguerrido hombre de mar y, dado que a la Flecha Marina no le venía nada mal aumentar su tripulación, Al aceptó entrevistarse con él a bordo.

Tras arreglar los detalles en la Oficina de Información Marítima, volvieron al barco, donde pasó el resto del día, que concluyó al poco de la llegada del marinero Sven. El marinero resultó ser un hombre fibroso y ágil con rasgos claramente Ilznerianos. Su manejo de los términos navales así como lo acostumbrado que se le veía a la cubierta del barco fue razón suficiente y se incorporó a la fiera tripulación de la Flecha. Al día siguiente cuando se anunció el regreso del capitán Inathrae y de la fiesta que se haría esa misma noche en el templo. Esa mañana, se dirigieron a la casa de los Dahl, de la que Tend’n Dahl había hablado a Satine. Al, previamente, adquirió un ramo de flores que ofrecer a la señora de la casa, que resultó ser una casa modesta, contrariamente a lo que cabría esperar. Dentro los recibieron una señora, ya anciana, llamada Sandra, a la que dieron las flores; otra adulta, de rasgos semielfos, llamada Clarice y un niño semielfo llamado Jeremy. La encantadora familia los recibió sorprendida. El decir que venían de parte de Tend’n Dahl no pareció convencerlos y es que, al parecer, no conocían a nadie bajo ese nombre, salvo a un viajero que se había hospedado allí un tiempo pero que, desde luego, no era un miembro de la familia.
De todos formas, les ofrecieron quedarse a comer, amablemente y ellos, no demasiado acostumbrado a estas atentas cortesías, respondieron con igual diplomacia. Y cuando la madre y el niño salieron a comprar, la abuela les preguntó directamente por Tend’n, por cómo era, por la edad que aparentaba… Y es que hace ya generaciones y generaciones, un miembro de la familia al que ella no había llegado a conocer llevaba tal nombre, pero se dio a la nigromancia y un día, como todos los que jugaban con la muerte, se murió. O eso pensaban. La expresión de que los nigromantes juegan con la muerte no podría ser más acertada.

Esa noche, en el templo, la fiesta congregó a casi todos los cargos de Principale, a sus respectivos acompañantes y a los oficiales de la flota. Lo primero que llamaba la atención era el hecho de que todos, o casi todos, fuesen armados. Lo segundo era la variedad racial en una isla élfica, independientes y separatistas por excelencia: elfos, semielfos, humanos, algún mediano, un enano e incluso una elfa negra hablaban animadamente en el claustro esperando por la llegada del capitán de la flota real. Su llegada no fue tan destacable como se esperaría de un hombre de su rango. Era un hombre de andar ligero y elegante con la cara surcada por heridas cicatrizadas por el mar. Era un hombre de armas, de aquello no había duda. Saludó a la concurrencia con un gesto grandilocuente pero claramente forzado y se dirigió directamente hacia Eilis. Intercambiaron unas cuantas frases, sonrió y comenzó a pasearse entre los grupos de gente que ocupaban el claustro, hasta que finalmente se acercó al pequeño grupo de la Flecha Marina.
- Así que nueva incorporación a la flota.
- Así es – dijo Al –, soy el capitán Al, y estas señoritas de aquí son la oficial de protocolo Satine y la oficial de tiradores Martha Halley, de la Flecha Marina.
Inathrae sonrió. No era un hombre guapo ni se le veía cómoda en aquel ambiente protocolario. Llevaba una armadura preciosa de cuero negro, una cimitarra con un dragón en la empuñadura, cuya cabeza hacía de pomo y un arco finamente elaborado le surcaba la espalda.
- El segundo mejor barco de la flota, nada más y nada menos. Es un orgullo contaros entre nuestras filas – su sonrisa siempre parecía a caballo entre la amabilidad y la burla, pero parecía esforzarse en resultar agradable –. Yo soy Inathrae, capitán de la flota real en general y del Mar Embravecido en particular.
Y Al e Inathrae empezaron a hablar de barcos, del mar, del viento, de las tripulaciones, de cañones… y Satine y Martha comenzaron a pasear entre la concurrencia. Hasta que, unos pasos dieron lugar a otros y, finalmente, Satine tocaba una canción para los presentes. Y se hizo el silencio. Tal vez se sintiera inspirada por el arte que podía respirarse en cada rincón de Principale, tal vez el ambiente tan selecto de la fiesta o tal vez solo tuviera un buen momento, pero la música de Satine llenó el ambiente y la dulzura de las notas hizo callar a los presentes. Cuando al fin dejó de tocar, estallaron en aplausos. Inathrae comentó:
- Debe de ser un orgullo tenerla a bordo – y su sonrisa parecía sincera.
Y luego, pronto o tarde, todos volvieron a sus respectivos hogares. O naves. Al había quedado con Inathrae a la mañana siguiente para hablar del trirreme romano y de las criaturas que habían traído. Satine volvió llena de orgullo, pues hasta les habían invitado, debido a su gran actuación, a ir a una fiesta por la cosecha al día siguiente, tanto ella como el resto de los oficiales de su barco, a la casa de unos jóvenes nobles elfos.
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Sí, está contado de forma muy ligera, pero es que si no, estas partidas son eternas, muchachos. Es lo que hay. Además me quedé un poco atrás con los exámenes y tal y recuperar el ritmo es el infierno.

martes, 16 de junio de 2009

Brujo

Al principio había visto el nuevo paisaje con curiosidad, como todos los de su especie. Se sentía maravillado por aquellos nuevos árboles, por la mágica fauna que poblaba el lugar. Incluso a cierto nivel contemplaban con cierta añoranza ensoñada la pérdida de sus ancestrales enemigos. Habían quedado lejos, lejos y perdidos para siempre. Y se habían cambiado por humanos, grooms, elfos, svords... todo parecía lleno de posibilidades. Era un panorama interesante a pesar de todo lo perdido. Estaban juntos, y los Cottar siempre habían arreglado sus problemas. Nada avecinaba unos grandes problemas.

La Orden surgió poco después. En el mundo de los Cottar, donde lo mejor que podías esperar de un X'owri era que te matase sin torturarte previamente, o donde una bibolak podía aparecer de la nada y arrasar un pequeño pueblo, se necesita un organismo que controlase todos esos imprevistos. Así, los Cottar decidieron crear la Orden. Al principio no era exactamente como acabó siendo y, de hecho, la última Orden de las Viejas Tierras no era exactamente igual a la que él, Armus, el Gran Maestro, había formado en las Nuevas Tierras bañadas por distinta luz. Las razones eran sencillas: cada especie era instintivamente distinta y las reglas se modificaron con el tiempo, con la llegada de nuevos puntos de vista, con nuevos problemas. "Solo lo muerto permanece inalterable", decía un dicho Cottar. Las reglas cambiaban dependiendo de los avances tecnológicos y mágicos que apareciesen, pero la esencia siempre fue la misma: protegían a los seres civilizados de los monstruos. A veces, incluso, había que hacer cosas que no estaban en las reglas... o que iban contra las reglas. Pero en ocasiones, por el correcto funcionamiento de un sistema, uno tenía que hacer cosas que desafiaban las normas. La primera regla era: acatarás sin vacilar las órdenes de las altas instancias de la Orden. No le gustaba esa responsabilidad, ni a él ni a los demás Maestros, pero era necesaria. La responsabilidad era una pesada losa que se cargaba inclemente sobre los hombros. La actual Orden no era como la original, pero no importaba, funcionaba.

Cuando surgieron los problemas con Osmynd, los Maestros le preguntaron qué debían hacer. Se sintió más viejo que nunca. Sus hermanos de sangre, aquella hermandad a la que se renunciaba al ingresar en la Orden, iban a caer presa de la ambición de un reino humano. No fueron los primeros, no serían los últimos. Un brujo no debía dejarse llevar por sus sentimientos, un brujo no debía sufrir por ellos. Pero Armus sufrió. Acató el código sabiendo qué le esperaba a los que eran como él y no eran parte de la Orden. La Orden Negra era una sombra intocable, pero dependía de su neutralidad, aunque hubiera que ver como morían los que un día fueron los tuyos, aunque hubiera que soportar como torturaban a tus viejos hermanos. No importaba, nada importaba.

Ahora, perdido en mitad de la montaña, oía de imperios caídos, de ciudades arrasadas por el fuego o las enfermedades, por el huracán o por la espada. Y ya no le importaba. A cada persona le llevaba un tiempo ser un brujo de verdad, a él le llevó siglos. No había tenido el duro entrenamiento que tuvieron los brujos a los que ellos entrenaron, esa eliminación de los sentimientos... ellos no habían sido asimentalizados y sufrieron por ello. Ninguno de aquellos niños podría valorar nunca la suerte que habían tenido. El mundo era una penuria constante, una frustración lacerante, pero ellos, aquellos niños que luchaban hasta la extenuación, que estudiaban hasta caer rendidos, estarían más allá del bien y del mal, de la alegría y de la tristeza. Él necesitó tiempo para alcanzar esa neutralidad necesaria para olvidar viejos lazos, viejas formas de pensar. Pero ahora, desde el panóptico de la eternidad, las cosas se veían distintas.

lunes, 15 de junio de 2009

Brujo

Las cosas no siempre resultaban fáciles. Él lo sabía. Él más que nadie. Había despertado el primer día, cuando empezó todo. Había despertado con los suyos y ahora estaba solo, rodeado de extraños de todas las formas y colores, ataviados como él, con las ropas ceremoniales de los Brujos. A veces querría gritar hasta quedarse sin voz, pero era un Brujo, El Brujo, y tenía que dar ejemplo.

Se sentó contra un árbol y contempló el entrenamiento. Habían pasado 508620 soles. Uno por uno. Los había contado. Tenía apuntada toda la información en diversos tomos. Empezaron siendo anotaciones detalladas, luego pasaron a ser anotaciones más ligeras. Finalmente eran un mero esbozo de lo sucedido. Se explayó cuando aún existían sus congéneres, que vivían unos cuantos kilómetros hacia el sur de la montaña. Justo antes de que los humanos de Osmynd los arrasaran. Los Brujos no habían tomado parte, no podían tomar parte. Fue una guerra declarada y formal. Fue justa. Pero ahora estaba solo y la ilusión lo abandonaba tan cruel e inexorablemente como lo habían abandonado sus semejantes, muertos bajo el filo de los aceros.

Un Brujo no ha de anteponer sus intereses a los de la orden, se repetía. Y sentado contra el árbol, viendo a los muchachos entrenándose y a los maestros gritando, el Gran Maestro de la Orden sintió que sus ropas nunca le habían pesado tanto.

domingo, 14 de junio de 2009

viernes, 12 de junio de 2009

Las Islas del Violín [UHdP]

Con Al como capitán, Juan ocupó el puesto de contramaestre, Oliveth el de primer oficial y Satine el de oficial de protocolo y líder del pelotón de ballesteros. Repartió a la tripulación entre los barcos y fue a entrevistarse con el prisionero romano.
Según entró en la zona de las jaulas los romanos lo miraron con ligero miedo. Al se acercó muy tranquilamente hasta la puerta de la jaula y la abrió. Entró. Se dirigió a su capitán, el resto bajaron la cabeza.
- ¿Cómo se castigaba la sedición en tu nave?
El capitán dudó, sabiendo perfectamente qué iba a pasarle.
- Nunca hubo tal cosa en mi barco.
- ¿Y si la hubiera?
- Le cortaríamos una mano – afirmó.
El acero emitió un ruido sibilante. No hubo gritos cuando le cortó el cuello, no hubo ningún movimiento. Ni siquiera los demás presos se movieron cuando la sangre les salpicó. Todos conocían la pena por promover la insurrección.
Al salió de allí, el olor de la sangre inquietaba a las bestias, los prisioneros iban a pasar unas jornadas horribles.

Tórquero, en la cubierta del barco rezaba a Eolo para que fuese compasivo y guiase al barco, aunque se planteaba lo correcto de haber atacado o no el barco romano. Ahora era parte de la tripulación de la Flecha Marina y tenía que hacerlo. Los dioses les habían sido benévolos tomando el trirreme romano, ¿acaso veían bien el ataque y por eso les habían favorecido? El rezo había dado paso a algo más, a una reflexión profunda y tal vez triste. «Tan cerca y a la vez tan lejos de todo lo que uno piensa…». Desde la proa de la Flecha Marina, con la tripulación ocupada en sus quehaceres, tenía un nuevo enfoque, y el enfoque le hacía ver su vieja perspectiva como vieja, desgastada. Falsa. Y volviendo a rezar a las deidades del mar y del viento, les pidió respuesta.

La Flecha Marina avanzaba a buen ritmo hacia las islas del Violín, con el apoyo del viento. Las ventajas de llevar a un sacerdote del dios Viento empezaban a resultar obvias, pues las travesías solían contar con un viento favorable. Se respiraba un buen ambiente y Tórquero empezaba a creer firmemente que la gente de este barco le caía bien a Eolo. No se explicaba el porqué, pero así parecía.

Y fue ya varios días después cuando un barco veloz de velas rojas se acercó hasta ellos. Al dio las órdenes necesarias para evitarlo, pero el otro barco intentaba mantenerlos siempre en ángulo. Cuando tras aquel barco se dejó ver otro, Al dio muchas más órdenes. La tripulación se movía agitadamente cuando desde uno de los barcos llegó un grito palidecido y reducido por el mar y el viento.
- ¡¡Ah, del barco!! – gritó la voz, que venía en el barco de velas rojas que había empezado a arriar las velas.
La Flecha Marina los comenzó a arriarlas a su vez y Al le gritó en respuesta. Poco a poco aproximaron los barcos. En la cubierta de los dos barcos recién llegados se veía a grandes grupos de elfos que observaban con curiosidad. El que había gritado se acercó a la borda.
- ¿Qué hace con un barco romano, señores?
Al, desde la borda de la Flecha Marina, contestó:
- Ha sido capturado en el mar y se lo vamos a entregar a las fuerzas de los Elfos en las Islas del Violín. A Principale.
Esta noticia causó bastante alegría entre los elfos.
- Les escoltaremos hasta allí – informó el capitán del barco de velas rojas, que se llamaba El Cazador. Y a Principale fueron.
_________________________
Es la parte corta, pero es más que nada.

Ciclista flipado

No, no es un vídeo gracioso, es impactante como el del acróbata de hace unas semanas, paro este con una bici.



Cortesía de Rober.

jueves, 11 de junio de 2009

Brujo

Cuando el anciano Cottar, el Gran Maestro, dejó de hablar, los recién nombrados brujos se levantaron.
- Hoy os arrodillasteis como aprendices y os alzasteis como brujos. A partir de ahora todo lo que habéis aprendido será puesto a prueba. Suerte, jóvenes hermanos. Obrad con cautela y cumpliendo el Código, como habéis aprendido, pues solo el cumplimiento del código os dará la tranquilidad necesaria para permanecer frío y rápido en combate, la frialdad para entrar al Infierno y obligar a un demonio a ayudaros o la voluntad que requiere forzar al corazón para que deje de latir.
La voz del Gran Maestro era una voz falsa, que salía a la vez de todas partes y de ninguna. Unas notas psíquicas que nacían y explotaban directamente en la cabeza. Eran incuestionables e irrebatibles. Hablaba con ritmo lento, pausado, tranquilo, pero su voz resonaba como el impacto de una espada contra un hueso, a través de cuero, piel y músculo. Era una voz húmeda y violenta.
- Un brujo acata sin vacilar las órdenes que provienen de instancias superiores - comenzó la voz. Y siguió entonando las distintas obligaciones que todo brujo tenía que cumplir.
Los nuevos brujos asistían, en pie y formados, en completo silencio, a las palabras del Gran Maestro. Cuando el anciano Cottar terminó, todos los nuevos brujos contestaron al unísono:
- Sí, maestro.

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No es exactamente lo que pensaba escribir... el tiempo tampoco acompañaba.

miércoles, 10 de junio de 2009

Microbiología II (2)

Y, qué mejor sensación, que llegar a un examen tras haberle dedicado una porra de horas y que resulte en un examen tipo trivial basado en minucias. Sencillamente perfecto. Un examen para el que daría igual haberse leído todo 4 veces o haberle dedicado, como yo, 50 horas.

- ¿A quién parasita Nanoarchaeum equitans?
- Las bacterias rojas del S:
a) reducen en ambiente aerobio de H2SO4 a H2S
b) reducen en ambiente anaerobio de H2SO4 a H2S
c) reducen en ambiente aerobio de H2S a Sº
d) reducen en ambiente anaerobio de H2S a Sº
e) (no la recuerdo)

Y todo así. Viva, viva y a ver quién tuvo más suerte en este bello ejercicio de azar.

Sencillamente perfecto.

Mañana: relato de brujo. Para desestresar.

martes, 9 de junio de 2009

Microbiología II

Harto, sencillamente, entre tanto nombre y conocimiento vacío. Harto de taxis y de componentes de membrana. Harto de peculiaridades. ¿Qué profesional se sabe eso sino de las cepas concretas que estudia? ¿Quién es el que no busca esto en un manual sobre la materia cuando tiene que informarse? ¿De que sirve sabérselo de memoria durante una semana? ¿Cuánto de esto recordaremos en unos meses, un 5% o menos?

La taxonomía, como materia a estudiar que no como labor organizativa, me parece absurda, pero es que en el caso de las bacterias me parece el colmo: unos bichos que mutan constantemente, que hoy se meten en un saco y mañana en otro y pasado requieren de un nuevo saco. Como saberse los reyes godos, vaya.

lunes, 8 de junio de 2009

Mundoabsurdo, día 3 [pt.2]

La adorable y peluda criaturita miraba alternativamente a los ojos de ambos. Era preciosa, un animalito peludo de suave y brillante pelo blanco que meneaba la cola alegre aunque tímidamente. Y sus ojos – pensó Alberto – aquellos ojos te embrujaban. Te miraban con dulzura y los amabas. La criatura que tenían delante era la quintaesencia del gato. Era el molde platónico del que habían salido las demás criaturas peludas adorables de la Creación. No cabía duda.
- Nos la llevamos – dijo Ernest –. No podemos dejarla aquí, para que se la coman los… los predadores habituales de este lugar. ¡Que menudos son!
- Pero luego nos devorará ella a nosotros.
Ernest miró a Alberto con una mezcla de duda y vacilación.
- Normal que a los Lógicos no os afecten estas cosas… en las Tierras de la Lógica no tenéis alma.
- Claro que tenemos alma – replicó un escéptico Alberto. Si existía el alma, tenían una; de eso no le cabía duda.
- ¿Cuántas veces te has encontrado un Fantasma?
- ¿Un Fantasma?
- Un Fantasma.
- Ninguna.
- No tenéis alma.
- Hay gente que sí se los ha encontrado – replicó a la defensiva.
- Locos, drogadictos y mentirosos.
- O gentes del Absurdo, ¿no?
Ernest tomó aire, cerró los párpados. Mantuvo el aire durante unos instantes y, finalmente, lo expulsó con lentitud.
- No. Podemos traer viajeros hasta aquí, pero no los reenviamos. No se puede volver. En condiciones normales discutiría de buena gana, pero quiero quitarte falsas esperanzas de la cabeza. Falsas esperanzas que, inconscientemente, acabas de insinuar ahora mismo.

La hipnozorra corría entre ellos frotándose cariñosamente contra sus piernas, Ernest hizo unos extraños gestos con las manos y le dio de comer. El animalito agarró graciosamente la comida entre las patas y la devoró con gusto.
- Es la primera vez que te veo hacer magia – comentó Alberto para cambiar de tema.
«No hay nada peor que enfadarte con tu compañero de viaje», le habían dicho en una excursión de varios días cuando era un crío. ¡Qué razón tenían!
- Un pequeño truquito.
- ¿Y no podrías hacer magia para llevarme hasta el sitio donde tengo que ir?
- La idea es que veas el camino para que comprendas cómo funciona esto. ¿Qué sentido tiene llevarte automáticamente hasta allí?
- Bueno – vaciló Alberto –, siempre podría estudiarlo luego. Con libros… y tal.
- ¿Crees que eso sirve para algo? Hay cosas que se pueden estudiar y cosas que no. Creer que se puede estudiar la realidad viva en base a libros es ridículo… Un libro te diría: Psicovulpes, hipnozorra, dos puntos. Adorable criatura que vive en los bosques templados de la parte de arriba del continente que, cuando te mira a los ojos, te conquista para siempre-siempre-siempre. ¿Te ha enseñado algo?
- Sí… bueno, “algo”.
- Aquí… la has visto. No es comparable. Podrías habértela comido, podrías… haber jugado con ella. ¡Coño! Todavía puedes hacerlo. El libro sólo te da una mentira, una cómoda mentira deglutida por alguien que ha tenido que vivirlo. Te da su fantasía, su recuerdo…
- Qué poético…
- ¡Joder, sí! Debe de ser cosa de la puta hipnozorra. Asco de bicho…

Y ambos siguieron caminando ascendiendo hacia las Montañas Permanentemente Nevadas.

sábado, 6 de junio de 2009

Al, el capitán [UHdP]

Fue un viaje promovido por el viento, que soplaba en una apropiada dirección sur, empujando cómodamente al bergantín por la ruta escogida, hacia Roma, hacia el enorme y bullicioso puerto de Áurea.

La flecha marina estaba ya a medio camino cuando encontró un barco encallado entre las rocas. Sus marineros se movían como hormigas locas por la cubierta y a la vista del bergantín comenzaron a agitar los brazos y dar voces. La Flecha Marina, llevando un sondeador en el trinquete de proa se acercó todo lo que creyó seguro, dejándolo a babor, y se comunicaron a gritos. Los del barco encallado pedían ayuda porque un enorme tiburón les había abierto un boquete en la cubierta y el barco, que había bajado su línea de flotación, había encallado irremisiblemente. Al, que no veía seguro en absoluto acercarse más, les dijo que se acercasen en un bote. El primer bote se estaba llenando cuando, a lo lejos, a estribor una enorme masa negra parecía acercarse a gran velocidad bajo la superficie del agua.

Al gritó órdenes diversas, los cañoneros que ya se habían preparado tuvieron que cambiar de banda, desde la otra no tendrían ángulo en ningún momento, cubierta la línea de tiro por el barco al que intentaban socorrer. Fue una lucha horrible, cañonazos, virotes volando de un lado a otro, gritos, la caída al mar y pronta subida de Tórquero que dirigía las salvas de los ballesteros. Gritos en la cubierta de una y otra nave. Cuando llegó el bote, subieron todos, ninguno se veía tan valiente como para atravesar el brazo de mar que separaba un barco de otro en un bote tan endeble con el monstruo rondando, y Al alzó la voz al grito de «malditos cobardes», tras lo que se subió al bote y fue a ayudar al resto. El monstruo, entretenido como estaba con el bergantín no prestó la más mínima atención al pequeño y débil bote. Muchos maderos de la Flecha Marina se vencieron ligeramente, se astillaron y alguno partió. Bajo cubierta, León y otros marineros intentaban bloquear las vías para mantener el barco a flote y en las mejores condiciones posibles. Los continuos vapuleos debido a los impactos dificultaban mucho la tarea pero, seguramente, sin la tarea del carpintero toda lucha hubiera sido inútil.

Unos se unieron a la tripulación, otros no. Todos tomaron tierra en el puerto de Áurea, la ciudad del oro, la gloria y el orgullo del imperio romano. El único imperio, de hecho, que, por ahora, ya había anexionado el resto de territorios humanos. En dique seco el carpintero se puso con los marineros de cada turno a arreglar el casco y aprovechar para carenar el bergantín. Una vez más, no era un trabajo divertido, sin lugar a dudas. Mientras, los que libraban turno paseaban por la ciudad en busca de dinero, información, armas o prostitutas.

Tórquero se dirigió al templo de Eolo. Era un templo sobrio de tonos blancos y grises, una construcción alta de piedra con un gran pabellón sin paredes más un bloque perfectamente cubierto. La fe se llevaba a cabo en el pabellón, por donde el viento podía campar a sus anchas, para comunicarse mejor con su dios. La zona cubierta estaba destinada a la cocina, el comedor y los cuartos.

Tórquero saludó a sus compañeros y ellos lo recibieron con alegría y abrazos. Hablaron largo y tendido sobre las respectivas familias de cada uno, con cortesía plena, luego hablaron sobre el mar, sobre los ataques de los elfos y demás.

- El César planea declarar la guerra a los elfos de las Islas del Violín – informó uno de los sacerdotes –, será una guerra dura. El mar no es el terreno apropiado para nuestros guerreros con sus armaduras y escudos.

- El mar tampoco es el lugar de los elfos – dijo otro de los sacerdotes.

- ¿Han sido confirmadas las intenciones del César respecto a los elfos o es un rumor?

- Han sido confirmadas.

La conversación siguió unos minutos y luego, tras una calurosa despedida, Tórquero fue apresuradamente hacia la Flecha Marina. A veces la información quema.

Mientras, Ellivreeb, el capitán, paseaba por la ciudad acompañado de Satine y de Martha. La gente miraba de reojo al extraño grupo que paseaba por el mercado examinando los productos. Satine, cuando iba a comprar unos dulces, se dio cuenta de que le habían robado.

- Tranquila, señorita – le dijo el vendedor con amabilidad – aquí es lo normal. Vigile mejor sus cosas una próxima vez.

Sus palabras fueron amables, pero fue lo único que le regaló. Un rato después, Ellivreeb fue al teatro, para rememorar la época en la que llevaba una vida selecta, en tierra, entre canciones, obras, pinturas y magia. Aquella época empezaba a parecer que se reflejaba en un hierro mojado: se veía distorsionada, falsa… lejana. La obra se llamaba Elfo bueno: elfo muerto y consistía en una sátira emponzoñada en la que se criticaban casi todas las razas no humanas: elfos, enanos, medianos, grooms… no importaba, todos eran sujetos idóneos para ser insultados. Ellivreeb se sintió complacido cuando la obra acabó, vio al resto del público: toda aquella gente reunida para contemplar aquella obra de arte. Se sintió orgulloso de camino al barco.

Ya a bordo del bergantín se discutió qué hacer a continuación. La información de Tórquero fue recibida con interés y curiosidad y ya en aquel momento, Al tenía claro qué hacer a continuación. Solo tenía que planear cómo hacerlo.

Su próxima ruta fue hacia el sur, a un pequeño archipiélago a algo más de 70 millas de la costa continental más próxima. El viaje hasta allí transcurrió sin problemas y una vez allí, paseando entre las distintas islas, desde la cubierta del barco pudieron contemplar las enormes bestias que habitaban más allá de las playas con aspecto paradisíaco. Lobos de tamaño descomunal, osos con zarpas como torsos humanos y todo tipo de aberraciones. Eliminado el plan de poner el pie en las islas, decidieron esperar a que algún barco se aproximase al puerto de Áurea para interceptarlo y huir con su carga, pero el resultado de tal espera fue totalmente inesperado. El primer barco que vieron, y el único, venía del archipiélago, rodeaba islas como ellos, pero a fuerza de remo y tenía tres líneas de remeros. Un trirreme romano. Al dio las órdenes pertinentes y la Flecha Marina se lanzó hacia él. El barco romano maniobró como pudo, acostumbrados a tomar barcos como tomaban pueblos: llegando allí y arrasando a base de fuerza. Por eso cuando el veloz bergantín comenzó a barrer cubierta con metralla de los cañones y a partir remos, los romanos que iban dentro vacilaron. Varios cayeron por la borda durante las dos andanadas de los cañones y luego, cuando Al y su tripulación saltaron a la cubierta del otro navío, cubierto por los ballesteros y los magos, el desenlace de la aventura ya estaba sentenciado. La batalla no causó grandes problemas, los romanos fueron reducidas a fuerza de virotes, espadazos y estallidos de magia. En la cubierta inferior, uno de los romanos intentó amenazarlos de liberar sus capturas: 12 enormes y fieras criaturas como las que antes habían visto. Pero al final, la continua llegada de hombres de la Flecha Marina a la cubierta disuadió al romano de su idea.

Los esclavos fueron liberados y tripularon la nave mientras los soldados fueron atados y conducidos a las celdas. Allí, el capitán del barco romano, un tal Iacobus intentó convencer a Martha de que les ayudase a liberarse.

- Te cubriré de oro – le dijo.

Mientras esto sucedía, Ellivreeb empezó a guardar los cadáveres en toneles mientras pensaba en entregárselos a Tend’n y empezar a pagar el precio de su maldición. «¿Lo hago en la Flecha, ante la mirada de la tripulación, o los bajo a esa tranquila cala?». Y plateándose cómo podría tomárselo la tripulación decidió bajar los cuerpos a un bote.

- Tú, grumete, ayúdame.

El grumete le ayudó a bajar los pesados barriles y a desmontar una pequeña mesa.

- Ahora baja conmigo y llévame hasta la playa.

El grumete lo miró sorprendido.

- ¿Hasta la playa, capitán?

- Hasta la playa, grumete.

Y el grumete cogió aire mientras se planteaba lo adecuado de discutir una orden del capitán, hasta que finalmente bajó con él al bote y empezó a remar. Ellivreeb, casi recostado en el bote, sonreía. Las cosas iban bien. El viento hacía bailar su cabello y… una voz le gritaba desde el barco que cada vez estaba más lejos.

Al, asomado por la borda, gritaba a pleno pulmón:

- ¿Pero qué hace, mi capitán? ¡¡No vaya, hombre, no vaya!!

Pero mitigado por la distancia y el ruido de las olas Ellivreeb no parecía captar la urgencia y el tono imperativo del mensaje. El grumete miró al capitán con la ligera esperanza de que cambiara de parecer. Mas cuando este volvió a cerrar los ojos y a casi dormitar, el grumete perdió la fe.

Llegaron hasta casi la playa.

- Hasta aquí, capitán, no puedo seguir con el bote.

- Bien, ayúdame a descargar barriles, muchacho – dijo Ellivreeb bajando del bote y metiéndose un poco por encima de la rodilla en el agua.

El chico le ayudó a bajar los barriles y Ellibreeb los empujó hacia la playa; luego cogió los maderos de la mesa y se fue hasta ahí.

- ¿Vuelvo al mar, capitán?

- Vuelve, hijo, vuelve.

El grumete no se hizo de rogar.

Allí, en la tranquila playa del archipiélago lleno de monstruos, Ellivreeb apoyó la gran lámina de madera de la mesa sobre sus patas y abrió uno de los barriles. El olor a sangre y muerto había empezado a extenderse previamente, ahora, con la tapa de uno de los barriles al descubierto, el olor era claro, patenta. El capitán rodeó la mesa y, cuando estaba de cara al mar, una enorme lanza de madera, de unos dos metros y medio o tres, salió volando de entre los árboles entrándole por la espalda y clavándolo a la mesa. Ellivreeb sintió cómo se escurría la sangre por la enorme perforación, aunque el dolor no era tan agudo cómo se esperaba. De hecho no dolía, de hecho ya no notaba la sensación pegajosa de la sangre.

Desde la cubierta del barco nadie daba crédito. El grumete asustado en mitad del mar miró hacia el barco.

- ¡¡Ve a por el capitán!! – le gritó Tórquero.

El chico parecía dispuesto a esperar eternamente por una segunda opinión, la del contramaestre le convenció.

- ¡Vuelve, el capitán está muerto! – luego, en un tono en el que el joven no podía ya escucharle prosiguió – de nada nos sirve perder a dos miembros.

En la playa, tres enormes bestias grises se aproximaban al capitán con caminar inclinado y sujetando lanzas dos de ellos. El que no llevaba armas le pisó en un costado y extrajo la lanza de un tirón. Luego, cada uno arrancó un pedazo de carne y se llevaron el resto del cuerpo y los barriles hacia el bosque.

Y Martha, aunque dudando, rechazó y tras su insistencia abandonó las celdas sabiendo que toda persona tiene un precio y fue a hablar con Al. Y se encontró la anterior situación, todo estaba muy caldeado, nadie sabía muy bien que hacer. Al propuso su nombramiento como capitán y fue apoyado por casi toda la marinería.

- Ya os diré cómo quedan el resto de puestos. A ver, Martha, tú que querías.

- ¿Podemos hablar a solas?

Y a solas le contó qué pasaba con el prisionero. Ella sonreía imaginándose el ruido que iba a hacer tanta moneda junta cuando agitasen las bolsas de cuero.

- La ley del mar es clara, ha de morir.

- Pero… contr… capitán, creo que podemos sacar mucho de ellos. Podría ser interesante…

Pero Al tenía otra forma de ver las cosas: se cumpliría la ley del mar. No importaba el oro ni el botín. La ley había de ser cumplida.

jueves, 4 de junio de 2009

Brujo

Asomada por la baranda, la joven Ser de luz contemplaba la inmensidad del mar. Se revolvía lentamente, casi juguetón, mansamente y bajo su superficie perlada de espuma se podía ver hasta metros y metros de profundidad. Las condiciones eran óptimas. Examinó su equipo una última vez: espadas afiladas, dagas afiladas y dispuestas, pociones en el cinto, arpón a su lado, en cubierta. Echó una última calada a la pipa y la envolvió en la capa que tenía junto a las botas. "Aparecerá en cualquier momento. Donde un instante antes no había nada solo habrá muerte y tentáculos. No puedo vacilar". Se concentró, tenía los ojos cerrados y los músculos preparados para saltar ante la primera orden. Y comenzó a llover. Una lluvia fina, ligera, una lluvia de las que uno se da cuenta cuando ya tiene la ropa empapada y pegada al cuerpo. No importa, es una lluvia que deja ver. La bruja toma aire. Todo empieza...

miércoles, 3 de junio de 2009

Nuevos videojuegos

Parece que este año todo el mundo quiere ofrecer alardes gráficos de primera con cientos de movimientos y animaciones, o juegos totalmente nuevos y rompedores o juegos que los fans piden desde hace años. Así pues, un breve repaso a algunos vídeos de los que dejan los dientes largos.

Uncharted 2, para PS3:

Assassins Creed 2: empieza en torno al 0:44

Modern Warfare 2 (increíble):

Old Republic: (para los fans de SW).

La verdad es que todos me parecen una pasada, y no solo a nivel gráfico. Aunque el último no muestre demasiad de cómo será el juego, si no más bien la típica intro.

Edito:

Gracias a Polar y Ryudo por mantenerme al tanto de qué se mostraba en el E3 sin tener que buscarme mucho la vida.


Invadida Polonia...

es mejor jugar las cartas. Hasta el final.

Y fin de las clases.

martes, 2 de junio de 2009

Tiempo de odio - Andrezj Sapkowski

La cuarta novela de Geralt continúa la historia del brujo de pelo blanco y la leoncilla de Cintra.

Tiempo de odio continúa perfectamente lo acontecido en La sangre de los elfos y lo lleva todo un poco más allá. Las conspiraciones se vuelven más enrevesadas, los destinos de los personajes se ven más negros, la intransigencia interespecífica se acentúa. Todo se recrudece como ha venido haciendo libro por libro.

Posibles spoilers, pero sin recreación: en este ambiente de intereses cruzados, el neutral protagonista continúa su defensa de Ciri, medio en la sombra, mientras de esta nos enseñan como mejora su relación con Yennefer, la ex de Geralt, con lo que quedan configurados como la típica familia separada, un poco atormentada, pero con sentimientos claros de fondo. Mientras los correos de los reyes cabalgan de un lado para otro, mientras los magos se preparan para confabular y el Ehmyr parece esperar pacientemente, Ciri huye a buscar a Geralt antes de ingresar en la escuela de hechiceros de Aretusa. Esto motivará el reencuentro de Geralt y Yennefer, quienes volverán a mantener su tortuosa relación llegando, incluso, a asistir juntos a la reunión hechiceril donde Geralt tendrá una conversación más que interesante con el megalómano Vilgefortz (un hechicero que mola, cosa rara) y luego, a partir de ahí... el caos. Traiciones que se despiertan, hostias de un lado, hostias de otro; la magia del fuego, más hostias de un lado y de otro, los Ratas y más hostias.

La profundización en la política y en el mundo de los hechiceros y la magia en general le dan a este libro la profundidad necesaria para avanzar la trama. Los nuevos personajes como los Ratas o los abogados le dan un toque nuevo y fresco a la historia. La repetición de frases que llevamos cuatro libros encontrándonos hacen que el lector se sienta incluido en ese mundo en el que todo transcurre. Innegablemente, Sapkowski hizo un buen trabajo con esta serie y ahora, entre las páginas de Buenos Presagios, me pregunto por cómo seguirán los pasos del albino.

lunes, 1 de junio de 2009

Asco de vida

Asco de vida es una página que recopila frases que se pueden concluir con un "que asco de vida". Hay frases muy buenas y frases bastante malas, pero es lo suficientemente buena para pasar unos minutos divertidos.

*Hoy, después de 2 años con mi novio, he descubierto que el mensaje que hizo que me lanzara no era para mí, si no para una de mis amigas. ADV

*Hoy, mi madre hablaba com mi padre y como yo no queria hablar con él, le dijo que yo tenía dolores menstruales y no me podia levantar de la cama. Él le preguntó si ya me habia desarrollado. Tengo 20 años. ADV

*Hoy, estaba haciendo de canguro a mis dos sobrinas pequeñas y les pregunté a qué jugaban. Ellas me dijeron que a princesas, y yo les dije que también quería jugar. Su respuesta fue "No puedes, las princesas son guapas.

Un ejemplo.

Flecha marina [pt.5]

El Sol la despertó. Estaba con la cabeza sobre el hombro del mago.
- Buenos días, durmiente.
- ¿Llevas mucho despierto? – preguntó ella confundida, medioelfa. Dormía poco, esto no solía pasarle.
- Un rato – sonrió él – vamos a desayunar, tengo hambre.
En el primer piso, Lucilda les sirvió queso, jamón, pan y un delicioso vino. Para Satine era un desayuno demasiado fuerte, pero picoteó sabiendo que en el barco no podría permitirse tales lujos.
Luego, Tend’n la acompañó hasta el muelle, «como un caballero – dijo».
- ¿Volverás esta noche? – preguntó con sencillez.
- Quizá – respondió ella con una sonrisa.
Él se marchó. Pasaba del mediodía en aquel momento. Y Al, al verla, sonrió.
- ¿Qué tal? Supongo que bien. Sonriente y pasando la noche fuera.
- Estuvo bien, estuvo bien. Tal vez esta noche vuelva a dormir fuera.
Al no hizo más comentario, solo se rió por lo bajo.


Mientras, Martha fue a la taberna donde había quedado con Evan. Allí la esperaba él con otros dos hombres: uno con pinta de hombre duro, otro con pinta de ladronzuelo hábil. Hablaban de asuntillos relacionados con la ciudad y con el dinero. Al parecer habían pagado dos mil monedas a una bruja para acabar con un calamar gigante y ésta había pasado varios días buscando un barco en el que zarpar. De esto hacía ya una semana y no parecía que el trabajo le hubiera salido bien. Bromearon y fanfarronearon sobre cómo matarían ellos a tal monstruo por tanto dinero. Cuando Martha salió con el ladrón para ir a robar, sus pensamientos estaban volando hacia la bruja. Los brujos eran algo bastante poco habitual: eran extraños, pocos, vestían todos igual y se guiaban por un código que nunca se saltaban. Los robos fueron mejor o peor, cada uno era una sorpresa, a los que se daban cuenta, el frío tacto de una daga en el costado los disuadía de hacer nada. El ladronzuelo, Arturo, no parecía hacer mal equipo con ella. Tras una serie de hurtos quedaron a la misma hora para el día siguiente. «Una bruja – pensó mientras volvía hacia la Venérea –, seguro que a Ellivreeb le interesa». Aunque lo cierto es que no despertó interés alguno en el capitán de la Venérea quien tal vez decidió interpretarlo como un rumor sin fundamento o, realmente, no tenía el más mínimo interés en la Gran Orden Negra.

Unos trabajan, otros se dedican a llevar putas a sórdidas tabernas, otros pasean. Cerca del anochecer Satine abandona la Venérea. Vuelve al mediodía siguiente. Nadie pregunta, nadie comenta. Al y Juan consiguieron un precio fantástico, tras hablarlo con Ellivreeb, por el Doblón de Oro y, así, el alijo de la tripulación aumentó en 780 piezas de oro.
La reparación de la nave estaba concluida. La apariencia del barco era sencillamente envidiable, parecía un barco nuevo: limpio, pulido, reentablado, brillante y con olor a limpio. El cambio era espectacular. Al echó un ojo al barco, evaluó la situación y fue a hablar con el capitán de la Flecha Marina y lo convidó a ver parte de la oferta que quería hacerle por su bergantín. El capitán y dos hombres de confianza se acercaron hasta la nave de comercio y desde allí les ofrecieron el trato: 700 piezas de oro y la Venérea a cambio de la Flecha Marina. Los hombres discutieron un rato. La Venérea, en aquel momento, parecía un fantástico barco y se veía que les ponía los dientes largos. Era más pequeño que el bergantín, sin duda, pero 700 piezas de oro eran un postre interesante. Tardaron en decidirse, e incluso al final, parecían poco convencidos, pero aceptaron la oferta.

Al felicitó a León por su buen trabajo y le informó de que pronto tendrían otro barco y que renunciarían a la Venérea. León sonrió, quizá por compromiso, mientras pensaba que después del trabajo que acababa de llevarse en los últimos días no le hacía la más mínima gracia cambiar de barco.

En cualquier caso, la flecha marina, un precioso bergantín de dos mástiles con grandes velas cuadradas y 10 cañones por banda; era una notable mejora; aunque León, empeñado en buscarle el lado malo, se obcecó en que habría que carenarlo en un mes, máximo dos.
- Se te paga por ello – dijo Ellivreeb con una sonrisa.
- Sí, señor.
- Mañana zarparemos, avisen a sus compañeros si es que falta alguien ahora mismo.

La noticia se difundió entre la tripulación. Martha volvió a intentar aumentar sus fondos con el dinero ganado noblemente por otras personas, pero en esta ocasión, un hombre se revolvió e hirió al pícaro que le había apoyado la daga y este, presa de un ataque de furia, asestó una puñalada al hombre. Martha echó a correr intento apartarse de lo que en cuestión de segundos se convertiría en un caos. Se encontraron en su punto de reunión pasado un rato largo, repartieron las ganancias y Martha se dirigió al barco a pasar el resto del día tranquila. Satine volvió a salir cerca del anochecer y se dirigió a casa de Tend’n. Fue él quien le abrió la puerta.
- Dichosos los ojos, Satine.
- Al final partimos mañana, en lugar de pasado.
- ¡Oh! Una verdadera lástima – su voz parecía indiferente, aunque con ciertas ganas se le podía notar un toque triste – ¿volverás?
- Claro que volveré.
Tend’n sonrió. Subieron al segundo piso y Satine sacó dos libros de la bolsa que llevaba. Uno era Obra completa del bardo Alejandro, el otro era el libro del maestro de Satine, un hombre llamado Moradal Nilkazar. Tras echarle un breve vistazo le informó de que el libro tenía magia, protecciones para que se no se estropease. Con el otro se mostró bastante emocionado, por la rareza, y la fama del autor. Vio las partituras y la enorme mezcolanza de idiomas que se reunía en sus páginas.
- Querría que… me los guardases – pidió Satine.
- Claro, no tengo ningún problema con ello.
- Y… agradecería que les hicieras una copia…
Tend’n pareció meditarlo unos instantes.
- No habrá ningún problema. Estaré desocupado hasta que volváis.
Cenaron frugalmente y sin paseo ni preámbulos se encerraron en la habitación. Satine se preguntaba si volvería a verlo. El mar era un lugar peligroso.

Al día siguiente, temprano, la Flecha Marina zarpaba. Tend’n, desde el muelle despedía al barco con un gesto tranquilo y luego volvía hacia su casa con tranquilidad. Satine miró en su dirección, ligeramente triste por él y preocupada por sus libros. Y la Flecha surcó rápida y fiera las aguas como cabía esperar de un barco con aquel nombre, abandonando la bahía desde la que se accedía a Úvier y desde donde retomarían la dirección sureste hacia Áurea y Roma.