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martes, 8 de febrero de 2011

Los duelistas - Ridley Scott

Ésta fue la opera prima de Ridley Scott (el genio tras El Octavo Pasajero, y tras la absolutamente sobrevalorada Blade Runner), basada en una historia de Joseph Conrad (más conocido por Corazón de tinieblas). Admito que no conocía Los duelistas de nada. Nunca había oído su título. Fue Escipion quien, tras oír mis cantos de alabanza a Harvey Keitel y a Keith Carradine, y conociendo mi devoción por El Octavo Pasajero, me informó de que esta película estaba muy bien y reunía a los tres.






Como en un 90% de los casos, sus recomendaciones me parecen excelentes, no tuve duda de que la vería. Fue en las navidades de 2010, navidades que, a decir verdad, me pasé viendo películas y leyendo, de tal modo que aún tengo en la recámara un buen puñado de reseñas por hacer. Fue una de esas noches frías en las que hay pocas cosas más placenteras que recostarse en un sofá mullido con una manta encima con otra persona al lado.


La historia comienza en Estrasburgo, en 1800 y presenta a dos personajes: Feraud (Keitel) y D'Hubert (Carradine). El primero, un hombre que vive para la espada y disfruta de las apuestas y las luchas, fiel hasta la médula a Napoleón, tiene una desavenencia con el segundo cuando se siente insultado por este. Así, empezando con mal pie, acaban batiéndose en duelo. D'Hubert se niega a matar a Feraud y esto conlleva a que a lo largo de años y años, de hora y media de metraje, estos dos espadachines se batan una y otra vez.



Un vestuario excelente y unos decorados (unos no-decorados, según leo en IMDB, dado que no había presupuesto para ello) son el fondo visual perfecto para unos duelistas fantásticos, unos personajes cautivadores fantásticamente interpretados (sobre todo Feraud; sí, Keitel se come a Carradine, que acaba pareciendo la excusa para dejar que el personaje de Keitel enamore al mundo). Unos paisajes muy coloridos, de hierba verde claro, árboles verde oscuros, flores... pero poco luminosos, una niebla oscura y una iluminación generalmente ligera, que consigue un toque de oscuridad perfecto para la historia de obsesión y muerte.


El ritmo, ni rápido ni lento, consigue mantener al espectador en tensión; sobre todo en esas pausas espada contra espada, cuando casi se respira el aire nervioso, inquieto; casi se siente el resorte a punto de saltar en las miradas fijas, concentradas, de los espadachines, en la tensión de sus brazos y sus piernas, prestos a zanjar el larguísimo duelo de una vez por todas.




Unos diálogos, algo insistentes por momentos, que tratan una vez sobre el valor y el honor, sobre el orgullo y la lealtad, apoyan una narración épica contada a punta de espada y a base de pequeñas heridas y marcas.


La música, aunque se comentan maravillas sobre ella, a mí me pareció que cumplía sin mayor brillo. Resulta amena y un gran acompañamiento para la poderosísima y hermosa imagen que luce la película.

Un final precioso, elegante, conciso y que parece absolutamente lógico y reflexionado.

Como puntos negativos, un bosquecillo que apesta a replantado, con árboles perfectamente dispuestos en bien calculadas hileras, en el combate de mitad de la película y el hecho de que Carradine sea una mera sombra de Keitel.


Nota: 7,5. Una buena película, con una buena imagen y un Keitel magnífico. Unos personajes atractivos, sobre todo el obsesionado Feraud, y un buen acompañamiento de diálogos y música.


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El octavo pasajero.