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domingo, 31 de mayo de 2009

Flecha Marina [pt.4]

- Son mis compañeros – dijo Jaina – y el alto es el capitán del que te hablé.
Martha miró a Ellivreeb.
- Venga, cálmate y vamos a hablar con él.
El señor Dahl los hizo pasar y subir al segundo piso, a un saloncito de lujosa ornamentación. Una gran estantería llena de gruesos y viejos tomos, una pared de la que colgaban distintos instrumentos musicales y un par de panoplias que exhibían los más bellos aceros. Hablaron durante un rato, conversación ligera y vacía. El señor Dahl se mostró como un anfitrión cortés y educado con una cierta recurrencia a decir frases con segundas y añadir tras una muy pequeña pausa: “y no hablo de sexo”. Al le preguntó, durante esta conversación, si podrían hablar un momento a solas, Dahl accedió.
- Quiero un conjuro de polimorfar.
- Muchos magos pueden hacerlo y, seguramente, con tarifas menores que las mías.
- Prefiero un buen mago.
- Cómo quieres el polimorfar.
- ¿Cuánto me costaría el efecto de polimorfar sin más y el poder elegir a voluntad entre distintas formas en cualquier momento?
- ¿Con un objeto que lo hiciese por ti, dices? – y ante el gesto afirmativo de Al, concluyó – 25 cadáveres el primero, 500 el segundo. Desde luego, en el primer caso, 25 cadáveres y volver aquí cada vez que quisieras un cambio.
Se dieron la mano como hombres de tierra, con frialdad y distanciamiento y volvieron al salón donde los que seguían allí habían pasado el tiempo hablando con Jaina y preguntándole porque estaba ya allí. “En la Casa de la Magia me recomendaron venir aquí – fue su respuesta”.
- Y bien, señores ¿a qué se debe su visita? – preguntó Dahl con su tono cortés, controlado, con su voz suave.
- He oído que es un gran mago.
- Eso dicen – contestó con una sonrisa ligera.
- Me maldijeron.
- ¿Quién y cómo?
- El mago Desmond.
- Desmond, ¿eh? – el señor Dahl se rió con suavidad – Bueno, supongo que eso podría arreglarse, pero dado que no es mal mago, te saldrá caro – Dahl dejó una pausa dramática –: 400 cuerpos.
- ¿cuerpos?
- Cadáveres.
Y se hizo un breve pero incómodo silencio.
- Cuatrocientos – repitió Ellivreeb con tranquilidad y ante el balanceo de cabeza afirmativo de Dahl, añadió –: son muchos cuerpos.
- Puedes pagar menos y no asegurarte de que te la quiten. Por cuatrocientos cuerpos te garantizo que te elimino la maldición. Tú verás en cuánto valoras el problema que te rodea y supera.
Y Ellivreeb aceptó.
Mantuvieron la charla agradable durante unos minutos más. En un momento, mientras los tripulantes de la Venérea hablaban entre ellos sobre cómo repartir los cuerpos, en si deberían entrar en consideración de botín, etc., cuando Dahl se dirigió a Satine.
- No eres de por aquí, ¿verdad?
- No. ¿Por qué?
- Una belleza como tú no es algo común, me habría dado cuenta – sonrió.
- Gracias – respondió Satine casi con timidez mientras evaluaba durante un instante al mago, alto, fuerte, de facciones muy marcadas. En tiempos habría sido un hombre muy guapo, ahora se le notaba profundamente la consunción de jugar con la muerte. Sobre todo se notaba en los pómulos, cuya arcada zigomática se dibujaba intensa y claramente bajo la piel.
- ¿Cuándo te vas?
- Dentro de 3 ó 4 días.
- Quieres quedarte cuando tus compañeros se vayan, hasta que parta el barco.
Satine, sorprendida miró un instante a sus compañeros, que seguían discutiendo la mejor forma de proceder.
- Me encantaría ver la ciudad de noche – sonrió.
Y cuando todos se fueron, ella se quedó.

Los demás volvieron al muelle. El trabajo en la Venérea avanzaba al ritmo que les había dicho León. No había queja posible. Aparte, cabe decir, el carpintero de la armadura completa estaba haciendo un buen trabajo. La noche cayó y sin la presencia del carpintero, el trabajo quedó postergado hasta el día siguiente.

Por la tarde, Dhal, que resultó llamarse Tend’n y Satine hablaron durante largo rato sobre sus viajes, sobre lo extrañas que resultaban a veces otras razas como los Seres de luz, los Groom o los elfos. Sobre las extrañas costumbres y forma de vida de los enanos, sobre música y pintura, sobre espectáculos. Hablaron sobre grandes artesanos y famosos magos.
Y al caer la noche, después de cenar, Tend’n salió con Satine y le enseñó la ciudad. El ajetreo de las plazas con los bardos, la plaza del mercado donde ya solo quedaban los más insistentes comerciantes, la Casa de la Magia, el ayuntamiento. Un largo paseo. Cuando ya las piernas empezaban a protestar, Tend’n le preguntó:
- ¿Quieres que te acompañe hasta el barco o quieres quedarte a dormir en mi casa? – su voz era suave y, tal vez, indiferente. Ante la mirada sorprendida y el ligero sonrojo de Satine, añadió –: y no hablo de sexo.
- Si tienes camas libres… me encantaría. Un barco no es precisamente cómodo.
Entraron en la casa sin hacer mucho ruido.
- Lucilda está durmiendo – susurró Tend’n – no quiero despertarla.
Subieron al segundo piso y Tend’n llevó a Satine hasta una habitación.
- Ésta está libre.
Satine asintió, sin más.
- ¿Tienes sueño? – preguntó Tend’n.
- No demasiado, en realidad, es más cansancio que sueño.

Y Tend’n enseñó a Satine distintos objetos que tenía por la casa. Instrumentos de cuerda élficos, algunos de viento, le enseñó una pluma que escribía sola al ritmo que marcase la voz de quién la usaba, le enseñó alguna de las armas. Satine estaba maravillada, sobre todo con la pluma, con la que podría copiar a ritmo aceptable el Obra completa del bardo Alejandro, pero ni tenía la confianza necesaria, ni la frialdad necesaria para pedirle la pluma. Observó durante unos instantes un instrumento de seis cuerdas hecho por los elfos y que, según dijo Tend’n, llamaban “kitara”. No se atrevía a cogerlo. Tend’n se acercó a ella por detrás y aproximó la cabeza a su oreja. Ella no se apartó.
- Puedes cogerlo – susurró.
Lo cogió y probó a tocar. Sonaba suave, tierno, algo menos estridente que el laúd. Probó las cuerdas, las reafinó a su gusto.
- ¿Quieres tocar?
- Me encantaría.
- Vamos a mi habitación.

Allí, Tend’n conjuró algo y Satine tocó durante casi media hora. Cada vez que concluía una pieza, Dahl aplaudía.
- Eres buena, chiquilla, realmente buena.
Ella se sentía orgullosa de que alguien como Dahl apreciase su arte, de que un gran mago con los dioses saben cuántos años se sintiese atraído por su música. Dejó el instrumento al lado mientras echaba un ojo a la habitación del mago. Allí había un brillo pálido, seguramente de la gran concentración de magia. Examinó la docena de libros que estaban caóticamente dispersos por los estantes y, en ese momento, sintió que la abrazaban por el talle. Dudó. El acercó la cabeza a su oreja, apoyando el mentón en su hombro. Ella se dejó llevar, echó la cabeza hacia atrás, sintió un beso en el cuello y luego, no recordaba muy bien cómo, estaba desnudo entre sus piernas. ¿Qué había sido real, qué magia? ¿Qué importaba? Satine dormía.

sábado, 30 de mayo de 2009

Flecha Marina [pt.3]

A medio camino del barco, Ellivreeb decidió que “al precio que fuese” era una exageración y que tal vez no estaba, todavía, en condiciones de permitirse aquella fortuna. Así que volvió a la Casa de la Magia a hablar con el especialista en maldiciones. Se dirigió a su despacho directamente.
- Hola.
- Buenas tardes otra vez – respondió el mago con una sonrisa.
- Mira, lo he pensado mejor y no, no quiero que busques nombres.
- Oh – el especialista esbozó una cara afectada – ¿en serio? Es que ya te he encontrado un nombre.
Ellivreeb lo miró con detenimiento. «¿Querrá estafarme?».
- El nombre y la localización serán de su agrado, estoy seguro – afirmó el especialista mostrando las palmas de las manos en claro gesto de insinuar su inocencia.
Ellivreeb tras meditarlo unos instantes dejó dos piezas de oro sobre la mesa.
- ¿Y bien?
- El señor Dahl – respondió con orgullo –, quien, además, se hospeda momentáneamente en esta ciudad.
- Muchas gracias – respondió Ellivreeb con frialdad.
- Vuelva pronto – se despidió el otro.

Y Ellivreeb fue hasta la Venérea a pedir a quienes no estaban de turno que le ayudasen a localizar al señor Dahl.

Martha preguntó por la zona de los muelles. Le dieron una dirección y le recomendaron no acercarse allí, no sola, al menos. Le dijeron que reconocería la casa del señor Dahl porque en la puerta tenía un papel clavado con un cuchillo con nombres y cantidades de oro. Un asesino a sueldo. Se preguntó por las razones que llevaban a Ellivreeb a querer contratar a gente así.
Después paró en una tarberna y un hombre intentó camelarla. Hablaron sobre nimiedades y él la invitó a su casa. No tenía pinta de pobre y Martha vio la posibilidad de robarle. En su casa hablaron. El hombre se llamaba Evan, ella Martha, él era contrabandista, ella ladrona.
- ¿Algún buen lugar para robar?
- Cualquier plaza, sobre todo la del mercado. Mucho ajetreo, ruido… más fácil imposible. Aunque la cantidad de gente puede dificultarte la huida si todo sale mal.
- ¿Podrías encontrar a alguien que venga conmigo?
- Mañana a las once en la taberna de hoy.
Y así quedaron.
Martha siguió preguntando por distintas calles, cada vez más lejos de la casa del asesino hasta que la redirigieron a una casa de paredes rojas donde vivía el mago Dahl. «Ese ha de ser».

Al y Juan preguntaron por barcos en venta y visitaron los que había. Entre ellos había un bonito bergantín llamado Flecha Marina. Tenía un aspecto imponente. Cuando Al preguntó por el navió, le dijeron que pedían unas mil piezas de oro.
- Lo hablaré con el capitán y volveré para comentarles su resolución.
Aquel barco era una buena nave y dejaba atrás en casi cualquier aspecto a la Venérea y al Doblón.

Satine fue a preguntar por las calles del centro de la ciudad. Fue la que más se alejó del puerto pare preguntar. Vio tocar a distintos bardos. No importaba si eran buenos o malos, ella tenía los poemas del mejor. Se sentía superior. Caminaba altiva y orgullosa.
- Por favor, ¿el señor Dahl?
- ¿El mago? Sigues por esta calle hasta la plaza de los correos y tomas a la derecha. Allí, una gran casa de paredes rojizas.

Ellivreeb recibió una respuesta parecida y se dirigió al lugar. En la misma calle se encontraron Satine, Ellivreeb y Martha. Llamaron a la puerta. Cuando se abrió, tras ella solo había una media con ropas de sirvienta.
- Saludos, buenos señores. ¿Qué desean?
Ellivreeb le dirigió una mirada asqueada. Conteniendo una mezcla de repugna, frustración y furia. «Malditos enanos…». A la mediana no le pasó desapercibida tal mirada. Le devolvió una mirada furiosa. Ellivreeb no se molestó en disimular su asco. Ella, furiosa, le preguntó en mal tono:
- ¡¿Qué coño te pasa, retrasado?!
Ellivreeb se planteó la seguridad o no de tomar parte física, dado lo mal que le había ido la última vez. Así que se contuvo y respondió: “nada”. Y comenzó a alejarse «puede que me trague mi ira, pero todo tiene un límite. Putos bajitos…».
Y, en aquel momento, de la puerta salieron dos hombres. Uno alto y con túnica negra. El pelo negro, los ojos grises, la piel blanca, casi mortecina desde la que se marcan los huesos subyacentes. La otra, la inconfundible y estilizada figura de Jaina.

Todos se miraron durante unos instantes, en silencio.

jueves, 28 de mayo de 2009

Dormur

Era una ciudad preciosa, muy a la moda de los elfos. Aquellas enormes y estilizadas estatuas junto al mar, saludando a los barcos que se aproximaban; aquellas fuentes que jugaban de formas tan intrincadas con el agua, que la sometían a un largo laberinto de saltos; aquella frondosa vegetación entre las casas y aquel ajetreo festivo hasta altas horas.

El misterio estaba, en realidad, en cómo vivían los elfos. "¿Qué hacen para vivir?" Me he hecho esta pregunta medio millar de veces. Por imposible que parezca, la sensación de que los elfos viven una continua celebración es inevitable. Da igual la hora y el día, por las calles se ve a elfos despreocupados que intentaban llevarse a la cama a elfas despreocupadas; en las tabernas, de una finura y una decoración que querrían muchos nobles para sus palacios, los elfos comían y bebían, hablaban de la última sensación de la pintura o de aquella balandra tan estilizada y bella que había llegado a puerto; en las plazas los músicos se reunían para tocar en grupo ante un público que se deshacía en halagos y que llegaba a ofrecer platas al intérprete de turno. Tal vez esta fuese la verdadera ciudad del oro, porque si Áurea lo fue en algún momento... ese momento pasó a mejor vida y ha sido enterrado bajo los adoquines de sus calles.

Parecía que en Dormur todo era alegría, que solo existía la algarabía ajetreada, el alcohol y el sexo y que todo lo demás era un rumor de fondo, el murmullo del mar. No pude sino valorar lo apropiado del nombre.

En muchos lugares eché de menos mi hogar, mas no en Dormur.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Flecha Marina, pt. 2 (UHdP)

Ellivreeb y Jaina se dirigieron a la Casa de la Magia. Llegaron con un par de indicaciones. La Casa en cuestión era una majestuosa construcción de piedra rodeada de un precioso y cuidado jardín. Fuera, sobre el cuidado césped y los árboles algunos magos paseaban, libro en mano; mientras otros magos ocupaban las manos en la anatomía de otras magas. Jaina y Ellivreeb entraron en la Casa sin prestar demasiada atención a todo aquel ansia de teoría y de práctica.
- Buenas tardes, señor – comenzó Ellivreeb, dirigiéndose a uno de los magos que estaba en el interior del bajo.
- Buenas tardes, ¿qué desea?
- Busco información sobre maldiciones – contestó rápidamente.
- Puede usted consultar la biblioteca o a algún especialista.
- Creo que hablaré con un especialista – concluyó Ellivreeb.
- Como desee. En el piso de arriba, tercera puerta a la derecha, señor.
- A mí me gustaría acceder a la biblioteca – intervino Jaina.
- El servicio de la biblioteca es de pago, señora. Tendrá usted que pagar por libro o conjuro consultado.
- Veré que títulos hay antes de decidirme entonces – contestó con sequedad.
Y así, se separaron.

Ellivreeb se acercó a la puerta que le habían dicho. Llamó. Una voz barítona le dijo que entrase. La sala era pequeña, cómoda y estaba pulcramente ordenada, con excepción de unos cuantos papeles dispersos por la mesa.
- ¿Es usted el experto en maldiciones?
- Sí, bueno… en esencia sí. ¿Qué desea?
- Quería informarme sobre una maldición.
Y Ellivreeb le habló sobre la maldición que le habían echado, sobre su imposibilidad para conjurar en el continente. El especialista en maldiciones asistió a la explicación en completo silencio y solo cuando el capitán de la Venérea dio por terminado su monólogo, preguntó:
- ¿Sabe quién es el mago que lo ha maldecido?
- Se llama Desmond.
Y el mago inspiró profundamente.
- Mala cosa. El gran mago Desmond, supongo – y, ante el gesto afirmativo de Ellivreeb, concluyó – pues entonces vas a tener que buscar a alguien que pueda enfrentarse a su magia. Yo sé cómo se deshace una maldición, pero no puedo comparar mi magia a la suya. Pero mira, lo que puedo es hacerte una lista de gente que pueda ayudarte.
- Oh, eso sería perfecto.
- Te costaría un oro el nombre y un oro la localización. ¿Trato hecho?
- Trato hecho – respondió Ellivreeb doliéndose del dinero que iba a perder. Pero tenía que conseguir sacarse aquella mierda de encima. Al precio que fuese.

martes, 26 de mayo de 2009

Flecha Marina, pt.1 [UHdP]

La Venérea en cabeza, seguida a unos trescientos metros por el Doblón bordeaba la línea de costa dejando un margen a prueba de rocas y demás escollos. En el cielo empezaron a congregarse bancos de nubes, y una cortina de densa lluvia puso fin a la ya escasa luz del Sol. Fue durante el turno de noche, con Oliveth al mando, cuando el viento alcanzó un punto insostenible. Oliveth gritaba ordenes varias y maldecía en élfico. Los marineros intentaban dominar el barco sin ser arrojados por la borda en su violento bamboleo. Cuando llegó el punto en que la tormenta resultó incontrolable, Oliveth gritó fuera de sí.
- Arriad las velas, joder, ¡las putas velas! – seguido de lo que, a todas luces, era un taco en élfico.
El Doblón había desaparecido hacía horas del campo de visión, en parte por la oscuridad, en parte por la lluvia y, cuando el elfo tuvo que hacer sonar la campana para llamar a cubierta a los durmientes, se preguntó por su suerte. «Es un barco recio y ancho, tal vez se mantenga en una situación mejor que la pobre Venérea».
Al fue de los primeros en llegar, aunque había notado desde la cama el fuerte vaivén al que estaba sometida la nave. La tripulación salió a cubierta ayudando en lo que podía y cumpliendo las órdenes que se les daban, sin dudar, sin discutir. Algunos fueron a la bodega a trabajar en el agua que entraba a través de las fisuras entre las tablas. Gritos y un profundo ajetreo hasta que la feroz galerna amainó, ya cerca de la salida del Sol.

En aquel momento, bajo el brillo casi paralelo de los primeros rayos, cuando al fondo, en perfecto estado, pudo vislumbrarse la figura del Doblón que, al menos a priori, parecía en mejores condiciones que la Venérea. El resto del viaje se produjo sin contratiempos. León Rice, el marinero con armadura completa, se ocupó, dado que había manifestado sus conocimientos de carpintería. Tras evaluar la situación dijo que el barco aguantaría perfectamente hasta puerto y que luego necesitaría unos cuantos días en dique seco. Efectivamente, su predicción acertó y cuatro días después, ambos barcos llegaron al gran puerto de Úvier. El Doblón quedó en uno de los muelles mientras que la Venérea fue llevada hasta el dique seco donde se procedió a evaluar los daños del casco. León no dedicó demasiado tiempo a su evaluación.
- Capitán Ellivreeb, ¿cuán tiempo lleva esta nave sin carenar?
Ellivreeb pareció dudar y se calló un «¿carequé?».
- No tengo la menor idea, señor León. Compré el barco hace muy poco.
León se mordió la lengua. Se contuvo.
- Necesita ser carenado, aparte de reparar las vías de agua que abrió la galerna.
- Carene, señor, carene; para eso se le paga.
Y mientras las partes a las que no tocaba trabajar de la tripulación se dedicaban a descubrir Úvier, León, Grigorius, que decidió ayudarlo, y aquellos que estaban de turno, se dedicaron afanosamente a la reparación de la Venérea.

domingo, 24 de mayo de 2009

Damien Walters [Vídeos]






Hoy me pasaron esto y, sencillamente, es increíble.

La gracia del segundo vídeo empieza hacia el minuto 2:15 o 2:20, cuando empiezan a jugar con la pelota.

viernes, 22 de mayo de 2009

Doblón de oro [Una historia de piratas]

Satine tenía sus razones para embarcar. Como todos. Para algunos era simple dinero, para otros el deseo de aventura, para el resto era una solución. Ella estaba en el tercer grupo. No es que no le tentase el oro o el sentir la brisa ondeándole la melena, ni que no le motivasen las aventuras sobre las que componer canciones y poemas, no le disgustaba en absoluto el tiempo libre para ensayar ni el público constante; pero tenía que salir de allí, desaparecer, y probó suerte en el barco pese a lo que le repugnaban los olores que lo impregnaban todo y una veintena de hombres la miraban de aquel modo.

Ellivreeb se había mostrado entusiasmado con su presencia en el barco, un entusiasmo inocente y puro. Adoraba la idea de tener arte a su alcance, había visto más allá de sus pechos, algo que no se podía decir del resto de la tripulación. Satine, no obstante, encontraba consuelo en la presencia de las otras tres mujeres de la tripulación. Era extraño que en la tripulación de un barco hubiera una mujer, a decir verdad, que hubiera cuatro era increíble.

El barco pasó dos días más anclado en puerto. Algunos de los tripulantes evitaron asomarse mucho y solo León y Martha salieron del barco, varias veces, durante esos días y volvían con dinero, con el que, luego, Jon y algunos tripulantes más fueron a comprar barriles de agua y de ron, carne seca y algunos alimentos en conserva. El viaje empezaba a vislumbrarse, el barco se iba surtiendo, la vida empezaba a poblar el barco, a hacerlo suyo.

El nombrado contramaestre Al estableció jefes de turno: Eduardo por la mañana, él mismo por la tarde y Oliveth por la noche, para sacar el máximo partido a su visión de elfo.

Cuando se consideró que estaban bien provistos, tras esperar por la vuelta de la maga que había llegado al barco en primer lugar. Una mujer... una semidemonia, llamada Jaina, y zarparon en dirección suroeste y a varias horas de viaje tranquilo, con viento favorable, se encontraron el Doblón de oro. El Doblón era un pequeño barco mercante, con aspecto de barco curtido y rápido. A la vista de la Venérea la tripulación del Doblón, que no parecía demasiado abundante, empezó a moverse y a maniobrar para evitar el evidente ataque. Al había hecho resonar una campana y la tripulación se había armado y preparado.

- Ballesteros – gritó - ¡a babor! Los demás, ¡lanzad cuerdas y preparaos para abordar!

Cuando los dos barcos se movían en paralelo, se lanzaron las cuerdas y se tiró para aproximar ambos barcos. Algunas cuerdas fueron arrancadas por la tripulación del doblón mientras los virotes iban de barco a barco. Desde el castillete de popa, Al saltó al barco contrario y se enzarzó en lucha contra dos marineros del Doblón. Otros marineros de la Venérea saltaron hasta el otro barco, la mayoría se aferraron a la borda. Oliveth cayó directamente sobre uno, con la daga en las manos. Se escuchaban gritos, la pelea era confusa, aún seguían volando virotes desde la Venérea. Satine gritó, incapaz de hacer mucho más y pareció que los hombres se envalentonaban, que cargaban con más fuerza. Y pronto, el Doblón quedó en silencio. Dos de los tripulantes de la venérea estaban en el mar: Grigorius, que había caído directamente debido a un movimiento en falso del barco al saltar y Leonardo, que cuando estando encaramado intentó subirse al Doblón, alguien le descargó un hachazo y le cortó las manos.

- Subidlos – ordenó Al, luego con grito atronador, informó – ¡si hay alguien en los pisos inferiores, que salga sin armas y le perdonaremos la vida! ¡Dentro de dos minutos recorreremos el barco y mataremos a todos los que encontremos!

Y no tardaron mucho en salir. Lo hicieron con las manos en alta y visiblemente desarmados. Parecían asustados, mucho.

- Atadlos – ordenó Al.

Mientras los ataban, uno de ellos informó de que su capitán estaba muy enfermo y de que no podía levantarse de la cama. Cuando los de la Venérea exploraron el barco, se lo encontraron tirado en cama, con cara febril, en un mundo entre la vigilia y el sueño, murmurando incoherencias. Grigorius tranquilizó a los demás.

- No es contagioso, tranquilos; no por el aire, al menos. Tiene sífilis.

Los marineros asintieron, un destino típico para muchos hombres de mar.

- Lo trataré durante un par de días – informó Grigorius a Al cuando volvieron a cubierta – si mejora, mejora; si no, creo que es mejor matarlo y terminar con su agonía.

Al asintió y luego dividió su tripulación para poder controlar también el Doblón y llevar ambas naves hasta Unzo. Solo el Doblón llegaría al puerto, vendería la carga (un cargamento considerable de muebles y algunas especias) y volvería al mar. Al parecer, iba a ofrecer a los supervivientes la posibilidad de unirse a la tripulación de la Venérea, en un primer momento me pareció que nadie aceptaría una oferta tal de quiénes acaban de matar a sus compañeros. Pero varios aceptaron, entre ellos Juan, el comerciante del Doblón y Azrik, alquimista que estuvo encantado de ocupar el puesto de artillero. A los demás se les recomendó, por su integridad, que no dijeran nada al respecto de lo sucedido

Durante el camino, y viendo que el capitán Julián no mejoraba de su enfermedad, Grigorius le rajó la garganta y lo lanzó al mar. Comida para peces. El ciclo continuaba. Satine examinó el camarote del muerto y encontró unos cuantos libros: poemas, cuentos, relatos varios, novelas... y, entre ellos, un grueso volumen llamado Obra completa del bardo Alejandro. Alejandro fue el músico más prestigioso de su época, viajó por todo el mundo conociendo costumbres y leyendas, musicalizando cuentos, incorporando música del folclore de la zona y términos propios. Alejandro ganó la fama y gran parte de las canciones que hoy iban de boca en boca y que todos pedían cuando un buen músico llegaba a un pueblo eran suyas. El volumen era lujoso, las hojas estaban amarillentas y ligeramente quebradizas, contenidas en unas tapas forradas de cuero. La letra era pequeña y apretada en los cuentos; algo más grande y alargada en los poemas que, además, contenían docenas de anotaciones sobre el significado de algunos términos y los acordes en que se entonaban. Las últimas páginas del libro tenían partituras de algunas canciones. El libro aparecía firmado por el padre Ladén.

Al llegar a Unzo se vendió toda la carga del Doblón. Juan consiguió unos buenos precios por algunos de los bienes del capitán, como sus anillos y pendientes y vendió el cargamento por lo acordado a los señores de Ribén. Luego se vendieron parte de los libros, que debido a la escasez de material escrito, siempre alcanzaban un bonito precio, pero la sorpresa llegó con el volumen de Alejandro, que se llegó a valorar en 40 piezas de oro. Toda una fortuna. Aunque, cabe destacar, que no se conocía ningún ejemplar escrito del mismo y que, en esencia, no se podía poner precio a su valor. Por insistencia de Satine, el Obra completa del bardo Alejandro se quedó en el barco hasta que pudiera echarle un ojo o incluso copiarlo.

Mientras, al noroeste de Unzo un barco se hundía bajo el fragor de los cañones. Tórquero Súbito, clérigo de Eolo, se agarró a unos maderos hundiéndolos ligeramente con su peso y el de su cota de malla. Extenuado y herido flotó a la deriva hasta la costa. En pie, con el pelo hecho una masa pegajosa y viscosa por el agua marina, la ropa pegada bajo la cota y ésta ligeramente oxidada, comenzó a caminar hacia la ciudad que se veía al sur. Allí, las miradas se giraban hacia él, sorprendidas, temerosas. El símbolo de la tormenta en su pecho le daba cierta credibilidad, el resto de su aspecto se la negaba. Se dirigió directamente al puerto, donde podría volver al mar, como Eolo quería, como él quería. El primer barco que encontró se llamaba Doblón de oro. Cuando preguntó si podía unirse a la tripulación, se sintió evaluado, sabía qué significaba, y sabía que un clérigo era un clérigo. El mar era lugar de supersticiones, un lugar de armas; un clérigo siempre es bienvenido. Lo fue.

Tórquero observó a la tripulación del ágil mercante. Tantos armados, tantos con aspecto curtido y se sorprendió Algo de lo que veía no encajaba en su concepto de barco mercante. Cuando el Doblón zarpó para encontrarse con la Venérea, los cabos empezaron a atarse. Un poco tarde para echarse atrás, el viento soplaba, el pelo ondeaba y la posibilidad de vengarse del ataque de aquellos bribones parecía tomar cuerpo. Eolo no era un dios piadoso.

100 fotografías

Más claro imposible: 100 fotografías.

Bastante conseguidas, bonitas y, algunas, con un precioso juego de colores.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Principio del fin [Espada Negra]

Tal vez en un arrebato de orgullo decidimos... decidí tomar medidas contra aquellos que nos imitaban, que empañaban nuestro nombre. «Algún día - pensaba - empañarán nuestra leyenda». Sí, en aquel momento parecía que nuestro ascenso meteórico sería el mayor material de composición de bardo que se había visto hasta la fecha: habíamos empezado con nada y ahora pertenecíamos a la élite del mundo. ¿Qué más podía pedir un bardo?

Dejé a Nacho y a Sylie al cargo de todo y me di a la aventura. Llevaba poco más de dos años en el gobierno y, a decir verdad, me aburría. Estábamos en la cima, nos golpeábamos con el techo a cada paso y resultaba frustrante. Sentir como las telas negras se frotaban al caminar, como sonaban los hierros al cabalgar y el susurro en los oídos del viento al galopar era volver a un paraíso. Era volver a ser un niño subsistiendo, un niño rechazado a la hermana que acaba de ayudar, un niño que hace lo que tiene que hacer para sobrevivir. Dejando árboles atrás con cada paso me sentía un superviviente libre que hace lo que quiere en cada momento. Me sentía dichoso.

No tardamos demasiado, los caminos hasta Dedión eran buenos y los caballos rápidos. Y sin llamar la atención, seguramente confundidos con nuestros imitadores dedioníes accedimos a la ciudad y fuimos en busca de la casa de las Dagas Negras, o los Filos Negros o algo así. Ninguno de nuestros imitadores fue demasiado original. Miller comentó que había mucho elemento de madera y que podía prenderle fuego discretamente, nos pareció un buen plan para que fueran abandonando la casa en pequeños grupos o, idílicamente, de uno en uno. Rodeamos la casa y, en esencia, el plan salió bien. Solo unos cuantos que tuvieron la suerte de salir en cierto grupo pudieron plantarnos cara en condiciones, la mayoría de ellos había salido sin su equipo, sin armas. No fue un combate, fue una matanza. Veinticuatro muertos.

Abandonamos el lugar antes de que llegase ningún guardia, la gente nos miraba desde las ventanas, sí; pero nadie se atrevía a hacer nada. Montamos los caballos y nos dirigimos a las puertas de la ciudad. La noticia aún no había llegado hasta allí, aunque estaba preparado para dejar caer unas cuantas piezas de oro para que los guardias no hiciesen preguntas. No fue necesario, la situación allí era normal. Salimos y forzamos los caballos durante gran parte de la noche. Allí hicimos un alto.

Esa noche, no sé muy bien qué pasó. Me despertaron los gritos de Miller: «¡¡Hijos de la gran puta!! - decía - echadle los cojones de pegarme en condiciones, como hombres. Putos arqueros de...». La voz se interrumpía con cada impacto de flecha. La mayoría de ellos, mero teatro, se clavaban en el árbol que estaba detrás de él, pero el silbido era toda una declaración de intenciones. Me fijé en que una flecha le clavaba la mano al árbol en cuestión. Estaba claro que al mínimo intento de hacer algo, Miller, al menos, moriría. Todo se había echado a perder. «¿Quién es vuestro líder y de parte de quién venís? - preguntó uno de ellos». «Llegó el momento - pensé». Me imaginé toda la escena: Yo soy el líder, comenzaría. Ellos me quitarían el embozo, me reconocería y todo habría acabado. Simple, rápido. Miller habló primero: yo soy el líder y no venimos de parte de nadie. Somos renegados del ejército de Osmynd. Nos separamos de nuestros compañeros contra el ataque de un grupo de salteadores de caminos y, dada la pena que podría caernos, seguimos hacia el norte . El hombre asintió y nos dijo que fuésemos con él hasta la ciudad, que nos encerrarían en las mazmorras y que ya se vería qué pasaba con nosotros. «Escoge a uno de tus hombres para llevar un mensaje al rey de Osmynd». Miller pareció pensárselo bastante y acabó señalándome. «Llévale el mensaje a nuestro rey Ernest y pídele perdón por todo lo sucedido. Aunque no volvamos a vernos...». Pero el guardia cortó la conversación. «¿Sabes qué tienes que decirle, verdad, chaval?». Asentí. Y me separé de los demás. Al rato, el enorme pajarraco de Gerón me adelantaba en dirección Osmynd. Nunca le agradecimos a aquel pájaro todo lo que teníamos que agradecerle.

martes, 19 de mayo de 2009

La venérea [Una historia de piratas]

Ellivreeb contemplaba el mar desde la proa de su barco, una bonita nave llamada Venérea por no se sabe muy bien qué razón. Llevaba en ella tres días y, pese al cartel que había colocado en los muelles, no se había acercado nadie. Había recorrido el barco tabla a tabla, se había acostumbrado al olor a sal que venía del mar, a sentir el sol en vez de la palpitante luz de las velas. «El mar tampoco es para tanto – pensó – aunque será menos malo si da solución a mi problema». El capitán de la Venérea estaba maldito, condenado a no conjurar en el continente y se había visto obligado a huir al mar, en contra de la evolución. «Pero algún día – pensó – algún día le...» y esta afirmación es demasiado tosca y bruta para vuestros ojos, así que me la ahorraré.
- Buenas tardes – dijo una voz de mujer, un tanto grave – ¿es usted el capitán?
Ellivreeb asintió y miró a la figura encapuchada.
- ¿Ha leído el anuncio?
La figura asintió y luego echó un ojo por la cubierta.
- ¿Ha conseguido una tripulación muy numerosa? – preguntó con tono irónico.
- Alguno ha ido cayendo a lo largo de los días.
La figura encapuchada se rió con tono hiriente.
- La mayoría de marineros no saben leer. Vais a tener serios problemas para reunir una tripulación si vuestro único modo de llamar la atención es escrito.
- ¿Quién ha dicho que sólo haya colocado carteles? – preguntó el capitán en tono malhumorado.
- Volveré en tres días – informó la voz tras la capucha – y si para entonces me convence su tripulación, le pediré trabajo.
- ¿Sabes mucho de mar?
- Tengo cierta maña con la magia elemental.
En los ojos de Ellivreeb brilló la alegría que le inundaba al pensar en velas en llamas.
- ¡Ah, del barco!
Tanto Ellivreeb como la figura se acercaron a mirar. Una joven mujer agitaba un brazo, haciéndose notar.
- Sube – le dijo secamente el capitán, luego, dirigiéndose a la mujer encapuchada, sonrió -: ¿ves? Otro más.
- Saludos.
- El anuncio dice que buscais trabajo, señor.
- Así es, ¿qué sabes hacer?
- Soy una persona ágil y rápida... y tengo gran conocimiento de nudos, por ejemplo.
- Adelante, por favor – contestó Ellivreeb señalando con un gesto los cabos a la vista.
La joven llevó a cabo una demostración mientras la encapuchada se despedía del capitán y abandonaba la nave. Ellivreeb examinó los nudos con mirada dubitativa, preguntándose hasta qué punto estarían bien o mal hechos, hasta que una nueva voz interrumpió su evaluación. Era un elfo, rubio y de ojos azules, bastante alto para su especie y con ropas pobres. No pudo evitar sonreír ilusionado, «al fin va viniendo gente».
- ¿Tú qué sabes hacer, elfo?
- Ya sabe, un poco de todo – dijo echando mano a un cabo, como la humana, y haciendo un complejo y recio nudo que ofreció al capitán. Este le echó un ojo e intentó infructuosamente desanudarlo. Finalmente, rendido, se lo ofreció a la humana quien, tras darle un par de vueltas, lo deshizo con cierta facilidad.
- Bien, pues podéis darme vuestros nombres y firmar en este libro. Si no sabéis escribir, firmad con un aspa.
- Martha Halley – contestó la humana.
- Oliveth, sólo Oliveth – contestó el elfo, firmando con un aspa. Pasados unos instantes de calmo silencio, añadió: - ¿podría hablar con usted a solas?
Se alejaron unos metros y Oliveth comentó al capitán que tenía cierto interés en que no se le viese demasiado por la ciudad y que si podía ya acomodarse en el barco. El capitán aceptó. Luego le pidió, con cierta sonrisa maliciosa, que no contratase a un hombre rudo con el que había tenido problemas y al que ahora le faltaban dos dedos. Ellivreeb aceptó.

Luego, resoplando, abandonó la Venérea y ofreció a gritos el trabajo taberna por taberna. Cuando volvió al barco, tras visitar la cuarta y última taberna del puerto, no pudo evitar una sonrisa al vislumbrar la enorme fila de marineros que esperaban ante el barco. «¡Hacen cola!¡Tres días esperando en el barco con un cartel delante sin ningún resultado y, ahora, toda esta gente! Todo era tan sencillo, abre un barril de ron y, de cada dos, en uno habrá marineros...».
Y Ellibreev subió al barco y, tras pedirle a Martha que consiguiese dinero como fuese para abastecer a la tripulación, ofreciéndole una parte mayor de la habitual en los botines futuros; esperó al día siguiente, tal y como había explicado a los marineros del muelle.


Al día siguiente, los marineros fueron desfilando en orden por la cubierta del barco; unos eran aceptados, otros no. Finalmente, la tripulación con todo tipo de miembros: desde los de brazos como troncos, como Jon o Ricardo, al que le faltaban dos dedos; los veloces y ágiles como Eduardo, que bajo un guante de cuero en su diestra dejaba notar algo extraño; los verdaderos hombres de mar como Al o Leonardo y las rarezas.

Es difícil decidir si causó más sorpresa y revuelo la llegada de Satine o la de León. La primera era una mujer embozada cuyas ceñidas ropas dejaban averiguar unas bellas formas. Se presentó como bardo. Y cuando Ellivreeb dijo que podía quedarse para animar y entretener a la tripulación, las palabras soeces dieron paso a una risa generalizada. León, en cambio, accedió al barco ataviado con armadura completa y escudo pavés. Y si no llega a ser por los planes tan concretos que Ellivreeb tenía sobre qué hacer a continuación, la voz de la lógica se habría impuesto, mas para sorpresa de la marinería, el capitán hizo firmar el papel a León Rice.

Así se iban anotando nombres y más nombres hasta que el capitán creyó conveniente, en ese momento pasó revista a su tripulación y se asomó por la borda.
- Buscamos un médico – dijo – todos los que no tengan idea de medicina pueden irse.
Y así, tal vez provocado y envalentonado por el alcohol, uno de los que aún estaban en el muelle empezó a protestar. Otros le secundaron. Sintiendo el apoyo de otros presentes, increpó al capitán. Y Al bajando por la pasarela le espetó, al tiempo que desenvainaba dos espadas cortas:
- Marcháos, ya habéis oído al capitán. Y tú, retira tus palabras o defiéndelas.

Y se prestó a defenderlas, sacó una espada y atacó prontamente. Al esquivó con total facilidad y engañando con una de sus armas, rajó el abdomen de su adversario con la otra, dejándolo caer sangrando al suelo.
- ¿Alguno más?
Los ánimos se calmaron, los marineros que quedaban en el muelle empezaron a recoger sus cosas. Ellivreeb, todavía asomado, comentó: que los sanadores nos demuestren sus dotes. Podría haber sido una decisión difícil, pero el hecho de que la mayoría de ellos pidiese aceite hirviendo, y otro dijese “no hace falta” y con unas palabras y unos gestos de sus manos, conjurase un hechizo de curación, solventó muchas dudas. Se llamaba Grigorius y fue contratado como médico de a bordo.
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No me gusta especialmente, pero cumple su cometido de crónica de la primera partida.

Omnia mutantur

Lo decía el señor Dylan, ese al que no quisieron en A Coruña porque cantaba de espaldas al público; ese que muchas veces parece que habla en lugar de cantar y no es Mark Knopfler. Lo decía y tenía razón.

Los días pasan, cambian; y con ellos cambia lo demás. El tiempo es una medida de cambio, dicen. Un segundo es la "la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a nivel del mar", nada más y nada menos. Así pues, dados esos datos, podemos concluir que es una medida que carece totalmente de firmeza, totalmente variable y subjetiva. Un metro es un metro aquí y a dos mil metros de altura, aquí y en Marte. Un segundo no. Algún día las empresas con servicio de conexión a internet se ampararán en la variabilidad del segundo para justificar sus kbps reales. Apuestas en comentarios, por favor.

Descubrí al señor Dylan muy joven, con 10, tal vez 12; y me pareció una música aburrida y una voz poco resultona. De aquella prefería claramente a Barón Rojo y al señor Springsteen. Me decían: "eres un crío, crecerás y te gustará. Bobd Dylan es como el vino". Y, señores, Bob Dylan es como el vino o como los Dire Straits. Y tal vez alguien pueda decirme que a él le gustaban de pequeñito, pero no importa, todo entra dentro de esas irregularidades del átomo de cesio, seguro.

Cambia la música que escuchamos, el cine por el que pagamos; cambian las personas de las que nos hacemos rodear, cambia nuestra forma de pensar, cambia nuestra cara y nuestro cuerpo, cambia el idioma y la economía, cambian los sentidos de las calles, cambiamos de políticos y de moda. Y, al final, lo único que sigue imperturbable es el hecho de que todo cambia o, si lo preferís, lo único que no cambia, es el hecho de que no existe lo imperturbable.

De hecho, hasta cambian los planetas del sistema solar. Esos con los que crecimos, que aprendimos en orden y a los que teníamos un misterioso respeto, el de la curiosidad que nos da la desconocido.

Todo cambia, queramos o no. Y a veces, supongo, solo se puede aceptar el cambio. El semáforo se pone en verde y uno sigue su camino.

lunes, 18 de mayo de 2009

Albos 6, pt. 2

Dreva y Daga lo miran entre impactadas y molestas. Albos se encoge de hombros mientras esboza una ligera sonrisa.
- Vamos, vamos; sin rencillas. Eso ha quedado atrás, ¿no? Ahora soy uno de los vuestros.
- No tienes porque faltar al respeto de los muertos - cortó Daga con tono huraño.

Una enorme criatura brillante, con espinas en sus articulaciones, se aproxima a ellos en solitario. Desarmado, vestido con unas toscas telas, el ser de luz levanta las manos con las palmas hacia los humanos mostrando su buena voluntad.
- Saludos - pronuncia con voz gutural, en humano.

Los tres lo miran enormemente sorprendidos, habiendo esperado tener que hacer el esfuerzo de hablar en la lengua del Pueblo brillante.
- Saludos - contestó Dreva -. Venimos desde...
- Lo sabemos. Sabemos quiénes sois y de dónde venís. Nuestros exploradores os encontraron de camino y os siguieron. Os damos la bienvenida, Albos de Roma, y Dreva y Daga de Eirenar.
Albos enarca una ceja sorprendido por el hecho de no haber detectado a unas criaturas que, en la oscuridad, brillan como velas de dos metros.
- Querríamos...
- Queréis hablar con uno de nuestros líderes, lo sabemos.
Dreva suspira, incapaz de contener un gesto de cansancio.
- Espero no haberos molestado, pero la retórica humana me resulta vacía y sin sentido.
- Bueno - insiste Dreva intentando omitir el comentario - ¿podríamos hablar con un líder o un representante o algo?
- Podéis. En el pueblo está Feros, quinto de su nombre y si os desplazáis hasta Obbolattia, podréis hablar con Boros, actual rey de nuestra especie.

Los humanos se miran unos instantes.
- Creo que para el tema que deseamos tratar, deberíamos hablar con el rey Boros.
- Seguid el camino hacia el este. Nuestros explorador os seguirán y escoltarán como hacen desde hace varios miles de latidos.
- ¿Por qué nos siguen?
- Para protegeros frente a otros posibles desconocidos. Nadie asesina ni es asesinado en nuestras tierras.
- Muchas gracias por tu tiempo.
- Que la luz del Sol os guíe.

Cuando los humanos se alejan del pueblo, Albos pasea la vista alrededor en busca de los exploradores que teóricamente los siguen. No ve a nadie y se siente ligeramente frustrado. Mira el camino. Luego mira el Sol. Vuelve a mirar el camino y se ríe.
- ¿Qué pasa, Albos? - pregunta Dreva, mientras Daga lo mira con cara amarga.
- Nada, solo me planteaba lo irónico que resulta que el Sol viaje de este a oeste y nos deseen que nos guíe en el camino inverso.
Dreva y Daga lo miran. La primera sonríe muy ligeramente. La segunda comenta por lo bajo, como arrancando la carne a los huesos de la palabra:
- Magos...
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Desde Octubre nada. Para los que me habían pedido una continuación, aquí está. Sí, me doy cuenta de que ha perdido parte del ritmo y tal. Es lo que hay cuando uno no se acerca a la historia durante tanto tiempo, al menos cuando el proceso de creación es tan aleatorio como el mío. A ver si retomo el ritmo y hago algo de este simpático mago.

domingo, 17 de mayo de 2009

Brujo

El brujo sintió cómo se rasgaba el cuero y estallaban las costuras. Sintió el paseo caliente que dibujó su sangre al manar del hombro. Escuchó el crujido de hueso al quebrarse y el chasquido húmedo con el que se abrió el músculo. Sentía la extensión de la herida, qué parte de él contactaba con el aire cuando no debía hacerlo. Obligó a su corazón a latir con mayor lentitud para no morir desangrado a la vez que daba un tajo con su espada intentando cortar la peluda zarpa del licántropo. El licántropo vio su movimiento y se apartó veloz, inalcanzabe. Entonces se escuchó el estruendo: claro, nítido, atronador. El joven ingeniero sostenía un tubo humeante, el licántropo llevó una mano hacia su cara y entre sus garras, el brujo pudo percibir el calor humeante de la hirviente sangre de los metamorfos. Aprovechando su oportunidad, el brujo, con todas sus fuerzas, hendió la espada en el centro del pecho del hombre lobo. Su sangre lo salpicó. Veinte, tal vez treinta grados más elevada que la de los humanos. Inexplicable, imposible. Así.

El brujo envainó, rasgó unas telas que llevaba a este efecto en la mochila e improvisó unhas vendas. Se giró para ver al chaval. La pistola había dejado de humear, pero en la mente del brujo aún resonaba el estruendo y la impotencia del licántropo cuando la bala le estalló un ojo. Sin poder evitar un escalofrío, encontró una nueva explicación a la profecía de que el reino imbatible de los brujos acabaría cuando el Trueno caminase por la tierra. Tantos otros habían pensado que hablaban de dioses...

jueves, 14 de mayo de 2009

El talento de Mr. Ripley - Patricia Highsmith

Reconozco que me pasé el primer tercio del libro preguntándome qué veía la gente en el libro y, concretamente, qué veía la persona que me lo había dejado y recomendado. El libro empieza lento y aburrido. Nos presenta a un personaje, Tom Ripley, muy paranoico y apocado al que el señor Greenleaf envía a Europa, con gastos pagados, para que haga que su hijo, Richard Greenleaf, al que todos llaman Dickie, vuelva a casa.

Y allá se va Tom, a Mongibello, en Italia. Allí está Dickie, viviendo en una casita, del dinero que mes a mes le envía el padre desde su empresa. Y es que Dickie es un bohemio de mala vida que quiere pintar, aunque no tiene talento para ello. Tom se acaba ganando su amistad y empieza a vivir con él, lo que provoca que Dickie pase menos tiempo con Marge, una chica un poco estúpida que escribe libros y está enamoradísima de Dickie.

Y tal vez os preguntéis ¿y cuál es el talento de Mr. Ripley? Pues bien, Tom Ripley es un gran imitador de gestos y voces. Eso es. Y volviendo a la trama, Tom vive con Dickie con altibajos en su relación, hasta que parece que este empieza a cansarse del señor Ripley. En ese momento, en circunstancias propicias, Tom mata a Dickie, se va de Mongibello atando todos los cabos posibles, y vive la vida de Dickie falsificando su firma, dando su nombre, escribiendo sus cartas, etc.

Ahí, justo ahí, el libro cobra velocidad, ritmo e intriga. Ya conocemos el talento. Ripley es un imitador talentoso que acaba de matar a un tipo que le dio la gran vida en bandeja, a un hombre bastante bueno y alegre. Y el libro trata la investigación policial sobre el caso, el juego de mentiras y engaños de Ripley y cómo se tuercen o se hilan los hechos.

Es interesante, creo destacable, que el lector acabe empatizando de tal forma con Ripley que quiera verlo libre en todo momento, pese a ser un hijoputa asesino que mata por envidia o frustración. Muy buena la labor de la Highsmith para ponernos en su favor, la verdad.

El libro es muy recomendable, pero aviso, el principio puede echar para atrás. Mucho.

La última formación de la Espada Negra

Todo estuvo calmado hasta que conocí a Miller, el mago. Nos fue al encuentro en mitad de una transitada calle y con voz calmada, baja, pero sin cortarse mucho, dijo: «Hola, Ernest, soy mago y me necesitas». Así, sin más. Puede que otros lo hubieran matado por su arrogancia, o se hubieran reído y pasado de largo. No yo. Lo miré con una sonrisa y le pregunté: «¿Qué sabes hacer?». Y volvió con nosotros al castillo, donde lo pusimos a prueba. He de decir que a muchos de los miembros de la Espada no les gustaba Miller, por lo menos al principio. Tenía unos rasgos algo afeminados, una melena negra mate lacia, era imberbe, de cejas finas… era élfico. Recuerdo que Kira comentó que podía ser un espía de la Naturaleza y, en aquel momento, no parecía totalmente descabellado.

Lo llevamos al patio de entrenamiento y le dije que redujese a Nash en combate, simplemente. «Yo no soy de esos – sonrió». Tras mucho discutir decidimos ponerlo a prueba en combate real. Esto tenía un claro aspecto negativo: si decidía traicionarnos, tendríamos fuego en nuestras propias filas. Y no sería agradable.

Ayudó bastante con algunos pequeños conflictos internos del reino. Todo el esfuerzo de espionaje de Nacho no consiguió demostrar nada malo y, con el paso del tiempo, fue ganándose nuestra confianza.

Así, con esta formación y sin nada salientable, transcurrieron dos años. Para entonces habían aparecido distintas organizaciones de imitadores: las garras negras, la muerte negra, los filos negros… todo un dechado de originalidad, en cualquier caso. Asesinos sanguinarios dispuestos a terminar con quien fuera a cambio de un determinado precio, que seguramente se comiesen los cadáveres de sus víctimas creyéndose las estúpidas leyendas que se habían tejido sobre nosotros. Aquello empañaba nuestra reputación y, como líder de la Espada Negra, mandé cartas pidiendo la renuncia a un nombre copia del nuestro o el cambio a una actitud más acorde con los principios de la Espada Negra.
La mayoría renunciaron al nombre, y solo las Garras Negras aceptó nuestro código, enviando, como muestra de buena voluntad, a uno de sus mejores hombres a Osmynd para servir en nuestras filas. Aceptamos cortésmente. Era un explorador llamado Gerón, llevaba un águila de gran tamaño en un grueso brazal de cuero. Era un buen luchador y parecía entender al ave que siempre le acompañaba, ambos se complementaban y, desde luego, la posibilidad de tener un espía aéreo resultaba más que tentadora. Gerón se quedó, supongo que planeaba volver algún día a las Garras Negra, al menos en aquel momento, pero la situación no surgió hasta que ya era demasiado tarde y tuvo que decidir. Se decidió por nosotros.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Brujo

Llovía en Maakun y las gotas producían pequeñas ondas en la superficie del río. La gente volvía a sus casas después de la jornada de trabajo y bajo aquella luz rojiza y moribunda, las ropas negras del brujo parecían una sombra llameante. Llevaba el pelo largo y recogido por debajo del sombrero y la barba un poco desarreglada y miraba el pueblo con ojos grises y cansados.

Desmontó en la puerta de una pequeña taberna, modesta y aparentemente tranquila. Se arregló un poco la capa y se caló el sombrero, cuya ala le daba un aspecto malvado con la sombra que proyectaba en su cara.

Al entrar se quitó el sombrero y examinó a los lugareños, que le miraban con cierta sorpresa. No era común ver un brujo, y muchos menos uno humano, en aquella ciudad, casi todos tomaban la ruta del oeste, hacia los grandes puertos oceánicos del oeste, como Áurea, Úvier o Unzo y el resto se iba al sur, a los puertos élficos de Darmur y Darnís. Pero allí estaba con su negro atuendo y su espada, en Maakun, pueblo de los Roívos, los más destacados inventores de Prima.

- Una copa de vino, por favor.
- ¿En vaso frío o del tiempo? - preguntó el tabernero.
- ¿Disculpe?
- El vaso, señor, lo desea helado o... del tiempo.
El brujo dudó.
- Del tiempo, por favor.

El posadero sirvió una copa de vino y siguió lavando jarras en una cubeta sobre la cual un aparato tubiforme expulsaba agua constantemente. El brujo miraba intrigado, sorprendido, hasta que uno de los hombres se acercó a él.
- Brujo, supongo - empezó.
El brujo lo miró y lo examinó rápidamente. Era un hombre de complexión fuerte y de manos duras y curtidas, con las uñas sucias de tierra. Tal vez un leñador, o un labrador. Asintió.
- ¿Qué trae a uno de los tuyos a este lado de la Gran Montaña?
- La falta de competencia - sonrió el brujo.
El hombre se rió sonoramente.
- Quieres trabajo, entonces.
El brujo asintió nuevamente.
- Un demonio aparece por los alrededores, una vez al mes, a veces dos. ¿Te interesa?
- ¿Un demonio?
- Una criatura que nos acecha y nos devora. ¿Te parece mejor?
- Y queréis que la mate.
- Así es. ¿Cuánto quieres?
- Dependerá del trabajo, de qué sea y de cuán poderoso sea.
- No hay regateo posible, supongo.
- No, no lo hay. Os daré un precio antes de enfrentarme a ella y vosotros veréis si lo aceptáis o no.
- Sea.
- Por el momento quiero hospedaje en la posada.
- ¿Tienes con qué pagarlo?
- Ese será el precio de la evaluación del problema.
- ¿Y si luego decides dejarnos a nuestra suerte?
El brujo sonrió casi malignamente.
- ¿Tan poco te fías de un brujo?

martes, 12 de mayo de 2009

Antonio Vega

No es que sepa mucho sobre él, la verdad, pero su música, dentro del pop, me gustaba.


Ésta fue la primera canción que conocí y, la verdad, es que me sigue pareciendo una voz preciosa. Descansa en paz, Antonio.

lunes, 11 de mayo de 2009

Brujo

- ¡Nadie dijo que esto fuera fácil, joder!
Los críos corrían y saltaban hasta la extenuación. Sus mejillas se coloreaban, sus brazos flaqueaban.
- Si eso fuera una espada te habría partido a la mitad. ¡¿Queréis prestar atención de una puta vez?!
Los críos se movían frenéticamente, al borde de sus reflejos, intentando evitar los palazos de los maestros.
- ¡Más brío! Podría plantearme quince defensas en ese tiempo. ¡Brío, brío!
Las maderas chocaban clavando astillas en las manos, incluso a través de los guantes de cuero. Los dedos sangraban por el impacto. A nadie parecía importarle.
- Venga, solo unos minutos más.
Los niños ya no podían con el cuerpo. Se movían tambaleantes, sin discutir la orden. Las espadas chocaban, los críos saltaban y corrían, se giraban, fintaban. Daban y recibían. Sangraban. Pero nadie discutía.
- Suficiente. Podéis parar para comer. Aquí dentro de una hora. Y ni un minuto más.




- Concentráos. ¿Podéis sentir el rumor del viento? Habla de guerra, habla de muerte. Los muertos hablan con el viento. ¿No los oís? El viento nos habla de sangre, con su olor a hierro; nos habla de muertos, con su olor a podrido. Es el viento del oeste, donde los humanos arrasan a los elfos y a los enanos, sobre las ruinas de los cottar y los doranos. ¡Atended ahora a las flores! ¿Qué os dice?
- Habla de renovación, de que en cualquier lugar puede volver a surgir la vida.
- Sí, bueno... bastante bien. Habla de que está bien alimentada, alimentada de sangre y de muerte. Alimentada de destrucción. Una fuerte vegetación es la muestra de un gran campo de batalla. Hoy son guerreros, sí, mañana son plantas. Un brujo no debe ser planta. Nunca. Debe seguir vivo hasta el final o morir en defensa de la Montaña, donde nada crece, donde el brujo es brujo o aire. Ahora, sentid el tacto del suelo.
- Nos habla de los muertos, de la materia blanda de los muertos que mullen el suelo.
- Muy bien, pequeño. La muerte nos rodea. Las civilizaciones se matan entre ellas, sí, pero vuestro cometido es otro, bien lo sabéis.




- Hace ya un tiempo que aprendisteis a dar forma al alma para crear un ser más allá de la vida y la muerte: un demonio, condenado al infierno por toda la eternidad, salvo aquellos breves lapsos de tiempo en que nos esforzamos en sacarlos. Esos demonios son los amigos más fieles que un brujo puede encontrar fuera de la Gran Montaña: leales hasta la muerte e incorruptibles a la razón o la magia. No obstante, aunque sepáis crearlos, ahora viene el siguiente paso: hay que aprender a convocarlos. Primero tenéis que intentar acceder al infierno. Sabréis que estáis ahí porque dejaréis de tener nociones sobre el espacio y el tiempo. El infierno es un lugar peligroso porque uno puede quedarse atrapado sin sentir nada, perdido en un vacío sin sentido, completamente incognoscible. No sería ni el primero ni el último que intenta acceder a su demonio y no es capaz de volver atrás. Así pues, memorizadlo bien. Canalizáis, controlando, y cuando notéis falta de sensaciones os paráis. ¿Cómo sabréis que os detenéis si no podéis sentirlo? Es cuestión de voluntad. Queréis parar y os paráis. Así funcionan las cosas allí, ya que no es vuestro cuerpo el que entra en el infierno, sino que solo puede acceder vuestra consciencia, y ésta se limita únicamente por vuestra voluntad. Bien, ahora voy a pasar a explicaros cómo se selecciona a vuestro demonio y se lo hace aparecer a vuestro lado en el mundo. En primer lugar...




- Sentid los latidos en vuestro pecho. ¿Notáis cómo fluye la sangre, como recorre cálida los vasos y llega a las distintas partes del cuerpo? Sentid cómo se oxigena en los pulmones. Ahora prestad atención al aire. Inspirad lenta y controladamente, ¿sentís el aire frío de la montaña entrando por la nariz y deslizándose por la parte anterior de la garganta? ¿cómo se dirige irremisiblemente a los pulmones y los llena a la par que se hincha el pecho? Ahora fijáos en cómo se tensan los músculos del pecho cuando inspiráis, en cómo arrastran consigo los músculos del abdomen. Bien. Ahora, concentráos, visualizad el corazón, una bomba con cuatro cámaras que impulsa y recibe sangre. Está ahí, en el centro del pecho, sentidla. Bien. Ahora controladla. Es cuestión de voluntad, muchachos. Ralentizadla. Así. Ahora controlad vuestros pulmones, el aire que entra y sale. Disminuid el balance de aire. Muy bien. No está mal para empezar. Pronto podréis luchar mucho después de que los combatientes más resistentes caigan extenuados y focalizar vuestra energía. Una vez más...




- ¿Qué hacéis en caso de encontrar a un Hombre lobo?
- Usar plata.
- ¿Cómo?
- Preferentemente en polvo, reduciendo completamente nuestra respiración y haciendo que la inhale y se le adhiera mortalmente a los conductos respiratorios.
- Bien, muy bien. ¿Cómo se lucha contra un vampiro?
- Preferentemente se convoca al demonio para que lo encare pues muchas de las aptitudes sobrenaturales de los vampiros solo afectan a seres vivos.
- ¿Qué más?
- ¿Intentar inmovilizarlo hasta que salga el Sol?
El maestro se rió sonoramente.
- Eso suena un poco difícil, ¿no creéis?
- Madero en el corazón.
- Muy bien, chico. Recordadlo, si os encontráis un vampiro: demonio encarado y madero en el corazón. Muy bien.
- ¿Qué pasa ahora si tenéis que luchar contra un mago?
- Un brujo no mata seres civilizados.
- Sí, muy bien, pero... ¿y si por razones que escapan a vuestro control tenéis que enfrentaros a uno?
Los aprendices de brujo parecieron dudar, mirándose unos a otros. Finalmente, una joven ser de luz, sugirió:
- Desenvainar y atacar, para matarlo antes de que consiga conjurar.
Varios de los jóvenes se rieron, conscientes de que el maestro pedía una técnica concreta o un elemento de utilidad. La ser de luz los miró un instante y volvió a mirar al maestro.
- Sí, ésa es la mejor estrategia posible, realmente; al menos en un cara a cara. Pero, ¿y si fuera un archimago tan poderoso que pudiese conjurar a velocidad de pensamiento?
Y se hizo el silencio. Los alumnos se miraron y, esta vez, ninguno respondió intuitivamente.
- En ese caso - concluyó finalmente el maestro -, aunque duela, lo único que se puede hacer es interponer al demonio entre vosotros y el archimago e intentar estar siempre muy cerca de él para que no requiera a conjuros que arrasen áreas. Luego, aprovechando el momento en que la esencia abandona sus cuerpos en forma de magia, golpeáis. En ese golpe tenéis que concentrar toda vuestra fuerza y vuestras ganas de sobrevivir porque la vida os va en ello y porque vuestro demonio se ha sacrificado para daros la oportunidad. ¿De acuerdo?
Los jóvenes asintieron.
- Bueno, y ahora, volviendo a los temas previamente dados... ¿qué hacéis si os atacan los grifos?

domingo, 10 de mayo de 2009

Brujo

Ha pasado mucho tiempo desde que los humanos empezaron a expandirse. Muy pocos pueden hoy decir que vivieron la época en la que solo eran uno más debatiéndose contra las inclemencias del tiempo y contra el ataque de los lobos. Aún recuerdo sus primeras ciudades, llenas de bullicio y ajetreo. Recuerdo la mirada desdeñosa que les dirigían los elfos, en sus casas sobre los árboles; las buenas relaciones que empezaron manteniendo con los hombres brillantes y con los enanos; recuerdo cuando llegué a esta montaña en la que nada se atrevía a crecer. En aquel momento había muchos como yo, pero las circunstancias nos mermaron hasta dejar a la media docena que habéis conocido entre vuestros maestros. Recuerdo el erial, el olor a virginidad de los bosques, el olor terroso de estas montañas, la sensación húmeda de las nubes y la fría oscuridad, solo alterada por el fuego, de las noches sin luna. Lo recuerdo y me entristece. Los humanos han ganado, sus pueblos se han impuesto a todos los demás: los elfos viven retirados a las regiones marginales de los bosques, contra una costa que les resulta ajena; los enanos, perdida la vieja amistad que los humanos mantenían interesadamente, se refugian en el interior de la tierra, como alimañas, mientras los otros medran devorando los cuerpos agonizantes de las civilizaciones que los educaron, que les enseñaron los secretos de la magia y los entresijos de la ciencia, y a las que abandonaron y traicionaron tan pronto supieron valerse por ellos mismos.

Se os ha educado, se os ha entrenado. Habéis llevado vuestros cuerpos a un grado de desarollo al que el resto de vuestros congéneres no pueden soñar siquiera. Sois más fuertes, más rápidos, más inteligentes y más sensitivos. Aprovechad lo que se os ha dado. Los humanos son una metáfora del mundo que os rodea, un mundo hambriento, ansioso de coger vuestras armas de vuestros fríos cuerpos y devorar la carne que aún se aferre a vuestros huesos. Nadie os perdonará fuera de estas montañas, nadie se ofrecerá a ayudaros sin esperar algo a cambio y vosotros tampoco.

Un brujo no es caritativo, ni codicioso, no es bueno, ni malo. Un brujo es un brujo: una espada bien entrenada con unas capacidades extraordinarias y su propio código a seguir. Un brujo no se humilla ante reyes ni caciques, ni encabeza rebeliones de esclavos; un brujo no ayuda al campesinado sometido a la tiranía, ni los perjudica. Un brujo tiene la visión de un demonio, fría y lógica, imperturbable. No se lanza a una muerte cierta por muy noble o vil que sea el motivo. Recordadlo siempre. Hay pueblos expertos en vender mentiras, en dar una bella pintura al más cruel y sucio de los murales. El brujo busca su supervivencia y la consecución de un trabajo, es una espada mercenaria que trabaja sola al precio que él cree conveniente, en monedas, en personas o en almas.

Hoy, todos vosotros, recibís el honor de ser llamados brujos y una espada propia, nombrada, para llevar a cabo vuestro trabajo. Atrás dejaréis un hogar al que siempre podréis volver, en el que se os recibirá de igual a igual y en el que encontraréis protección y cobijo. Dad la enhorabuena a vuestros compañeros, coged vuestras armas, cumplid el Código y partid con el honor de pertenecer a la Gran Orden Negra.

Que vuestras almas perduren.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Mundoabsurdo, día 3

El camino prosiguió durante el resto del día y casi todo el día siguiente. Alberto sentía en sus piernas cada minuto de camino. «Lo normal sería coger un coche, está claro» pero no había caminos, solo arboleda… y al fondo las montañas se recortaban contra el cielo. Estaba ajado y de mal humor. Incluso sus incesantes comentarios parecían haber ido reduciendo su tasa de emisión, hasta que…
- ¡Oh, qué extraña esa criatura! – comentó casi en el linde del bosque. Ernest dirigió una mirada indifente y se detuvo de pronto.
- ¡Cuidado, no te acerques!
- ¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Si es adorable…
- Es una especie en peligro. Podría meternos en problemas.
- ¿Cómo puede estar en peligro una especie tan bonita? – preguntó Alberto conmocionado. Después pensó en linces y en lobos, en tigres y en burros. Y se calló.
- La especie es tan… bonita… que la gente se la lleva para casa – puntualizó Ernest, de tal modo que el término «bonita» sonaba con el chasquido chasqueante de un látigo hundiéndose en el costado. Había vuelto a mirar al frente y avanzaba sin alterar el ritmo.
- Por eso está en peligro.
- Sí, no tiene corazón ni escrúpulos.
- Ya – contestó Alberto con tono casi risueño, sin prestar mucha atención a Ernest, hasta que varios segundos después, cuando rozaba la carencia total de contexto, añadió: - ¿por qué sin corazón?
- Estas arpías malditas van contigo a tu casa y comen de tu mano todo lo que tienes para ofrecerles – comenzó, y esperó a la sonrisa ilusionada de Alberto para finalizar – luego te comen la mano, luego el resto de ti y a los tuyos si andan por casa. Luego comprueba si tus muebles se pueden comer y es entonces cuando sale a buscar a un nuevo hospedador.
- ¡Creía que habías dicho que estaban en peligro!
- En peligro de expansión, obviamente.
- ¿Por qué la expansión es un peligro?
- Mira, en tiempos lo estuvieron los malotes – comenzó Ernest con voz de profesor, aunque ante el gesto de las cejas de Alberto, explicó – Pongo malotus, y todos dijimos, qué graciosos son con sus brazos enormes y sus músculos caídos… ¡y míralos ahora, que hasta en la universidad de magia hay uno! Y estos bichejos son un peligro: nos comen, nos absorben, nos reducen… y aun así, si te miran con sus dulcísimos ojos, aun sabiendo todo esto, te los llevas a casa. ¡Menudas son las hipnozorras!
- ¿Las qué?
- Su descubridor las llamó Bolitas peludas de los siete cielos pero como el nombre era muy largo se fue deteriorando y reduciendo, y cuando al fin se conoció su ciclo vital… se decidió acuñar el término de hipnozorra. Psicovulpes, para los estudiosos. Por comodidad, ya sabes.
- ¿Nos está mirando?
- ¿Eh? Diría que sí, pero es es… ¡oh, mierda!

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¡Primer acercamiento a MA desde el 13 de Febrero!

sábado, 2 de mayo de 2009

Ernest I de Osmynd [Espada Negra]

Y así fue. El Alto Consejo se reunió, el sumo sacerdote de la Iglesia del Sol, fe mayoritaria de Osmynd estaba indispuesto y delegó en el de Muerte. Así, con el apoyo del clero, del Millan, que también estaba en el Alto Consejo, y con los apoyos del Consejo y del Bajo Consejo; yo, Ernest, sin apellido, líder de la Espada Negra fue escogido gobernante. A decir verdad, los nobles habían planteado bien el asunto. En vista de las pretensiones de la burguesía habían movido hilos en la sombra, o eso entendí con el nuevo cambio de chaqueta, que votaron al ejército, a Millan; al igual que los propios nobles. La idea estaba clara, los viejos dueños de la ciudad no querían a la Espada Negra en la cima, era obvio y tenía su lógica: no éramos nadie. El caso es que, supongo, a priori contaban con el apoyo del clero, tres votos y problema resuelto. En el peor de los casos, que Millan votase por la Espada Negra, el resultado sería de tres contra tres, y desempataría el segundo del gobierno de Renne, un noble. Con el nuevo fallo del clero, la nobleza confió en que Millan decidiese votar a cualquiera menos a nosotros, para nombrarse gobernante; pero no lo hizo: Millan era general de los ejércitos, posiblemente el mejor general que se pudiera desear, pero el gobierno no le importaba en absoluto. La fuerza del reino ya estaba en sus manos, un nuevo título y un ornamentado sillón en el castillo no eran temas de su gusto.

Esa fue la gran sorpresa. De un día para otro me convertí en Ernest a secas, fin de la mentira y del engaño. ¿Que por qué sin apellido? Oh, bueno, en Osmynd los miembros del clero, renuncian a su apellido de por vida. El sumo sacerdote de Muerte completó el resto de la mentira. Pasé a ser Ernest viejo miembro de su iglesia que, cansado, dedicó su vida a Muerte de otra forma. Fue así como me nombraron al escogerme en el Alto Consejo, aunque en los dos Consejos anteriores siempre se habían referido a mí como el líder de la Espada Negra, a secas.

El caso es que para minimizar rencores y frustraciones invité a todos los presentes a una gran fiesta en el castillo, a la noche siguiente, con sus mujeres e hijos. El resto del día se ocupó yendo hacia el castillo y dejando allí nuestras escasas pertenencias. No obstante, al día siguiente ondeó nuestra bandera junto a la del reino. Nuestra Espada había tocado techo, para siempre. En aquel momento estábamos ilusionados, claro; podríamos arreglar, creíamos, los problemas de la ciudad, del reino, enfrentarnos a las decisiones. La verdad es que no lo hicimos demasiado bien. Primero surgieron preguntas como: “¿que será de la Espada?”. Y mis chicos pasaron a ser un comando de élite, aunque yo ya no solía participar en sus encargos… y yo pasé a ser el director de sus movimientos y el contratante de sus servicios. Era otro tipo de liderazgo. Alguna vez sí fui con ellos, para asegurar un resultado, poder planear in situ o lo que fuere, pero ya no éramos el grupo tan cerrado que habíamos sido. Todo se enfrió. Durante un tiempo Nacho se convirtió en mi mano derecha: un rey necesita espías, buenos espías, y Nacho lo era y, además, tenía ojos y oídos en todas partes; esto desplazó a Sylie, mi mejor amiga y, en muchos aspectos, mi hermana, mi verdadera hermana, la que nunca me había fallado.

El caso es que a la noche siguiente de mi nombramiento, se organizó una gran fiesta a la que asistieron casi 200 personas. Corría el cordero, el cerdo, la trucha, el vino y la cerveza. Corría el cangrejo, los huevos, las setas y los licores. Y, en un momento dado, Nacho se acercó hasta mí. Según había visto había estado coqueteando con la suma sacerdotisa del Sexo, a la que muchos llamaban iglesia del Amor, pero sus palabras fueron en otra dirección. «Hay tres hombres en la zona sur, sentados a una mesa y con malla bajo la ropa. Estoy seguro, el son de hierros es inconfundible. Y me jugaría el cuello a que van armados. Y me lo jugaría de nuevo en que es por ti». Agradecí a Nacho su preocupación y le dije que se tranquilizase, que Nash y Kira estaban a mi lado. Nacho se comió un reproche que habría hecho sin dudar al viejo Ernest pero que, posiblemente, le pareció desadecuado para un gobernante. El título me separaba de los míos a pasos gigantescos. Asintió, hizo una ligera reverencia y se dirigió de nuevo a su silla, junto a la bella sacerdotisa. Rieron, bebieron y se miraron con ojos brillantes y sedientos. Yo hablé con los nobles, cuya vida no me importaba lo más mínimo; Millan bebió y bebió, sumido en un ambiente que no le importaba lo más mínimo, dirigiendo respuestas lacónicas a las preguntas que se le formulaban a él directamente; Kira y Nash comían y bebían con moderación, atentos a cualquier movimiento, alerta tras las palabras de Nacho; Sylie comía y se la veía un poco ausente. Pensaba algo y no era algo bueno.

Cuando tres hombres, en la zona sur, volcaron una enorme mesa que no deberían haber podido mover, y saltaron con agilidad sobrehumana sobre los presentes, ni toda la preparación para el combate habría sido suficiente. Kira y Nash se levantaron sin dudar, espadas en mano; yo me levanté, dispuesto a vender cara la piel. Nacho saltó a su vez, de forma más humana, desde luego y arrojó hábilmente varios de sus cuchillos. La gente gritó asustada y empezó a correr. Millan se levantó un instante después, seguramente entorpecido por el alcohol, y se interpuso entre los hombres y yo. Su forma de actuar era tan diferente a la nuestra. Fue entonces cuando apareció otro hombre, este serio, alto, de rasgos afilados y duros, un viejo conocido que lanzó cuchillos a la manera de Nacho. Los tres hombres se giraron para encarar primero a los que podían atacarles sin ponérseles al lado. Fue una matanza, sencillamente, Ibbenhalassid no era humano, aquello estaba claro; los tres elfos o medioelfos muertos en el suelo lo atestiguaban.

«Gracias, Ibbenhalassid – le dije». «De nada, Ernest I de Osmynd, qué menos que venir a felicitar a uno de nuestros hombres por su recién adquirido título». Y así, con un mensaje tan político, Ibbenhalassid se acercó a Magnia para dejarnos claro que no olvidarían que teníamos un trato.

Las cosas se calmaron en días sucesivos, se respiraba paz en las calles; bajamos los impuestos a las clases más desfavorecidas y se la subimos a los nobles y a la burguesía. No mucho, pero lo suficiente para tener unas ganancias, que destinamos a la guardia. Queríamos un ejército bien equipado y preparado. Éramos conscientes de las ampollas que podía levantar la decisión, pero salió bien. Solo hubo quejas y protestas verbales. Y la situación se calmó y viví mis primeros meses de gobernante.

viernes, 1 de mayo de 2009

Abril 2009 por el Palacio

Con 835 visitas, 5 más que el mes anterior (viva, viva), el Palacio Onírico nos sorprende con las búsquedas más absurdas y eróticas. Por decir algo:

- Ver en suenos cultivos de patatas. No, tranquilo, no se oculta ninguna psicopatía en un sueño con un patatal.

- tirándose a su novia. Así, sin más, cualquier persona tirándose a su novia, chico o chica, le da igual, de hecho... si es entre dos animales con pareja estable, también le da igual.

- sueños que te vomitan. ¡Qué hijos de puta tus sueños, tío! O tía.

- Soñar feto muerto. ¡Ha vuelto, ha vuelto! ¡F'tang!

- soñar con una casa que se quema y no era tuya. Bueno, V, en V de Vendetta... seguro que soñaba cosas parecidas, así que tranquilo; solo necesitas una máscara de Guy Fawkes y unas pelotas de acero templado.

- Soñar con espadas negras. Vamos a ver, este tipo de búsqueda la tengo todos los meses; nunca la comenté porque no me parecía una búsqueda especialmente extraña ni grotesca, pero lanzo la pregunta al aire: ¿qué tienen las espadas negras para que conquisten nuestros sueños?.

- sibaritas follando. ¡Joas! ¡Pues nada! Después de Folladas en castillos, llega Sibaritas follando. Para más información consulten la zona X de su videoclub.

- Santuarios de putas. ¿Cómo?

- qué por autogamia. Así, tal cual, ¿qué? ¿Qué por autogamia?

- la doncella se folla al jovencito de la familia. A ver, ahora en serio, ¿cómo coño llegan con esas búsquedas aquí?

- jugos de el palacio peludos. ¿Cómo? ¡Dioses!

- espadachines follando. xD, como buenos espadachines, claro.


Desde luego hay búsquedas serias, pero no tendría ningún tipo de gracia poner todas las búsquedas que hay sobre Un mundo feliz o sobre WoW.

Una información servida por Google Analytics.

De amistades y amenazas [Espada Negra]

Durante este periodo, mientras yo estaba inconsciente, la Espada Negra había seguido jugando sus cartas. Había movido hilos que yo ni siquiera sabía que existían. Tras la muerte de Renne se reunieron los distintos consejos de la ciudad para acordar cómo se establecería la sucesión. Al parecer todo empezó en el Bajo Consejo, donde con el apoyo de las prostitutas y de los mendigos, se nos dio acceso al Consejo. Allí, contra todo pronóstico, la Espada Negra, aquel grupo de enigmáticos asesinos protagonistas de las más extravagantes ficciones, tuvo el apoyo del ejército y de la burguesía, que vio la oportunidad para derrocar a los viejos nobles que vivían de rentas. Eso con la voz que venía desde el Bajo Consejo, permitió que llegásemos al Alto Consejo. Ésa era la sorpresa. Éramos… era, en realidad, candidato al gobierno. «¿Cómo conseguisteis esos… apoyos? – le pregunté a Sylie». Algunos era obvio, teníamos algunos amigos en los bajos fondos y a Millan Millané le caíamos claramente bien. «Movimos algunos hilos – me contestó, luego, con una sonrisa, añadió – y enseñamos algunas dagas». El arte de la amenaza. No veía nada claras nuestras posibilidades de obtener nada en limpio del Alto Consejo. Eran un grupo cerrado que rechazaba cualquier nuevo miembro como norma. Si habíamos llegado hasta allí, había que hacer algo, pero me sentía cansado y débil. De camino a casa nos encontramos con un hombre. Vestía túnica roja, como si fuese un mago y tenía una larga melena negra, revuelta y despeinada. Nos miró. Lo miramos. «Seguro que estaba preguntándose si de verdad comíamos vírgenes y ofrecíamos los restos y las almas a algún demonio – sonrió Sylie cuando nos alejamos». Pero yo solo podía pensar en cómo atacar la endogamia del Alto Consejo. Y, finalmente, tuve una idea. La solución estaba en los dioses. En Muerte.

Esa tarde hice llamar a Nacho. Había tenido unos días muy ajetreados tras la muerte de Renne, buscando pistas y coordinando a la Guardia. Ahora la situación se había relajado y paseaba, dejaba pasar el tiempo hasta que se decidiese en el Alto Consejo quién ocuparía el puesto. «Necesito que envenenes a alguien – le dije – que lo envenenes, pero que no se muera». «Dame un nombre – respondió sin mayores complicaciones». «Quiero que envenenes al sumo sacerdote de la iglesia de Sol». Me miró durante unos instantes. «¿Buscando apoyos, Ernest?». «Buscando apoyos, Nacho».

Y nacho salió, obediente y dispuesto. Yo subí a mi habitación y me tiré en cama. Dos días después nos reuniríamos y el clero iría representado por el sumo sacerdote de Muerte. Las cosas pintaban bien.

Menéame

¿Por dónde empezar?

Hoy fue el gran batacazo de menéame, creo yo. Hoy los administradores de menéame han cogido sus roperas y se las han hundido a su hijita naranja en el pecho. Miento, unos les clavaron las roperas, los demás miraron desde las vallas, sin salpicarse de sangre.

Hoy cada uno se pasó las normas de menéame, por cuya violación empezó todo, por donde se pasan el papel higiénico. Hoy cambiaron los baremos. Hoy era un sin ley para los que hacen la ley.

Todo empezó con el "dura lex sed lex" que, sinceramente, creo que resume muy bien la política que hoy se ha tomado. En realidad... vuelvo a mentir, fue ayer ya, y eso contando que cogiese el asunto a tiempo, que puede que llegase tarde a la fiesta.

En menéame han largado a uno de los tipos más famosos de la página, a uno de los pocos que subía muchas noticias de cierta calidad mínima. Menéame es un portal de noticias. Según vi hoy, algunos le daban un nombre muy rimbombante, pero no es más que eso, un portal donde la gente sube noticias de otros medios para tenerlas todas recopiladitas y con acceso fácil. Pues hoy, ayer, largaron a uno de esos subidores de noticias destacados. El problema no está en que lo largasen o no, el problema está en por qué lo largaron y cómo. Lo largaron por incumplimiento de unas normas que, visto lo visto, parece no haberse cargado; contando que algunos administradores se pasaron esas normas varias veces por el forro. Pues bravo, sinceramente. Bravo.

En cualquier caso, pese a la escasa moderación, y me atrevería a decir educación, de estos administradores de menéame; la gente reaccionó mostrando un cierto pensamiento lateral contrario al de estos dirigentes del portal. Desde luego, como dije en un comentario, la página es suya y se la pueden cargar como quieran; están en todo su derecho. Lamentablemente, un portal de las características de menéame necesita mucha gente que lo siga, que comente, que suba noticias y demás. Si eliminas a esa gente tienes un enorme erial naranja. Si era vuestra intención, disfrutad del nuevo Burning Steppes con elefante naranja.

Por otra parte, y lo digo ya entre un tono irónico y asqueado, me gustaría destacar que... habiendo surgido el tema porque alguien incumpliese las normas, no deja de hacerme gracia que hoy, a santo de que los usuarios se habían rebotado, cambiasen las normas como defensa: hoy se necesitaba karma 10 para subir una noticia y karma 7 para hacer un comentario o poner una nota en el perfil.

Mi más sincera enhorabuena. Y mucha mierda. Y no... no lo digo como buena suerte.

Vuelvo a citar mi comentario: "disfrutad del cadáver putrefacto de lo que un día fue un gran portal".

Adiós, mi querido elefante.