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viernes, 31 de octubre de 2008

Sylie

A partir de entonces mi vida se desarrolló en la calle, como la de un perro al que nadie quiere ni da de comer. Deambulaba por los sucios callejones impregnados de orina, de vómito, y del pútrido olor de los restos de comida. No era una situación fácil ni apropiada para un niño de ocho años, pero la espada imponía y el pueblo llano no era dado a las armas. Robé, atraqué y, algunas veces, maté. «Ellos o yo», me repetía una y otra vez, intentando convencerme, intentando olvidar sus rostros tensos y sus miradas desencajadas. «Ya has matado antes», pensaba en busca de consuelo, «esto no debería resultar tan complicado». Pero sí que lo era. La diferencia radicaba en matar a alguien que se lo merecía y matar a alguien que no. El proceso era el mismo, el planteamiento era totalmente distinto. Y luego, más tarde, las pesadillas también lo hacían distinto. Cuando maté a Ernest Iviné, me sentí dichoso, orgulloso; estaba satisfecho de mi actuación, pese a lo que había pasado finalmente. Sabía que la Justicia, cuando me muriese y mi alma vagase por los Divinos Campos, me estrecharía entre sus esbeltos pero firmes brazos y diría que mis actos habían sido justos. Ahora no. Al morir tendría mi castigo, me decía. Después… lo pensaba mejor. O tenía el castigo en vida y deambulaba enfermo, hambriento y moribundo, o lo tenía después de morir tras haber vivido como mejor supiera. Me decidí por asegurar lo único que tenía: mi mísera vida, mi patética existencia que se aferraba a la espada como si se tratase de su madre o de su amante. La necesitaba, ella posibilitaba mi forma de vida. No era el niño sucio, despeinado, piojoso, al que le estaban saliendo los dientes, lo que los atemorizaba, era aquella espada reluciente, blanca y cuyo filo relucía llamando a la Muerte. Ella me pertenecía y mi vida le pertenecía a ella.

Viví solo, asustado, confiando en que la gente tenía tanto miedo de mí, como yo de ellos. Fueron años duros, difíciles, tristes. No importaba cuánto robase o cuánto comiese, pronto me quedaba con las manos vacías. El campesinado no me daba problemas al ver la espada, pero tampoco llevaban gran cosa encima: pedazos de pan, algunos, y otros unos escudos.

Y fue un día, todavía con ocho, o quizá nueve años, cuando conocí a Sylie. Era una niña, todavía más joven que yo. Caminaba con su amo, un hombre de la familia Baeros, un hombre de la nobleza inferior cuya familia había alcanzado su posición, seguramente, emparentando a alguna hija con algún señor local o de Osmia. El señor era un hombre bastante mayor, tal vez unos cuarenta, malencarado, gordo, con el pelo ralo y castaño y una barba bastante desaliñada. Si no le hubiese dado un puñetazo en la cabeza tal que la mandase al suelo, ni le hubiese gritado: «Puta, aprende a comportarte o, al final, te utilizaré para lo mismo que a tu madre», no me habría llamado la atención. Pero lo hizo, y me llamó la atención. La niña me dio pena, allí, tirada en el suelo, agarrándose la cabeza desesperadamente, asustada, dolorida, llorosa. «No debo meterme en medio, no puedo liberar a todos los esclavos de la ciudad», recuerdo haber pensado; no obstante, increpé al hombre. Me miró durante un instante con asco, luego reparó en la espada y frunció el ceño. «No te metas en lo que no te llaman, niño». Como respuesta, cogí la empuñadura y desenvainé la espada, agarrándola a dos manos, como solía hacer. El hombre me miró casi con lástima mientras decía «Un crío con una espada es como un burro con colmillo», de forma totalmente despectiva. Me lancé contra él, aunque me esquivó con cierta facilidad y de no ser por la niña que se le tiró contra una pierna, desequilibrándolo y tirándolo al suelo, mi historia habría durado muy poco; pero una vez que cayó al suelo, terminé el trabajo.

La sangre hizo que la niña perdiese el control de su respiración, inspiraba con fuerza exagerada para quedarse sin aire al poco tiempo, estaba pálida y seguía llorando. «Tenemos que irnos, ¡no pueden relacionarnos con esto!», le dije. Ella me dio la mano y, juntos, echamos a correr. Y por primera vez en meses, me sentí feliz. «Todavía camino a oscuras, pero, al menos, ya no camino solo».

jueves, 30 de octubre de 2008

El nuevo San Teleco

Mi queridérrima novia (y sé que el palabro no existe) estudia en la E.T.S.E. de Telecomunicaciones en Vigo y es parte del equipo que ha estado trabajando para la organización del nuevo San Teleco.

El nuevo enfoque, que tira más hacia el de los santos antiguos (al parecer, para mí el San Teleco siempre ha sido un macrobotellón cutre donde universitarios y malotada de instituto se reunen a beber como harían cualquier noche de sábado en el náutico) y se aleja de esa fiesta que como único titular daba: "X comas etílicos, Y de ellos de menores de edad".

En una rueda de prensa, en la que participaba N.(flipante, nunca imaginé que se hiciera una rueda de prensa para un acontecimiento de este tipo), dieron a conocer algunos detalles, el enfoque que le querían dar (pese a que esste año, más por costumbre que otra cosa, mucha gente seguirá haciendo lo que ha venido haciendo estos últimos años), etc. marcando, o intentando marcar, un patrón de cambio.

La noticia, tomada por distintas agencias, ya ha sido publicada en diversas ediciones digitales de periódicos y, supongo, aparecerá mañana en papel. En cualquier caso, os dejo la noticia de El Faro de Vigo, linkada vía menéame y subida por mí (no aspiro a ganar karma con ella, pero podéis menearla si os place. Contaréis con mi eterna, y poco valiosa, gratitud): El nuevo San Teleco.

miércoles, 29 de octubre de 2008

El arte de Todd Lockwood

Hoy, sin más, os dejo la página de uno de mis artistas gráficos favoritos, Todd Lockwood, conocido por sus más que trabajadas colaboraciones para Dungeons and Dragons 3.X, aunque en 4ª edición parece bien que le han dejado a un lado, bien que se ha buscado otros quehaceres.

Ésta es su página: The Art of Todd Lockwood.

En Galleries podréis ver algunas de las imágenes más bellas que han sido otorgadas al mundo de la fantasía medieval, con un nivel de detalle del artista que disfruta con lo que hace: las miradas, las manos, la sangre fluyendo, la furia...

El libro, Transitions, es una recopilación de sus trabajos que se encuentra traducido al español por Norma editorial (si no recuerdo mal) y que, tanto en españo como en inglés, es una compra muy recomendable para aquellos aficionados al dibujo y a la ilustración en general.

martes, 28 de octubre de 2008

La huida, pt.2 [Espada Negra]

La oscuridad me había hablado y su mensaje había sido claro. Me puse en pie, en silencio, y bajé hasta la cocina, cogí un cuchillo y examiné la hoja bajo el leve brillo de las estrellas que se colaba por la ventana: era un cuchillo largo, grueso y puntiagudo, seguramente concebido para sangrar cerdos o vacas. Era perfecto, y una vez alejado de la ventana se convertía en un pedazo más de oscuridad, un pedazo afilado y, según deseaba yo, mortal.

Volví al segundo piso, los nervios apenas me dejaban respirar; notaba la garganta atenazada como si unas enormes manos de hierro me intentasen ahogar. Quería gritar, quería llorar y quería terminar con todo. Llegué hasta la puerta de la habitación del señor Iviné; desde allí, tan cerca, el ruido me parecía mucho más atroz. Sólo aquella densa nube negra se interponía entre la puerta y yo; y allí, de pie, quieto, vacilé. Cada vez los gritos resonaban con más fuerza, o eso me parecía. La oscuridad me susurraba: "hazlo, hazlo ahora". Finalmente, llamé a la puerta. No estuve seguro de haberla golpeado suficientemente fuerte hasta que los ruidos cesaron.

«¡¿Qué?!», tronó la voz de Ernest. «Soy yo, mi señor», le contesté. Y abrió la puerta. Estaba desnudo, con el pelo enmarañado, la piel perlada por el sudor y el miembro erecto. Tras él, un bulto estaba inmóvil sobre la cama. «¿Qué coño quieres?», preguntó finalmente con un tono impaciente y brusco.

Sus ojos acostumbrados a la luz de las velas no fueron capaces de percibir el cuchillo que dirigí desde las sombras, con todas mis fuerzas, hacia su barriga, lo hundí hasta la misma empuñadura y el señor Iviné se tambaleó mientras los ojos abiertos de par en par se volvían vidriosos. Tire del cuchillo hasta extraerlo, Ernest se desplomó hacia delante, de rodillas, mientras de la herida manaba una sangre espesa y negra como la oscuridad que me había convencido de matarlo. Él no gritó en ningún momento, solo gimió cuando el cuchillo lo perforó. Así, con él arrodillado, rasgué su garganta sin vacilar. La sangre me salpicó, lo salpicó todo. Tiré el cuchillo al suelo y miré expectante a mi hermana. En el suelo, Ernest se intentaba revolver, casi sin fuerza. «¿Qué has hecho?», gritó mi hermana. «Te he salvado», contesté. «¡Lo has matado!». «Era un monstruo», repliqué exasperado. Ella me había dicho que no aguantaba más, solo hice lo que debía hacer, me repetía una y otra vez. «Nunca mató a nadie», respondió testaruda, «tú eres el monstruo». Sentí como la cara me ardía de rabia. «Hermana, ven conmigo, podré conseguir comida para los dos». Su réplica fue tajante, inamovible: «no me iré con un asesino».

Sin volver a dirigirle la palabra recogí aquello que me pareció útil: el sello de la familia Iviné, una mochila, carne seca, un pellejo lleno de agua y la espada, una brillante espada larga con el emblema de los Ivin en el puño. Miré a mi hermana una última vez, ansioso de que hubiera recapacitado y accediese a venir conmigo. No me quería ir solo, era un niño pequeño y me iba a quedar solo, y saberlo me daba mucho más miedo que haber matado a Ernest, más miedo que las posibles consecuencias que me pudiera acarrear; pero ella no dijo nada. Nada. Así pues, salí de la casa, el cielo lloraba y yo lloré. Mis manos aún estaban manchadas de sangre.

lunes, 27 de octubre de 2008

Día de hoy

Desapareció el texto de La huida, pt.2; una verdadera lástima. No tengo la menor idea de dónde puede encontrarse.

La conexión fue fatal hoy en el CUVI, peor de lo que estaba yendo estos días. Hoy, de hecho, no se pudo hacer prácticamente nada entre las 4 y las 7 de la tarde, sacando unos minutos. Y he descubierto que no se puede iniciar Episode Two sin conexión a la red.

Tormenta de espadas va mejor, aunque ciertas partes son en exceso predecibles.

Unos compañeros de facultad han abierto un blog: Biovigo, que trata, o va a tratar, de novedades en el campo de la biología, comentarios acerca de libros relacionados y noticias sobre la facultad de biología de Vigo.

Y ese es mi breve comentario del día. El tiempo que pensaba destinar a postear lo pasé ciscándome en los muertos de la conexión del CUVI.

domingo, 26 de octubre de 2008

Valve - Half Life 2: Episode One

En 2006, Valve publicaba la continuación de Half Life 2 en forma de este Episode One. Un juego mucho más corto (en torno a 5-6 horas), con el mismo motor gráfico (aunque algunas animaciones parecen un poco más realistas, sobre todo en las expresiones faciales de Alyx), con la misma variedad que el original y que continúa la historia en el mismo punto en que se quedó.

Este Episode One nos devuelve a la piel de Freeman, congelado tras el colapso del reactor. El Episodio trata de cómo Alyx, Freeman y el resto de los rebeldes abandonan la Ciudadela.

El final, una vez que te subes al tren que te saca de la ciudad, es en forma pseudocinemática, convirtiéndonos en meros espectadores y dejándonos con las ganas del Episode 2.

Nota: 7. El juego está muy bien, pero no es más que HL2. No innova nada, solo continúa la historia. ¿Qué sería lo ideal? Que nos dieran esto como una actualización, o por 7 u 8 euros, pero 20 me parece un tanto excesivo.

Pros: continúa la historia, sigue siendo muy atractivo a nivel de juego y gráfico. Consigues las armas en orden inverso de poder lo que le da un factor estratégico extraño.
Contras: muy corto, nos sigue dejando con las ganas de saber cómo termina.

sábado, 25 de octubre de 2008

Juan José Millás - La víscera gramatical

Os dejo el link de un interesante artículo de Juan José Millás que apareció hoy, 25 de octubre, en el Faro de Vigo. El link es de otro periódico, el primero que apareció en Google poniendo el título del artículo. En mi modesta opinión, sus palabras son difícilmente discutibles.

La víscera gramatical.

Personalmente, mi experiencia personal me dice que estoy rodeado de personas que apenas saben escribir, en mi cuarto año de carrera. Sé que muchos errores pueden deberse a una escasa percepción que impide que nos demos cuenta de qué acabamos de escribir. Sé que muchos errores pasan desapercibidos en una relectura porque recordamos qué hemos querido decir y leemos precisamente lo que queríamos decir y no lo que realmente dice; pero, con todo, creo que el nivel medio universitario es un poco triste.

Muchos estudiantes de carreras científicas y técnicas se amparan en que no necesitan saber escribir, lo cual es, obviamente, falso. Toda persona y, sobre todo, cualquier universitario, tiene que saber escribir. Hay que saber expresarse, el lenguaje es nuestra herramienta de comunicación y necesita de un funcionamiento correcto para hacer bien su labor. Lo siento por todos aquellos que escriben como niños de primaria. Las reglas son las mismas para todos: cada juego tiene su libro de normas, el lenguaje tiene éstas. Aprendedlas, usadlas y respetadlas.

Sé que hay errores que se resisten, pero, como todo, se va mejorando. Yo tengo errores escribiendo y hablando, desde luego, pero puedo asegurar que, al menos, me esfuerzo en corregirlos, en buscar cómo se escribe algo cuando no estoy seguro, o en dar un giro y cambiar la expresión por una que sé que estará bien escrita. Y creo que, solo con eso, cualquiera puede ganar mucho.

Nada más.

jueves, 23 de octubre de 2008

Sobre olvidos y estúpidos

Bravo por mí, que acabo de dejar en algún lugar (supongo que en el laboratorio) mis apuntes y mis textos. Bravo, ahí. Viva yo, y esas cosas.

Espada negar seguirá así, al menos, hasta el lunes que recupere, hipotéticamente, mi carpeta, a no ser que se me ocurra una gran forma de continuarlo y renuncie a lo que he escrito previamente.

Y hoy han cerrado el único fotolog que leía por placer. Sí, señores, así es la vida:
www.fotolog.com/zumodemerengue por un comentario sobre una persona de estas que lo más cerca que han estado de la ortografía es sexto de primaria.

Les deseo mi más sincero éxito si deciden continuar sus andanzas. Juntos colaboran a hacerme algo más agradable mi estancia en las tierras de la Red.

Un saludo y, recordadlo, una naranja recién exprimida siempre es dulce. Sobre todo si la naranja está llena de pastel rosa.

miércoles, 22 de octubre de 2008

La huida, pt.1 [Espada negra]

Cuando todo quedó en silencio, seguía despierto, sin saber qué hacer, sentado en la cama de mi hermana. Al final volví a mi dormitorio, me acosté y, con los ojos fijos en la negrura del techo, dejé pasar las horas. Cuando me desperté al día siguiente, me levanté y me vestí. Bajé al primer piso y me encontré a mi hermana en la cocina. Parecía ausente. Mi pobre hermana, una niña de once años. «¿Qué te pasa?», le pregunté. Me apartó con la mano y siguió con sus cosas. «Si me necesitas, estaré ahí. Siempre», añadí . Todos los aspirantes a escudero, aspiran también a ser caballeros, con la ilusa ensoñación de un niño, que ve en el caballero el perfecto ideal de justicia y buen hacer. Ella sonrió, sin decir nada.

Y mi vida siguió así. Mi hermana se volvió una persona triste y callada. Por las noches se escuchaban los gemidos. Todas las noches. Y de vez en cuando se escuchaban golpes y gritos, aunque no duraban mucho. Pasados unos instantes, solo quedaban sollozos, gemidos y jadeos. Y en aquellos momentos, la oscuridad de la noche parecía más negra y, sobre todo, más espesa. Una bruma que llamaba a La Muerte, aunque entonces no supe entenderlo.

Una mañana, cuando bajé a la cocina, mi hermana estaba sentada en una silla, con la cabeza hundida entre las manos. Sollozaba ligeramente. «¿Qué te pasa?», volví a preguntarle. «No lo aguanto más», me contestó. Y tras vacilar, añadió: «estoy preñada, me fuerza por las noches y me pega si intento resistirme. Me duele todo, hermano». Esas palabras se me clavaron como un cuchillo. Era su hermano, el único que podía ayudarla y fue aquella noche, entre golpes y gritos cuando, entre la bruma, lo comprendí.

_____
Tengo ya la parte 2 de La huida, que queda en un punto, a mi parecer, más interesante; pero esta semana ando bastante mal de tiempo. La colgaré mañana, o pasado, dependiendo de si se me ocurre algo mejor o sucede algo especialmente interesante.

Un saludo a mis lectores.

martes, 21 de octubre de 2008

Objetivando la belleza...

por generalización u opinión mayoritaria.



En este video podemos ver cómo partiendo de unas determinadas fotos y aplicando patrones concretos de distancia entre determinados puntos de la cara (distancia entre los ojos, etc.) se consiguen fotos de rostros más bellos.

¿Acaso la belleza no era tan subjetiva como se pensaba?

Vía microsiervos.

lunes, 20 de octubre de 2008

Mundoabsurdo, pt.5

El local tenía bastante gente, era bullicioso, oscuro y lleno de humo. Era el típico bar abarrotado. Avanzaron despacio hacia una mesa y tomaron asiento. Una camarera vestida con vaqueros y camiseta se acercó a ellos, era delgada, bajita y tenía el pelo cobrizo.

- ¿Qué van a tomar?

- Dos cafés – contestó Ernest – uno con leche y un despertar.

- El despertar con leche – apuntó Alberto.

- No hay despertar con leche.

- Entonces, uno normal con leche – replicó Alberto.

- Que no, que no – negó Ernest –, un despertar. Es un reciénllegado – anotó en tono confesional.

- Pero…

- No te preocupes – dijo la camarera con una sonrisa –, todos lo toman la primera vez. Ayuda a ver las cosas de otra manera.

- ¿Son drogas?

- Si con drogas entiendes «sustancia que altera la fisiología natural», sí, lo es. Y el café también.

- Traéle un despertar – insistió Ernest.

La camarera dirigió su mirada hacia Alberto un instante. Su sonrisa parecía amable y cariñosa. Luego se dio la vuelta y se fue a la barra.

- Quizá consigas el despertar y una cama para esta noche – sonrió Ernest.

- ¿Qué? ¡Pero… pero yo pensaba que me quedaría contigo!

Ernest lo miró con ojos desencajados.

- ¿Quieres acostarte conmigo?

- ¡No! – respondió Alberto velozmente – en… en otra cama, me refería.

- No tengo otras camas. Ya sólo tengo que educarte, puedes dormir en un hotel, un motel, un hostal, en la cama de alguien a quien le gustes – Ernest tomó aire y sentenció con tono explicativo – como la camarera.

- Pero yo tengo novia…

- Tenías novia – recalcó Alberto con tono puntilloso.

- Pero… aún hoy me desperté a su lado, no puedo… hacer esto.

- ¡Estás a universos de distancia! La luz tardaría millones de años, o más, en llegar aquí. Así que, técnicamente, llevas millones de años, o más, sin ver a tu novia – Ernest sonreía, casi con condescendencia, como diciendo: «venga, chaval, tú puedes, lánzate» a un niño que mirase receloso el agua de la piscina.

- Pero… yo la vi hoy – apostilló Alberto.

- Tu mente tiene la idea de haberla visto hoy, pero nada viaja más rápido que la luz, ¿verdad? Es Relativismo.

- Es Relatividad…

- Pues eso, ¿lo ves? – Ernest sonreía al decir – Ahí viene la camarera.

domingo, 19 de octubre de 2008

Perfección y cielo azul

Y hoy, tras mucho tiempo, fue un día perfecto.
Y punto.

Valve - Half Life 2

Tras haber instalado la Orange Box, uno podría pensar que Portal es el más delicioso postre que uno se puede encontrar delante: una tarta de nata y chocolate con velitas, ni más ni menos. Y, quizá sea cierto. Pero ahora cambiamos el sentido de la frase: Portal no es más que el postre de la Orange Box; el plato fuerte es Half-Life 2, sin duda alguna.


Half Life 2 es, por si alguien no lo sabe, o por si alguien tenía dudas, el juego de tiros perfecto o, al menos, lo era en 2004. Es posible que hoy los nuevos motores gráficos permitan hacer alguna cosilla más, pero el abanico de situaciones al que se nos somete en HL2 es sencillamente increíble: persecuciones, exploración, tiroteos, puzzles, huidas y libertad para superar nuestros problemas como nos apetezca. Gráficamente fue un juego muy adelantado a su tiempo (se lanzó en el 2004) y aún hoy se puede apreciar que la calidad de texturas y de animaciones es bastante buena.

El argumento es una historia sci fi bien contada, bien escrita y bien pensada. En el papel de Gordon Freeman (el que fue fotografiado junto al LHC, sí, ese, el miembro de Black Mesa que nos anda a salvar las espaldas de la invasión alienígena siempre que puede) quien se despierta de su suspensión (estado de inconsciencia en la que no pasa el tiempo) viajando en un tren. Al bajar del tren, en Ciudad 17, se encontrará con un mundo que no espera, en el que una organización llamada La Alianza domina el mundo muy a lo 1984. A partir de aquí, encabezaremos la rebelión pata de cabra en mano, repartiendo hostias y tiros por igual hasta eliminarlos a todos, como machotes.

En este juego podemos encontrar varios de los elementos de Portal, sacando la creación de portales mediante lanzador portable. Hay portales, eso sí, pero son construcciones destinadas a tal efecto con las que nuestra interacción real será mínima. No obstante, hay torretas defensivas igualitas a las de Portal solo que más estiradas, hay un arma gravitacional, igualita a la función sujetora del Creador de portales de Aperture Science y, en esencia, con la misma estética.

La historia, que se desarrolla a buen ritmo, permitiendo un juego trepidante, tanto a nivel mecánico como a nivel argumental, termina de forma intrigante, pidiendo a gritos empezar en el momento con Half Life 2: Episode One. Una vez más, mi más sincero agradecimiento a Valve por proporcionar uno de los pocos juegos de acción en primera persona que valen la pena.

Nota: 10. Un juego perfecto.

Pros: largo, interesante, un buen guión, ameno, variado, inteligente, pata de cabra.
Contras: el doblaje al español es bastante pobre y vacío, aunque la traducción es, a mi entender profano, bastante buena.

sábado, 18 de octubre de 2008

La familia Ivinadeot

Durante un tiempo servimos como fieles esclavos. Cada uno de nosotros tenía su propia habitación, era increíble. Me sentía tan... completo. Una habitación para mí. Dudo que hubiera dos docenas de esclavos en la ciudad que pudieran decir lo mismo. Nuestro señor nos mandaba los recados, todos. Él sólo hablaba con los más ricos comerciantes de la ciudad: acordaba tratos financieros, firmaba préstamos y compraba por un dinero y vendía por mucho más. Mi madre cocinaba y mantenía la casa ordenada, mi hermana hacía las compras y ayudaba a mi madre, y yo escribía y me ocupaba de los caballos, las armas. Un día sería su escudero, me decía; y eso bastaba para tenerme contento. ¿Qué más podía pedir?

Según pasaba el tiempo, más seguro y resuelto me volvía. Me acostumbré a la gran ciudad: al ajetreo, a los tejemanejes, me acostumbré a oír a los grandes comerciantes; aquellos príncipes envueltos en lujosas sedas y poseedores de incontables riquezas. Cada día nos despertábamos temprano para trabajar, y cada noche nos acostábamos, igualmente temprano, entre los gemidos y jadeos que salían de la habitación de Ernest. Nos iba bien, o eso creía. Al cabo de un tiempo, a mi madre se le empezó a hinchar la barriga, pronto daría a luz a un nuevo Ivinadeot, seguramente un bastardo Ivin, como tantos otros miembros de su familia esclava. Era común y ni ella ni nosotros nos quejamos. Pronto habría otra boca que alimentar y, luego, un par de brazos más para trabajar. Pero cuando llegó el momento, delante de la comadrona, entre gritos y sangre, mi madre murió. La criatura surgió muerta, azulada, ahorcada en su propio cordón umbilical. Fue un día triste. Para mí, para mi hermana e incluso el señor Iviné lloró.

La vida se nos complicó entonces, yo tuve que pasar a hacer las compras y los recados fuera de la casa, mientras mi hermana se ocupaba de todo dentro. No llegó ningún Ivinadeot más a la casa, a pesar de las cartas enviadas a Osmia. Nuestro señor se volvió taciturno y malencarado, agrio.

Y así pasaron los meses. Hasta que una noche volví a oír jadeos en la habitación del señor Iviné. Una voz aguda gemía, a caballo entre el dolor y el placer. Esos ruidos habían desaparecido de la casa desde la muerte de mi madre. Me levanté sin hacer ruido y fui a la habitación de mi hermana como hacíamos cuando vivía mi madre. Era tan difícil dormir escuchando los grititos, que nos quedábamos hablando hasta que todo terminaba, siempre en susurros, siempre a escondidas.

Me quedé en el quicio de la puerta, sin saber qué hacer. Mi hermana no estaba en la habitación e incluso con ocho años, até el resto de los cabos. Volví a mi habitación y, despierto, esperé que todo terminara.

viernes, 17 de octubre de 2008

La celestina y otras perlas clásicas

http://waldenland25.blogspot.com/2008/10/habr-que-prohibir-de-una-puta-vez-la.html

Solo anotar que:
1.- La educación sí cambia. Y mucho.
2.- Las obras que se recomiendan ahora pueden ser las mismas, que las que se obligan no lo son necesariamente. No hay más que ver las obras obligatorias del bachillerato, en las cuales no se incluyen ninguno de los libros que el texto cita.
3.- El Lazarillo es un libro para leer en la adolescencia, puede tener un léxico un tanto arcaico; no obstante es suficientemente simple y directo como para que lo entienda cualquier palurdo imberbe.
4.- Bécquer, Garcilaso y Manrique, en lo que se lee de ellos en cursos bajos de la educación, tienen un estilo muy directo que permite entender de forma fácil recursos líricos varios. Te gusten o no te gusten.
5.- Si en el colegio me hubiesen mandado leer gilipolleces como Daniel El Travieso o Los cinco, o resto de chuminadas, creo que hoy no leería. La educación debe suponer un reto que te incite a mejorar.
6.- Coincido en que La Celestina y El Quijote pueden ser demasiado duros, exigentes y que, muy seguramente, no tengan sentido en el seno de la educación actual. No obstante, no estoy demasiado de acuerdo con lo demás.
7.- ¿Alguna opinión, lectores diarios?

jueves, 16 de octubre de 2008

Dios también viste de Prada

Juan Manuel de Prada es un escritor y articulista español (bueno, si a esto que hace se le puede llamar periodismo) que se dedica a exponer los puntos de vista de hace dos mil años (bueno, yo creo que los romanos eran bastante más liberales y que aceptaban con más facilidad las evidencias). Hoy por hoy, cada semana, este simpático personaje nos deleita con una retrógrada visión determinada.

La de esta semana fue: Incrédulos.

Si os tomáis la molestia de leer ese texto, conteniendo la risa y lo que sea necesario, os saltarán varias dudas. Bueno, en realidad no. Creo que con una educación científica básica (secundaria obligatoria nos llega) nos permite reírnos de una opinión como ésta que se intenta hacer pasar por científica sin tener que dudar nada. Y es triste, porque la base de la ciencia es la duda. Esa duda que permite que la medicina haya avanzado lo suficiente como para que se le administre incluso a personas como don Juan Manuel.


" Vivimos una época extraña. El hombre de nuestro tiempo lee, por ejemplo, el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces y sonríe con suficiencia; pero a continuación coge sus ahorrillos y los pone en manos de un agente de bolsa que le ha prometido devolvérselos en unos pocos meses convertidos en una suma fastuosa. Para refutar el milagro del Evangelio, el hombre de nuestro tiempo argumentará empleando las leyes de la ciencia empírica; para aceptar que sus ahorrillos le depararán una fortuna, recurrirá a abstrusas leyes bursátiles de dudoso cumplimiento. Lo cual nos confirma que los incrédulos suelen ser, precisamente, las personas que más denodadamente creen en aquellas cosas que el sentido común juzga increíbles."

Usando el mismo razonamiento, el de ridiculizar a la gente que cree en la lógica de las matemáticas y de la experimentación; el científico podría, ridiculizando al creyente, decirle que cuando esté terriblemente enfermo, se cobije bajo sus tristes mantas, entre espasmos de dolor y el hedor del pus y la podredumbre, que rece a sus queridísimos santos que ya verá como lo salvan.


"El mismo incrédulo que se carcajea de los enfermos que se confían a la intercesión de un santo está convencido de que vivirá más de cien años, gracias a no sé qué avances de la ingeniería genética que hasta la fecha sólo se han verificado en el ámbito especulativo."

Hoy por hoy, dada la media de vida de cualquiera de los países desarrollados, nadie espera vivir cien años. Hoy por hoy, confíamos en la posibilidad de vivir cien años. Y si confíamos en esta mera posibilidad es porque con ayuda de la medicina, que se ha desarrollado en base al desarrollo científico, y con ayuda de mejoras en la calidad de vida (higiene, dieta, cuidado de los animales, etc.) hace posible, al menos, confiar en esa posibilidad. Una confianza que Dios, con toda su omnipotencia, nunca hizo posible. Por último, recalcar que, la supervivencia a una enfermedad mediada por la actuación de dioses y santos, sí se restringe totalmente al ámbito especulativo.


"El mismo incrédulo que se burla de la existencia de un cielo donde los justos se están quietecitos, contemplando el rostro de Dios, cree a pies juntillas en la existencia de espectros viajeros que acuden a la llamada de un espiritista."

Por favor, D. Juan Manuel, ¿de dónde coño sacas a esa gente que cree en espiritistas? Entre científicos no, o, al menos, lo dudo mucho. Me cuesta imaginar a Stephen Hawking pagándose una sesión de espiritismo, sinceramente.


"Pero, por mucho acopio de información que uno recopilara, nunca podría explicarse por qué el hombre de las cavernas se puso un día a pintar; tampoco podría, por cierto, entender por qué, al salir de las cavernas, se puso de rodillas y empezó a adorar a Dios."
1.- Cuando el hombre salió de las cavernas empezó a adorar a todo lo que se le ponía por delante: el dios fuego, el dios agua, el dios bosta de vaca, el dios árbol, el dios hierba, etc.
2.- ¿Te gustaría entender por qué? Porque el hombre no tenía respuestas y se acojonó. Simple y llanamente. El hombre no tenía una mami-ciencia que lo salvase del cáncer, el hombre no tenía un papi-arma que le ayudase a matar leones. El hombre vivía con los calzones permanente sucios. Eso pasaba.


"El escéptico lo resolvería diciendo que el hombre se puso de rodillas porque sentía miedo; y que, por tanto, Dios es fruto de su temerosa imaginación. Afirmación que es al menos discutible; en cambio, si se nos ocurriera definir la Ideología, el Progreso o el Libre Mercado como productos del miedo, incurriríamos en falta gravísima ante los incrédulos."

Él ya sabía lo que le iba a responder, ¿eh? Qué inteligente este Juan Manuel. Sencillamente, acabo de exponer porque el hombre tenía miedo al salir de las cavernas, pero no he visto ningún intento del hombre este por explicar qué miedo desembocó en Progreso, por ejemplo. Ideología me parece un término muy ambiguo y Libre Mercado me suena a ilusa utopía. Lo siento mucho.


Sinceramente, Juan Manuel, espero que nunca tengas que recurrir a la ciencia, y que Dios (tu Dios, ese que es uno y tres) te salve de todos los percances que la vida real (que no una ficticia donde los hijos nacen de vírgenes folladas por pollas etéreas de ángel) te plante en la cara. De hecho, sin ir más lejos, me gustaría ver qué le responde este hombre a su mujer (si es que la tiene) si ésta le comenta que está embaraza por intercesión divina. Y es que "a poco que uno rasca, descubre que la incredulidad del" fanático creyente "sólo atañe a determinados asuntos".

Atentamente, un hombre de ciencias.

miércoles, 15 de octubre de 2008

mundoabsurdo, pt.4

Esta parte se continúa exactamente desde la frase en la que quedó Mundoabsurdo, pt.3. Lamento lo incómodo que pueda resultar leerlo.


En ese momento entró un hombre vestido con un jersey a rayas y unos pantalones anchos de color verde oscuro. Se los quedó mirando, su cara, de pocos amigos, parecía preguntar directamente: «¿Qué coño hacéis aquí?»

- Hola, doctor – saludó Ernest –, verá, este hombre que está a mi lado es Alberto, un viajero recién llegado de las tierras de la Lógica que busca… explicaciones y alguna frase de apoyo.

El doctor (según palabras de Ernest, al menos) examinó a Alberto de la cabeza a los pies.

- Así que un Lógico, ¿eh? ¿Cuánto tiempo llevas aquí, muchacho? – a pesar de la cara malhumorada del hombre, su voz era bastante amable.

- Acabo de… llegar – la palabra sonó forzada en labios de Alberto –, me encontré con Ernest que me trajo hasta aquí y…

- Para que te diese explicaciones y alguna frase de apoyo – terminó el doctor.

- Sí bueno, yo…

- ¿Tienes alguna pregunta concreta?

- ¿Por qué… por qué estoy aquí?

- Nosotros te trajimos.

- ¿Para qué? – preguntó con un deje de ruego en la voz.

- Albert, Albert… – el doctor parecía meditar sobre el nombre –, eres el informático, ¿no?

- Sí, supongo – no sabría decir si era el informático.

- Pues… te hemos traído para que desempeñes esa labor aquí. Bueno, no aquí, en la SRVI, sino al servicio de los meteomáticos.

- ¿De los meteomáticos? – saltó Ernest – Eso queda… muy lejos.

- Así es. Y tú lo has encontrado, a ti te corresponde llevarlo o hacer que llegue.

- Pero… ¿para qué lo necesitan? – Ernest parecía más dispuesto que nunca a defender que Alberto debería haberse quedado en su casa. En su verdadera casa.

- Ni idea, pero nos lo han pedido.

Ernest tragó saliva.

- Bueno, ¿alguna pregunta más?

Alberto se encontraba abatido. No encontraba preguntas. Ernest parecía haber perdido su inamovible buen humor. El doctor se despidió con la mano, dijo “suerte” antes de irse, y se marchó. Ernest y Alberto volvieron a quedarse solos, en silencio. Un largo silencio.

- Pero… yo… es decir…

- Calma, calma, Alberto. No tiene sentido que te preocupes. No te podemos devolver a tu vieja casa, así que cálmate, contempla el lugar, acostúmbrate a sus gentes, a sus construcciones. Conviértele en tu hogar y sé feliz. Este es un gran lugar. Y un día, no sé cuando, llegarás al sitio al que tienes que llegar. Te gustará. Pero es que está tan lejos…

Alberto miró de nuevo el frío y enorme edificio en el que estaban, intentando encontrar comodidad y cariño en alguna parte, pero las paredes eran brillantes, metálicas y, dado cómo era el mundo, seguro que estaban pensando en la forma de devorarlo.

- No me siento cómodo en este lugar – comunicó Alberto, con un tono de voz entre la vergüenza y la frustración.

- Después de una taza de café caliente seguro que te sientes mejor. Incluso podrías tomar unas tostadas. ¿Qué me dices? ¿Un rico café y unas tostadas con mermelada de melocotón te gustarían? – Ernest volvía a estar animado, o, en caso contrario, fingía muy bien.

Alberto lo meditó un instante.

- ¿Nunca podré volver a casa?

Ernest cogió aire, como preparándose para dar un gran discurso.

- Veamos. Siéndote sincero: no, no podrás.

- ¿Y ya? Es decir, ¿así, simplemente?

- Sí, así. Simplemente.

- Pero… ¿no hay esperanza?

- Bueno, tal vez la tecnología avance lo suficiente y llegues a volver a tu plano en algún momento de tu vida – Ernest se encogió de hombros. Sonaba tan fiable como si dijese que la lluvia podría remontar el cielo cayendo hacia arriba.

Se volvió a hacer el silencio. Alberto tuvo la sensación de que la enorme desconfianza por su nuevo «hogar» era excesiva, que tal vez su tristeza fuera excesiva y ofensiva para Ernest que, muy a su manera, se estaba esforzando en ponerle las cosas fáciles para acostumbrarse a esto. En principio, había sido sincero y cordial, le había explicado el asunto en el que, al parecer, dado que él no trabajaba en la SRVI, no tenía nada que ver, y le había ofrecido su apoyo. Sintió ganas de disculparse, pese a ser la víctima de un secuestro interplanario.

- Lo siento – comenzó –, no puedo evitar tener la sensación de que este mundo pretende agredirme, de que este edificio pretende engullirme.

- No, hombre, no – contestó Ernest con una sonrisa amigable –, este no quiere comerte. Y dudo que los habitantes de la Lógica sean parte importante de la dieta de los edificios.

Alberto estudió el rostro amable y sincero de Ernest, su sonrisa afable y sus ojos tranquilos.

- Salgamos de aquí – sentención finalmente.

- ¿A tomar un café? – Ernest parecía emocionado.

- En una terraza – consintió.

- ¿Al aire libre? – le preguntó con la voz llena de duda.

- Sí, ¿qué le pasa? ¿No tenéis terrazas?

- No, es que… la calle es mucho más grande. Si tienes miedo de que el edificio pretenda comerte, no entiendo porque no tienes el mismo temor con la calle. Es más grande, tiene coches y farolas con las que podría reducirte a zumo de persona con pulpa. ¡Ah! Y tiene sumideros por los que sorberte. A grandes rasgos, juraría que el interior de un edificio es más seguro.

Alberto inspiró con fuerza y cerró los ojos.

- Gracias, Ernest. Eres todo un apoyo – musitó, conteniendo sus ganas de gritar y de darle un puñetazo.

- Estoy aquí para ayudarte, no tienes nada que agradecer – Ernest le dirigió una sonrisa brillante.

«Y lo peor de todo – pensó Alberto – es que su sonrisa es sincera».

Alberto siguió a su compañero y guía, que se paró a despedirse de los trabajadores de la recepción. Ya fuera del edificio, Ernest avanzó por la calle en la que estaban, mientras Alberto contemplaba cada vehículo, cada farola y cada boca de incendios, pero, sobre todo, examinaba las rejillas de los sumideros. «Me estoy volviendo paranoico – pensó –, todo por culpa de este lugar maligno y maldito».

- ¡Hey! ¡Hey! – le llamó Ernest – Aquí mismo. Necesitas el café ya. No tienes buena cara en absoluto.

Alberto se acercó a él.

- En serio – resopló Ernest – estás pálido y tienes el rostro crispado. Venga, entra.

Al entrar, Alberto leyó el nombre del local. «¿A quién se le ocurre llamar a un bar “Agujero Negro” tan cerca de la SRVI? ¿Creerán que les reiremos el chiste?»

- Bienvenido al Agujero Negro – dijo Ernest –, el local nocturno por excelencia.