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miércoles, 29 de julio de 2009

Seis

El mundo se iba a acabar al día siguiente. Era su estilo de vida, tal vez mañana se torciese todo y la inundase el más amargo de los fracasos para siempre. Tal vez, pero mientras viviría al máximo. Su vida no tenía frenos y ella no tenía reparos.
- Tiene usted un currículum impresionante, señorita.
- Lo sé - sonrió.
- ¿Qué cree que puede aportar a esta empresa?
- Soy una persona capaz, inteligente y no dudo en hacer lo necesario para cumplir mis objetivos - contestó con una sonrisa sugerente.
El entrevistador tragó saliva mientras intentaba no fijar su vista en el escote de la mujer.
- Ehm... hábleme de su experiencia previa en el campo de las relaciones públicas.
- Me ocupé de la relación con los medios de comunicación para diversas empresas, citadas en el currículum, he asistido a docenas de conferencias y reuniones, he escrito mails a personas importantes... un poco de todo.
- ¿Cómo acabó fuera de dichas empresas?
- No me podían ofrecer más... había tocado su techo - respondió mientras se apartaba un mechón de pelo con un gesto juguetón y se revolvía en la silla, mostrando más, si cabe, su escote.
- Es... una... respuesta un tanto... arrogante, ¿no cree? - preguntó el entrevistador atragantándose con cada palabra.
- Es una respuesta sincera y usted lo sabe. Soy la persona que busca... y también lo sabe. Y esto es un convencionalismo para verme en privado, ¿me equivoco?

Y se hizo el silencio.
- ¿Dónde te ves dentro de cinco años?
- Acariciando un techo con el que me encuentre satisfecha... - dijo acompañando la frase con un grácil y suave movimiento de su mano derecha, como si acariciara algo.

El entrevistador echó unas cuantas firmas a diversos papeles.
- Puede... firmar aquí y aquí - finalizó.

Ella firmó.
- A partir del lunes a las ocho.

Ella sonrió.
- Aquí estaré.

Y se dio la vuelta con un sensual giro, todo gracia, y salió del lugar con una sonrisa triunfal. Dentro quedaba un hombre que, sin saber por qué, se sentía desolado, vacío, solo.

martes, 28 de julio de 2009

En las tierras de los elfos [Espada Negra]

No recuerdo muy bien cómo ni por qué algunos miembros de la Espada Negra se adelantaron como avanzadilla. Tal vez pretendían comentar algo sin oídos desconocidos merodeando, tal vez querían saborear una vez más la sensación de libertad que se tiene al no rendir cuentas. No sé, no lo recuerdo. Pero nos adentramos en la espesura, nos alejamos del grupo y allí, de la nada, mientras hablábamos tranquilamente, aparecieron unos esqueletos. Muertos vivientes. Nunca tal cosa viéramos. Ni las leyendas más antiguas hablaban de ese tipo de aberraciones. El pánico nos embargó. Di órdenes , grité, ataqué… pero estaba aterrorizado, Kira incluso se alejó entre los árboles, Nacho resultó herido y tanto Gerón como su ave murieron rápidamente. Uno de ellos levantaba a los caídos y, cuando ya solo quedábamos en pie Nacho, Sylie y yo, tomamos la decisión de irnos. Y nos fuimos. Dejamos a nuestros compañeros caídos atrás, aunque probablemente ya estuvieran muertos. Nos alejamos entre la espesura y Nacho nos dijo que ya estaba, que nos habíamos jugado todo cuanto él estaba dispuesto a jugarse, que habíamos arriesgado y perdido y que no se iba a jugar el todo por el todo. Y se fue. La espada desertora. En Osmynd había tenido una aventura con una sacerdotisa del sexo y el amor, bastante había hecho con venir con nosotros hasta aquí cuando nada lo obligaba. La Espada Negra se había terminado. Quedábamos Sylie y yo, como cuando éramos críos. Todo había fallado al fin y ya no había nada más que discutir. Fue entonces cuando hablé con Sylie y le expuse mis temores: «no vamos a salir de aquí, pequeña, hemos cavado nuestra puta tumba». «Estaré contigo hasta el final», me dijo. Intenté convencerla durante bastante tiempo de que se fuera, de que hiciera la vida que siempre se mereció con el dinero que había conseguido sacar de la Orden, que triunfase, que fuese alguien, que se dedicase a fabricar arcos que era lo que le gustaba. Y me abrazó, como una hermana, como mi verdadera hermana. Le devolví el abrazo. «Por favor, vete». Y ante su negativa, insistí: «Es una orden, Sylie». Y obedientemente, obedeciendo no a su amigo o a su hermano sino al líder de la Espada Negra, recogió sus cosas. «¿Volveremos a vernos?», preguntó. «Claro que volveremos a vernos, le caigo bien a alguien ahí arriba, ¿recuerdas?». Y nos separamos.

A la mañana siguiente fue el gran combate. Vuestras flechas surcaban el cielo salidas de los dioses saben dónde, los peludos cargaban contra vosotros, por todas partes había heridos, muertos, sangre. Se veían más tripas que hierba. Era horrible. Cargué como el que más, dispuesto a darlo todo, a dejarme la piel en el intento; había dado mi palabra y lucharía hasta el final. Entonces una flecha atravesó mi hombrera, me cayó la espada, intenté arrastrarme y una nueva flecha me atravesó la cota de malla. Y ahí acabó todo, y a partir de entonces ya conocéis la historia. Fin de la batalla, remate de malheridos y atención médica para los demás, en un pueblo perdido en mitad del bosque, sin la posibilidad de volver a casa… ¿Infeliz? No, supongo que no, me alegro de haber sobrevivido. Pero sí, echaré muchas cosas de menos, cosas que sé que no recuperaré más. ¿Sabéis? En el fondo sí me tranquiliza que todo haya terminado, aunque me escuece haber vivido todas mis aventuras antes de los 20, tengo una sensación de… ¿y ahora qué? En fin… espero no haberos aburrido con el relato, pero vaya, vosotros preguntasteis.

sábado, 25 de julio de 2009

Una vez cruzada la última frontera... [Espada Negra]

Nos dirigimos al sur, hacia Kinia. Atravesamos sus tranquilos pueblos, sus frondosos bosques y continuamos hacia la frontera. Allí, cerca de un alto muro de recia piedra cubierto, se encontraban los campamentos militarizados. Decidimos no entretenernos demasiado: «Buscamos a Rogoz», dije. Nos miraron de arriba abajo, nos examinaron, miraron nuestras armas con detenimiento. «Venimos de parte de Ibbenhalassid». Y sus caras se mostraron infinitamente más amables. Nos llevaron hacia un enorme pabellón y nos invitaron a entrar. Y allí, efectivamente, una gran criatura antropomórfica de algo más de dos metros y con brazos como piernas nos miró casi con indiferencia. Su piel, de tonos oliváceos enmarcaba unos músculos de increíble dureza. Irradiaba fuerza y poder.

Se dirigió a mí y me tendió una enorme manaza rematada en unas afiladas uñas negras. Le di la mano y me sentí como un niño pequeño. «Debes de ser Ernest», dijo en un humano marcado por un notable acento y una extraña pronunciación. Asentí. Se presentó, era Rogoz, caudillo de los Orcos y principal responsable de esta facción en la guerra que se avecinaba. A decir verdad, llevaba años avecinándose, pues ya de aquello nos había alertado Ibbenhalassid. Cada vez, no obstante, las escaramuzas se recrudecían y se hacían más frecuentes.

Pasamos allí algunas semanas y presenciamos un par de escaramuzas. Durante este tiempo pedimos, una vez, adentrarnos en terreno enemigo por el caníbal. Rogoz nos miró con una sonrisa. Sus ojos parecían indicar lo locos que nos consideraba por tal osadía, pero no nos negó el permiso. Y nos adentramos en las tierras de los elfos.

El caníbal nos dirigió por senderos apenas dibujados ya entre la arboleda y el sotobosque y tras horas de camino, encontramos unos problemillas con un pequeño asentamiento élfico que pasamos a fuego y espada, padres, madres, niños y ancianos. Piedra sobre piedra y rama sobre rama, todo fue arrasado. Y, finalmente llegamos a un pequeño poblado donde salieron a recibirlo. ¿Qué? Así sucedió, ¿preferís que os ahorre esa clase de información? Allí, el caníbal se despidió de nosotros con una graciosa reverencia y se apartó unos pasos hacia atrás, mirando significativamente a Nash. Nash tomó aire y habló. ¡Coño, Nash habló! Sí, efectivamente. «Pacté con ellos para… que te curara cuando… cuando todo iba mal. No soy uno de los vuestros, ya no. Pero todo lo que hice, fue por lealtad a la Espada Negra. La voz… solo fue un regalo añadido». Y puede parecer una tontería, pero le creí. Hablaba con sinceridad y, desde luego, sabía perfectamente que Nash no era alguien que traicionaría a sus compañeros. Me despedí de él con un fuerte apretón de manos y nos dirigimos de nuevo hacia el norte, hacia Kinia.

Allí pasamos otra semana más antes de que Rogoz organizase una gran partida para arrasar un lugar determinado. Y allá fuimos. Íbamos como tropas de élite. Durante el camino me preguntaba qué pasaría si teníamos que luchar contra Nash y los tipos con los que ahora vivía. ¿Alguno de nosotros sería capaz de atacarle?

jueves, 23 de julio de 2009

Hacia el sur [Espada Negra]

En la oscuridad había una mujer vestida con plumas de cuervo. Con los ojos negro y la piel completamente blanca. La reconocí perfectamente, no era la primera vez que me visitaba. «Has hecho una promesa, Ernest», me dijo, «y un hombre tiene que llevar a cabo sus promesas. Es lo único que tiene».

Cuando me desperté estaba en mi cama y me sentía furioso y con ganas de acción. Como un niño ante la perspectiva de una tarde agitada. La sangre me hervía en las venas y el corazón latía aceleradamente. Bajé al primer piso y allí estaban todos reunidos. «Se acabó la espera», les dije «nos vamos al sur». Y en sus miradas decepcionadas y, sobre todo, en el hecho de que siguieran sentados, supe que algo estaba yendo mal. «Esto es lo que haremos…», comencé, y conté mi plan.

Se discutió sobre lo lógico o no de que yo fuera el líder. No entendía el problema, siempre había sido el líder y siempre nos había ido bastante bien. La mayoría estábamos mejor situados que cuando todo comenzara y el resto, salvo Millané, nadie estaba realmente peor. Discutimos y discutimos sin provecho alguno hasta que me fui a la habitación. Allí pasé un par de horas hasta que se acercó Sylie. «Ernest, seré rápida y sincera: no te quieren como líder. Son un hatajo de traidores y mentirosos. No te fies de ellos». Y así cuadraron las discusiones mantenidas unas horas antes. Algo había pasado durante mi sueño y ese algo no me gustaba.

Fue a la mañana siguiente cuando Miller vino a buscarme y me pidió que bajara a dar una vuelta con él.«¿Después de lo que me hiciste?», le escupí. «Todo tiene una explicación, señor, pero si lo prefiere se lo contaré aquí». Asentí y comenzó:«Cuando te conocí eras un muchacho hambriento de experiencias, acababas de acceder al gobierno y no eras más que un pez fuera del agua. No es lo mismo matar un objetivo que dirigir un ejército, no estabas preparado. Así que, mientras dormías, entré en tu mente y retoqué todo a mi antojo, hice de ti alguien de provecho, hice el Ernest Iviné que se dio a conocer al mundo, aunque intenté no reprimir tus impulsos, intenté que pudieras ser tú, con tus gracietas estúpidas y tus arrebatos de valor que abraza lo suicida. Intenté que todo pudiese salir adelante. Te di la responsabilidad y… luego, cuando todo fracasó… te hundiste.». ¿Cuándo, cómo, qué importaba? ¿Yo era yo o era la versión de mí que había hecho Miller? ¿Habríamos fracasado de no haber participado Miller o habríamos llegado tan lejos como llegamos? Ahora el pasado, incluso el más reciente, parecía teñido de los tonos grisáceos de las historias lejanas, de los cuentos que los padres cuentan a los críos antes de dormir, el color de un momento fugaz y pasajero. Tonos de lejanía. Tonos de frío. De derrota.

La pregunta era evidente: «¿Y ahora qué?». Podría haberme enfadado y haberlo intentado matar. Sí, podría haberlo hecho, pero de qué me hubiera servido. Sí, tal vez penséis que de qué me han servido mis ataques posteriores… pero ¡coño! había dado mi palabra. ¡Qué le queda a un hombre de armas que incumple su palabra! Solo somos palabra y espada, ¿qué vale una sin la otra? Sonreís, pero sabéis perfectamente que tengo razón. Bueno, prosigo: Miller se encogió de hombros y me dijo que me podía dar los conocimientos otra vez, que si yo consentía sería mucho más fácil y que, al fin y al cabo, mi cabeza ya había albergado tales datos, con lo que, sin duda, la labor se facilitaría. Lo cierto es que tuve mis dudas, ¿hasta qué punto seguíamos siendo la Espada Negra? Tampoco es que llevásemos tanto tiempo juntos como formación armada dedicada profesionalmente al asesinato y, sin embargo, un pequeño retroceso táctico había disuadido a mis hombres. Tal vez no fuesen quienes yo pensaba y tuviera razón Sylie. Y tal vez, por tanto, no tuviera sentido mandarlos a la Guerra. Así pues… decidí hablar con ellos antes, les dije que me iban a devolver a mi posición de táctico y buen capitán, por propia voluntad, pero que eran libres de acompañarme o de quedarse. Aquello no precisaba de una orden, precisaba de una intención. Sylie fue la primera en decir que venía conmigo. Llevábamos juntos desde que éramos unos mocosos con piojos y problemas de nutrición que malvivían en las calles de Magnia. Seré franco, no esperaba menos de ella. Los demás tardaron más en decidirse, pero cada vez que uno de ellos confirmaba su participación, empujaba ligeramente a los que dudaban.

Y así, un par de semanas después, partimos de nuestro retiro vacacional en medio de la nada para ir a la Gran Guerra. Para encontrarnos con orcos y elfos, para entrar en la tierra de las leyendas, pensábamos. Pensaba, en realidad. Un día, creía, los bardos cantarán que cuando los orcos y los elfos se enfrentaron, un pequeño grupo de humanos inclinó la balanza, un gobernante proscrito, la hija de un artesano, una arquera que había sobrevivido como una rata, un mago pendenciero, un cazador que hablaba más tiempo con su pájaro que con nosotros y un ladrón que había decidido venir con nosotros casi en plan mentor. Y, además, llevábamos a un caníbal con nosotros. Éramos un grupo extraño, éramos un buen grupo para una leyenda.
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Bueno, me he puesto con Espada Negra porque llevaba meses a 3-4 posts de ser terminada. Ahora sí, dos-tres posts y ultimada. Para los que se pregunten por UHdP... he tenido un error de coherencia que me obliga a modificar la última entrada (poca cosa en realidad, pero me da una pereza terrible). Es lo malo de dejar pasar tiempo, con lo seriamente que empecé. Exámenes, trabajos, bah.

miércoles, 22 de julio de 2009

Ernest [Espada Negra]

Se sucedían los días en aquel lugar remoto, sin noticias y sin aventuras. «Vivimos como viejos – le dije a Nacho». Él sonrió y contestó: «como putos viejos». Tal vez pensaba que proseguía la gracia, pero a decir verdad… no existía tal gracia. Miller pasaba mucho tiempo conmigo hablándome de historia y geografía, de medicina y artesanía. Él hablaba y yo escuchaba porque no había mucho más que hacer. Al menos no dejamos las armas de lado y raro era el día que no luchábamos un poco entre nosotros para no perder la forma, los reflejos, la costumbre. Algún día habría que ir más al sur y ese día estaríamos preparados.

Pasó el primer año. Todos los días parecía que el aburrimiento había tocado techo, pero cada amanecer era la promesa de un día todavía más tedioso que los anteriores. Sin novedades. Siempre. Todo lo que había tenido y perdido llamaba a mi puerta en noches mal dormidas de mucho revolverse en la cama esperando unas horas de tregua que nunca llegaban. Había sido uno de los grandes, había crecido hasta ser uno de los grandes y un orgullo vacío e infantil me había despojado de todo. A mí y a los míos. Cuando todo sale bien… uno se acostumbra. Cuando uno parece un héroe de leyenda, intocable y eterno, se sobreestima, se cree capaz de todo y… un día fracasa. Eso nos pasó a nosotros. A mí. A la Espada Negra y allí, perdidos en mitad de unas montañas prácticamente deshabitadas pagábamos nuestros errores. Mis errores. Y ahora ni siquiera podía robar el nombre de Iviné. Era solo Ernest, un Ernest abandonado por la suerte. Un Ernest triste.

Durante el transcurso del segundo año me puse todavía peor. Empezaba a detestar las charles de Miller, que empezaban a resultar como clases. ¿Para qué? Si íbamos a ir al sur e íbamos bien a morir bien a erigirnos como héroes. ¡¿Qué importaba la vieja duquesa de Trezza cuando era parte de no sé qué reino?! Nada importaba. Solo nosotros.

Y así, con el paso del tiempo, fui perdiendo el poco interés que me quedaba y empecé a plantearme la mierda de vida que me quedaba por delante. Lejos de todo cuanto quería, lejos del poder, lejos de mi hogar. Miller, en aquella época, se volvió más amable y hablábamos de tonterías, contaba gracietas extrañas, contaba historias y hasta empezó a escribir y a cantar. Todo fue bien hasta que un día me llevó a mitad de ninguna parte y conjuró contra mí. Me inmovilizó. Me ató y luego empezó a hurgarme en la mente. Sentía como desaparecían los recuerdos, como arena entre los dedos. Dolía. Era atroz. Él parecía escogerlos rápidamente y sin clemencia y, de pronto, desaparecían, como si nunca hubieran estado allí. Solo se detuvo cuando el viejo caníbal se plantó entre ambos. Ni lo vi llegar, solo… apareció. Le ordenó que se estuviera quieto. Miller dio unos pasos atrás, con tranquilidad y le dijo: «he hecho lo mejor para todos, así de sencillo». Y eso fue lo último que pude entender antes de caer a un abismo de oscuridad.

martes, 21 de julio de 2009

Cinco

Soy inmortal.
Es curioso el desapego que experimentas hacia tus necesidades una vez aceptado el hecho de que puedes sobrevivir sin alimentarte, sin beber, sin dormir. Es una extraña paz, como el darte cuenta de que pase lo que pase a tu alrededor, seguirás teniendo suelo bajo tus pies. Porque se sigue teniendo pies. Sigo caminando. He visto más de lo que muchos ojos podrían asimilar. He vivido tragedias y gozos como cualquier otro. He sido héroe, monstruo, ciudadano y vagabundo. Y es este último rol que desempeño el que me estimula.
A lo largo de la historia solo cambian dos cosas: los números y la ropa, y curiosamente la ropa parece ir en círculos últimamente. Por lo demás, las historias que se cuentan en todas partes son guiones repetitivos con actores mediocres y desenlaces más bien predecibles. No, nada me sorprende. No hay conversación de la que no haya predicho cada respuesta con el tiempo. No hay nadie que se pueda considerar original. El creerse auténtico es reconocer que se ha visto poco mundo y creedme, no conozco a nadie con más mundo que yo.
Es un hecho.
Me divierto viendo como las masas se agarran a las limitadas posibilidades que les ofrecen su espacio y sobre todo su tiempo. La vida no fue diseñada para abarcar 80 años, es insuficiente. Lo saben y yo lo he comprobado. Todas las decisiones precipitadas tomadas principalmente por el miedo, miedo a marchitarse, a quedarse atrás. Miedo en definitiva a saber que, pese a todos los esfuerzos de eruditos que vomitan filosofía barata, no existen segundas oportunidades. No existen salvo que puedas volver a nacer o sobrevivir a tus errores. Mejor dicho, sobrevivir a aquellos con los que te equivocaste.
Y veo que por el tono rojo del charco que se extiende debajo de ese individuo tirado en el suelo, no le debe de quedar mucho tiempo.
Puede que desprecie a las masas, pero la vida es un bien... escaso. Más si, como es el caso de este pobre hombre, te despojan de ella. Nadie salta hacia un cuchillo o hacia una bala, nadie a quien no le hayan pagado al menos. Un suicida no se quitaría la vida en un oscuro callejón alejado de todos, los suicidas buscan una última llamada de atención con su muerte. La atención que no les fue dada antes.
Este hombre querría vivir y terminar de interpretar el resto de su obra, por repetitiva que fuera. Por aburrida que fuera. Era su obra. Ahora su obra es un charco de sangre que se extiende.


Es curioso también reconocer que es cierto lo que se les dice a los niños: hacer trampas no es divertido, el juego pierde su gracia. Yo he llegado al punto en que me aburro. La historia es prociclica y cada vez los ciclos son más pequeños. La gente sigue siendo idiota en general, pero ahora tienen la osadía de considerar que saben.

El rebaño necesita que algo provoque una estampida, las aguas en las que han estado bebiendo empiezan a estancarse.

Por lo menos debería ser divertido ver algo diferente para variar. Llevo años quieto.

lunes, 20 de julio de 2009

Juego de tronos, el Casting

Reparto.

Según fantasymundo unos cuantos actores que formarán parte del elenco de personajes de la obra de George R.R. Martin.

Alguno es sencillamente perfecto.

domingo, 19 de julio de 2009

Cuatro

Había acabado odiando a las personas. Odiaba a cada individuo poblado de miedos, a cada persona invadido de odios. Odiaba las tinieblas que envolvían el alma humana y no podía evitarlas. Eso era lo que veía cuando miraba a una persona, veía más allá de la piel y del músculo, veía algo más que una forma física. Y si bien al principio le pareció interesante, pronto le resultó terrible. No había nada bello que ver en las personas, solo los deseos de imponerse, dominar, matar, follar, comer y dormir. Así era el ser humano: violento, autoritario, lujurioso y vago. Solo había mentiras y secretos y así, lectura tras lectura fue perdiendo la fe en la humanidad.

Pronto intentó evitar su don, lo hizo por todos los medios. Probó a hacer ejercicio hasta la extenuación para comprobar si dependía de su cansancio, probó a no beber apenas, a no comer. No era el método. Luego probó con el alcohol, que le dificultaba la lectura, necesitaba más tiempo, más esfuerzo, podía evitarlo. Finalmente probó con las drogas. Esnifó, se pinchó, tragó todo tipo de pastillas y el mundo se desdibujó. Durante un tiempo desaparecían las cortinas y todo lo que ocultaban, las personas eran rompecabezas sin construir y no se apreciaba el dibujo que formaban. Podía ignorar todo lo que odiaba.

Incluso aquel método tenía dos problemas: la subida y la bajada. Cuando aún podía comprender las bases internas de las personas y, encima, le costaba más controlarse y razonar. Aquello siempre fue lo peor de todo. Sentía la maraña de impulsos intentando desenredarse. Varias veces, en un arranque de furia, había atacado a las personas que se encontraba. Tenían alma de monstruo, él sólo era un justiciero.

Sin saberlo, comenzó su caída. Las drogas lo fueron tomando y pronto fue una sombra de quien era y de quien quería ser. Caminaba como un espectro en busca de algo que llevarse a la boca y de algo con qué drogarse. Necesitaba dinero y, en su estado tenía difícil encontrar trabajo. Era una situación que se retroalimentaba. Comenzó a robar, convirtiéndose en uno de los tipos que tanto odiaba. Se convirtió en el monstruo. Al principio sólo robaba a personas horribles que consideraba que se lo merecían. La espiral descendente continuaba y pronto todo el mundo podía ser considerado horrible.

Un día había atacado a un hombre. No parecía mal tipo, pero se quería morir. La droga aún empezaba a subir. Al principio sólo quería más dinero. Una rápida sucesión de imágenes se dibujó directamente en su cabeza. Le dio lástima... y rabia. La gente que quería morir no merecía nada más. Eran una lacra en aumento, los odiaba. ¿Este tío se cree que pue' estar pasándolo peor que yo?, se preguntó el yonki. El chico, finalmente, lo miró conactitud retadora; parecía preguntar: ¿de verdad te atreves a hacerlo?

Lo hizo. No era la primera vez que acuchillaba a alguien, ni que veía la sangre empapar poco a poco la ropa. No sería la última. Le dio un golpe para que se fuese al suelo y no pudiese defenderse y luego, para que no sufriese, le dio una patada en la cabeza. Tal vez hubiera muerto ya. Tal vez no, pero en cualquier caso moriría antes de que nadie lo encontrase en una callejuela tan alejada de cualquier lugar transitado. Le robó la cartera, se alejó un poco, observó el cuerpo un último instante y se adentró en la oscuridad de los callejones.

Poco después la droga le quitó importancia a todo.

viernes, 17 de julio de 2009

jueves, 16 de julio de 2009

Tres

¿Hasta qué punto se puede modificar el futuro? ¿Hasta qué punto se podía considerar que estaba dotada, que tenía un don? Conocía un futuro que rara vez podía modificarse ya que todo conspiraba para que se cumpliese. El destino estaba escrito, y al escritor no le gustaba tener que borrar y reescribir, debía de odiarlo. Muy pocas veces podían modificarse los hechos y cómo iban a suceder.

Ella lo había visto todo. Había visto el lugar, había visto entrar la hoja, había sentido casi cómo era atravesada, el tacto frío y acerado, el cortante filo que rasgaba piel y músculo, entre las costillas. Cuando salió de la visión cayó de rodillas, temblaba. No tardó en recuperar el control de su cuerpo, parpadeó rápidamente, se llevó las manos a la cara. Sintió el sudor frío que la cubría, notó el pelo que formaba mechones sucios. Se fue a la ducha. El agua caliente cayendo sobre su cuerpo desnudo la tranquilizó. Al menos, esta vez, te ha pasado en casa, pensaba. No había nada peor que tener una visión de las peores en la calle, ver casi como un espectador cómo caía tu cuerpo, cómo se agitaba, cómo los viandantes se acercaban a mirar, a agarrarte. A veces, si era una visión larga, se recuperaba el control atado a una camilla en una ambulancia o incluso en el hospital. Era incómodo. Por suerte, por lo general, solo se trataba de pequeños momentos de introspección, aunque había casos de oráculos que nunca habían regresado de uno de sus viajes. Ella no podía evitar el miedo a morir fuera de su cuerpo, a ver algo y no encontrar el camino de regreso. Y ni siquiera controlaba sus poderes. Envidiaba terriblemente a todos los nacidos sin don, sabía que muchos de ellos querrían ser como ella, pero porque lo veían con la perspectiva del que no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas. Ella lo daría todo por ser normal, por tener que temer solo a la normalidad y sus consecuencias.

Le llamaban el síndrome de Casandra. Como todos los dones se mostraba cuando uno era un crío y, algo, lo que fuera, activaba el poder. Siempre había un catalizador, un enfado para quienes tenían superfuerza o tocar a alguien con el destino escrito para quienes padecían este síndrome. Ella lo odiaba. Odiaba su don, odiaba todo lo que averiguaba, odiaba ver y, generalmente, no poder cambiarlo. Todo volvía a un equilibrio, el mundo funcionaba bajo aquel patrón.

No lo conocía, solo lo había visto el día antes, al cruzar un paso de peatones. Había contemplado su melena alborotada, su cara perfectamente afeitada bajo unas gafas de sol. Y ahora lo veía tirado en el suelo, desangrándose.

¿Bajo a ver si encuentro el sitio a tiempo?, se preguntaba, ¿busco el callejón donde esté el hombre de la navaja y espero cerca para alertarle cuando se acerque? ¿Y si el hombre de la navaja me ve y también me mata a mí? ¿Y si no vale de nada, como casi siempre y el de la navaja quiere eliminar testigos?

Y ella se quedó llorando, tirada en el sofá. Su cuerpo aún estaba húmedo de la ducha, el recogido de su pelo, para no empapárselo, se iba deshaciendo poco a poco, mientras ella lloraba y se sentía impotente. Odiaba su don. Odiaba el mundo.

martes, 14 de julio de 2009

Dos

En su mente, su melena negra ondeaba al viento mientras una fina lluvia caía y empapaba el suelo, embargando el ambiente con el aroma de la tierra mojada. La miraba, en su imaginación mantenía su cuerpo perfecto, sus pechos se averiguaban firmes bajo la ropa que se empezaba a mojar, pegándose al cuerpo y sus piernas estilizadas y de músculos definidos parecían dominar el mundo, subyugarlo, parecía pisarlo con intención dominadora. Él estaba embelesado, la adoraba. Se imaginaba todo su cuerpo empapado, con las gotas recorriéndola desnuda. Y no existía nada más. Sus manos se movían lentas hacia él, invitándolo; su pubis cubierto de vello corto y negro era una tentación que incitaba a traspasar las fronteras del deseo.

Cuando volvió a la realidad, vio la cara de su interlocutor al otro lado de la mesa, entre el ruido de la máquina del café y de los demás clientes. Parecía expectante y un poco nervioso. Él sólo notaba incomodidad y tensión en la entrepierna y la acuciante preocupación de que su amigo pensase cosas muy raras sobre su sexualidad.

Joder, debería centrarme. Esto me pasa por...

- ¿Qué, tú que crees que... - comenzó.

Mierda, pensó, mierda, joder, no me enteré de nada.

- ¿Disculpa?

- Sobre... bueno, ya sabes, sobre lo de qué hacer.

- Con... - comenzó esperando que él terminase la frase.

- Con mi novia, joder.

- Déjala - se arriesgó.

- Sí, supongo que será lo mejor... ¿pero cómo?

Qué suerte tengo a veces, pensó.

- Ya sabes... estas cosas son siempre iguales.

- Ya... pero...

- Piénsalo en frío y, lo que decidas, adelante.

- Supongo que tienes razón.

- Claro que tengo razón - sonrió el otro.


Cuando el primero se quedó solo, inclinó la silla. Se balanceó a punto de caerse. Nadie le dijo nada, no se cayó y, finalmente, se incorporó, se acabó el café y se fue a casa.

El camino fue tranquilo, al llegar a una callejuela con un tío que se dirigía hacia él, aceleró el ritmo y pasó de largo. Ya lejos le pareció oír unas palabras amenazadoras. Siguió adelante, el mundo era un lugar duro y los héroes acababan muertos, o peor.

lunes, 13 de julio de 2009

Cambios [Espada Negra]

Me alejé unos días hasta encontrarme a un brazo del ejército comandados por Millané. Venía con 30 hombres todos pertrechados, con armadura, espada y escudo, así como unos cuantos exploradores y pícaros. Nos volvimos a dirigir al norte, a la ciudad, los pícaros y los exploradores hicieron su trabajo y pronto nos enteramos de dónde y cómo los tenían. Estaban en una mazmorra, un nivel por debajo del suelo. En la misma celdas todos menos la mujer, Kira, que estaba con otro hombre. Ella estaba más herida que los demás. Los exploradores y yo nos colamos hasta el edificio bajo el que estaban prisioneros y mientras unos cuantos soldados montaban gresca desviando la atención de nosotros, eliminamos a unos cuantos de los guardias que se asomaron y nos vestimos con sus ropas. Luego, bajé al piso inferior, al primero de las mazmorras, mientras los exploradores se iban retrasado en las escaleras dispuestos a asomarse y coser a flechas a quien señalase.

Había unos cuantos guardias, descolocados por allí. Delante de algunas celdas, me acerqué a la celda donde estaban Gerón, Nash y Miller. Rebusqué en los bolsillos y encontré una llave. El todo por el todo, venga. Metí la llave. Clic. Gritos: «¿qué haces, mamonazo?» Giré la llave. Pasos apresurados hacia mí. Grité: «a ellos, hostia, a ellos» Y recién asomados de la esquina que formaban las escaleras, cinco ballestas apuntaron a sorprendidos guardias y, aprovechando el instante de vacilación, dispararon. Los guardias cayeron heridos, tal vez muertos. Yo abrí la puerta, entré y liberé a mis hombres. «Coged armas de los guardias, rápido, rápido, no hay tiempo, joder». Se armaron prestos y yo abrí la celda de Kira. El hombre que estaba con ella se acercó. «Dejadme ir con vosotros, no te arrepentirás». Estaba sucio, parecía un viejo andrajoso y desnutrido, pero me dio cierta lástima: «Vente, me conformaré con que no causes problemas». Él sonrió, y su sonrisa no era humana, tanto era así, que me vi incapaz de contener un escalofrío. Y entonces bajaron más guardias, alertados por los gritos de abajo y, de una puerta al final del pasillo un hombre enorme y calvo que cargó pasillo adelante. Se repartieron espadazos por todos lados, los virotes cruzaban el pasillo impasibles, a un lado y a otro. El calvo era un tipo inmenso y tiró al suelo a Kira de un puñetazo, todos vacilamos un instante, Kira era la pieza que nunca caía, si le hacía eso a ella, ¿qué haría con nosotros? Y en ese momento, demostrando que el hombre andrajoso de la celda era una buena incorporación, observamos, los que pudimos, como de un salto se lanzaba contra el enorme hombre, lo tumbaba y una vez en el suelo le introducía los pulgares en las fosas oculares. Fue violento, sangriento y desagradable. Mientras, los virotes seguían cruzando el pasillo, pero sin la división de fuerzas provocada por el inmenso combatiente, el resto de guardias fue fácil de reducir a virotazos. Cuando volvimos a mirar atrás, el andrajoso devoraba pedazos del calvo. «Tal vez esté hambriento – quise pensar». Otra voz en mi cabeza no decía lo mismo. Le preguntamos a varios guardias dónde podíamos recuperar nuestras pertenencias y todos dijeron lo mismo: se las llevó el alcade. Así pues, nos dirigimos a la casa del alcalde, donde de forma muy diplomática se las pedimos. Hubo cierta reticencia, hubo violencia y finalmente recuperamos nuestras cosas.

Abandonamos Dedión protegidos por la Guardia de Osmynd y llegamos sin demasiados problemas a Magnia. La ciudad parecía el paraíso, después de lo vivido, pero como ya dije antes, los problemas solo había comenzado a hacerse patentes. Y pronto, muy pronto, recibimos un emisario de Dedión. Los hombres de la Guardia de Osmynd habían ayudado a huir a unos prisioneros de Dedión, atacado a la guardia y robado posesiones sustraídas bajo el amparo de la ley, cabe aclarar que en Dedión, las posesiones de un preso pasan a ser propiedad del estado legalmente. En realidad, la carta era un ultimátum: devolvednos a los prisioneros, Ernest I de Osmynd o sufrid las consecuencias de la guerra. Osmynd tenía una gran industria y manejaba bastante dinero, así que, seguro, muchos se lanzarían como cuervos intentando repartirse el jugoso cadáver que constituíamos.

Así empezaron unas jornadas de discusión con el Alto Consejo y entre nosotros, los miembros de la Espada Negra, la decisión final fue la misma en ambos grupos: abandonaríamos la ciudad, claudicaríamos por la mala gestión de nuestras decisiones y el siguiente gobernante nos declararía proscritos. Así, seguramente, los ánimos se calmasen un poco y muchos de los que veían una oportunidad justificada de devorarnos, no lo verían tan claro y retirarían su apoyo que, seguramente, hubieran basado en que era justo.

Nuestra caída fue rápida y contundente, y de la noche a la mañana pasamos de ser piezas clave de Osmynd a deambular hacia el sur. El andrajoso y Millané siguieron con nosotros, uno porque no conocía a nadie más, el otro porque a él también lo echaron de su cargo por las acciones que había llevado a cabo; aunque nunca quisiseron ingresar en la Espada Negra.

Y decidimos tomarnos un descanso y en un pueblo dejado de la mano de los dioses, perdidos en las montañas de Pualán, dejamos morir los meses cultivando nuestros propios alimentos, alimentando a nuestros propios animales. Y si bien era una vida cómoda. Empecé a hundirme. Empecé a sentir cómo me ahogaba. No se puede tocar el cielo y luego vivir enterrado. No se puede, no era justo. Necesitaba más y ya no podría obtenerlo.

domingo, 12 de julio de 2009

Bautismo de fuego - Andrzej Sapkowski

La quinta novela de la saga de Geralt de Rivia devuelve el protagonismo al brujo albino (gracias a los dioses) y deja de centrarse tanto en Ciri y en la, cada vez más, insoportable Yennefer (en serio, no sé cómo nadie puede soportarla...).

El estilo crudo y directo de la saga se mantiene y se hace, tal vez, más patente de lo normal en todas las descripciones de las acciones bélicas, lejos de La Carga de Rohan y otras acciones.

Además, como añadidura, en esta entrega se presenta al personaje que más me ha gustado de las cinco que llevamos, el barbero Regis. Sencillamente perfecto. Las sorpresas y la implicación con él son lluvia de verano, al mismo nivel, casi, que la vuelta al protagonismo de Geralt.

La historia avanza en dirección Sur, con un Geralt que se repone de lo acontecido en Tiempo del odio en Brokilón, y como, en compañía de Milva y Jaskier parte hacia Nilfgaard a buscar a Ciri. Luego, durante el camino, cuando se van uniendo otros personajes.

Personalmente, me parece la mejor novela de las entregas, sin llegar al toque veloz y fresco de los relatos cortos pero con un desarrollo más entretenido que el de las dos entregas anteriores. A muchos niveles, la trama no es que avance mucho (Geralt empieza el libro planeando ir a Nilfgaard a buscar a Ciri y... bueno, al final del libro aún va por el Yaruga y tampoco es que haya obtenido mucha más información sobre la chiquilla).

No obstante una novela entretenida, amena y, en mi opinión, más interesante en desarrollo que La sangre de los elfos y Tiempo de odio.

sábado, 11 de julio de 2009

Primeras conquistas [UHdP]

Una vez allí, Al, tras dar la orden de que se hiciesen con dos carreteros, se dirigió con algunos de los suyos a hablar con el ejército de la ciudad. Concedida la reunión les hablaron sobre los distintos asentamientos romanos y sobre la situación de El Arco. Ellos se excusaron en la actuación de Jorg Haendel, gobernante de Úvier, quien mostraba una actitud muy indiferente y fría al respecto de aquellos temas, manteniendo la apariencia de que guardaba un as en la manga. Cuando Al llegó al tema del muro de torres en el lado norte de la excavación que se producía justo enfrente de Úvier al otro lado del brazo de mar, el capitán Alexander manifestó, en cambio, un interés concreto y tal vez personal y accedió a enviar, a la mañana siguiente, a uno de sus hombres con la Flecha Marina en calidad de observador.

Tras esta conversación fueron a la casa de Tend’n Dahl, ya en compañía de los carreteros. Llamaron a la puerta. Asomó la simpática cara de Lucilda que los saludó efusivamente y les abrió unas trampillas que llevaban al sótano.
- Déjenlas en la zona cercana a la trampilla, por favor. El señor se ocupará de moverlas luego.

Los carreteros se marcharon y Al, Satine y Martha entraron con Lucilda para hablar con Tend’n.
- Pasen al salón – pidió Lucilda amablemente –, el señor bajará ahora mismo.

Cuando se reunieron, el capitán de la Flecha Marina puso a Tend’n al corriente de algunas de sus últimas averiguaciones. Este escuchó atento e interesado. Finalmente, le pidió la puesta a su servicio de 30 esqueletos, liderados por los tumularios, de los cadáveres que le habían traído para realizar una serie de medidas molestas para Roma. Además de algo que hiciese que los muertos vivientes les obedeciesen y no les atacasen sin más. Tend’n aceptó con gusto:
- Esos cadáveres, por supuesto, no serán contados en el cómputo de los que me habéis traído.
- Desde luego, desde luego – corroboró Al –, no pretendía lo contrario.
- Sea entonces.
Tend’n se mostraba cómodo con la posibilidad de incordiar al imperio vecino, así que siguieron intercambiando información con él. Era un hombre bastante dado a hablar, sobre todo para ser un nigromante. No encajaba demasiado en la idea que el mundo tenía de ellos aunque tal vez Satine ayudase a esto.
Cuando ya la conversación sobre Roma había terminado y los primeros temas triviales también, le hablaron de su familia en Principale. Tend’n escuchó sin decir nada y cuando acabaron les dio las gracias por la información.

El grupo volvió al barco, a excepción de Satine, que pasó la noche con el nigromante. Allí hablaron sobre los libros que había copiado y traducido el mago, sobre música, sobre magia y aunque se verían poco después, para volver a por los no muertos y los anillos, o eso creían, decidieron aprovechar la noche a su manera. Con una vida tan agitada como la de un pirata, nunca se sabía cuándo sería la última vez.

Al día siguiente, Tend’n acompañó a Satine hasta el puerto y se despidió con amabilidad.
- Te echaré de menos – dijo Satine.
Tend’n dudó.
- Y yo a ti – respondió finalmente.

Ya en el barco, Satine reflexionaba. Tend’n siempre parecía dispuesto para ella, era amable, cortés, atento. Pero a veces parecía que en cuestión de sentimientos, estaba tan muerto como las criaturas de las que se rodeaba. No era un tipo corriente, aquello saltaba a la vista.


La Flecha Marina se dirigió a Principale a proponer una serie de ataques a la costa de El Arco. Con todas las anotaciones y esquemas que había hecho Al todo pareció muy bien hilado y dadas las características de la flota elfa respecto a los pesados y lentos trirremes romanos, los elfos libres decidieron participar. El plan se reducía, básicamente, a una serie de ataques rápidos y sin contemplaciones a los pueblos y asentamientos militares de los romanos en la costa sur de El Arco. Durante estos ataques se debía dar a los civiles desarmados la posibilidad de rendirse. Y tras preparar los barcos, zarparon, a liberar esclavos y minar la economía del imperio. Durante la travesía, volvieron los temores de Tórquero, las dudas. Eolo los ayudaba, incluso les había dado un cetro con el que controlar el tiempo, todo parecía indicar que él lo prefería así. Tórquero no acababa de entenderlo y temía la posible ira de Eolo. «¿Por qué esto, Eolo, por qué así?».

Y dos días y unas horas después, las distintas naves empezaban a separarse, cada una hacia un punto concreto que caería bajo el fuego de los cañones, los impactos de las flechas o sin plantar batalla. Todo dependía.

La Flecha Marina se dirigió a Domus, bajó los puentes y sus infantes desfilaron fuertemente armados, tal y como, durante la travesía, les había enseñado Satine. Los ciudadanos reunidos cerca del puerto se alejaron un poco. Al los llamó a viva voz:
- Abandonen el lugar tranquilamente y no sucederá nada. Dejen armas y objetos de valor aquí y nadie les hará daño. Pasen a recoger a sus familias y huyan al bosque. Dentro de unos minutos terminará todo y podrán seguir con sus vidas.
Estaba claro que habría algunos soldados entre la población, pero también quedó patente que no quisieron participar.
- Por cierto, añadió Al, dejen también a los esclavos. Muchas gracias.

Y los romanos huyeron. Los esclavos quedaron allí y se convirtieron en hombres libres, casi 500 que fueron subidos a la Flecha Marina ocupando toda la bodega de carga, de pie, hacinados, pero libres y con la promesa de ir a las Islas del Violín donde no tendrían que temer, no al menos tan seriamente, las represalias del gobierno romano.

Tras el pertinente saqueo, la Flecha Marina se hizo a la mar y, con el tiempo, se fueron reuniendo distintos barcos. Así, mediante pasarelas, se distribuyeron los esclavos para que todos pudiesen viajar en mejores condiciones y se puso rumbo a las Islas. Allí dieron parte y Al pidió a los sastres de la ciudad una gran bandera de las Islas y a Eilis e Inathrae un grupo de hombres para asentarse en el primer lugar que planeaba conquistar. Fueron concedidos. Así, la Flecha volvió a El Arco, rumbo a Faro. Los infantes repitieron el movimiento de Domus. Las pocas gentes que habitaban Faro miraron más sorprendidas que asustadas, a pesar del miedo que se les notaba. Faro fue tomado sin amenazas ni violencia, una mujer intentó quedarse con sus esclavos enrevesando mentiras y más mentiras, aunque infructuosamente, pasó a ser territorio de las Islas del Violín, y los esclavos liberados. Solo el Faro y las tierras circundantes pasaron a manos de los elfos libres, los campos de cultivo y demás de los romanos siguieron perteneciendo al Imperio, manifestando una actitud bastante permisiva por parte de Al.
- Ahora esto es territorio de las Islas del Violín. Cualquier intento de ataque será respondido con violencia. Hagan tranquilamente sus vidas y nadie les molestará. Es decisión suya seguir viviendo tranquilos o no. Tengan un buen día.

Y la Flecha zarpó de nuevo. Muchos sonreían orgullosos, su primera conquista. «Una de muchas – pensaban».

jueves, 9 de julio de 2009

Fuera de Tanaan [Sya]

» Un poco decepcionados volvimos arriba. Habíamos perdido, con las bromas, casi una hora de viaje y seguimos caminando. Al oeste, siempre al oeste, hasta que el Sol empezó a desperezarse. Y allí, bajo las mantas pardas, esperamos que llegase la noche del tercer día.

» Lo cierto es que coincidieron unos días bastante tranquilos. Avanzamos toda la noche del tercer día y del cuarto y, al amanecer de quinto día, habíamos llegado a unos montes en los que ya se desarrollaba cierta vegetación aparte de aquellos matojos espinosos del erial. Desde ahí, ya cubiertos por la vegetación, cambiamos de costumbres y avanzamos de día. Avanzamos durante otros días, llegando a la colina más alta de aquellos montes. Hacia el oeste se veían unas grandes y escarpadas montañas y hacia el sur, según descendían los montes, se llegaban a ver dos grandes torres de dominio demónico, como toda Tanaan, según me constaba. Al oeste de éstas se apreciaba un paso de montaña. Revisando punto por punto las vistas que teníamos, comprobamos que no era un paso. Era el paso. Tendríamos que ir por allí o arriesgarnos a una escalada suicida. El mejor camino para acceder al paso parecía bordeando la falda de las grandes montañas, manteniéndonos siempre a la máxima distancia posible de las torres demónicas. Poco después del octavo mediodía del séptimo mes, un día después del avistamiento de las torres, llegamos al fondo del valle y cruzamos el ancho y poco profundo río que lo había formado. Y al otro lado, hacia el noreste, vimos a unos jinetes con monturas lagarto. Wenceslao creó una ilusión de nuestro grupo yendo hacia el noreste, para hacernos ganar tiempo y seguimos el camino caminando hacia el suroeste. Seguimos bordeando la falda de las montañas hasta el amanecer del duodécimo día. Los jinetes lagarto aparecieron intermitentemente durante esos días, sin mostrar retraso alguno debido a la ilusión. La única vez que nos pareció que estaban demasiado cerca, Wenceslao volvió a intentar crear una ilusión y nos creó corriendo al noreste de ellos y en dirección norte. Como las visiones eran intermitentes y en aquel momento no veían al verdadero grupo, cargaron hacia ellas. Aquello nos dio el tiempo de ventaja que necesitábamos. Bordeamos lo poco que quedaba y llegamos al paso.

» El paso era más ancho de lo esperado, un paso cuidado, liso y con cascotes a los lados. Cuando lo estábamos cruzando, algunos de los cascotes se movieron. Wenceslao intentó una nueva ilusión que mostrase que no estábamos allí, pero nos preparamos para lo que pudiese suceder, pero de bajo las piedras salieron unos humanos bajos, anchos y de largas barbas. “¿Quién va?”, nos preguntaron directamente, ignorando la ilusión. “Humanos”, respondió Wenceslao. “Los demonios no pueden cruzar el paso”, informó. “Pero somos humanos”. “Humanos al servicio de los demonios, ¿no?”. Era el momento de jugársela: “no, humanos libres, humanos que huyen de los demonios malvados”. “Lo siento, el reglamento dice que no pueden pasar los humanos libres. Lo especifica”. “Pero no somos humanos libres todavía, porque nos persiguen, lo que su reglamento indica es que una vez que seamos libres no podremos cruzar el paso. Es decir, una vez que crucemos el paso, dejando atrás Tanaan, y seamos libres, no podremos volver, ¿no?”, le dije con convencimiento fingido. El tipo que había hablado hasta el momento me miró, miró a los demás y concluyó: “hay que avisar al jefe, él sabrá qué hacer”. Uno de ellos desapareció bajo uno de los cascotes y, cuando volvió, iba acompañado por otro de largas barbas blancas y muchas arrugas, con legañas adheridas a los ojos y la barba llena de polvo. “Así que quieren cruzar el paso”, comenzó tras hacer un gran esfuerzo para vernos. Hablamos un rato con él, aunque este fue más fácil de convencer. Y pasamos. Aunque en llegando al final del paso, otros cascotes empezaron a moverse. «Joder, otra vez – pensé». Wenceslao intentó una nueva ilusión. Nos quedamos quietos, expectantes. Salieron unos hombrecillos como los de antes. “Joder”, empezó uno, “los del otro lado dieron el aviso de que venía alguien”. “Se equivocarían”, respondió otro. “A saber que se meten o qué coño andan haciendo. En fin… sin comentarios. ¡Gentuza que son!”. Y volvieron a meterse bajo las piedras. Nosotros, sin deshacer la ilusión, proseguimos el camino y nos vimos al otro lado de las montañas. Habíamos dejado atrás Tanaan.

» Desde nuestra posición se veía el mar al oeste, una ciudad al noroeste y otra al suroeste. ¿Serían aquellas las ciudades humanas? ¿Serían demónicas? ¿Las ciudades humanas estarían al otro lado del mar? ¿Existirían tan siquiera o serían una mentira para que la gente trabajase con la ilusión de una posible huida si aguardaban el momento oportuno? Bueno, en el peor de los casos, habíamos dejado Tanaan y, aquí, lo más que podían hacer era pedir que se nos capturase y se nos entregase, pero al menos teníamos una posibilidad de que dijeran que no, por lo que fuera. Nuestra situación había mejorado, un poco al menos.
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¿Terminado? ¿No? Quién sabe...

miércoles, 8 de julio de 2009

El Arco del Violín [UHdP]

Volvieron a Principale donde se repartió el botín. La Flecha Marina se quedó con el cetro de los vientos, con una capa de pieles de ninfa, con una citara élfica con la firma de Pieri y con unas cuantas armas y con los cadáveres, aunque esto fue hablado en privado con Inathrae, quien no puso pega alguna. El resto fue para la tripulación del Mar Embravecido y para Urizen. El barco quedó para la ciudad de Principale, era un buen barco y, contra la costumbre de la Ley del mar, se le decidió cambiar de nombre: Barco de los No Muertos parecía un nombre de mal agüero.

Los cadáveres fueron llevados un par de días después a Úvier, a la casa de Tend’n Dahl. No obstante, la Flecha Marina hizo el viaje dando un rodeo hasta la mano de El Arco del Violín. La Mano estaban como se decía, arrasada, con el suelo negro mate, sin una sola forma de vida vegetal y, probablemente, sin ninguna forma de vida animal. Siguieron el arco bordeando la costa. Cerca de La Mano había un asentamiento militar romano. Luego ya bastante metidos en el Arco, que los romanos denominaban El Gladius, había un pequeño pueblo romano. La Flecha Marina decidió pasar de largo, pero a los muelles se acercaron unos hombres y les hicieron gestos, y les gritaron. La Flecha izó las velas y se quedó allí, esperando, con los artilleros preparados para cualquier imprevisto. Un esquife se acercó.
- ¿Tenéis médico a bordo?
- Tenemos.
- ¿Podéis atender a una herida?
- Traedla – accedió Al.
Y al poco volvió el esquife y entre varios mostraron una fiera figura. Iba practicamente desnuda a excepción de unos jirones de cuero todavía pegados al cuerpo y la manta que la envolvía. Era una hembra, una Ser de luz, según reconoció Satine, una mujer de más de metro ochenta y cinco con partes de hueso salientes, como todos los de su especie, con brazos como piernas, y piernas… como pierna y media. Una masa de músculo de más de 115 kilos. Una hembra. Y, con todo, con formas femeninas, aunque con poco pecho. La subieron a bordo, se despidieron de la gente del esquife y siguieron bordeando El Arco.

El oficial médico, Tórquero, atendió las heridas de la joven. Tenía mordeduras en brazos y piernas, unas heridas circulares por la región lumbar y el abdomen y laceraciones por prácticamente todo el torso. Deliraba y sus palabras carentes de sentido para casi cualquier oído, fueron entendidas por Satine que la contemplaba con fascinación.
- Dice algo del mar, del terror… de… creo que dice… bueno, no sé, su equivalente a “cabrones” o “hijos de puta” o algo así.
La Ser de luz que no vocalizaba bien, hacía de un idioma plagado de vocales como el Oblos, un infierno ininteligible. Cuando Tórquero terminó, la joven no parecía estar mucho mejor.
- Es todo cuanto puedo hacer – dijo Tórquero con sencillez – se recuperará, supongo.
A decir verdad, ni él mismo lo veía con certeza. Ella estaba muy, muy mal.

Llegaron al extremo oeste del Arco, donde estaba Faro. Faro era un territorio técnicamente romano pero de carácter neutral pues desempeñaba una función útil para todos, avisaba del Arco y sus rocas. Muchos barcos se habían hundido contra aquellas piedras y Faro, actualmente, velaba porque tal cosa no sucediese.

Pasado foro siguieron su recorrido, ahora por la cara norte de El Arco. Frente a la posición que ocupa Úvier, unos cuantos kilómetros al norte, un acantilado repleto de perforaciones, servía de sustento para una serie de torres cuadradas que, vistas desde el mar, se recortaban contra el cielo, cerca del borde.
- Izad las velas – ordenó Al.
El barco quedó allí, prácticamente inmóvil, a los pies del acantilado.
- Voy a ver qué se cuece ahí arriba – explicó.
Los miembros de su tripulación lo observaron sorprendidos. Él se descalzó y se tiró al mar. Nadó con facilidad hasta la línea de rocas, evitando las que tenían formas cortantes. Luego buscó una zona donde no hubiera rocas cerca, se cercioró bien. Donde La capa de agua era muy profunda y no había rocas cerca, comenzó a trepar. Se encaramó con soltura de saliente en saliente, sus manos y pies se dirigían firmes a los apoyos disponibles y se elevaba sin dificultad. Desde el barco, la tripulación observaba el ascenso de su capitán por el acantilado. Salvo Nguema, cuya percepción táctil no llegaba tan lejos.

Las perforaciones resultaron ser una especie de madrigueras en las que habitaban unas pequeñas criaturas de unos ochenta centímetros con unas membranas cartilaginosas uniéndoles las muñecas con los tobillos y que tenían unos pequeños fuegos en los que asaban pescados que tenían todo el aspecto de haber sido cogidos con las manos. Uno de ellos se acercó hasta la abertura exterior y sacó la cabeza para ver a Al, que se había apartado de la entrada. Produjo unos sonidos y agitó las manos, luego desapareció, para reaparecer instantes después con un pescado en las manos que le tendió a Al. Este se acercó a la perforación y comió el pescado a la vista de todos. Eran unas criaturas alegres y amables, Al se quedó unos minutos con ellas y luego prosiguió su ascenso. Bordeó la zona de torres permaneciendo oculto y observó. Tras el muro de torres había una gran excavación de la que asomaban unos macizos de piedra. En la zona de extracción de material había bastantes personas, todas ellas con palas, y un gnomo que gritaba órdenes a diestro y siniestro. La presencia militar era bastante escasa, pese a la formación de torres y cuando Al se dio por satisfecho con la información, se dirigió de nuevo al muro del acantilado y comenzó el descenso por el mismo punto por el que había subido. A medio camino, perdió apoyo, uno de los salientes que asía con una mano se soltó y él, ágilmente, se impulsó con los pies en la pared y saltó al agua, atravesando su superficie con una ágil y estudiada entrada. Desde la cubierta de la Flecha Marina, la tripulación observaba impactada. Una de las criaturas del muro del acantilado se arrojó al agua, planeando con aquellas alas membranares. Al asomó finalmente y cogió una gran bocanada de aire. La criatura se mostró contenta y lo acompañó hasta el barco. Subieron por los cabos que les tiraron y una vez allí, Al le ofreció algo de comer. Mientras el pequeño acompañante comía, el capitán comunicó lo que había vista. Poco después, el alegre ser se encaramaba a la borda, decía algo que interpretaron como despedida y se lanzó hacia el acantilado por donde trepó con agilidad increíble. Luego, el barco siguió bordeando El Arco en dirección Úvier.

No hubo más novedades hasta superar el punto más interior del golfo. Poco después, cerca de la frontera con Ilzner, se encontraron un nuevo asentamiento militarizado romano. El barco continuó y aquella misma noche, del 11 del cuarto mes, la Flecha Marina volvió a pisar el puerto de Úvier.
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A ver si estos días continúo un poco con esto y así voy reduciendo el retraso que llevo respecto al desarrollo semanal de la historia.

martes, 7 de julio de 2009

Las ruinas del erial [sya]

» Al amanecer se veía revuelo en Mansilla: los demonios sobrevolaban la ciudad y los alrededores. Nosotros estábamos a unos 30 o 35 kilómetros, tirados bajo las mantas, camuflados, sin movernos. Pasamos allí el día, bajo el Sol y las mantas. Bebimos y comimos y poco después del anochecer, partimos. El camino bajo el fresco ambiente exterior era cómodo, salvo por el hecho de que teníamos que revisar una y otra vez algunos pasos por la falta de luz. Seguimos en dirección oeste, hacia los pueblos humanos libres y cuando llevábamos unas tres horas de camino, yo, que iba en cabeza, divisé un pequeño muro. Llamé la atención de mis compañeros con un gesto y señalé el muro y su dirección. Nos dirigimos a él. Era un pequeño muro erosionado ya por siglos de climatología adversa. Al otro lado se encontraban los restos ruinosos de lo que un día fue un pueblo, probablemente demónico. Mientras dudábamos en si entrar o rodear, el ruido de unos cascos llamó nuestra atención. “Nos siguen”, susurró Leo. Y, con esas, saltamos el muro. Desde allí se oía el ruido de un riachuelo, o algo parecido. Leo observó, por encima del muro, en dirección al sonido de los cascos que habíamos percibido antes. Efectivamente había un caballo y su correspondiente jinete. “Es solo uno”, dijo. A esto siguió una bastante larga discusión sobre qué hacer. “Llevamos largo rato hablando”, dijo Wenceslao, “a estas alturas nos tiene que haber oído por cojones”. Así pues, volvimos a cruzar el muro. La última en saltarlo fue Ana, quien recibió un golpe en la espalda por parte de una figura de barro que nos doblaba en tamaño. La ayudé a levantarse. La figura arcillosa se quedó al otro lado del muro y nosotros nos alejamos y nos dirigimos al jinete. Cuando estábamos a unos 50 pasos, hizo un gesto con la mano y dijo algo, y cinco figuras se levantaron de la tierra. No había nada que hablar.

» Bajo la luz de la blanca Luna se sucedieron los disparos y los espadazos, así como algún que otro conjuro. Tres decidieron huir entre amenazas y la sangre de sus compañeros, el jinete cayó bajo un rayo mortífero de la espada de Ana. Los otros dos fueron cayendo bajo los cortes constantes de las armas. Tal vez no fuéramos grandes espadachines, pero éramos cuatro contra dos. Bueno, siendo realistas, ellos tampoco parecían grandes espadachines. Recuerdo haber pensado que los demonios nos tenían muy engañados y que una rebelión masiva de humanos podría causar problemas serios. Si algún día nos capturaban y en vez de mandarnos a tortura premuerte, nos devolvían a la ciudad, lo intentaría. Aunque a estas alturas, la tortura premuerte parecía la única opción obvia. Extraje las almas de los demonios y las recoloqué entre mis compañeros y los objetos mágicos que portaban. Teníamos más almas que nunca. Personalmente, he de decir que en aquel momento me sentía poderoso. Teníamos más almas que cuantos demonios habían venido a por nosotros. Distribuidas, sí, pero las teníamos. Si se nos consideraba un macroorganismo con cuatro unidades corporales, para lo cual había que tener una mente bastante flexible, constituíamos un macroorganismo interesante.

» Y tras todo esto, y dado que el agua se iba gastando a buen ritmo, decidimos hacer una incursión hacia el sonido del agua para reabastecer los odres. El gólem de antes aparecía una y otra vez para intentar pararnos y desaparecía siempre ante lo que, a partir de ahora, llamaré Rayo de Ana. Con ya varias almas menos, del Rayo de Ana y mis infructuosos experimentos, nos retiramos al otro lado del muro. Fuera de las ruinas. “Yo podría ir volando”, comentó Leo. Y lo miramos entre sorprendidos y confusos. Él, para dar credibilidad a sus palabras, desplegó unas lustrosas alas negras. Sin intentar buscarle ninguna lógica, pues todo razonamiento me llevaba a pensar que me encontraba ante un demonio ayudahumanos y matacongéneres, le dije que necesitaría un recipiente que rellenar. Pensamos durante un rato y al final, tuve una idea. Abrí el vientre del caballo con la espada y saqué su estómago, una bolsa enorme, de unos 20 o 30 kilos. La rajé cerca de su extremo anterior para que pudiese llenarse de agua, y luego corté unos centímetros de intestino para poder anudar y que no perdiese agua, o la cantidad fuese ínfima. “Toma, vuela hasta la fuente de agua y llénala, aunque tendrás que llenar y rellenar varias veces, para limpiar el interior del estómago”. Leo cogió el estómago, que estaba atado a la cuerda que nos quedaba y alzó el vuelo, se movía con una gran torpeza y parecía a punto de caer en todo momento, pero se mantenía en el aire y, así, se dirigió a lo que resultó ser una grieta. No veíamos muy bien qué pasaba, pero él asomaba por encima del muro. De pronto intentó alzar el vuelo y gritó: “¡¡ayudadme!!”. Así que saltamos el muro, Wences creó una ilusión de muchísimas copias de nosotros yendo en todas direcciones, algunas huyendo, otras yendo al pozo, otras explorando la ciudad, otras cargando contra el gólem, etc. Nosotros corrimos, con unas de las ilusiones hacia el pozo. El gólem ya había soltado a Leo y dudaba sobre qué hacer a continuación. Finalmente, quedó estático por completo, sin almas. Con el gólem desalmado, muerto hasta recuperación de almas, dicho de otro modo, descendimos por la grieta, que tenía tallados unos pequeños escalones. Abajo vimos la fuente de agua, un pequeño riachuelo, efectivamente y un pasillo. Sí, un pasillo. Podríamos haber vuelto a subir y haber obviado el pasillo, pero, claro está, no habíamos llegado hasta allí para obviar pasillos. Lo cruzamos. Daba a una sala redonda que olía a mierda. A media altura y por todo el contorno de la pared a distancias constantes, había unos pequeños bultos de pared. Uno de ellos había reventado y por la pared discurría un líquido viscoso y maloliente. Con el pomo de la espada rompí otro de los bultos, echándome a un lado, por si acaso salpicase. Igual que en el otro, un líquido repugnante empezó a descender pegado al muro. Según dijo Wenceslao, era carne en descomposición, ni más ni menos. Era una especie de alcantarillado que recibía un aporte de carne, tal vez las presas del gólem, aunque eso inducía a pensar que había habido visitantes más o menos recientes. Semanas ha, a lo sumo.

lunes, 6 de julio de 2009

Mansilla de las mulas, parte 2 [sya]

» Estaba asustada, lívida. Cargaba con algo envuelto en tela y la mano que lo agarraba estaba blanca de la fuerza. “¿Qué pasó, mujer?”, le pregunté amablemente. “¿Estáis solos?”, contestó. Y lo estábamos. Desenvolvió el objeto dejando ver una bella espada, era una espada larga, fina, el puño con cuero trenzado y el pomo dorado bellamente decorado. Ambos reconocimos aquella espada, era la del demonio. Ella se llevó lo bueno, pensé. “La… utilicé – comenzó – y salió un rayo y… y una casa se prendió y…”. Wenceslao y yo intentamos calmarla, aunque no sabíamos muy bien qué decirle. Una cosa así no podía haber pasado desprevenida para los demonios, ni para gente cercana que vendería a su propia madre por un ascenso. Para calmarla, me ofrecí a guardarle la espada. Ella me lo agradeció y se marchó.

» Blandimos la espada sin impactar unas cuantas veces para comprobar su equilibrado y hechura. Desde luego, sobraba, la espada de un demonio no iba a estar mal hecha, pero tal vez fuera la única que cogiésemos en la vida. Luego guardé la espada en un arcón, con la ropa encima. Sus almas seguían brillando, seguramente incluso a través de las paradas. Redistribuí los muebles, puse el camastro encima, hasta que las almas se veían mitigadas incluso al otro lado de la puerta. Probablemente, pensé, desde fuera no se verán en absoluto salvo si detectan magia mediante conjuro. Era, en cualquier caso, lo mejor que podía hacer en el momento. Los días siguientes proseguimos con nuestras normales vidas, probando el anillo de vez en cuando. “Se le agotan las almas con cada uso”, le dije a Wenceslao. “¿No tienes algún contacto que pueda… recargarlo?”. Yo sabía, y si bien había mantenido en secreto mi uso de almas hasta aquel momento, ahora que todos teníamos razones para ser brutalmente torturados, no parecía un asunto tan serio. Cogí el anillo y se lo recargué. “Todos tenemos secretos”, le dije. No lo discutió.

» En algún momento, ya no recuerdo el día, el vago borrachuzo que vivía con nosotros, volvió a casa por última vez. Se levantó con una resaca brutal y Wenceslao le recomendó más alcohol e ir reduciendo el nivel de alcohol en sangre a pocos. Salió de casa para no volver. Eran tiempos revueltos. Ana venía de vez en cuando a nuestra casa e incluso se quedó a dormir alguna que otra vez en la habitación que había quedado desocupada. Por la aquella se hacían preguntas, habían enviado a cuatro Castigadores a la ciudad, a informarse de lo sucedido y tomar parte. Una noche, nos reunimos en mi habitación para decidir qué hacer, Wenceslao creó una ilusión para no llamar la atención de nuestro compañero sobre nuestras palabras, una ilusión sobre… sobre un polvo bastante apasionado. El pobre trabajador debió de odiarnos, porque hasta se acercó a la puerta, aunque no se atrevió a llamar ni a preguntar. Los pasos volvieron a alejarse. “Hay que irse de aquí”, comenzó Wenceslao. Y todos estábamos de acuerdo, íbamos a tener que irnos de allí como fuese. Ana nos contó que Leo llevaba un tiempo preparando una huida, así que decidimos contactar y contar con él. Tardarían más o menos, pero nos encontrarían y entonces nos la montarían, no cabía duda. Acordamos comprar mucha cuerda, ropas y mantas pardas, y comida y bebida para varios días, en cantidades pequeñas en cada tienda para no llamar la atención. Y, con todo comprado, decidimos partir la siguiente noche con niebla.

» Tuvimos suerte y fue dos noches después. Así, salimos llevando una camilla con las cuerdas atadas formando una sola enorme y nos dirigimos a la muralla oeste. Por el camino nos asaltaron tres matones que nos pidieron al herido, supongo que para robarle las almas. No podíamos hacer tal cosa, así que desenvainamos nuestras armas y dimos buena cuenta de ellos. Leo proyectó un tentáculo negro que sujetaba la espada en su extremo anterior. Nadie hizo preguntas, todos teníamos secretos horribles y que nos llevarían a la más atroz de las muertes, así pues, éramos el grupo perfecto. El combate se saldó con un Wenceslao herido de un feo tajo, aunque sus dotes de médico lo salvaron. Con la herida vendada y con ciertas dificultades, proseguimos el camino hacia la muralla. Subimos a ella con todo el cuidado posible y luego, entre las almenas, dejamos pasar al demonio que hacía la ronda. Cuando este se alejó, até la cuerda a una almena, le di el otro extremo a Wenceslao y lo fuimos bajando. El gran problema era coordinar la bajada con el paseo intermitente del demonio, pero bajamos todos sin problemas. Una vez abajo intentamos prender la cuerda, pero se apagó por la mitad. Al día siguiente encontrarían la cuerda y nos perseguirían. Una lástima, no todo podía salir perfecto. Y así, hacia el oeste, con las pardas ropas que nos confundían con el terreno echamos a caminar protegidos por la oscuridad y la niebla.

» Pasó la noche, pasó el día mientras los demonios sobrevolaban los alrededores de Mansilla y nosotros los veíamos bajo las mantas pardas, tirados en el suelo, con un calor horrible y la ropa pegada por efecto del sudor. Y tan pronto cayó la noche, seguimos caminando. Era la primera noche del séptimo mes, amanecería el segundo día.

domingo, 5 de julio de 2009

Uno

La calle le resultaba angosta, a pesar de tener unas aceras anchas y tres carriles. A aquellas horas de la noche apenas había tráfico. La luz imperante, de color anaranjado, procedía de unas farolas viejas, delgaduchas y en forma de 'L' invertida de color gris.

Apuró el paso. Su sombra se proyectaba en múltiples direcciones debido a las distintas fuentes de luz. La Luna, en lo alto, parecía ser un espectador aburrido, un espectador a punto de cambiar de canal. No le importaba. Su vida no era interesante, él lo sabía. Pero cambiaría. Todo era cuestión de valor, de ganas. Nada puede subyugarte por completo menos la muerte.

La muerte de su hermana en accidente de tráfico semanas antes, la quimioterapia a su madre que parecía no dar resultado, la inestabilidad en el trabajo, la huida de su novia que no podía cargar con los problemas de los dos... problemas que se acumulaban, problemas que lo ahogaban. Pero lo superaría. Todo puede superarse.

- La pasta - de una callejuela perpendicular salió un capullo con una navaja - enga, no tengo tol tiempo del mundo.

¿Algo podía ir peor?


Lo siguiente que recordaba era levantarse en el hospital. Algo en el pecho le dolía horrores. Una cicatriz en el pectoral derecho le recordó lo sucedido. Se había encarado con el gilipollas de la navaja, tal vez por pura frustración, tal vez porque ya no aguantaba más, tal vez por un ideal de lo justo y honorable. Un rápido movimiento de la navaja disipó las dudas. Era mera estupidez. Siempre pensó que sería más doloroso, la sangre empezó a empapar la camiseta y antes de que pudiese reaccionar, una puño se le clavó en el estómago, haciéndole caer con las rodillas en tierra. Después, con fuerza, una bota se dirigió hacia su cara. Y ya no recordaba más.

Maldito hijo de puta, pensó.

Minutos después llegaron el resto de noticias. A veces es mejor no despertar, dicen, tal vez fuera mejor no haber despertado. Nunca.

sábado, 4 de julio de 2009

Llegada

Se despertó. Estaba cansada, mareada. Se incorporó y vio a sus compañeros tirados en el suelo, se revolvían, se hinchaban y deshinchaban. Estaban vivos, inconscientes tal vez, pero vivos. Se levantó y, tambaleante, se dirigió a un árbol y se apoyó contra él. Vio su brazo lleno de pequeños cortes. Se miró el otro brazo y vio más cortes. Esperó un rato, hasta sentirse un poco mejor y, entonces, se alejó con cuidado de los yacientes. A poca distancia, al este, encontró un río. Buscó un remanso y se quitó la ropa, que tiró en tierra. Se metió en las frías aguas y se lavó los brazos y piernas, que también estaban llenas de cortes. Notó que las heridas llevaban tiempo curadas y que solo eran líneas de sangre coagulada. Se las lavó hasta quitarlas todas. Se secó al Sol y se volvió a poner la ropa. Volvió a por sus compañeros, alguno se habría incorporado y se había apoyado contra árboles o rocas
- Ikh'oo, has sobrevivido - le dijo uno de ellos.
- Sí - asintió la hembra.

Esperaron a que el macho estuviese mejor y luego ella le ayudó a levantarse.
- ¿Estás bien? - le preguntó.
- Tengo estado mejor - respondió él. Luego, viéndose los brazos, preguntó: - ¿y todas estas heridas?
- Son pequeñas costras - le respondió Ikh'oo - pero hay un río aquí cerca.
- ¿Puedes llevarme hasta allí?

Ikh'oo lo acompañó hasta el río, él se quitó la camisa y se arrodilló para lavarse los brazos. Cuando se dio la vuelta, Ikh'oo reparó en un largo corte a la altura del pecho.
- Tienes... una herida en el pecho - dijo señalando con el dedo.
- Hostia - él se la miró sorprendido. También era antigua, una línea roja indolora, cicatrizada.
Ikh'oo le dio la espalda y se quitó la camisa. Se vio el pecho y el abdomen, tenía una pequeña cicatriz en el lado derecho, a la altura de las lumbares medias.
- ¿Tengo algo en la espalda?
- Tienes... dos cortes paralelos, uno a cada lado de la columna...
- ¡Joder!
- Están secos como los demás..., pero son bastante largos y...
Ella se puso la camisa. No le parecía adecuado estar semidesnuda delante de un macho cualquiera.
- Que sí, no importa, vamos a buscar a los demás y salgamos de esta mierda de sitio.
Él obedeció. Ikh'oo no tenía buena fama en el pueblo, era violenta y rencorosa. Y muy, muy bella.

Los cottar que estaban tendidos se habían levantado, menos uno, Armus Eranión, el panadero del pueblo.
- Cogedlo - ordenó Ikh'oo - y vayamos junto al río. Allí, al menos, tendremos agua con que lavarnos.
Ella no era jefa, era una burócrata, una administrativa: tomaba notas, firmaba papeles y ponía la cara bonita. Pero heridos, cansados... agradecieron que alguien tomase las decisiones. Cogieron a Armus y se fueron hacia el río. Hicieron una hoguera, que les llevó su tiempo, chocando piedras y frotando palos. ¿Cuánto tiempo llevaban todos ellos sin tener que hacer algo así?

Mientras encendían la hoguera, Ikh'oo estaba dándole formas a una piedra para usarla como cuchillo y uno de ellos preguntó:
- ¿Alguno... recuerda algo de... no sé, naves plateadas?
Todos lo miraron. Varios lo recordaban, o creían recordarlo.
- Sí - dijeron varios. Otros asintieron. Otros lo miraron extrañados y luego miraron extrañados a los demás.
- Eran los dioses - dijo uno - los dioses bajaron a juzgarnos por nuestras acciones. Hemos muerto y... ahora nos han juzgado y nos han mandado a algún sitio.
- A mí no me parecían dioses. No... no actuaron como tales, solo bajaron y... y nos capturaron. No parece demasiado divino.
- ¡¿Qué más da que fuesen dioses o no?! - preguntó Ikh'oo, que dudaba seriamente de que lo fuesen - nos secuestraron y aquí estamos, en un bosque quién sabe dónde, perdidos y sin pertenencias. Eso es lo que importa, eso y pensar qué coño vamos a hacer. Dejad la metafísica para otro momento, por favor.

Mientras los cottar discutían, un animalejo de unos 15 centímetros con una larga cola peluda correteó hacia ellos y se puso muy cerca de Ikh'oo. Ella lo miró y se concentró, conjuró y dejó al animal inmovilizado. Luego le dio una patada fuerte, matándolo del impacto. Fue a recogerlo, pues había salido volando a raíz del golpe y lo sujetó firmemente con una mano, mientras con la otra le tajaba el cuello. La sangre empezó a manar y ella bebió con avidez. Luego ofreció el animal a los demás.
- No creo que tenga mucho más, pero bueno, siempre tenéis el río al lado y hay unos peces marrones bastante grandes.

Armus se despertó poco después. Las llamas de la lumbre ya le daban calor.
- ¿Dónde... - comenzó al ver la escena.
- Te trajimos hasta aquí. Nos despertamos a unos cuantos pasos hacia el oeste, pero vinimos hasta aquí para poder lavarnos. Además hay peces con los que alimentarse, que es mejor que nada.

Y allí, al calor de la hoguera, pasaron la noche.

Art Spiegelman - Maus

Maus, como muchos sabréis, relata la historia de un superviviente del holocausto. Fue publicado en dos partes: Mi padre sangre historia y Y aquí comenzaron mis problemas y en 2001 Planeta lo trajo a España en un solo volumen, en tapa dura (preciosa, por cierto) y sobrecubierta.

La historia se cuenta a través de una serie de entrevistas que tiene Art Spiegelman con su padre Vladek y en estos pasajes se nos muestra a un Vladek racista, avaro, crítico hasta la repulsión, evitando idealizarlo como un superviviente de película al que solo le falta una bandera ondeando a la espalda.

Los personajes son animales antropomorfizados: los judíos son ratones (sin importar nacionalidad), los alemanes son gatos (¿a que no lo habríais apostado?), los polacos son cerdos, los franceses ranas y los estadounidenses perros. El toque que le da el tener animales como personajes de tan marcada humanidad es, casi, un regustillo agridulce. Permite un nuevo juego de rostros, expresiones y, además, tenemos el aire a cuento infantil, con los ratoncillos intentando escapar de los gatos, etc., lo que le da una profundidad añadida.

Una lectura totalmente recomendable, amena, interesante, reflexiva y profunda, que tardé dos años desde que la compré en decidirme a leerla.

Gracias, Miguel por sacarlo de entre los demás cómic para hojearlo y luego dejarlo tirado por ahí, creo que si no, no lo habría leído.

miércoles, 1 de julio de 2009

Junio 2009

Balance de junio:

¿Y por qué en mayo no lo hiciste, Albos? Porque apenas había nada gracioso en mayo, sí, claro, estaban todas las obscenidades sexuales que hay todos los meses y que no me explico como las redireccionan a mi blog, pero en fin, que no había nada a mayores. Tras tres posts de ejemplos de esas burradas no tenía gracia volver a insistir. Este mes hay alguna cosilla más.

Ahí van:
1080 visitas

32 Crónicas fachistas
Es uno de los textos de mundo absurdo, el de las hadas fascistas o Fachadas, pero me sorprende este ingente número de visitas. ¿Alguien le ha hecho publicidad al concepto?

24 Soñar fetos muertos.
Bien, es imposible, y digo bien, imposible que esta búsqueda haya sido al azar. Sé que muchos de vosotros, mis queridos lectores, habéis buscado esto en google para llegar a mi blog e hinchar esta búsqueda porque, si no, no se explica. Muchas gracias.

5 Soñar con feto muerto.
Por si quedaba alguna duda.

1 "Sus ojos pequeños contrastaban".
¿A alguien le marcó este fragmento de frase? Quiero decir... ¡es que soy el único resultado que aparece en Google! Viva, viva.

1 Contraindicaciones de la escoba inteligente en alergias.
¿Disculpa? ¿Cómo?

varios: cualquier combinación de las palabras: sueño, follar, doncella/s.
Lo siento, gente, ya no me sorprende lo más mínimo.

varios: follar en palacios/castillos/torres

1: madre se folla a su hijo manga.
La mala fama de los dibujos japoneses está fundamentada en las búsquedas en internet.

1: posibilidad de que la autogamia se presente en humanos.
Lo siento, mi querido soñador, porque a pesar de haber hecho una pregunta sin el verbo follar y sin implicar lugares medievales ni temas triviales como la doncellez, no has hallado respuesta. Pero respondo a tu pregunta hoy: la posibilidad es ínfima. Muchas gracias por participar.

1. significado de sueños sobre anillos prestado para lucir
Significa que has nacido para ser un pijo. O una pija.

1. soñar con ex compañero de trabajo y hablar de hichiseria.
Querías hacerle pasar una noche mágica. Ya es tarde.

1. Sueños que te vomitan.
Tus sueños son unos cerdos, así de simple, y deberías castigarlos contra la pared. No lo puedes consentir, que luego se acostumbran, ¡parafílico!

1. Soñarse con cejas peludas.
¿Tus cejas son no-peludas?

varios: videos del rey follando en su trono con doncellas/ con la princesa del rey, videos del rey follando con sus doncellas en el palacio/castillo.
Flipante, cómo se dan estas coincidencias... ¿No podéis conformaros con el porno de toda la vida? Hasta para el porno hay elitistas...

Sexuales hay muchas más, desde luego, pero esta es una buena remesa.

Mansilla de las mulas, parte 1[sya]

- Fue el último día del sexto mes.

»Aquél había sido un mes extraño. Hasta el momento habíamos sido cuatro en el piso: un médico, llamado Wenceslao, que es con el que más trato tenía; Roberto, que trabajaba en una fábrica de sol a sol y apenas compartía horarios con nosotros y David, un tipo borrachuzo que, en realidad, no teníamos la menor idea de a qué se dedicaba. Fue entonces, a mediados del sexto mes, cuando se cargaron a aquel demonio. No estaba prohibido, claro, pero no era normal que un demonio entrase en Mansilla. Iba pertrechado con sus objetos mágicos y nos miraba con asco y superioridad y, de pronto, varias personas salieron de entre el gentío. Se lanzaron con sus armas sobre el demonio que, sorprendido, tardó un instante en reaccionar y, para entonces, se había decidido el combate. Aun con ésas, murieron tres personas y otra perdió un brazo. Luchar contra un demonio no era un juego. Luego me enteraría de que el que había perdido el brazo era Leo, uno de los que a veces se reunía con nosotros para hablar o tomar algo. En fin, sigo. El caso es que tan pronto cayó el demonio, con gran estrépito, la gente se abalanzó sobre él como si fuesen buitres y lo despojaron de todas sus pertenencias: armas, anillos, colgantes, todo. El cuerpo enorme quedó allí tendido y la gente se dispersó rápidamente. Eché un ojo al demonio, al que ya no quedaba nada que robarle, y cuando todo el mundo había huido de la escena del crimen, le extraje las almas al demonio. Nunca lo había hecho con uno de su especie, era un conjunto poderoso, fuerte, el típico cosquilleo frío parecía más bien cálido, quizás abrasador al entrar a través de la piel. Después me fui para casa.

» En Tanaan, y supongo que en los demás países también, los demonios esclavizan a los seres humanos. Los utilizan como sector productor y de manufactura y, a los más agradables, bellos o hábiles en un sector servicios. Hay grandes ciudades prisión que asoman a modo de gigantescas torres y en cuyo techo se desarrollan las ciudades. No hay accesos propiamente dichos y los demonios vuelan o se teleportan. Y entre estas torres, a días de distancias las unas de las otras, el erial: una tierra parduzca llena de rocas en la que, de vez en cuando, se ve algún matojo espinoso con una extensa red de raíces que malvive en las épocas secas. Dentro de estas ciudades prisión los humanos desarrollan su pobre vida hasta que los demonios necesitan recolectar almas y entonces… se cosechan. Cuanto mejor se porta un humano, menor es la probabilidad de que sea él el cosechado, así que, en general, hay un ambiente cordial. En 24 años nunca había visto tal como ese día, el demonio muerto, atravesado de parte a parte por media docena de heridas en el torso y dos en la cabeza. Había sido un ataque bestial y, para varios, suicida.

» Entré en casa y estaba vacía y me fui a mi habitación a jugar con las alma del demonio, a conducirlas por el cuerpo, hacerlas asomar desde las manos, en emisiones controladas y hacerlas volver. El leve resplandor blancuzco brillaba en mis manos cuando, de golpe, apareció Wenceslao. Lo miré con sorpresa mientras obligaba a las almas a volver a cruzar la barrera de piel de mis manos. “¿Qué haces aquí? Pensé que estaba solo – le dije”. Y entonces me lo explicó.

»Había sido uno de tantos de los que habían robado objetos al demonio. Tenía un anillo que hacía ilusiones, según descubrimos luego, aunque la verdad es que, entonces, no nos pareció un gran objeto. En muchas ocasiones fallaba, aunque, supongo que todo consistía en acostumbrarse a utilizarlo, familiarizarse con sus poderes o algo así. Era un anillo bastante grande y llamativo y, para ocultarlo, se hizo una escayola que se podía quitar con facilidad y me pidió ayuda para el trato con los enfermos. Íbamos probando el anillo cuando teníamos un rato a solas para ver cuál era su potencial y, en general, estábamos bastante tranquilos.

Entonces llegó Ana.