Google+

martes, 12 de julio de 2011

La Guardia Fénix - Steven Brust

Steven Brust, del que ya he hablado en anteriores ocasiones (una, otra y otra más) homenajea a Dumas con un remake de Los Tres Mosqueteros en clave de fantasía.



En mi opinión, como homenaje, es demasiado similar al original; pero lo cierto es que La Guardia Fénix tiene un entorno de lujo: el imperio Dragaerano mil año antes de cómo se nos presenta en las novelas de Vlad Taltos, el asesino oriental de la Casa Jhereg. En el grupo protagonista se reconocen a los mosqueteros originales, esto, al parecer, es una afrenta para muchos, que querían sorprenderse con la novela. Admito que cuando leí que homenajeaba a una novela en concreto, yo no me esperé sorpresa alguna, solo una visita a una historia que mal o bien conocemos todos, en un ambiente fantástico y con algunos detallitos memorables.

¿Y fue eso? Por supuesto que fue eso. Lo siento por todos los que hayan llegado a La Guardia Fénix buscando originalidad, sorpresas e intrigas impensables; La Guardia Fénix solo tiene que ver con Vlad Taltos en el escenario de fondo y en el nombre del autor que figura en la portada. Fin. No hay más parecidos. Casi en todo momento sabemos qué va a pasar, lo que a mí, personalmente, no me molesta si me gusta la novela. No me entendáis mal, me parecen bien las sorpresas, y una obra puede tenerme al pie del cañón de sorpresa en sorpresa, de cliffhanger en cliffhanger, pero no es para nada indispensable que una novela me tenga en ascuas, pues, en realidad, puede conquistarme por un sinfín de razones.

La Guardia Fénix, ya metiéndome en harina, empezó echándome un poco atrás, porque el florido verbo de Paarfi de Bosquerredondo, el autor ficticio que Brust, el autor real, utiliza para presentar el texto, en forma de trabajo semidivulgativo de un historiador dragaerano, me ahogaba. Emula las formas de Dumas y otros, a los que el autor cita en el prefacio, pero reconozco que dichas formas siempre me han hastiado un poco; sobre todo eso de interrumpir las explicaciones intercalando las aportaciones de los personajes. Sé que en la expresión oral, muchas veces, apuramos al interlocutor con expresiones como  «¿y...?» o «Entonces...»; pero me agobia un poco ver ese tipo de líneas, aunque por lo que dice Brust en las notas del final, se debe a que a Dumas le pagaban por palabra y él imita esas... florituras conversacoinales. Decía, que me alejo del tema, que Paarfi me ralla, con sus vueltas y revueltas, con sus descripciones decimononas y con toda la pesca. El inicio fue arduo, los personajes no avanzaban, ni se profundizaba demasiado en ellos ni actuaban demasiado. Una vez llegados a Palacio, una vez que se hacen guardias, todo va ganando ritmillo. El segundo tercio del libro es interesante, el último es divertido y, a mí personalmente, me dejó un buen sabor de boca.

«Apenas si será necesario agregar que Khaavren era precisamente el tipo de persona que apreciaría todas estas cualidades (...) y poseía, además, una imaginación rica que conseguía penetrar, si no en la mente de la dama frente a él, al menos sí en los pliegues y prominencias de su vestido».

Lo que sí me ha encantado son los topónimos del libro y, más incluso, la explicación de cómo se alteró cierto topónimo hasta resultar en Vadarabenglo, a partir del nombre original Ben. Es de las pocas veces en que tan exagerado detallismo me resulta ameno. Lo hizo tan... real; que es fantástico.

No creo, no obstante, que sea una gran novela, no tanto, al menos, como las demás novelas que leí de Brust. Le falta velocidad, claro; aunque lo compensa con unos personajes magníficos, construidos de forma muy sencilla: el callado y taciturno Aerich de la casa lyorn, voz de la razón y perspicaz como él solo; la obcecada y orgullosa Tazendra, poco ágil mentalmente, pero buena analista de la situación en el fondo... y con tiempo, una señor dzur de pies a cabeza; Pel, dignísimo miembro de la casa yendi, y su trama de intrigas y relaciones personales. Otros personajes me gustan mucho menos, como Uttrik, o Kathana; aunque Illista, con su despiadada zorridez, me cayó muy en gracia. Algunos podréis decir que por qué ella sí y Zorrsei no, pero hay cosas que siempre serán un misterio.

Nota: 6,5. La novela está bien, pero la narración es excesivamente farragosa y lenta, y la presentación de personajes me parece soporífera. Además, la suerte que rodea a los personajes de Brust es algo que siempre me incomoda un poco. Según se acerca al final, no obstante, se hace mucho más entretenido y resulta una lectura cundida.

Otras novelas de Steven Brust que he comentado: