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jueves, 19 de septiembre de 2013

La fiera de mi niña - Howard Hawks

Hay géneros que se han devaluado casi hasta el ridículo más intenso, géneros en los que pese a que ejemplares contados se salven todos los años, podemos notar el tufo putrefacto de un género muerto. Uno podría pensar quizá en las pelis de acción de testosterona pura o en las de terror, pero en mi opinión, el género torturado y denostado, por excelencia, es la comedia romántica. No diré que no haya razones para tener ese concepto con lo que los productores y directores de Hollywood han hecho de él, pero La fiera de mi niña es una de esas comedias románticas que dejan claro que era posible hacer las cosas de otra forma, que se podían cuidar los guiones, los repartos, las voces... Que se podía hacer, en definitiva, un producto cuidado y, más importante todavía, una buena película del género. Soñar, en el año 38, parece que aún era posible.


Screwball comedy hasta las trancas

Destaco que esta me resulta una de las fórmulas más odiosas de la comedia romántica, lo que la convierte casi en un desafío. Encontrar una buena comedia romántica es difícil, si encima es una de esas en las que los protagonistas son gente bien que no se soportan pero se van enamorando mientras sucede una serie de absurdeces... estamos ante un verdadero reto. Es un subgénero con unos elementos muy claros y delimitados, que pierde encanto según se aleja del tinte inocente del cine clásico. Aunque también es verdad que las sucesiones de réplicas ingeniosas, una tras otra, ametralladas, es algo que se ha ido perdiendo, lo que anestesia mucho el ritmo que pueden alcanzar estas películas en la actualidad.

En La fiera de mi niña la historia es tan sencilla como siempre: David Huxley (genial, como siempre, Cary Grant) es un paleontólogo con poca personalidad que se va a casar con su fría secretaria. Un día, mientras juega al golf con el abogado de una posible mecenas, conoce a Susan (preciosa y magnífica Katharine Hepburn), mujer alocada, de clase alta y de armas tomar que toma la férrea decisión de casarse con David. Y punto.

Todo sexy (o algo) él.

Si habéis leído los rasgos de las screwball comedies habréis notado que La fiera de mi niña los cumple religiosamente. Esto hace que aunque sea maravillosa en su género, si no os gustan nada los rasgos que lo definen, la película pueda hacerse insoportable. No fue mi caso.

Ritmo e ingenio

Es una forma de proceder muy de la época. Muchas comedias clásicas comparten un ritmo endiablado en el que los personajes intercambian sin pausa agudas réplicas con segundas intenciones y, muchas veces, una sorprendente carga sexual para la época. No digo que ya no se hagan algunas películas con discursos velocísimos (¿alguien ha pensado en los guiones de Aaron Sorkin?) ni que ya no se hagan buenas comedias, pero lo cierto es que resulta raro, a día de hoy, encontrarse comedias con unos diálogos tan afilados y rápidos como los de Dudley Nichols y Hagar Wilde. Antes era, según lo que he visto, la forma habitual de hacer comedia.

La fiera de mi niña aprovecha, por supuesto, el gran carisma y belleza de sus protagonistas. Cary Grant aún jovencito y la siempre siempre encantadora Katharine Hepburn eran un punto, y no solo por sus innegables capacidades interpretativas. En esta película forman un gran equipo, Cary, tras las gafas de David Huxley, y rodeado de una sucesión de aventuras absurdas, define un personaje algo pusilánime aunque curiosamente carismático que se deja arrastrar por las olas de locura de una desatada Susan, toda llena de vida gracias a una eléctrica actuación de Hepburn.

Toda sexy (o algo) ella.

Y así como los personajes y sus diálogos diseñan un ritmo vertiginoso y divertido, la confección de las situaciones, que a veces recurren al humor, casi, de cine mudo (tropiezos, caídas, acciones cruzadas...) se mantiene a la par. Todo en la película respira el mismo aire de diversión rápida, de concatenación de gags, y evita dejar un momento para respirar.


Nota: 10. La fiera de mi niña es una película de ritmo vertiginoso, fantásticos diálogos, grandes actuaciones y personajes, buena dirección, mucho y eficaz humor y, además, ha soportado especialmente bien el embate del tiempo. Peliculón.