Google+

lunes, 6 de diciembre de 2010

La plaga - Ann Benson

La Plaga (The plague tales) cuenta una historia a dos tiempos; por un lado, en 1358, tenemos a Alejandro Canches, un médico judío que se salva de ser ejecutado por practicar una autopsia a un cristiano, y recorre la Europa de la época, arrasada por la peste negra; y por otro tenemos a Janie, en un año 2005 ficticio en el que los antibióticos han perdido prácticamente toda su capacidad destructiva y reguladora, haciendo una investigación arqueológica en un Londres especialmente policial y paranoico; en el que reaparece esta terrible bacteria, recombinada con una enterobacteria cuyo nombre no recuerdo. Estos dos ejes están unidos por detalles cruzados y, a su manera, por incontables paralelismos.



La Plaga tiene ritmo de superventas. Los personajes son interesantes, carismáticos y activos; la trama está basada en acciones, a pesar de tener una descriptiva algo más trabajada de lo que acostumbra a verse en esta clase de novelas, y el desarrollo es, en todo momento, indudable y contundente. Podría resumirse en que, constantemente, «pasan cosas».

En la parte de Alejandro Canches nos encontramos un relato histórico que lo lleva desde Aragón, donde lleva a cabo su autopsia maldita, hasta Avignon, donde fingiendo no ser judío es elegido como médico para enviar a otras cortes para combatir la peste con los métodos con los que se está protegiendo al Papa Clemente VI, y desde ahí a Inglaterra, al servicio del rey Eduardo III y su familia. Con Janie Crow, una estadounidense aventurera que ha perdido a su familia durante «las Epidemias» (unas pandemias brutales por las que en momento presente se siguen unos duros y rígidos controles), nos encontramos en la misma Inglaterra, siete siglos después. Janie  hace unas excavaciones con su compañera Caroline y en uno de los tubos saca un pedazo de tela —mal, Janie, mal—; saca un pedazo de tela y una muestra de Yersinia pestis como un mundo.

No obstante, en el libro me parece que fallan un par de cosas.
Los dos relatos tal vez tienen demasiados paralelismos. Son prácticamente los mismos personajes con sexos cambiados. Eso me echa un poco para atrás. Aunque la historia cambie, los personajes me resultan demasiado similares, lo que resta cierta gracia a la lectura a dos bandas, que, por otra parte, le da un toque fresco y variado al libro.
El tratamiento del sexo en el libro está inclinado, mostrando una tendencia aburrida y en exceso predecible. Todos los amantes masculinos del libro deben de ser del tipo de los que le gustan a Benson, o algo así. Ya que va a haber dos parejitas formales en el libro, que los dos sean exactamente iguales... me pareció un poco aburrido y «pajeístico». Me atrevería a afirmar que a la autora le gustan los hombres apasionados pero corteses, que nunca insistirían en mantener relaciones aunque todo su cuerpo irradie ansias incontenibles, que se muevan con fuerza, pero con ternura, llevando la iniciativa pero con una calma y una mesura peliculera.

Como aspecto positivo intachable, he de recalcar su concepción del mundo actual con miedo enfermizo a los patógenos ahora que ya no funciona casi ningún antibiótico, y los que lo hacen tienen efectos mínimos. Cómo se reestructura la industria farmacéutica, cómo se alteran leyes y cómo se abren nuevas vías de investigación médica (más destinada al control que a la cura en sí)... le da un toque increíblemente opresivo a su sociedad contemporanoide. Muy, muy interesante.

Cabe destacar que los evidentes conocimientos de biología (de microbiología y citología, sobre todo) de la autora, consiguen algunos pasajes realmente interesantes desde el punto de vista de alguien acostumbrado a lidiar con ese vocabulario en tochos más aburridos que un partido de futbol de la liga italiana.

En conjunto, ha sido una lectura interesante y amena, aparte de relativamente cultural (pues, por lo que he comprobado, su descripción e información sobre la peste es, fundamentalmente, veraz).

Nota: 7,5. Un libro entretenido, unos personajes aceptables, una trama bien contada y un tono ameno y divertido en el que destaca, incluso, algún pasaje de sexo bacteriano. No digo más.