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jueves, 11 de julio de 2013

Las amistades peligrosas - Stephen Frears

Estamos ante una de esas películas que cautivan. En Las amistades peligrosas se pone de manifiesto lo peor de sus protagonistas, superficiales y degenerados, crueles e insensibles, en una historia que mezcla seducción, manipulación y venganza de forma realmente explosiva.


Al final, todo es cuestión de poder

La vida es muy larga para ser honrado, para ser bueno. La vida es muy larga y hay que buscar entretenimiento, placer... distracciones. Los protagonistas, la marquesa Isabelle de Merteuil (Glenn Close) y el vizconde Sébastien de Valmont (John Malkovich), no son humanos, son vampiros depravados, son una fuerza de destrucción que arrasa con todo por el mero placer de hacer algo, de mostrar lo poderosos que son, lo inteligentes que son... lo carismáticos que son.

La marquesa y su víctima.

La marquesa es abandonada por su amante, que va a casarse con la joven y virginal Cécile de Volanges (Uma Thurman), por lo que propone a un antiguo amante, y ahora amigo, Valmont, que se acueste con ella para que no pueda casarse con honra. El vizconde rechaza la oferta porque dice que es muy fácil y porque está en una aventura mucho más interesante, intentando hacerse con el amor de la casada y conocida por su estricta moral católica Madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer). Pero la marquesa se ofrece como premio: una noche a cambio de la deshonra de Tourvel. Y Valmont, que ante todo es un jugador osado, y en segundo término (quizá) siente amor (o cree sentirlo, que para el caso es lo mismo) por la marquesa, se la juega. Pero no todo cuanto reluce es oro ni todo el perfume es a flor en la relación que une a estos dos demonios ocultos bajo piel humana. Hay algo más y el amor de Valmont por de Tourvel empieza a desatar lo peor (¡peor de lo que conocíamos!) de Isabelle de Merteuil.

Tumbas, sangre, hilos

Los personajes de Malkovich y Close son los protagonistas de la película y ellos destacan con luz propia sobre el resto. Esa teatralidad, que deja tan patente su origen, esa fuerza interpretativa, esos gestos, miradas. Las mil sonrisas y las mil mentiras que se dedican tan solo contrayendo ligeramente un puñado de músculos. Así, a pesar del gran trabajo que realizan Pfeiffer (hermosísima, además) y Uma Thurman, y a pesar del trabajo normalito (pero esforzado) de Keanu Reeves, parece haber un escalón separando a estos de los protagonistas; de esos nobles pomposos y artificiales, demoníacos y perfectos.

El vizconde y la preciosa Madame de Tourvel.

En la película se aprecia un vampirismo decadente, un juego de máscaras y de mentiras, de autoengaños. La marquesa viéndose en el espejo, hermosa y altiva pero sobre todo maligna. El vizconde dispuesto a pasar por encima de quien sea en sus juegos seductores, sin importarle el daño que sufra nadie... ese ego desmedido con el que observa todo, con el que juega con todo. Y tienen el encanto del mal elegante sin buscar tu simpatía. Son despreciables y no buscan ser malos majetes, no; su carisma es algo que llevan sin querer, el del arte por el arte y la maldad por la maldad. El carisma de lo que es tan despreciable que uno solo puede admirar impresionado. Quizá, es cierto, el brillante trabajo de los actores y el magnífico aprovechamiento de unos primeros planos demoledores ayuden a conferirles ese encanto mágico.


Nota: 10. La película describe el ambiente decadente de la nobleza desocupada, de la miseria y la ruindad, retrata a los personajes más odiosos y miserables, juega con sus almas como un titiritero y finalmente les escupe. Todo ello sin perder, en ningún momento, la elegancia de quien sabe que está haciendo una obra maestra.