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lunes, 29 de julio de 2013

El nuevo mundo - Terrence Malick

Terrence Malick pone su peculiar estilo de dirección al servicio de la historia de Pocahontas y John Smith o, dicho de otra forma, de la fundación de Jamestown (Virginia).


El riesgo de contar Pocahontas

Pocahontas fue de las películas Disney que más me horrorizaron. Para los niños me parece, sinceramente, un peñazo de impacto, uno grandísimo. O peor. Para los adultos me parece de una ñoñería y aleccionamiento algo desagradable. La música me parece bastante sosa y lo único que salvaría de la película es la animación, que estaba a la altura de lo que mejor que la compañía había llevado a cabo hasta el momento.

Y la verdad es que no esperaba gran cosa de la versión Malick de la historia, pero una vez más, los recursos de este director, tan recurrentes en su filmografía, me convencen más allá de la historia, que es la que, en esencia, ya conocemos: el nacimiento y agonía de una historia de amor, con el sosiego y el detalle psicológico mediante voz en off que asegura la firma de Malick.

Amor y descubrimientos

A pesar de que el amor es uno de los temas clave de la película (no podía ser de otro modo), el amor que une primero a John y a Pocahontas, el amor a sí mismo que tiene Smith, el amor de John Rolfe a Pocahontas, el amor de los nativos a sus tierras, el amor de los europeos por el oro... el tema principal, desde el punto de vista de Malick, puede ser el descubrimiento.


Por supuesto, en una película de encuentro entre los europeos y los nativos americanos (no una peli de vaqueros), el descubrimiento es un tema que va a saltar con fuerza. El intercambio cultural insinuado en la actitud de unos y otros, en el comportamiento de los pueblos, en el trato que dan a la tierra o a sus conciudadanos. Todo eso, por supuesto, está en El nuevo mundo, carente de originalidad pero fuerte como pocas veces. Parece un ambiente idóneo para que Malick pasee sus caprichosas cámaras entre las gramíneas y nos muestre, casi con sorpresa infantil, cómo se enfrentan unos y otros a los descubrimientos, cómo reaccionan, cómo afrontan lo desconocido.

Desconozco cómo de fiel es el reflejo de las costumbres de los nativos por parte de Malick, pero he de reconocer que me pareció muy integrado con su ambiente, con sus gestos, el comportamiento como de cervatillo de Pocahontas, las pinturas, la en ocasiones casi absoluta falta de expresión facial (al menos tal como la entendemos nosotros).


Lubezki y Malick

Hasta ahora Malick nunca repetía directores de fotografía, no sé si porque estas personas lo abandonaban por ser intratable, si es que no les interesaban los proyectos o qué, pero el caso es que encontró el punto con Lubezki. Aunque la fotografía de Malick siempre ha sido uno de los puntos más fuertes de sus películas, Lubezki (al que conocí en El árbol de la vida, donde da lo mejor de sí) tuvo su primera colaboración con el director en esta El nuevo mundo.


Lubezki y Malick forman un tándem realmente envidiable y parece que consiguen una cierta sinergia. Todo es más Malick con Lubezki, consigue mejor ese toque onírico y expresionista. Muchos de los ingredientes habituales, como las cámaras centradas en animales y en plantas, esas escenas que parecen diseñadas solo para mostrar el paisaje, la vegetación y el tipo de suelo siguen ahí. Malick hace Malick, pero Lubezki sabe hacer que las cosas parezcan más Malick que nunca.


Nota: 8. Malick salió airoso del «riesgo de contar Pocahontas» y, en mi opinión, fue capaz de brillar donde Disney se estrelló con todo el equipo. Su particular visión, entre poética y mística, se posa de forma especialmente grácil en este encuentro y reencuentro de dos mundos en el que una jovencísima Q'orianka Kilcher demostró que podía darle unas cuantas lecciones de interpretación a Colin Farrell y un director como Malick demostró que Christian Bale puede ser un gran actor si se le exprime un poquito.


Otras películas de Terrence Malick
Malas tierrras.
Días del cielo.