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martes, 23 de julio de 2013

La delgada línea roja - Terrence Malick

Esta es la película con la que, sin saberlo, conocí a Terrence Malick. Guardaba un buen recuerdo de ella pese a su cantidad de personajes y su, por momentos, extrema lentitud (bueno, para ser una peli de Malick no es especialmente lenta, pero en el año 2000 no tenía ni idea de quién era este señor).


Mar de personas, mar de muertos

Si hay algo que llama la atención de entrada es lo cuantioso del reparto y el renombre de muchos de los actores: en un primer vistazo a la portada nos encontramos con Sean Penn, Adrien Brody, Jim Caviezel, Ben Chaplin, George Clooney, John Cusack, Woody Harrelson, Elias Koteas, Nick Nolte y John C. Reilly, y en papeles menores nos encontramos con Jared Leto, John Travolta, Tim Blake Nelson, Kirk Acevedo... y muchos, muchos otros. El caso es, pues, que en La delgada línea roja lo primero que realmente nos topamos es con esa increíble masa de actores que darán vida a la infantería que tiene que tomar la isla de Guadalcanal, rompiéndose la cara con los japoneses por una estratégica colina.

El argumento es tan sencillo como eso. No tiene demasiado sentido contar más... no lo hay, en realidad. Ese es el tema y el resto son pequeños detalles que se añaden a veces ornamentalmente y a veces como contrapunto a lo que se está contando —como todas los recuerdos que el soldado Bell (Ben Chaplin) tiene de su mujer—, que sirven para deshacer un poco la horrible tensión y desesperanza de la guerra.

Unos flashbacks tiernos llenos de anhelo sexual, pero sin resultar sucios. Hermosos. Increíbles.

Y es que La delgada línea roja, como casi todas las películas bélicas que llegan a implicar de algún modo al espectador, son desagradables, tristes y heroicas a un tiempo. Son un manifiesto de lo horrible que es la muerte y de la escasa importancia que, muchas veces, se le da a la vida de los soldados (y de cualquiera) desde las alturas. Sirvan como ejemplo los fantásticos momentos, verdaderos duelos de poder entre el realista y mesurado Staros (Elias Koteas) y su superior.

Las delgadas líneas rojas

Con Malick al frente, estaba claro que el tema principal de la película sería muy humano. Serían dudas, trastornos, sería el miedo, las ilusiones, los deseos, la obstinación... Malick es un director que lo enfoca todo, siempre, desde la mente, desde cómo procesa cada uno la información, solo que la mayor parte de las veces no lo expone con palabras para el espectador, dejando que este interprete las imágenes y reacciones de los personajes. Y esta vez juega con muchas líneas que aunque parezcan muy estrechas (muy delgadas) dividen todo de forma muy marcada.

La película empieza ya con una de estas líneas, con dos soldados que han desertado y se han ido a vivir con una de las tribus isleñas, lejos de la guerra y de la amenaza de la muerte. Viven allí, felizmente apartados mientras al otro lado de la línea se desarrolla la cruenta guerra con los japoneses. Son detenidos por la tripulación de un patrullero y devueltos a la batalla como parte de la compañía C. No está el panorama como para renunciar a soldados.

En la isla, en la guerra, el hombre es una pequeñez. Y, al final, está solo.

Una vez metidos en harina, la mayoría de líneas rojas son de carácter moral y muchas veces se dividen entre personajes. Por un lado tenemos la línea perfectamente definida entre el fin y los medios, caracterizada en el duelo que enfrenta al coronel Tall con el capitán Staros. Al primero solo le preocupa el éxito de la misión (aunque como estratega militar es un inútil), al segundo solo le importa que sobrevivan todos (o el mayor número posible) de miembros a su cargo, puesto que tras dos años juntos los considera parte de su familia. En esta misma línea hay muchos momentos similares (aunque más reducidos) como cuando los sanitarios tienen que decidir si acercarse o no a los heridos en la brutal toma de la colina o cómo de contundentes ser en uno de los últimos asaltos, cuando llegan al campamento japonés con los heridos y a pesar de una brevísima resistencia inicial hay una rendición repentina.

Malick, como siempre, presenta hechos y aunque algunos personajes reflexionan en ocasiones sobre algunos de ellos (casi siempre mediante la típica voz en off característica del director), otras veces nos queda el reflejo en pantalla de sus acciones... sin juicio alguno, sin comentarios, quizá para que el espectador hile el sentido de los hechos o quizá para transformarla más en una experiencia sensorial que en la más a menudo textual de otras películas.

No siempre puede verse con nitidez lo que hay al fondo.

Final... ¿y sigue?

Lo cierto es que hace un efecto extraño. A 40 minutos de acabar la película, los clímax parecen todos zanjados, de la interactuación entre el capitán Staros y el coronel Gordon Tall (Nick Nolte) se deriva un pequeño intercambio de opiniones en el que este le dice a Staros que necesita a un hombre valiente y que no dude en su puesto, por lo que le aconseja dejar la guerra, irse en el próximo envío de heridos y enfermos y le promete que hablará bien de él. El superior quiere a alguien como él mismo de subalterno y Staros está harto de discutir infructuosamente. El pelotón que tenía bajo su mando habla con él y comentan el aprecio que le tienen y lo injusto que les parece esa forma que ha tenido el coronel de deshacerse de él. Ese momento, tras una pequeña reflexión de Staros sobre qué es la familia parecía un momento perfecto para dejar la película y, sinceramente, resulta raro ver que sigue y que abre pequeñas tramas y un nuevo hilo de batalla.


Lo peor de todo es que esa última media hora no consigue crear un clímax tan grande como lo que ya hemos visto, así que la despedida final es un poco peor que la que hemos vivido hace 40 minutos. No sé si Malick jugó con la idea de que los finales no se tienen por qué dar en las mejores circunstancias posibles, pero lo cierto es que me dejó una sensación muy rara viendo el filme.

Un trabajo de Terrence Malick

Y es que la película lleva su sello grabado a fuego. Malick es un director de historias pequeñas, de historias costumbristas en las que algo detona la acción (por llamarlo de alguna manera). La delgada línea roja en ese aspecto, era muy atrevida. Una película tan coral, tantas pequeñas historias que contar, tantos puntos de vista...

A Malick no parece que esa enorme diferencia respecto a sus otras películas le condicione demasiado. Malick hace Malick. El director estadounidense usa sus habituales voces en off, como ya comentaba, para acercar el punto de vista de sus personajes. Utiliza planos muy cercanos con personas, animales y algunas plantas, como unos curiosos brotes verdes que harían las delicias de nuestros políticos, y usa planos exageradamente distantes para captar el paisaje (abrumador) y empequeñecer a los soldados. Es un recurso también muy típico de Malick. Hace todo esto asiduamente a pesar de que cambia constantemente de director de fotografía. En esta ocasión, el encargado fue John Toll, conocido por muchas películas épicas y de ambientes abiertos. Una buena elección a todas luces.

Malick y una de sus muchas escenas «de documental».

El uso de la luz también es muy típico de sus películas, aprovechándola muy bien en escenas de luz muy fuerte, sobreexpuesta o casi, y en escenas en las que parece que falta algo de luz, lo que le permite ahondar más si cabe en la psicología de los personajes. El efecto psicológico de la luz que tanto parece gustar a este director. En esta película, además, hay un juego añadido, el de los haces colándose entre el dosel arbóreo, entre hojas agujereadas... Un espectáculo precioso.


Nota: 9. La delgada línea roja es el resultado de un trabajo portentoso y un reflejo del deterioro psicológico que producen situaciones de estrés tan terribles como la guerra. Una película dura, por momentos de extrema lentitud, con abundantes cambios que juegan en contra de la atención del espectador... pero si no la habéis visto, deberíais. Si no os gusta, luego podéis poner a caer a Malick de un burro.

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Malas tierrras.