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lunes, 25 de junio de 2012

M, el vampiro de Dusseldorf - Fritz Lang

No todos los días uno tiene el placer de encontrarse ante algo como M. Fritz Lang ofrece una historia aparentemente sencilla, pero de un modo nada sencillo; en primer lugar, el director alemán lidia con la incorporación del sonido (que había llegado al cine un año antes) y de cómo este afecta al cine, lidia con los prejuicios de una industria cinematográfica que aún mira dicha incorporación por el rabillo del ojo, como si nada bueno pudiera salir de ahí, y lidia también con el deseo de ofrecer algo intenso, algo profundo sin desprenderse de esa envuelta de sencillez drástica.


En Dusseldorf alguien está secuestrando y asesinando niñas. La policía no consigue descubrirlo y los maleantes locales empiezan a hartarse de tener a las fuerzas del orden con una presencia tan insistente en el barrio, así que toman cartas en el asunto para localizar al asesino y pararle los pies.


¿Y qué hace tan grande a esta película? Podemos aceptar que la historia no es un saco de virtudes, a pesar de que el guión es como una máquina de precisión, asentimental, fría y eficaz a cargo de Thea Von Harbou, que entonces era la esposa de Lang. Es una historia normal, sencilla y directa, como decía. Pero Lang juega con muchas cosas y lo hace muy bien. Hay que destacar, sobre todo, el uso del sonido; primero porque, evidentemente, sería imposible hacer algo así unos años antes y, a la misma altura, por el valor de Lang de hacer algo así entonces, con los medios del momento, un desafío a sí mismo y al cine en general. Las calles del barrio de Dusseldorf en que transcurre la película tienen un sonido propio en el que destaca el jaleo de los niños, con sus canciones y sus juegos. Es cierto que la canción que cantan es pesada, estridente y odiosa, pero está ahí, de fondo. Y su ausencia es tétrica. Funesta. Palpable. Un efecto escalofriante. Esto, este detalle por sí solo justificaría, en mi opinión, el concepto de la película; pero Lang da algunas puntadas más, y el asesino silba siempre un fragmento de En la gruta del rey de la montaña, y esa pequeña pieza llega a convertirse en algo incómodo, en el presagio de algo horrible. El asesino aún no tiene rostro, pero ese pieza silbada nos sirve de identificador. Es obsesiva, macabra y amenazante.

Personalmente creo que es la película en la que me ha parecido más inteligente el uso del sonido. Puede que por aquel entonces los directores lo viesen como una novedad tal que les instase a buscar un uso sorprendente. Lang consigue que el silencio sea temible y que un silbido cree malestar. Todo ello sin más música que la tonada de los niños y que la pieza que silba el asesino; solo el ruido de los pasos, las puertas al cerrarse y los diálogos.


Una vez que tiene rostro asociado, estrictamente hablando, la inquietud toca techo; y es que el actor estuvo magníficamente elegido. Es difícil no sentirse algo intimidado y confuso ante la inquietante y desconcertante cara de Peter Lorre. El señor Lorre con sus ojos demasiado abiertos, con su gesto asustado y nervioso, con su expresión desencajada es, todo él, un increíble acierto. Lo encasilló como villano, es verdad, pero es que el resultado es perfecto.


Ya nos han presentado al señor Beckert, damos paso a la segunda parte. Los maleantes lo han encontrado intentando llevarse a una nueva niña y lo han marcado con una M (de mörder, asesino). Comienza la cacería. Una contrarreloj antes de que llegue la policía de cómo los criminales del barrio persiguen al asesino de niñas sin cuartel. Peter Lorre oculto más por las sombras que por otra cosa, esperando aterrorizado y ofreciendo un nuevo registro. No será el último. Toda esta parte luce una coreografía muy efectiva, que parte de la escena en que lo marcan con la M. El terror de Beckert, que grita a los cuatro vientos que lo han pillado en mitad de su juego, la huida, la persecución...


La tercera parte es el juicio. Supongo que lo más normal es que lo hubiesen despedazado sin mediar palabra, pero solo por lo emotiva que es esta escena vamos a perdonar el detalle. Yo, al menos, voy a hacerlo. Hans Beckert, M, muestra sus palmas, entre nervioso y temeroso y dice que no puede evitarlo, que está enfermo, y cuestiona la validez moral de quienes lo están juzgando. 


Muchos de los planos son muy extraños, primerísimos planos alternados con otros que enfocan hombros o entrepiernas, el enfoque de unos personajes leyendo un panel mientras habla otro al que aún no hemos visto, en otro punto de la sala y corolan una película cuyos ingredientes se combinan, todos, en una espiral de malestar absolutamente irreprochable.


Curiosidades:
—Existe la creencia de que la película se iba a llamar «El asesino está entre nosotros» y que se cambió porque a los nazis no les hizo ni pizca de gracia; pero no fue así. La película cambió de título porque al señor Lang le pareció un título mucho más interesante después de ver la escena del marcado.
—Fritz Lang era muy cruel con sus actores. Peter Lorre fue lanzado por las escaleras una docena de veces. Cuando Lang le ofreció participar en otra de sus películas, el actor rehusó.
—No es Peter Lorre el que silba la canción, es el propio Fritz Lang.


Nota: 9. Hubo dos detalles que no me gustaron: no me gusta que se celebre un juicio, comprendo que había que enseñar lo que enseñan, pero no me parece que esos personajes pudieran responder así, lo habrían matado a palos y ya. No me gustó. La otra es la parte del chivatazo a la policía, no por el hecho de que se produzca, sino porque rompe el ritmo narrativo con todas sus fuerzas. Esta escena se produce durante el clímax y la película, creo yo, ya no es capaz de volver a él.