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martes, 17 de enero de 2012

Black Mirror - Channel 4, Charlie Brooker

Esta serie ha sido la sorpresa del otoño. Los ingleses, siempre tan peculiares, lanzaban un ataque en formato televisivo contra mil cosas, relacionadas directa o indirectamente con las nuevas tecnologías.


Black Mirror, creada por Charlie Brooker (creador también de Dead Set), consta de 3 (¿capítulos?) películas —creo que hablar de capítulos cuando no comparten reparto, ni dirección, ni duración, ni nada; es un poco injusto— completamente independientes, todos situados en un tiempo o una realidad que no es exactamente la nuestra, pero que resulta terriblemente cercana en todo momento a poco que uno interprete la metáfora.


The national anthem - Otto Bathurst

La princesa Susannah, un miembro muy bien considerado de la Casa Real, es secuestrada. El secuestrador sube un vídeo en el que se la ve a ella atada con el rostro cubierto de lágrimas leyendo las condiciones de su puesta en libertad. No hay rescate, la condición es que el primer ministro, Michael Callow debe aparecer en todas las cadenas del país a una determinada hora manteniendo relaciones sexuales con un cerdo.


Como en otras series inglesas recientes, lo primero que sorprende de Black Mirror es la increíble calidad visual de la que hace gala. Black Mirror, como Sherlock, parecen películas costosas en su preciosista tratamiento de la imagen. Un aplauso para Jake Polonsky y su fotografía; así como para el guión de Brooker. El reparto de The national anthem es realmente fantástico, lo que ayuda a mantener la tensión y la angustia sobre los hechos que acontecen.

Admito que el tema me produjo repulsa. Comprendo la intención perfectamente, sé que esa provocación es completamente intencionada, sé que el morbo mantiene a muchos espectadores tan pegados a la pantalla como están los mismos personajes anónimos de la película reunidos en los bares esperando a ver qué pasa. No lo niego, pero a decir verdad casi hace que abandone la serie. ¿Se le puede echar algo en cara? Desde luego; la petición es demasiado rebuscada como para que se tome en serio y, es más, como para que se acepten las condiciones. Creo yo. Además, por supuesto, de que nunca debería negociarse con terroristas, sienta precedentes fácilmente aprovechables por locos e hijoputas subsiguientes.

No obstante, cabe destacar lo bien guiado que está el dramatismo, y como las medidas de control resultan insuficiente cuando el vídeo ha recorrido ya un cierto camino por la red, cuando youtube tiene docenas de vídeos y el tema es trending topic en twitter. Pero eso no es lo mejor del capítulo; lo mejor es, sin duda, las ganas de carnaza de la masa, que se congrega entre asqueada y cautivada en torno a la macabra historia como los campesinos medievales ante un ajusticiamiento. Fantástico.


15 million merits - Euros Lyn

Parece que internet adelante se considera que 15 million merits es el peor de los capítulos de Black Mirror. A mí me parece que es menos tenso que el primero, que carece de la brutal fuerza dramática de su reparto y que el ambiente, a pesar de que la metáfora es bastante cercana, reduce el sentimiento de proximidad que, en cambio, da alas al primer capítulo. No obstante, este capítulo, es mi favorito. Insisto, no me parece el mejor, pero es el único que sé que volveré a ver.


15 million merits supongo que nos lleva a un alternativo futuro cercano. La gente vive en cubículos, conectados permanentemente a la programación televisiva personalizada. Los aptos pedalean para producir energía y mantener activo el sistema, los que no pueden colaborar en la producción de energía cumplen otras funciones de mantenimiento; y los destacados pueden aspirar a algo más: presentadores de televisión, músicos, etc. El protagonista, en este caso, es un chico negro que se enamora de una jovencita con talento musical a la que decide ayudar a cumplir su sueño.

Black Mirror no es una serie alegre, así que os podéis olvidar de pajaritos, canciones y alegría. Charlie Brooker, de nuevo guionista, crea un distópico escenario a caballo entre el mundo real y un mundo digital en el que todo y nada es real a la vez.

El final, aunque el monólogo que da lugar a él me parece casi perfecto, me resulta un poco insulso. No el que se venda al sistema, eso está bien; me gusta que jueguen con que el sistema siempre gana, que solo tiene que absorberte, pero el monólogo que antecede a los créditos, la parafernalia y demás... queda cutre. Así de simple.

Este es el episodio con más ritmo de los tres y tiene, creo, un ambiente muy evocador. Y, qué demonios, es el más friki. ¿Contras? Un reparto bastante justito, y no solo por cantidad.


The entire history of you - Brian Welsh

Este último capítulo plantea la existencia de una tecnología que graba todo lo que uno ve y oye y cómo puede afectar a la vida de las personas: cómo se reúnen para compartir bellas estampas, cómo pueden verse acosados por un pasado que no han borrado... o cómo se pueden volver unos paranoicos.


Este es el capítulo que menos me ha gustado. Reconozco que es bueno, que conste; pero no me gusta. Puede que me aburra un poco, incluso. Odio al protagonista, que me parece un personaje demasiado exagerado e insulso. Cómo se refleja la tecnología en cuestión, es cierto, es una pasada; cómo se toma por normal acceder tan profundamente a la intimidad de una persona o cómo se pueden repasar una y otra vez los mismos detalles en busca de una pista para resolver un dilema.

Pero no me parece suficiente. Para empezar, este me parece el menos original de los tres capítulos; y el menos provocador. No sé ni a qué se debió. Creo que el guión de Jesse Armstrong carece de soltura, la idea está bien, pero le falta algo y los personajes son un poco previsibles. Este tal vez sea el capítulo que más permanece en pie gracias a su dirección y su fotografía. En cualquier caso, concluye una miniserie que, sin duda, ha sido de lo mejorcito del año.


Nota: 8,5. Una serie de tres capítulos que deberíais tomar la molestia de ver. Espectacular, atrevida y muy crítica. ¡Y muy bien hecha!