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lunes, 25 de octubre de 2010

Las tumbas de Atuán - Ursula K. Leguin

Hace tiempo, por recomendación de Laura, había leído Un mago de Terramar, del que —según me dice Google— no hice reseña alguna. Bueno, Un Mago de Terramar, así, en un resumen rápido para este pequeño círculo de lectores (entre 70 y 90 generalmente), diré que me pareció lento y aburrido aunque bien escrito. La historia avanzaba —por decir algo— a pasos minúsculas entre una densa —en ocasiones exagerada— descripción de cada paisaje, de cada vestimenta o de cada gesto menor en la cara. El libro va de que un mago, que se llama Gavilán, siendo aún un aprendiz, actúa de forma irresponsable y crea a su némesis. Entonces empieza a huir de isla en isla —se trata de un mundo archipiélago—, siempre que parece que al fin pasará algo vuelve a huir; así hasta que al fin se encuentra con su némesis, y cuando parece que tendremos nuestro final épico, Leguin lo despacha en dos líneas mal contadas y pasa a describirnos detalladamente el epílogo. Fin.

Ese fue mi sentir sobre el libro. Pese a todo no me desagradó, esra absurdamente lento, sí, pero me gustaron las descripciones que hacía. En cualquier caso, no creo que sea un libro a la altura de la fantasía a la que estoy accediendo últimamente.



El caso es que, hace tiempo también, había empezado Las tumbas de Atuán, la segunda parte de esta serie de Terramar, y la había abandonado vilmente. El principio era todavía más lento que el primer libro y creí morir. Era aburrido hasta la náusea. La semana pasada, no obstante, acabé los libros de Vlad Taltos de los que disponía en aquel momento y decidí acabar Atuán o, al menos, darle una segunda oportunidad. Me encantó, increíble pero cierto. Las tumbas de Atuán, a pesar de su farragoso, aburrido y desesperante principio, acaba mostrando un ritmo delicioso —no rápido, pero sí cómodo— sin renunciar a una descripción detallista y trabajada. Llega un momento en el que, de hecho, el argumento avanza casi de forma dialogada, algo impensable en el prácticamente mudo primer libro y, sinceramente, he de decir que este cambió me sentó como un día fresco en un verano asfixiante.

¿De qué trata?
Las tumbas de Atuán nos lleva a un templo a los Sin Nombre en una isla llamada Atuán. Ese culto está a cargo de una Suma Sacerdotisa que, cuando muere, renace en una niña nacida el mismo día de su muerte en las islas circundantes —bueno, eso creen los del culto, al menos—, entonces, las personas a las que ha instruido en su anterior vida —o a las que ha instruido la antigua Suma Sacerdotisa, para los más escépticos—, enseñan a la nueva los ritos y demás. Bajo el templo, se abre un complejo excavado en la piedra que oculta los tesoros de los Sin Nombre entre los que se incluye una mitad del anillo de Erreth-Akbé, que traerá la atención de un explorador no deseado, un mago del noreste, Gavilán.

Terramar no suele dejar a la gente indiferente. Hay quien lo adora y hay quien no lo soporta, por lo que he podido ver en mi círculo de amistades. A mí el primero, me gustó sin más; me pareció pasable, pero este segundo me pareció, realmente, un buen libro y absolutamente recomendado. Cabe decir, además, que sabiendo que Gavilán es un mago... el primer libro no es en absoluto necesario para leer el segundo; así que cometiendo lo que algunos, probablemente, considerarán sacrilegio, recomiendo obviar el uno y empezar leyendo directamente el segundo libro. Al fin y al cabo, si ya habéis leído esta reseña, ya os he contado en el resumen todo lo que cuenta Leguin en 210 páginas.

Nota: 7,5. Las tumbas de Atuán mola. El lugar en que se desarrolla tiene un aire a novela de aventuras, a relato de Indiana Jones; el estilo dialogado de la segunda mitad le sienta como anillo al dedo, permitiendo que la trama evolucione a un ritmo aceptable a la par que permite a Leguin explayarse tanto como le gusta con las descripciones. Un libro muy recomendable para el que no se necesita leer Un Mago de Terramar.