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jueves, 7 de abril de 2011

El gran salto (The Hudsucker Proxy) - Joel Coen

El gran salto es una extraña película de los hermanos Coen (extraña, incluso, para ser suya) en la que un ingenio Norville Barnes (Tim Robbins) se hace con la compañía Hudsucker tras una jugada de los accionistas, capitaneados por el malvado Sidney J. Mussburger (Paul Newman) para aumentar al máximo sus ganancias. Y la cosa les marcha bien hasta que aparece en escena Amy Archer (Jennifer Jason Leigh) una reportera que quiere meter la nariz hasta el fondo.





Desde el principio mismo, la película llama la atención por su fuerza visual y lo encantador de su narración. Un narrador de voz tranquila contextualiza la situación mientras la cámara se mueve lentamente por las calles de Nueva York en los últimos momentos de 1958. Norville sale de su despecho por la ventana y desde la cornisa mira al suelo. El reloj marca las 12 y se procede a mostrar el pasado de esta historia.

La presentación de un Norville (en el que hay que reconocer que influye muchísimo la labor de un adorable e increíble Tim Robbins, en el mismo año que haría Cadena Perpetua, ¡qué gran año 1994 para este hombre!) resulta tremendamente trágica y cómica a la vez, aunque muy de cuenta, muy benigna. Y es que Tim consigue pasar de caracterizar a un personaje soñador, con cara de ilusionado, de persona con una idea —la del hula hoop, de hecho—, de tipo ilusionado con el futuro que se siente avasallado por los gritos y las órdenes que le dan de malas maneras; a un hombre directo que debe gobernar la nave millonaria que es Hudsucker para llevarla al mejor puerto posible, que se deshumaniza y se agria. ¡Qué gran actor!

Los escenarios, los movimientos de los actores y de las cámaras, el ambiente, el tono —casi tan exagerado como los personajes, realzados por el carisma de Amy y por el brutal contraste entre Norville y el infame y odioso Mussburger, que es casi un villano de opereta— en que se cuenta la historia, la música ominosa, sobrecargada y con fuertes contraste en sonido y, de vez en cuando, en volumen; los largos silencios y los comentarios extrañamente humorísticos —muy del estilo de los Coen, por cierto—enfatizan el toque teatral, convirtiendo la película en una exagerada fábula que renuncia a muchas cosas para mantener su apariencia amable y bonita.

Y es que, como acostumbran estos tipos, la fotografía, la dirección de actores y los escenarios (aunque en mi mente tienden más a los paisajes increíbles que a los grandes escenarios cerrados)  resultan casi apabullantes. La estética está muy marcada y sumerge al espectador en unas aguas de color, por momentos, bronce steampunk, pero originales, cautivadoras y oníricos sin excepción. Para muestra, el despacho de Mussburger (con parte del gran reloj exterior de fondo) o la del interior del mecanismo, que guarda en su seno algunas de las escenas más raras de la película...

«Tu ascenso fue meteórico, tu caída será interminable

También es interesante ver cómo, de una forma un poco pesimista, el poder acaba corrompiendo incluso al inocente Norville, convirtiéndolo en uno más, en un directivo tirano y engreído que necesita una voz firme y un guantazo que lo devuelvan al suelo.

Y, por si fuera poco, cuenta con la participación, breve, de un común recurso de los Coen, el grandísimo actor neoyorquino Steve Buscemi; y, según veo en IMDB, también con la de Jim True-Frost, Prez en The Wire, aunque, la verdad, es que ni siquiera recuerdo quién puede ser aquí.

Nota: 9. Una de las películas más divertidas y cautivadoras que he visto, con una música y un reparto perfectos en todo momento. Supongo que la peli mereció mucho más, pero apareció el mismo año que Pulp Fiction, Cadena Perpetua, Forrest Gump y El Tey León, no debió de ser un año fácil.

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