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martes, 11 de enero de 2011

Deadwood, 3ª temporada - HBO

La tercera temporada de Deadwood —la última que salió, la temporada de su cancelación— me ha dejado un sabor relativamente agridulce.


Imagen vista en Dronkar.

En realidad, gran parte de lo que la hizo grande, sigue siendo grande. Seguimos con los magníficos decorados, vestuario, ambientación y con unos personajes de carisma sucio y valiente sin caer en un tópico heroico vacío y mil veces glorificado —aunque en la primera temporada hubo un poquillo de esto, personificado en Wild Bill—, algo discutible, tal vez, en el caso de Montana, quien, a su manera, es un paladín entregado al desfacimiento de entuertos.

Esta temporada, en cambio, pierde un poco la irrebatible lógica de las demás. Hay muchas más cosas cogidas por los pelos y muchas más respuestas ilógicas, graciosas, sí, pero los personajes ironizan hasta caer en el humor absurdo en una evolución, a mi parecer, injustificada. Argumentalmente se centra en el ritmo que la llegada y actuación de Hearst imprime al pueblo, cómo se modifican las relaciones y cómo aumenta la tensión a un grado insostenible. Él es razón y motor de toda la temporada, para placer o disgusto de los espectadores.

No todo es malo, por supuesto. Eterna gloria para el ruin y miserable de Hearst, el cabrón más despreciable que he visto en mucho tiempo y para cómo la monta capítulo tras capítulo, contrario a todos, enemigo del mundo. Hearst, el inhumano y furibundo, el repugnante y ególatra adinerado que escucha a la tierra, que siempre le habla de oro, de dónde vive. Gloria para Al Swearengen —para mí, sin duda, el mejor personaje de la serie y uno de los mejores que ha dado de sí la televisión—, el trabajador, aplicado y bondadoso Doc Cochran, la siempre impredecible Trixie, el amable y paciente Sol Star, la elegante Alma Garret —una de cuyas fotos utilizan (si no he visto mal) para Boardwalk Empire, ganándose mi simpatía de inicio—, el encantador Whitney Ellsworth, y, en menor medida, el valiente Montana, su compañero Utterson y el caricaturesco Richardson. Gloria para la intro: para la deliciosa música que la acompaña y para la secuencia de imágenes que la forman, entre las que destaco el caballo del final, poderosamente evocador —y eso que los caballos, en general, me parecen animales feos y sucios.


Destacar, además, el que las canciones que acompañan a los créditos cambian en todos los capítulos y, aunque la mayoría no sean de mi gusto, incluyen a artistas tan conocidos como Bob Dylan o Bruce Springsteen.

Nota: 7,5. Una temporada entretenida y bien hecha, aunque lejos de las dos anteriores. El hecho de que la HBO la cancelase, seguramente, actuó en perjuicio de la serie, aunque la calidad y cuidado de escenarios, imagen, vestuario, dirección, actores, voces y demás, se mantiene hasta el último minuto. Una delicia técnica que, según cuentan en Vaya Tele, no recibió un trato demasiado amable por parte de la HBO, la cadena que más suele mimar a sus producidos, por lo que se viene viendo últimamente..