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jueves, 15 de marzo de 2012

Un dios salvaje - Roman Polanski

Me animé a ver esta película por recomendación de diversos amigos. Polanski siempre me da un poco de miedo, y no como se lo puede dar a una menor, Polanski me da el miedo de ser un director consagrado que un día osó perpetrar La novena puerta, que de un libro interesante pasó a película infumable. El caso es que Un dios salvaje parecía dibujarse, entre mis conocidos, como uno de los grandes, grandes estrenos del año pasado; así que finalmente, me decidí a verla. Y he de decir que Un dios salvaje es de lo que más me ha gustado, efectivamente.


Tras una pelea de dos niños en el parque, los padres de ambos se reúnen para hablar civilizadamente sobre lo sucedido. Los padres del agredido, Penelope (Jodie Foster) y Michael Longstreet (John C. Reilly) y los del agresor, Nancy (Kate Winslet) y Alan Cowan (Christopher Waltz) comienzan, pues, a mantener una discusión políticamente correcta en la que solo Penelope Longstreet osa salirse un poco de las reglas establecidas. El caso es que estas pequeñas salidas de tono empiezan a caldear rápidamente los ánimos y entonces... ¡Uy, entonces! La portada de la película capta a la perfección el transcurso de la misma.
 
«Vivimos en Nueva York, no en Kinshasha; con las costumbres de la sociedad occidental así que lo que ocurre en un parque junto al puente de Brooklyn, tiene que ver con los valores occidentales.»


Esta es una película de diálogos. El hecho de que se base en una obra de teatro resulta evidente. Todo transcurre en la misma sala y con los mismos cuatro actores, salvo las breves secuencias, inicial y final, protagonizadas por los niños de marras. En esta sala, el salón de los Longstreet, estos cuatro impresionantes actores (que, en mi opinión, estaban especialmente brillantes durante la grabación) despliegan sus artes. La película ya es interesante en esa charla civilizada que mantienen al principio y que, de forma evidente, destila cierta mordacidad hacia esa actitud estúpida y vacía del buenrollismo llevado a extremos. Tras ello, y ya cuando se empiezan a romper las máscaras, pasamos a una oleada de hostilidad creciente y de cambio de facciones constante en la que nada es lo que parecía al principio y en la que una sola frase hace que el bando cambie y se adapte. Todo en el mismo salón y con los mismos cuatro personajes. Y, eso sí, con el magnífico guión basado en la obra de teatro Le Dieu du carnage de Yasmina Reza; adaptado por la misma Reza y el señor Polanski. Hay películas que son su fotografía, películas que son su dirección o una escena en concreto; Un dios salvaje es su guión, sus afilados diálogos y su firme movimiento psicológico. Una delicia, señores.


El reparto y sus personajes.
Puede parecer un poco injusto, si valoramos el fantástico trabajo de los cuatro protagonistas de Un dios salvaje, decir que la película es su guión. Creo que sí, que es este quien recoge la fuerza de la película, pero Un dios salvaje sería una pálida sombra de lo que es si le restásemos la labor de estos actores, que encarnan a unos personajes complejos y llenos de defectos y les dan vida y volumen en los 80 brevísimos minutos que dura la cinta.
—Penelope Longstreet. El personaje de Jodie Foster es el menos cómodo con la situación de educada y falsa cordialidad entre padres. Incluso bajo la máscara políticamente correcta del principio deja translucir cierta hostilidad disimulada, son sus palabras y su sonrisa torcida las que nos informan de su disconformidad. Foster luce una actuación desquiciada y furiosa llena de sentimiento y, bueno, y ganas de sangre. Mi favorita. Más que merecida su nominación a Mejor actriz de comedia en los Globos de Oro.
—Michael Longstreet. Es el personaje más maleable. Intenta ser pacificador con todos, siendo algo más duro con quien más confianza tiene. Es el personaje que más despreciable me parece. Me repugna y me interesa a partes iguales. ¿Reilly? Absolutamente perfecto.

—Nancy Cowan se toma abiertamente mal los jocoshostiles comentarios de Penelope. Responde, se enfada y acaba con ganas de sangre también. Kate Winslet no suele convencerme mucho como actriz, pero en esta ocasión se marca una actuación lucida y convincente a la vez. También fue nominada a Globo de Oro a la Mejor actriz de comedia por esta película.
—Con Alan Cowan —tal vez debiera decir, mejor, con Christopher Waltz— hablamos de palabras mayores. Os sonará a todos de ese Oscar por su malignísimo nazi de Malditos Bastardos. Admito que, hasta entonces, para mí era un absoluto desconocido; pero anoté rápidamente su nombre. Y qué acierto. Esta vez, todo sea dicho, también es una particularidad del guión; y es que al igual que en la película de Tarantino, en Un dios salvaje, el personaje de Waltz se lleva las mejores frases y los mejores momentos. En cualquier caso, el hecho de que siga resultando gracioso el sonido de su móvil una y otra y otra vez interrumpiendo cualquier posibilidad comunicativa, es mérito del arrollador carisma del actor.


Por lo demás, como ya he dicho, la película se graba casi entera en el mismo salón, así que la forma de dinamizar la película, de conducir al espectador por su trama, cae enteramente sobre el guión y sus diálogos. La película es rápida e impetuosa gracias a unas réplicas afiladas que se intercambian sin piedad durante unos 75 minutos. El tono del humor empieza siendo bastante blanco, casi amable (Penelope aparte), pero acaba cayendo en un negro bastante profundo en el que el director parece sentirse más a gusto y encuentra más formas de explayarse.



El doblaje de la Winslet borracha no me gusta nada, pero bueno... ahí queda el tráiler en castellano.


Nota: 8. Solo su reparto y su sentido del humor son razones más que suficiente para ver esta película, que a su manera bebe más del teatro que del cine al que estamos acostumbrado. Es fresca, es malévola... ¡y divertidísima!