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viernes, 9 de marzo de 2012

Enterrado - Rodrigo Cortés

Enterrado deambula a caballo entre la apuesta y la osadía. Enterrado se aproxima a la grandeza tanto y tan a menudo que asusta. Un amigo y compañero había insistido mucho en que debía ver esta película de Rodrigo Cortés, pero por unas cosas u otras (vagancia, mayormente, para qué negarlo), nunca me había decidido a ello. Un error imperdonable, la verdad; Enterrado es una de las películas más frescas, atrevidas y magnéticas que he visto en mucho tiempo.


Enterrado, aunque así expuesto no parezca especialmente inesperado, trata de un hombre que es enterrado vivo en el interior de un ataúd (de una caja algo cutre, en realidad). Este hombre es Paul Conroy, transportista de CRT en Irak, y ha sido capturado por los insurgentes del lugar y posteriormente enterrado. Pero no vemos nada de esto, porque de la oscuridad inicial pasamos ya al interior de la caja. Y, señores, nos espera hora y media de caja.

En la historia del cine han destacado verdaderos especialistas del aprovechamiento de lugares (supongo que a casi todo el mundo le vendrá a la cabeza La ventana indiscreta, del maestro Hitchcock), pero Cortés lo lleva un poco más allá. La película sucede en la caja. Entera. Con un único actor, un sorprendente Ryan Reynolds (siempre me ha parecido un actor mediocre, pero aquí transmite con seriedad y contención la intranquilidad y miedo de Paul) y una serie de juegos de cámara para dar ¿dinamismo? a la película. Para intrigar y no aburrir. Eso, fundamentelmente, son los recursos que tiene la película.


La tensión está controlada a la perfección en todo momento con el puñado de elementos que Paul tiene a mano. Un teléfono móvil y un mechero son sus más preciadas posesiones, aunque luego (en una mochila que está en el ataúd), encontrará también una linterna y unos tubos luminosos. Admito que lo de la mochila es de lo que menos me gustó de la película, pero bueno... Es lo que hay.


La película es un derechazo despiadado contra la burocracia y es aquí donde radica la fuerza de la obra. Está claro que el notable trabajo de Reynolds o la fantástica labor de Cortés, pero el guión de Chris Sparling deslumbra por momentos. A grandes rasgos no deja títere con cabeza, desde el inicio mismo de la película, con la llamada al 911 de Ohio, hasta el extremo de delicioso desprecio en la conversación entre Paul y el jefe de personal de CRT, un momento que, de tenso, destaca casi como un foco en una película llena de tensión. Sobrecogedor. De verdad. Duro, violento, desagradable. Perfecto.

¿Cuál es el problema de esta película? El problema, desde luego, es el mismo que su virtud. Todo se desarrolla en un ataúd y con un único actor. Para mucha gente esta película tiene que ser un peñazo y de los gordos. A mí, personalmente, me tuvo en tensión de principio a fin; con una claustrofóbica incomodidad (y no, no padezco claustrofobia; si lo hiciese no creo que hubiera acabado de ver la película, todo sea dicho). Todo es Ryan Reynolds casi sin moverse, o contorsionándose para poder hacerlo y conversaciones por el móvil.


El final es desencantado y casi hostil con el espectador. Es lo que tiene que ser. Un final-feliz, desde luego, rompería con la tónica de la película y haría que se perdiese la sensación que flota desde el principio mismo, esa sensación de que son las grandes organizaciones, las grandes empresas y los gobiernos los que juegan el juego de tronos. Y el hombre de a pie es el que paga la cuenta. Triste. Cierto. Y más de actualidad que nunca.


Nota: 9. Una película increíble. Sencillamente. Sus escasos problemillas son solo una pequeña mancha en el fantástico lienzo que Rodrigo Cortés dibuja para el espectador. Si no la habéis visto, deberíais darle una oportunidad.