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lunes, 14 de noviembre de 2011

Último tango en París - Bernardo Bertolluci

Supongo que esta película se podría describir fácilmente como provocadora... o como sensual. Último tango en París es, para muchos, una obra de arte que se mantiene impasible como un titán ante el paso del tiempo. Personalmente, creo que los casi 40 años que han pasado entre su momento y mi visionado le afectan y mucho. La película de Bertolucci me parece que dejaba demasiado a la provocación en sí, y en un mundo algo más abierto, algo menos reprimido, esta baza se pierde en cierta medida.


El trabajo artístico de la película es, claramente, lo que más bríos le da ahora mismo, cuando la percepción sobre el sexo, que tiene gran importancia en lo mostrado en Último tango en París, ha cambiado tanto en muchos países. El manejo de la luz, y ese tono tristemente amarillento en la fotografía y la forma de presentar las escenas es increíble, es uno de los montajes que más me ha impresionado; y además se combina a la perfección con una música preciosa de la que solo se puede criticar que se repite demasiado a menudo. Sobre todo al principio, que debe de sonar la misma pieza una vez cada 3 o 4 minutos. Sí, esta película puede gustar o no, pero creo que la calidad del material puramente visual resulta arrolladora, entra por los ojos y le prende fuego a todo y queda patente, creo yo, desde el mismo momento en que Brando y Schneider recorren la casa al principio de la película. Esa escena es perfecta. Sin más.

El argumento se presenta muy sencillo, claro y sin complicados giros: dos desconocidos, Paul y Jeanne, se encuentran en un piso de alquiler en París y presas de la pasión hacen el amor allí mismo. Antes de irse deciden volver a encontrarse en ese mismo lugar, una especie de territorio neutral, un territorio para la pasión, en el que no necesitarán ni siquiera decirse sus nombres.


«Llegué a ese hotel para una noche y me he quedado cinco años.»

Pero es que el resto de la película es Brando. Solo Brando. La verdad es que Schneider tiene un personaje que me resulta ligeramente cargante, esa clase de personaje que está disconforme con todo, que no quiere aceptar —ni negociar— las condiciones de relación de su prometido ni las peticiones de absoluta privacidad de su amante. Su prometido, Tom (Jean-Pierre Léaud), es un artistilla pretencioso y petulante difícilmente soportable. Y Paul (Brando) es un hombre destrozado y completamente ido, a veces un alma en pena y a veces un huracán furibundo, es la película al completo, lo demás son coros que lo enfatizan o lo disimulan por momentos.

Conforme avanza la película, todo se hace más raro y extremo, más exagerado y terrible. Y aún hoy, 40 años después, resulta fuertemente erótica y notablemente explícita. En su momento tuvo que ser motivo de verdadero escándalo.

En 1972, lucir el impresionante desnudo de Maria Schneider una y otra y otra vez tuvo que ser una apuesta fuerte. Lamentablemente, esto y la provocación de la película que comentaba antes, parecen alzarse como los grandes ases —Brando aparte— en la manga de la película.

Fue nominada a 2 Oscar —Director y Mejor actor protagonista— y a 2 globos de oro —mejor película dramática y mejor director.

Curiosidades:
—Marlon Brando se inventó gran parte de sus líneas de diálogo porque las originales no le gustaban.
—La idea de la película surgió de las propias fantasías sexuales de Bertolluci.
—Ingmar Bergman dijo que la película solo tendría sentido si los protagonistas fuesen homosexuales.
—El corte original duraba 250 minutos (casi nada...), la versión más común dura 136.
—Según Maria, ella no estaba al tanto de algunas de las escenas (entre ellas la famosa escena de la mantequilla). 

Nota: 6. La película es rara y pretenciosa y la historia, por momentos, parece una excusa para el lucimiento de Brando y el aguante de la provocación. Pasión llevada al límite, dirán unos; pasión llevada a la estupidez, dirán otros. Pero tanto unos como otros disfrutarán de la magnífica dirección, pulida con esmero, de Bertolluci; del loco personaje de Marlon Brando y de las apariciones de esa falsamente inocente arpía que es Jeanne.