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miércoles, 11 de mayo de 2011

¡Uno, dos, tres! - Billy Wilder

Uno, dos, tres es una perla más del maestro y genio Billy Wilder.



 El señor MacNamara (James Cagney), jefe de ventas de Coca Cola en Berlín  tiene a mano el asegurar su futuro y mejorar el de su compañía llevando la empresa al otro lado del Telón de Acero. Pero un día, el presidente de la empresa le envía a su hija a pasar unos días a Berlón y la despendolada muchacha se enamora de un rojo de Alemania del este, poniendo todos los planes de MacNamara en jaque.

Uno, dos, tres es comedia y Billy Wilder en estado puro. Cuando el león de la Metro abandona la pantalla, una musiquilla alegre, chillona y potente que, de pronto se transforma en la siempre genial Sabre dance —que tal vez no identifiquéis por el título, pero me atrevería a suponer que la gran mayoría de vosotros conoce— mientras se pasan los créditos iniciales. Wilder produce, coguioniza y dirige, como a él le gusta. Inmediatamente después comienza la contextualización: Alemania, guerra fría, una voz potente y de ritmo normal y que en tono neutro empieza a situar la tónica del humor de Wilder en esta ocasión «Algunos policías de la Alemania oriental eran rudos y suspicaces, otros eran suspicaces y rudos» o «pero la gente atendía sus asuntos diarios... desfilando». Luego Coca Cola, el capitalismo y la reconstrucción de la Alemania occidental, con trabajadores de eficiencia puramente germana y modos paródica y elegantemente nazis (no saquéis esto de contexto).

MacNamara es un tipo malencarado y un poco arisco con sus subordinados. Schlemmer, el más eficaz de sus eficaces trabajadores; que tiene el tic de taconear fuerte para apoyar sus argumentos se muestra, desde el principio, como uno de esos personajes grandes en sus detalles. Ese simple taconeo, su fría eficiencia y lógica, su respeto que, en sus exageradas formas tiene algo de ridiculizante y la presteza con la que siempre se explica y atiende los deseos de su jefe... lo hacen un grande automáticamente. Uno se da cuenta quiera o no. Y ahí, en una de las primeras escenas —es el minuto 5:15— James Cagney empieza a exigir cosas a su manera, a la manera que da título a la película: «Uno: se sabe algo de la oficina del alcalde? (...) Dos: recogió los billetes de avión para mi mujer y los niños? (...) Tres: espero a la comisión comercial rusa a las diez y media, en cuanto lleguen hágalos entrar». Y, por si fuera poco, pasan a hacer un delicioso gag sobre la tendencia alemana a ignorar cualquier referencia a Hitler y a los suyos, cuando el gran Schlemmer dice que no le suena el nombre de Adolf porque trabajaba en el subterráneo, el metro, y hasta allí no llegaban las noticias. Por último, se destaca un reloj de cuco muy importante a lo largo de la película que suena de vez en cuando con su pesada melodía Yankee doodle.

Su secretaria y amante, una mujer que se contonea de forma increíblemente exagerado —¿qué sería de un hombre de negocios de la época sin una amante? Don Draper no lo aprobaría, desde luego—. La frialdad con la que instantes después, su esposa le pasa al teléfono a su hijo diciéndole «tu padre», y este se lo devuelve con un «tu esposo», es sencillamente genial. Casi tanto como los tres camaradas soviéticos, grandiosos cada uno a su manera que discuten entre susurros pero se pavonean en su amado comunismo.

Luego, la llegada de Scarlett, la hija del presidente, un poco ligera de cascos revoluciona el panorama. En inglés, en el original, la voz la acompaña genial; aunque en castellano resulta demasiado estridente y tiene un toque de tonta insoportable.

«Nos han asignado un magnífico apartamento, ¡está muy cerquita del lavabo colectivo!»


Y la historia avanza cada vez más rápido, cada vez más rápido; el reloj de cuco suena cada vez más a menudo —por momentos llega a ser un suplicio— y con su canción más acelerada, MacNamara levanta más la voz y da más órdenes a su grito de «¡Uno!, ¡dos!, ¡tres!», mientras tejen toda su telaraña de mentiras para devolver todo al cauce del que, sin duda, se ha salido.

Lo único que le echo en cara a la película es lo exageradamente pesado que, por momentos, resulta el comunista que habla demasiado y, además... es un actor que no me convence en absoluto. Una lástima. Para compensarlo tiene su humor, el resto del reparto, la música que se combina a la perfección con la escena y una elegante y fantástica fotografía por la que fue nominada al Oscar en 1962. Mi sorpresa, en realidad no me sorprende, es una forma de hablar, es que no fuese nominada a nada más. ¿Escocían sus críticas?


Nota: 9. Una perla más del grandísimo Billy Wilder, con unos diálogos acelerados que, seguro, son parte de las inspiraciones actuales del también grande Aaron Sorkin