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lunes, 16 de mayo de 2011

Cienfuegos III: Azabache - Alberto Vázquez Figueroa

Procedo a escribir la reseña de la tercera entrega de la serie Cienfuegos a punto de terminar la cuarta. Sí, señores, paso tanto tiempo yendo y viniendo de clase, que los libros de 250 páginas me duran dos días. Es lo que hay. Menos mal que los fines de semana los destino a Laura, cine y la 360, porque creo que si no... no ganaría para libros.



Esta reseña contiene spoilers de los dos libros anteriores (lo aclaro porque no quiero andar recordando qué apareció en cada uno).


El cabrero pelirrojo flotaba a la deriva  cuando fue hallado por una nave portuguesa, capitaneada por un repugnante e hijoputa tipejo con un «inmenso testículo del tamaño de un coco», que paga su ira con su atemorizada tripulación. Allí, una negra dahomeyana llamada Azava-Ulué-Ché-Ganvié, a la que acostumbran llamar Azabache, le pone en situación y le da una serie de consejos. Y entre pitos y flautas, tras librarse del yugo de tan esperpéntico capitán, el canario y la negra exploran juntos la masa continental de Sudamérica.

Como en las entregas previas, Azabache se centra en el recorrido de distintos pueblos e el conocimiento de diferentes costumbres y enfoques, combinando a las mil maravillas lo que se conoce históricamente con un conjunto de asunciones del autor. No obstante, donde va cambiando el libro —y cada vez más— es en la proporción que protagoniza el cabrero. Los capítulos de Ingrid son más y más abundantes. Sus capítulos carecen, en general, de la épica y la aventura de los de Cienfuegos, como es evidente, y se centran más en la parte sentimental de la novela; parte que, en realidad, nunca fue olvidada. De hecho, nunca dejo de preguntarme si es una novela de amor con aventuras, o una novela de aventuras con amor. Y es que este amor aparece pintado de forma tan apasionado, tan devorada, tan flamígera, que, personalmente, no sé hasta qué punto el autor quiso que fuese el centro de la obra o el eterno telón de fondo.

«A Nuevo Mundo, viejos vicios. Y aún peores»

He de admitir que la primera que leí estos libros lo tenía muy claro: Ingrid era relleno. Lo que importaba, y lo que molaba, era presenciar las aventuras y desventuras del cabrero en tierras salvajes y desconocidas; y aun en los capítulos de Ingrid, la chicha estaba en el temible espadachín de afilada lengua Alonso de Ojeda; ahora... no sé qué decir. En realidad, el amor descrito es tan exagerado que me aburre un poco, pero Ingrid expone sus pensamientos de forma tan delicada, tan... princesil, que esta vez no puedo evitar leerlo con cierta gracia.

Lo que sí quiero destacar, es que se rebaja un poco el ritmo... y le sienta muy bien, para mi absoluta sorpresa. Hay descripciones algo más detalladas, hay una cierta introspección en personajes secundarios importantes y se nos hace partícipes de sus anhelos e ideas, de sus secretos y desvelos. Esto cae como lluvias de verano, pues si bien considero que el ritmo endiablado es una gran baza, llega un momento en que todo lector quiere conocer a los personajes a los que examina desde su privilegiada posición. En estos tres libros hemos averiguado un par de cosillas de Ojeda, media docena de Juan de la Cosa y quizá una decena de Luis de Torres, Figueroa sólo nos detalla al cabrero y a Ingrid; pero ahora se empieza a notar un esfuerzo por darle color al mundo; por darle algo de profundidad a los personajes secundarios más importantes. El caso más destacado es, por supuesto, Azabache, a quien durante este libro conocemos en tanta o más profundidad que a ningún otro personaje presentado hasta la fecha; pero también se indaga un poco en el pasado de los viejos conocidos, como el cojo Bonifacio o el terrible León de Luna.


Nota: 9. Azabache me parece un libro prácticamente intachable, aunque lamentablemente, lo simple y exagerado de uno de los principales temas del libro, el amor eterno e inquebrantable que les une desde hace 7 largos años en los que nunca se han visto , me impide, moralmente, darle un 10 que le daría de otro modo.


Otras novelas de esta serie y otras reseñas del autor (en este caso coinciden plenamente):