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martes, 10 de mayo de 2011

Ciudad de Dios - Fernando Meirelles y Kátia Lund

«Nosotros llegamos a Ciudad de Dios esperando encontrar el paraíso. Muchas familias se habían quedado sin casa por las inundaciones o los incendios provocados por delincuentes en las favelas. La filosofía del gobierno entonces era la siguiente: ¿no tienen dónde vivir?, pues a Ciudad de Dios. Allí no había luz, ni asfalto, ni autobuses pero el gobierno de los ricos pasaba de nuestros problemas. Como ya he dicho, Ciudad de Dios quedaba muy lejos de la típica postal de Río de Janeiro.»

1960: Buscapé (Alexandre Rodrígues) es un niño criado en Ciudad de Dios. Su hermano mayor, Marreco, forma parte del Trío Ternura, un grupo de adolescentes que se dedican a realizar pequeños hurtos. El trío está formado por Cabeleira (Jonathan Haagensen), Alicate (Jefecharder Suplino) y Marreco (Renato de Souza). Con el Trío Ternura suele ir el hermano pequeño de Cabeleira,  Dadinho (Douglas Silva). 
Tras el frustrado atraco a un motel, el camino del trío se separa. Alicate abraza el sacerdocio, Marreco desaparece para siempre y Cabeleira muere tiroteado.  Para reflejar la muerte de Cabeleira, Ciudad de Dios se llena de periodistas y Buscapé decide a qué quiere dedicarse, quiere ser fotógrafo.





La película recorre tres décadas diferentes: los 60, 70 y 80. Desde el nacimiento de Ciudad de Dios, pasando por el descubrimiento el mercado de la cocaína hasta una guerra de bandas que marcará la favela para siempre.

Este es una película tan dura como interesante. No es fácil de ver pero merece la pena.

Tal vez lo más destacable sea la dirección. Fernando Meirelles y Kátia Lund hacen un gran trabajo, siguiendo claramente el estilo de Guy Ritchie. En las tomas no se ahorran nada. La historia se ambienta en un barrio violento, y violencia es lo que refleja. Consiguen el punto junto entre un excesivo realismo y la violencia gratuita.

La calidad de los actores es un tanto irregular.  Supongo que esto se debe a que muchos de ellos eran habitantes de las favelas y no eran actores profesionales. Sin embargo sí destacan los trabajos de los protagonistas. Tanto Alexandre Rodrígues como Douglas Silva.

El guión, que es una adaptación del libro homónimo de Paulo Lins, tiene puntos muy interesantes. Es ágil y entretenido. Que salte entre tres décadas ayuda a ver la evolución del barrio y de los hechos. El final es sorprendente y el desarrollo de los personajes fantástico. A pesar de la carencia de medios, estamos antes una buena obra.

Cosillas interesantes:
     Los raterillos son geniales, estad muy atentos a estos pequeños monstruitos.
     La forma en la que explica como escalar peldaños dentro del narcotráfico es muy amena.
     La naturalidad con la que habla de la corrupción, de la prensa, de los sobornos, la pobreza… es dura pero interesante.
     La cantidad de veces en las que el protagonista piensa que en Ciudad de Dios no compensa ser honrado.

El maquillaje, los peinados y el vestuario ayudan a situarnos en cada época. Cambian con las décadas y son una buena elección. Además ayudan a reflejar la suciedad y la pobreza de la que viven rodeados, o la opulencia de los pijos o los narcos.

La iluminación es acertada. Sobre todo los juegos de sombras y luces sobre los personajes negros, que son la mayoría.

La música abarca todos los estilos brasileños, adaptándose al entorno. Tenemos samba, cantautores, música disco… todos bien situados respecto a la escena.

Destaco de nuevo el buen trabajo que han hecho con tan poco presupuesto. Porque Ciudad de Dios es una buena película y muy recomendable. Desde luego deja en ridículo a las grandes producciones con millones de euros/dólares que nunca acaban de despegar. 

Curiosidades:
— Para grabar en las favelas el equipo tuvo que pactar con los narcos de la zona.
— Se llegaron a escribir doce borradores del guión.

 Nominaciones en los Oscar:
— Mejor dirección.
— Mejor montaje.
— Mejor guión adaptado.
— Mejor fotografía.

Nota: un ocho. Los actores amateur y la falta de medios se notan pero es una gran película muy interesante. Merece la pena darle una oportunidad.