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martes, 18 de junio de 2013

Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera - Kim Ki-duk

Nuestra amiga Irene me regaló esta película un día que la acompañé (¿o me acompañó?) al Media Markt. La verdad es que no recuerdo qué íbamos a a hacer allí, pero sí recuerdo que encontramos esa película muy barata y que me dijo «tienes que verla» y me la regaló en ese mismo momento. También recuerdo que me avisó: «pero cuando la veas, tiene que apetecerte verla». Y no sé, la dejé en la estantería buscando un momento apropiado. Ese momento, sin saber apenas de qué iba ni de cuál sería el estado de ánimo idóneo para verla. Decidí que ese momento había llegado seis meses después. Casi nada...
En esta portada están, al menos, el 90% de los elementos de la película.

5 estaciones, una vida

A lo largo de cinco estaciones, anticipadas en el título, asistimos a la vida de un monje, desde su niñez hasta su vejez. Cinco estaciones, cinco momentos vitales claramente diferenciados. El desarrollo es realmente predecible, pero no importa... Esa no es su liga. Primavera juega a ser un hermoso cuadro, a exprimir el ambiente, el paisaje, a exprimir a unos actores terriblemente contenidos y a ilustrar el budismo casi a modo introductorio.


Y está bien así. Ir a por más podría ser mera ambición. Una apuesta tan reducida puede encontrarse con un problema de cara al espectador, que puede no tener suficiente, es cierto; y puede que eso fuese a lo que se refiriese mi amiga con «tiene que apetecerte verla». Kim Ki-duk regala una película, sin duda, preciosa pero que puede ser difícil de disfrutar. Ritmo prácticamente nulo, acontecimientos previsibles (a veces adelantados dentro de la propia película) y la sensación de que todo es tan calmado como el propio paisaje natural.

El efecto de trabajar bien tras las cámaras

En cierto modo, esta película depende absolutamente del trabajo hecho tras las cámaras y en posproducción. Dudo que esta película se considerase buena por la historia que cuenta y la interpretación de los personajes. Esta película es la sencillez y la frialdad con la que está hilada, esa falta de pasión con la que suceden la mayor parte de las acciones, esa circularidad y anticipación del maestro, esos misteriosos elementos en el paisaje como las puertas diseminadas por todas partes, solas y descontextualizadas (supongo que será un elemento religioso del paisaje surcoreano y de los paisajes budistas en general, pero no conozco tanto), al pie de un lago o al pie de una cama, aunque no haya muro.

Pobre gato...

Kim Ki-duk sabe bien qué tiene que hacer y no se complica. Da lo que quiere (o tiene) que dar, y se despide con una escena, quizá algo más lenta que el resto, que cierra casi completamente el círculo, quizá una analogía de esa rueda del nacimiento, vida y reencarnación (aunque hay escenas donde este ciclo se explicita mejor). Quizá la película tiene su propio ciclo. Todo tiene su ciclo. ¿Será eso lo que quiso decir Ki-duk?


Nota: 8. Cinematográficamente un filme precioso. Alejáos, eso sí, todos los que odiéis mensaje religioso de fondo y las películas lentas (lentas de verdad, no hablo de El Padrino).