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viernes, 28 de junio de 2013

Malas tierras - Terrence Malick

Malas tierras es la opera prima del peculiar director estadounidense Terrence Malick, una película de corte sombrío, como le gustan a él, con gran importancia de paisaje y gran profundidad de personajes. Era el año 1973, Malick solo había dirigido un corto hasta el momento; pero parece que ya tenía claros los ingredientes del que un día sería su cine.


Una triste historia de amor

Malas tierras mezcla muchas cosas, pero quizá su cara más visible es la historia romántica que une a Holly (Sissy Spacek) con Kit (Martin Sheen). Esa unión, al fin y al cabo, es la que motivará gran parte (o no) de los acontecimientos venideros. En realidad, no sé si hay un detonante. Kit es un joven bastante violento y extremadamente impulsivo, al que no le tiembla la mano al descerrajar un tiro en el pecho de alguien.


Ante la negativa del padre de Holly, cuando Kit le pide que no ponga trabas a su romance con ella, lo mata. Así Kit, el psicópata caprichoso, y Holly, la sumisa enamorada, se dan a la fuga a través de Dakota del Sur y Montana, a través de las siempre vistosas badlands y de los inmensos campos que se pierden de vista en el horizonte.

Malick el cuentacuentos

A Malick no le gusta hablar más de lo necesario (el hombre que nunca ha concedido entrevistas y, hasta 2012, el hombre que había hecho 5 películas en 40 años, ahora parece que está en racha productiva) y parece que tampoco le gusta que lo hagan sus personajes. Parece gustarle, eso sí, que haya una voz en off que vaya hilando pequeñas cosas, sugiriendo detalles o conectando hilos. Pero gran parte de los hechos son insinuados en la propia imagen, como gritando «esto es cine, diantres, para verbalizarlo todo leed una novela», como la psicopatía de Kit. Podría tener otra cosa, pero sí se insinúa su enfermedad mental en cómo acomete sus matanzas, de forma absolutamente pasiva y, a veces, con cierto regusto.


La voz que nos cuenta cosas es la de Holly, así que de ella sí se dan algunas claves de forma explícita. Holly sabe que lo que hacen no está bien, pero parece aceptarlo todo por amor («Qué cosas hago por amor», que diría Jaime Lannister).

Malick evita juzgar a sus personajes. Las acciones se desarrollan ante la aparente neutralidad de la cámara. Es el espectador quien juzga a Kit, porque no parece que desde la cámara se le intente demonizar de ninguna manera. Los hechos pasan y los personajes reaccionan, siempre, una y otra vez en mitad del sosiego que transmiten esos paisajes rojizos y amarillentos tan amplios, tan vacíos, como un mar de matojos creciendo frágilmente sobre un suelo casi sin nutrientes.


Y ese es uno de los ingredientes fundamentales de Malick, en esta o o en cualquiera de sus película. El paisaje es soberbio y su forma de explotarlo es perfecta. Lo vasto de los campos y lo minúsculos que resultan Holly y Kit en comparación da una imagen de esa soledad que comparten, de esa distancia que necesitan mantener respecto a las fuerzas de la ley. Malick, además, juega mucho con el atardecer y la noche, que parece cautivar a Kit especialmente, que sale a ver cómo se pone el Sol y a disfrutar del espectáculo lunar. A pesar de todo, Kit es una persona.

 Los otros ingredientes de la sopa de Malick

Os decía que Malick tenía muchas cosas muy claras desde el principio, desde esta opera prima. El no explicar a sus personajes y que sean sus acciones las que deban ser evaluadas por el espectador es uno de ellos, sin duda. Malick es un poco distante con los personajes que crea. El importante papel del paisaje, siempre de belleza apabullante, la voz en off, el uso de la música (tan personal) y el fuego, la fotografía siempre preciosa, extrayendo lo mejor de la paleta de colores de la película y, sobre todo, aprovechando las distintas fuentes de luz (algo en lo que hará hincapié en casi todas sus películas), y una banda sonora que, aunque esta vez no brille como llega a hacer en otras películas, sí acompaña perfectamente a las escenas.


Malick es bueno en lo suyo y, más importante aún, se rodea de gente que es buena en lo que hace. Y qué ojo tuvo, la verdad, al darle el primer papel importante en cine a Sissy Spacek, que tres años después encarnaría a la inquietante Carrie.


Nota: 9. Malick se aprovecha de su yermo escenario para recrear una historia en la que los temas se cruzan y chocan, en la que hay amor e inquietud, violencia y ternura, cariño y desprecio. Todo ello sin caer nunca en el juicio ni perder las formas. Malick, un grande desde el primer momento.

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La delgada línea roja.