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miércoles, 26 de junio de 2013

El pianista - Roman Polanski

Aún no había visto El pianista, lo confieso. Lo cierto es que he visto pocas cosas de Polanski, aunque Un dios salvaje me animó a tenerlo en consideración más veces. Supongo que la película que nos ocupa no cayó antes porque dura dos horas y media y Laura ya la había visto, lo que reducía drásticamente su probabilidad de acabar girando en el lector. Pero, al fin, acabó haciéndolo.



Solo

Vladek Szpilman es un pianista polaco y judío. Vive en Varsovia... y se avecina una muy mala época para él y sus allegados. Cuando se inician las deportaciones, unos amigos del pianista consiguen sacarlo de la marea humana que se dirige a los trenes, lo que permite a Vladek quedarse en Varsovia, completamente solo y escondido durante años.

Polanski crea una película de soledad. Vladek se va viendo con personas que apoyan su causa, que lo mueven de un piso a otro y le piden que no haga ruido, pero nunca se pierde esa sensación de terrible soledad. Vladek, que muchas veces solo tiene trato con personas unos minutos a la semana cuando le traen la comida. Los problemas de Vladek son problemas de individuo. La situación en la que vive, rodeado del fragor de las bombas, de la desesperación constante de que un filonazi pueda encontrarlo, del hambre que siempre lo amenaza, de las enfermedades que lo encontrarán solo y sin medicamentos...


Pobre, pobre Vladek.

Adrien Brody por Roman Polanski

El señor Brody se llevó un Oscar al mejor actor protagonista por su papel en esta película, aunque admito que me pasé gran parte del filme preguntándome por qué. Cumple con creces, es verdad; tiene un buen papel, pero es bastante limitado. Adrien Brody transmite tristeza con facilidad. Pero la verdad es que según nos adentrábamos en el último tercio de la película, su tristeza era ya tan absoluta, tan completa, había pasado por tantísimas cosas y había mantenido tan bien el tipo que dejó de escamarme su premio. Adrien Brody realiza un trabajo fantástico, un relato entero de tristeza y soledad, de cansancio, enfermedad y penuria en el que caben algunas sorpresas.


Y es que Polanski sabe exprimir al máximo algunas escenas. Casi todo los comentarios que he leído en internet recuerdan el momento en que Szpilman toca la Balada n.º1 de Chopin para un oficial alemán. Solos. Frágil uno e imponente el otro, pero amo y señor Vladek al volver a estar sentado ante el teclado blanquinegro de un piano.

Pero quizá mis momentos favoritos de la película sean momentos de caminata. Uno, un paseo a través de una de las calles por las que acababa de pasar poco antes de que lo salvasen de la deportación, cuando pasa entre los cadáveres. La otra, más impactante si cabe, cuando sale a un barrio de Varsovia completamente arrasado y ruinoso, y Polanski nos enseña a Brody como una pequeña sombra negra entre todos los edificios destrozados (fue la imagen elegida como portada para muchas de las ediciones de la película, por cierto).


Nota: 8,5. Polanski construye una historia sobre la soledad y sobre lo que precede al Holocausto, un relato muy humano, ameno y doloroso,  suavizado con una banda sonora impresionante (de clásicos, por supuesto). Imprescindible. Del año, por cierto, en el que Chicago se alzó con el Oscar a la Mejor Película en lengua inglesa. Lo que hay que ver.

Otras películas de Polanski:
Un dios salvaje.