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martes, 18 de diciembre de 2012

Homeland (2ª temporada) - Showtime

La segunda temporada de Homeland no es exactamente lo que uno podría esperarse tras haber visto la primera. De hecho parece ser que hay críticos que han visto con muy malos ojos el cambio de estilo y de ritmo y están poniendo la serie a caldo. En opinión de los redactores de este blog, la temporada ha sido tan trepidante, tan contundente y tan atrevida, que los pequeños errores lógicos (a veces no tan pequeños, pero nada que destruya el curso del capítulo) y los cambios, que puedan no ser del gusto de todo el mundo, quedan completamente ocultos bajo todo lo bueno que la serie de Showtime ha traído consigo este año.


Muchos, muchos cambios

La primera temporada, como muchos sabréis partía de la duda de si el sargento Brody (Damian Lewis), desaparecido durante años en Irak, dado por muerto, y recién rescatado y transportado a Estados Unidos era un terrorista al servicio de Abu Nazir (Navid Negahban), un terrorista musulmán. Casi toda la temporada jugó con la duda, más razonable unas veces y más paranoica otras, encabezada casi siempre por Carrie Mathison (Claire Danes), una miembro de la CIA.

Esa primera temporada jugó, durante casi todo el tiempo, con la duda, incluso con la duda del espectador, al que iban dándole detalles, al que le iban desgranando poco a poco los secretos de Brody pero muy calmadamente, sin mojarse, sin desvelar el pastel, dejando durante mucho tiempo la posibilidad abierta de que ese pastel, esa tarta, fuese mentira. Hasta que el espectador supo, por mucho que la señorita Mathison todavía no tuviese pruebas concluyentes, que el sargento Brody sí era un terrorista infiltrado, un soldado estadounidense reconvertido y preparado para la acción, para obedecer a esa figura en la sombra que es Abu Nazir.

Los últimos momentos de la temporada, que podrían haber dado para uno de los finales más impactantes y asombrosos de estos años, aunque finalmente decidieron que mejor no, quizá para seguir con la serie y con su éxito o quizá porque sería un final un poco duro de emitir (sobre todo tratándose de un tema al que muchos son tan sensibles como el terrorismo), dejaban un hito difícil de volver a alcanzar en términos de tensión para los espectadores. La escena, y la impresionante credibilidad de Damian Lewis habían conseguido que el momento fuese inolvidable, angustiante. Horrible. Los que hayáis visto la primera temporada sabréis de qué hablo.

Tras este momento, de un modo u otro, la serie tenía que cambiar. Aquel arranque lentísimo (demasiado lento, en mi opinión) y demasiado salpicado de «desnudos de Baccarin» (que muchas veces parecían momentos-excusa), se hacía inconcebible para la segunda. Ya se conocía a los personajes, ya se conocía el gran secreto, ¿con qué iban a salirse los guionistas entonces?

Este año incluso Dana tiene una subtrama propia.

Y la gran baza esgrimida fue el ritmo. Y es que ya en el tercer capítulo la CIA tiene las pruebas de lo que iba a hacer Brody al final de la primera temporada, aquel vídeo que había grabado como explicación, como razón, como reconocimiento. Ahí está. El gran pastel. La seria iba de eso. ¿Y ahora? Ya han soltado la gran piedra y parece que a este momentazo, que a este pico dramático tiene que sucederle obligatoriamente una caída. Pero no. Eso no entraba en los planes de los señores Gansa, Gordon y Raff, y es que la temporada subió y subió sus propias cotas en una escalada que casi parecía suicida; suicida de verdad. Rizando siempre el rizo y preparándose para un salto de fe tras otro. Y, milagrosamente, salió airosa. Homeland se cargó sus tramas una tras otras, algunas volvieron de algún modo, otras se fortalecieron y otras desaparecieron para siempre. Y salió airosa. Impresionante.

¿Demasiados cambios?

Y es que parece que no todo el mundo está conforme, según me enteré gracias a Miss MacGuffin. Es normal, que conste, porque la serie ha cambiado mucho desde aquellos lentos compases que ayudaron a darle forma en un principio. Para mí, sin ninguna duda, la serie ha salido ganando. Quizá sea una de esas veces en las que la propia sorpresa se come la verdadera calidad, y un revisionado desmitifique por completo las buenas sensaciones que me reportó la temporada, pero creo que ese valor, ese modo tan osado de tratar la herencia de la serie se merece un respeto. No ha sido un cambio de guionistas el que ha propiciado un nuevo enfoque, ni siquiera hay dicha limpieza total de fondo. Es inesperado, sencillamente. Era imprevisible por completo ese tratamiento de Abu Nazir, de Brody, de la relación tan tensa que hay entre David Estes y Saul Berenson. Era casi impensable que la serie escalase cotas cada vez más altas. Hubo media docena de momentos que en casi cualquier otra serie habrían sido fantásticos finales de temporada, y aquí eran a lo sumo el final de un capítulo cualquiera. Y a veces ni eso, como la muerte del vicepresidente de los Estados Unidos.



Ese ritmo imparable, que conste, tiene sus puntos malos y es que algunas de las decisiones y de los hechos sí resultan algo difíciles de creer. En el capítulo 11, de hecho, se concatenan varios seguidos que, pese a lo grandioso del momento, de la gran trama que están contando, ahogan bastante el resultado global de la escena. ¿De verdad no vieron el pasillo secreto en sucesivos repasos de los túneles y Carrie lo ve a la primera? ¿De verdad exploran la nueva vía entre dos, alejados del resto del grupo? ¿De verdad entran allí hablando con casi total tranquilidad? ¿De verdad, de verdad, de verdad? Pero sacando esas pequeñas manchas puntuales, la temporada es una completa delicia, un producto dispuesto a enganchar a los espectadores y a mantenerles con el corazón en un puño capítulo tras capítulo, sorpresa tras sorpresa y golpe tras golpe.


Trepidante hasta el final

Si algo caracterizó a esta temporada fue su ritmo bestial, sus atrevidas sorpresas y la facilidad con la que creaban material. Y uno de los grandes miedos, de los míos al menos, era que el final de temporada cayese en uno de esos manchones ilógicos como el que os comentaba del capítulo 11, empañanando una temporada que, sinceramente, había sido magnífica.

Pero, grosso modo, el capítulo cumplió con creces. Mantuvo su ritmo, mantuvo sus sorpresas (algunas directamente increíbles, pero no ilógicas) y permitió que algunos actores se luciesen como nunca (Mandy Patinkin se marca una actuación colosal tan solo con su forma de hablar por teléfono), aprovechó para hacer un poco de limpieza (no creo que fuese el único que creía que Estes ya no daba para más) y consiguió que su hora y cinco minutos no resultase excesiva. Pero no todo fue oro, la verdad. Una escena en concreto, eso sí, se me ha grabado como uno de los momentos más olvidables de la temporada, una escena en la que Peter Quinn (Rupert Friend) tiene una conversación con su jefe digna de un cómic de súper héroes bastante mediocre: «I'm the guy who kills bad guys» y demás. Tan predecible una vez que empieza la conversación y tan «hay que salvar a Brody de alguna manera del embrollo que hemos montado», que en el mejor de los casos se puede catalogar de decepcionante.

Peter Quinn, del que tras una temporada entera seguimos sin saber nada.

Como ya he dicho, casi toda la temporada ha tenido momentos puntuales que han resultado bastante absurdos y decepcionantes, y parece que hay quien se ha centrado en ellos y ha sido incapaz de disfrutar la serie. Personalmente creo que Homeland ha mantenido el tipo capítulo tras capítulo a pesar de los pequeños errores, y que su forma de mostrar las tramas, de hacer avanzar la serie contra viento y marea, de no guardarse los ases como oro en paño para una historia que, de otro modo, podría haber dado perfectamente para otra temporada, bien se merece la disculpa de los pequeños, y absurdos, puntos negros.



Nota: 9. Temporadaza casi de principio y fin, afeada puntualmente por unas escenas de lógica dudosa, pero que se encuentra, sin duda, entre lo mejor del otoño.


Otras temporadas de Homeland.
Primera.