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martes, 21 de febrero de 2012

99 francos - Jan Kounen


99 francos es una película francesa basada en un libro compatriota que se titulaba originalmente «99 francs» pero que llegó a nuestro país bajo el título de «13,99€».

Frédéric Beigbeder escribió 13,99€ bajo una estructura si no recuerdo mal, que es un libro que debo de haber prestado y que ahora no localizo, de capítulos titulados: Yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos. En la película de Kounen, con Dujardin al frente del reparto, la estructura se mantiene. El pronombre correspondiente aparece en pantalla anunciando el inicio de cada capítulo.
Si alguien espera una exhaustiva comparación con la novela, puede dar media vuelta. A decir verdad no recuerdo gran cosa de ella, así que me centraré en la película. Únicamente.


99 francos (el título del libro se tradujo, pero el de la peli no. En serio.) es una película caótica y provocadora. Dura 100 minutos, y le sobran unos cuantos. A veces cae en una provocación casi infantilmente enrabietada y otras en algo toscamente soez... pero otras veces, muchas veces, cae en una mordacidad despiadada y en una náusea arrogante y elegantemente planteada.

La última cena por el reparto de 99 francos.

La película nos presenta a Octave Parengo, un creativo de una importante agencia publicitaria que lleva una vida de decadencia llena de putas y drogas. Octave es engreído y arrogante, o cree que debe serlo y lo interpreta. Es algo que no me queda del todo claro. Octave interpreta el papel que se espera de él, porque si no lo hace no será respetado como creativo. En cualquier caso, harto de que gente que no tiene ni idea le diga cómo ha de hacer su trabajo... se rebela.  Hasta ahí. El resto ya es destripar la peli sin ganar nada a cambio.

«Cuando va al dentista no le dice cómo debe hacer su trabajo. Aquí igual, debe confiar en nosotros.»

99 francos es una perfecta mezcla de comedia y crítica, de atrevimiento y tragedia. Lo cierto es que si no llego a haber leído el libro (que mal o bien, algo recordaba) no habría sabido por dónde me iba a salir en ningún momento. La película es errática y, por momentos, algo confusa, lo que ayuda a situarse en el mundo de arrogancia y estupefacientes en el que habita Octave. Es el mundo de la publicidad, todo y nada es verdad. Todo es humo y voluntad.

«Soy quien decide qué querrá usted mañana.»

Dujardin hace un trabajo estupendo, a decir verdad. El peinado engominado hacia atrás, las gafas de pasta, esa actitud de asquerosa superioridad,  de divina arrogancia. Sucio y elegante, y asqueroso y desquiciado y adicto. Pero qué carismático es el francés este.  Jocelyn  Quivrin, que murió en 2009 en un accidente de tráfico con 30 años, interpreta a su amigo y director artístico, un infantilizado alternativo, rebuscado que se pasa el día buscando vídeos chungos por internet. Por último, la preciosa Vahina Giocante hace de la voluptuosa Sophie, una delicia de mujer y de desnudo, un personaje interesante —algo frivolizado por momentos (pero un mal necesario para que la película no se extienda más allá de sus 100 minutos)—.

Preciosa Vahina Giocante, preciosa Sophie.

La forma de grabar la película es extraña, aunque difícilmente podría ser más adecuada. Pronto, ya en los primeros minutos, Jan Kounen ha creado el estilo de la película. Es tan exagerado y extraño que en las primeras escenas ya ha dejado claro que apuesta por un estilo de videoclip lleno de voces en off, de vídeos de fondo, de mezclas de cosas que están pasando y cosas que no.


Momentos:
—El inicio: por un lado con el cartel publicitario de «Les produits petrochimiques français», con la playa y la pareja abrazada en la arena y esa isleña arboleda a la derecha. Pero no el inicio de por sí, si no por el final alternativo de la película, que da coherencia (si es que se le puede llamar así, que me parece un poco arriesgado) a este inicio, y un pequeño nuevo giro. Por otro lado con la caída. Ya tenemos los dos principios. Y los dos finales. Una delicia de doble círculo. En serio.
—Los reflejos de Octave (Dujardin) en el espejo, cuando se trata del propio Beigbeder. ¡Gracias, Maxime, por la información!
—El momento drogadicción máxima que da término al capítulo «yo», con varios Octave en un supermercado, rayas y rayas de coca y el cristo volador y...
—El anuncio danés de la chocolatina y la intromisión de Octave Parango. Aquí ya ha caído en la más absoluta perdición.
—Pues no era el momento de drogadicción máxima, que os lo habíais creído: el momento de drogadicción máxima con Octave al volante y viendo dibujos animados. Ese es mucho más máximo. Y mejor.
—El anuncio en directo. Grande. No digo nada más.


El final.
Reconozco que mi concepto de final es el primero. Yo daba la película por cerrada. El anuncio final podía echarse igual, podía construirse de otra manera, pero el segundo final, que ocupa los 10 últimos minutos de película no me satisface. Demasiado alegre para el tono oscuro, sucio y autodestructivo que ha tenido toda la película, sencillamente. Aunque ese pequeño guiño a La delgada línea roja y el volver a encontrarnos a la hermosa Sophie (con su vástago, por cierto) le quitan un poco de malignidad al asunto.


Nota 7: la película está bien. Tiene un gusto demasiado notable por las escenas desagradables, por los efectos de las drogas y por lo chabacano, pero sin perder de vista la intención crítica de la historia. Irradia acidez y odio, que es lo que se pretendía y, de vez en cuando, destila un humor de color entre gris oscuro y negro dependiendo del momento. Personalmente, a pesar de sus carencias y de sus considerables fallos, me parece una película bastante recomendable para los que quieren ver una película... diferente. O retorcida.