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jueves, 2 de agosto de 2012

The Shield (1ª temporada) - FX


Mi primer intento de ver esta serie fue hace bastante tiempo. Sé que vi un capítulo y medio y la dejé. Aguantar la voz del actual Homer Simpson en boca de aquel titán corrupto y despiadado que era Vic Mackey me hastiaba. No, en serio, ¿en qué brillante mente pareció una buena idea poner a Carlos Ysbert haciendo de Mackey? El caso es que en este nuevo visionado, ahora en inglés, la serie me ha enganchado como pocas.


The Shield (The Shield: al margen de la ley en España) es una serie de corte policial en la que la línea que separa lo bueno de lo malo está difuminada al máximo. La serie se centra en la comisaría de Farmington y los casos que resuelven sus agentes. Por un lado tenemos al equipo de asalto, al corrupto y violento Vic Mackey, fiel defensor de que «el fin lo justifica todo» y de que si además puedes hacer un buen dinero pues tanto mejor, y a sus secuaces: Shane Vendrell (Walton Goggins), Curtis 'Lem' Lemansky (Kenny Johnson) y Ronnie Gardocki (David Rees Snell). Por otro tenemos a los agentes Julien Lowe y Danni Sofer; por otro a los detectives Claudette Wyms y Holland 'Dutch' Wagenbach y por último al capitán de la comisaría, David Aceveda.

Una historia de personajes


La primera temporada de The Shield nos presenta una historia de casos sueltos en los que el gran nexo de unión que nos permite ir siguiendo el entrecapitulado son las relaciones entre los personajes y la progresiva descripción de los mismos. En ocasiones el caso es poco más que una excusa para esto, el criminal es solo el desencadenante para los policías, para mostrarnos sus formas de pensar, de actuar y de relacionarse con el mundo del crimen e incluso con el resto de sus compañeros de comisaría.

Vic Mackey (Michael Chiklis) es el ejemplo de policía corrupto dispuesto a todo. Amenaza, apaliza, somete, humilla, roba y pacta; moviéndose sobre arenas movedizas mientras mantiene el patio más o menos controlado, limitado por su propia violencia y por los contactos en los bajos fondos. Su equipo es leal hasta la médula; poco avispados, todo sea dicho, pero leales hasta el final. Corola a este personaje (protagonista indiscutible de la serie) su relación con su familia, completa y compleja. Vic vive muy alejado de casa debido a sus «horas extras» relacionándose con traficantes varios y atando todos los cabos posibles para que nunca los pillen; el hecho de que uno de sus hijos tenga autismo es un duro lastre, una tensión añadida a la de no estar apenas presente. Vic mantiene, también, una fuerte tensión con Aceveda, que está harto de los evidentes tejemanejes que su «mejor hombre», en cuanto a capturas se refiere, parece traerse siempre entre manos. Cada capítulo que pasa, además, Vic parece ir minando la fría confianza inicial que Claudette Wyms parece tener en todos los trabajadores de la comisaría.

El resto de personajes, si bien es cierto que no están tan detallados como este, tienen todos sus puntos: tenemos al capitán Aceveda (Benito Martínez), un hombre íntegro que se ve ¿obligado? a mantener a raya su integridad por su carrera política; tenemos a Julien (Michael Jace), un gay ultracatólico que lucha entre el deseo y lo que considera que es correcto, a Dutch (Jay Karnes) obsesionado con los asesinos en serie y algo descolocado del escenario debido a que piensa demasiado a lo grande, a Claudette (CCH Pounder) y su fría eficiencia con su actitud de tía dura y a Danni (Catherine Dent), que tiene un cierto problema de dependencia constante.

Y Connie, la puta heroinómana con un hijo. Connie es un personaje raro y sorprendente. Es raro cómo llega a la historia, es rara su relación con Vic y, en general, todo lo que la rodea es raro. Pero menudo trabajo más impecable de Jamie Anne Allman, qué desesperación transmite.

La delgada línea gris


Hay una línea gris que separa el blanco del negro. Esta línea suele ser bastante delgada, a veces se anchea un poco, pero en general sabemos cuándo algo es bueno y cuándo algo es malo en una serie de televisión. En The Wire esa línea, a veces, es tan ancha que los buenos y los malos son conceptos completamente ambiguos (Hamsterdam, por ejemplo). The Shield también estira mucho esa línea, la convierte en una gigantesca área que separa el blanco del negro, puntos que, en realidad, apenas existen. Que sí, que hay unos personajes que tienden más al negro que otros —esto es demasiado evidente para discutirlo—, que Mackey y los suyos son unos hijoputas terribles, que se pasan pueblos; pero la serie juega en todo momento con la alternativa, con dejar a las bandas a su aire.


Mac y los suyos tienen claro que lo que hacen estará bien mientras el bien conseguido sea mayor que el mal que causan y las leyes que incumplen. Esto, a veces, queda un poco en entre dicho, puede que en gris, sí, pero ya en un gris muy oscuro (por ejemplo cuando manipulan pruebas para autoexculparse, poniendo en problemas a otros policías). El caso es que más claro o más oscuro, el equipo de asalto nunca juega en el lado blanco y nunca ha llegado a ser completamente negro. Han estirado la delgada línea gris todo cuanto han podido. Y les ha salido bien.

El resto de policías se adentra en la línea gris con pies cautos. Amenazas o un poco de imposición física pero dentro de algo que podríamos «aceptar» como normal. A veces se precipitan, alguna vez se pasan, pero muy lejos de ese gris oscuro, aprovechado y un poco vil, del equipo de asalto.

Más y más rápido


La serie lo tiene clarísimo. Lo que importa aquí es el ritmo. Estructura de procedimental, cámara al hombro muy móvil, apariencia sencilla —de grabación corriente, con acercamientos temblequeantes y muy rápidos para captar primeros planos; casi de grabación casera—; carreras, tiros, asaltos tácticos en casas y callejones; diálogos poco recargados que suelen ir al meollo del asunto, entre los que destacan los de las relaciones más tensas entre los policías y algunos (pocos) de los interrogatorios —que tienen una fama enorme pero muchos de ellos me parecieron bastante típicos—. The Shield no quiere permitir que te aburras en ningún momento, no quiere permitir que pienses en nada más. Mientras ves The Shield, ves The Shield, piensas The Shield y vives The Shield. Porque no te dan tiempo a más. La serie corre y no te espera.

La serie es rápida porque la acción es rápida, la escena transcurre a toda velocidad entre las carreras de los policías y los reflejos con que reaccionan a lo que encuentran. A veces tan rápidos como para reaccionar pero no lo suficiente como para detenerse a tiempo. Era necesario que la cámara transmitiese esa velocidad despiadada para que el espectador se identificase con la situación, con lo fácil que es apretar un gatillo y lo difícil que es detenerse ante la duda (todo jugador de shooters sabe que, a veces, los reflejos son unos viles traidores). La serie es rápida porque los diálogos van a la carga, en vanguardia; porque son estomacales y los participantes muchas veces tienen los nervios a flor de piel. Porque son duros, directos y concisos. Y se recrudecen con el paso de los capítulos.

La serie es rápida porque cuando aún no han resuelto un caso, otros tres les han estallado en las narices. Porque si una trama parece estar decayendo pronto hay otras que toman el peso del capítulo a su espalda. ¿Que un interrogatorio se atranca? No importa. Mac estará corriendo detrás de alguien, Claudette se estará acercando terrible, temiblemente a algún sitio... No sé qué, pero os aseguro que si parece que el ritmo decae, Ryan Shawn y los suyos no dejarán que sea durante mucho tiempo.


Esa es la clave de esta serie. Ritmo, ritmo, ritmo. Ritmo ante todo y sobre todos. Acompañado, además, de una banda sonora de impresión con mucho tema rápido y súper contundente con Ill Niño, Cage y Monster Magnet, y alguna que otra canción más tranquila para algunos inicios y finales de capítulo. Una banda sonora impresionante que tiene su propia entrada en la Wikipedia inglesa.

The Shield y sus autolimitaciones


The Shield es ritmo puro, y el ritmo no lo es todo. The Shield está limitada por ser como es. Por ser quien es. No le importa, es verdad; y no creo que a sus espectadores les importe. Esta serie no pretende ser el titán de las series de policías que es The Wire, no pretende enseñar todas las caras a un tiempo ni asombrar con decepciones y frustraciones. En la comisaría de Farmington el mal tiene un enemigo, y los policías ganan, a veces mejor y a veces peor, pero ganan; y no con victorias discutibles y pobres como otros. En The Shield hay verdaderos vencedores y vencidos.

Por esto mismo, a The Shield le falta algo para mi gusto. Quizá el frío desencanto, la tristeza irradiada de fondo de su gran competidora. Es verdad que aquí hay una tristeza muy presente en los barrios bajos, en el personaje de Connie, en Vic Mackey... pero no está de fondo. La tristeza te da de hostias igual que la acción. En The Shield nada se insinúa, lo que se quiera expresar se saca en primer plano y te escupe en un ojo. Reconozco que es parte del encanto de la serie y que no es necesariamente peor que otras soluciones, pero a mí me parece que quita importancia al fondo de la pantalla. Y es una lástima.


Nota: 8,5. La primera temporada de The Shield, con su estructura procedimental perversa, es un producto disfrutable como pocos, directo, violento y trepidante. Y es un must see indiscutible.


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