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jueves, 14 de noviembre de 2013

Skyrim - Bethesda

Las notas de la prensa especializada en videojuegos siempre van al alza. Es algo que se sabe. Uno puede deducir que si un juego tiene entre un 8 y un 10, seguramente sea bueno. Pero que el 8 es el 6 de una película en Filmaffinity. Esto es así. Según nos acercamos al 10 uno deja de saber qué valoración real corresponde al producto. A estas dudas (Skyrim siempre se mueve entre el 9 y el 10) hay que sumar mi difícil relación con los juegos de Bethesda, que siempre me parecen potencialmente geniales y al final me resultan tediosos. Admito que agarré Skyrim con muchas, muchas dudas.

Jugué algo más de 170 horas y no tengo la menor idea de qué porcentaje llevo del juego ni tampoco me importa demasiado; sencillamente, me veo en disposición de hacer una reseña sincera y meticulosa.


Primeras impresiones

Si algo me llamó la atención originalmente de este juego fue su banda sonora. Empezar Skyrim es llevarse el impacto de escuchar la canción del menú principal, que también será la que acompañe algunos momentos de los más épicos del juego.

A esto habría que añadir el inicio de la historia, con unos efectos de sonido muy cuidados y envolventes, en una secuencia como espectador (en la que solo permiten mover la cámara) en la que se presentan a unos cuantos personajes, de los que cabe destacar a Ulfric Capa de la Tormenta, el líder de la rebelión independentista de Skyrim. El tema es que vamos a ser decapitados por no se sabe muy bien qué, pero un dragón aparece en el último momento (Skyrim empieza poniéndolo todo en el asador) permitiéndonos escapar. «Y así comienza nuestra historia», que diría Theresa en Fable II.

Dicen que si no te mueves no te ven, así que quietecito, verdugo... ¿Coló?

A grandes rasgos, admito que para este punto (habrían pasado unos 30 minutos), Bethesda me había ganado como jugador. Sin horrores mecánicos como el WATS, un buen control de cámaras, unos gráficos tirando a realistas y terriblemente cuidados, unos paisajes muy trabajados, un doblaje al castellano aceptable y, según creía en aquel momento, un aceptable sistema de combate. Disculpadme... ¡es que era mago!

En la primera hora de juego me convencí, casi, de que sí me encontraba ante un juego sobresaliente. Sobresaliente de verdad. Y estaba encantado. Pero...

Empiezan los problemas

Skyrim tiene muchos problemas y algunos son de una gravedad aterradora. Para empezar, sus cuantiosos bugs. En este juego hay muchos. Muchos, muchos. Si uno no actualiza y juega solo con el original en 360 (yo no tengo la consola conectada a internet por sistema y tengo que moverla para dejar que se actualice) es un esperpento. Casi todos los juegos tienen algún problemilla y no suelo cebarme en este tema, pero es que lo de Skyrim es terrorífico: misiones que no pueden completarse, personajes que no aparecen o que no son quienes tienen que ser, puertas que no se abren, objetos que desaparecen, hechos que no suceden en el orden previsto por los programadores haciendo que se bloqueen las misiones, puntos en los que el personaje se precipita al vacío (como al entrar en una casa o corriendo entre las rocas), personajes que se quedan desnudos para siempre (bueno, en ropa interior, que ya sabemos que no se pueden ver pezones en los videojuegos)... Guau, chicos. Comprendo que hacer un juego taaan extenso como Skyrim pueda ser un tema peliagudo, pero yo habría preferido un producto más modesto bien rematado que este saco enorme al que se le sale la sal por las costuras. Sinceramente. Por suerte, las expansiones arreglan algunos de estos defectos (los más graves, quizá) aunque muchos otros permanecen.

Por si estos fallos de funcionamiento no fuesen ya un problema (lo son, y bastante grande); el juego se cala ocasionalmente mientras uno corre por el exterior. Es curioso, nunca me pasó en una ciudad o en un dungeon, pero en terreno abierto tuve quizá unos quince cuelgues (eso sí, en las más de 170 horas de juego que llevo hasta el momento).

Aprovecha para disfrutar del paisaje... ¡el juego podría calarse en cualquier momento!

Cabe destacar también que un juego que pretender encontrar su fuerza en sus argumentos (que son cientos y casi todos bastante interesantes), es un problema que al final cada pequeña subtrama dé la sensación de ser un episodio de Los Simpsons. Solo hay una cosa que se pase de un capítulo a otro: la muerte de un personaje. Si alguien muere, muere. Pero como jugadores podemos arrasar un pueblo que si pagamos la multa podemos convertirnos en el héroe de este; podemos llevar a la sexyvampira de la expansión en nuestras misiones como un acompañante más, incluso en misiones de supuestos enemigos de los vampiros, etc. En ese aspecto, es cierto que Skyrim nos presenta muchas historias, pero lo hace casi más como una película en la que tomamos decisiones puntuales y nos movemos por un argumento ya absolutamente prefijado, que como una partida de rol en la que nuestras decisiones ayudan a dibujar el mundo.

Por si esto no fuese suficiente... el sistema de combate cuerpo a cuerpo del juego de Bethesda es soso y aburrido. Tanto el lanzamiento de conjuros como el combate a distancia está bastante bien, pero el combate a leñazos es una cosa aburrida-aburrida. No es un «error del juego» evidentemente, pero es un problema para una gran franja de personajes.

No os preocupéis, ya solo me queda una queja más: la historia principal. Skyrim, un clásico de los Elder Scrolls, tiene misiones de gremio, misiones secundarias y misiones. Las secundarias son normalitas, las de los daedra y los gremios son geniales y las principales son... sosas. Las misiones de los gremios son tan interesantes que la historia en que se centra el juego parece una película de sobremesa. En el tiempo que llevo jugado apenas avancé la mitad de la trama principal, y solo gracia a que las últimas 6 horas fueron un paseo debido a que tenía demasiado nivel de haber hecho todos los gremios y las misiones de daedra y, en realidad, cualquier cosa que me hubiera salido al paso... y es que la historia principal no resulta atractiva, no es interesante... y no es divertida. Mal.

Habiendo rarísimas misiones daédricas... ¿a quién le va a importar si se es o no el sangre de dragón?

Descubrimientos

Por todo lo expuesto, opino firmemente que Skyrim no puede ser un juego 10. Ni siquiera un 9. Skyrim hace aguas, gélidas, preciosas y con tesoros ocultos, sí; pero aguas. El juego tiene, sin duda, muchas cosas buenas y es un buen juego. ¿Qué es para mí lo mejor de Skyrim?

Las misiones de gremio, que siempre empiezan con historias bastante insulsas pero se van complicando y enrevesando con cada personaje implicado hasta resultar, todas ellas, muy interesantes; el desarrollo de la guerra civil entre los Capas de la Tormenta y el Imperio aliado con esa panda de nazis elfos que son los Thalmor; ir encontrándose gritos escritos en las paredes (aunque la mayoría no se usen nunca, ni siquiera para probarlos); los extraños personajes que son los daedra y sus alocadas aventuras; las localizaciones no señalizadas en el mapa que tienen sorpresas; los diarios y sus retorcidas misiones, las misteriosas máscaras de sacerdote dragón... Hay muchas cosas que funcionan muy bien, que son divertidas, interesantes y adictivas, pero es una lástima que un montón de pequeños problemas y un saco considerable de bugs empañen el juego de esa manera. Si Bethesda no es capaz de hacer a derechas un juego para un jugador, ¿de verdad no os llena de pavor imaginar cómo va a ser su MMO?

Las máscaras son un concepto interesante, aunque la verdad es que solo me encontré un par de ellas.


Nota: 7,5. Skyrim da muchas cosas como nadie y es un juego terriblemente adictivo, pero tiene muchos puntos negros (muchos, demasiados) como para ser un juego 10 o acercarse demasiado siquiera. ¿Lo recomiendo? Sin ninguna duda. Es divertido, épico (a veces cae en el ridículo, como ese momento en que matas a los dragones mientras tomas el café y chateas en FB —¡¡Mal!!— o te pules a dioses o héroes casi-legendarios sin dejarles siquiera tener una acción), tiene unos graficazos y una de las bandas sonoras más espectaculares que os podáis echar a la cara.