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martes, 19 de febrero de 2013

Vida de Pi - Ang Lee

Esperaba mucho y poco de La vida de Pi, si os digo la verdad. Esperaba mucho en un terreno puramente técnico de autocomplacencia y onanismo visual (como Avatar); pero esperaba muy poco de su capacidad para introducir en la historia, de cautivar, de emocionar (véase... no sé, Avatar). Nunca he leído el libro de Yann Martel y no tengo claro que esa lectura pudiera gustarme, pero la película me ha parecido un digno y precioso espectáculo salpicado de misticismos, de una teología de salón (tempestuoso, eso sí), que encajan a la perfección y constituyen un todo perfectamente homogéneo en el que Ang Lee se mueve a sus anchas. Falla, no obstante, en su regreso a la realidad, una realidad que Ang Lee despacha con dos patadas mal dadas.


Pi(scine) Molitor Patel

Pi es un indio con una vida... peculiar. Extraordinaria, sin duda, en el sentido más neutro de la palabra. Pi nace en un zoológico en India y tiene una infancia marcada por la similar sonoridad entre la palabra francesa «piscine» (piscina) y la inglesa «pissing». Y ahí saca el primer ¿milagro? de Pi, cuando escribe varias pizarras llenas de decimales de Pi, para que dejen de llamarle «Pissing» y le llamen Pi. Y desde entonces se suceden los hechos, las divinidades y los «milagros». El principal, supongo que muchos lo sabréis, es la supervivencia de Pi en un naufragio que lo deja sin familia. El único superviviente, aparte de un puñado de animales: una cebra, un orangután, una maligna hiena y un tigre llamado Richard Parker por un error burocrático.

Eso es la película, ese viaje onírico. Pi empieza contándonos su vida para contextualizar y que podamos interpretar de algún modo ese viaje a través del océano en un bote salvavidas, para que podamos entender —o creer que entendemos— ese viaje inaceptable, esa historia inconcebible.



Pero cómo no creer, cómo no dejar maravillarse por el colorido, por esa fotografía surrealista y chillona, por la animación de ese carismático y poderoso tigre y por esos planos rarísimos, por esa velocidad anómala de algunas escenas, sin necesidad de acelerar ni de ralentizar la imagen, anómala en su velocidad real. Impresionante.

Un viaje para los sentidos

Esa es la gran apuesta de Lee para la película. Quizá esta sea la mejor forma de exportar la historia de la novela de Martel, pero lo cierto es que la historia solo sirve como guía para la imagen. Esta es una película que experimenta, fundamentalmente con la vista y el oído, que se mueve más por sensaciones y acercamientos a los dioses que por la lógica o por el discurso argumental en sí.



Tanto es así que... y aquí viene un spoiler de los que hacen historia, que conste, que cuando en la película despachan la otra versión de los hechos, lo hacen sin ganas, de forma algo decepcionante. Es efectiva y llega al espectador, concedo eso; pero no le da la oportunidad de elegir. Es injusto. Pi es injusto en su narración y Lee es injusto llevándola a la pantalla. «¿Qué historia prefieres?», osa preguntar Pi. ¡¡Pero si una la has despachado en 10 minutos, en plano fijo (casi), de un hombre hablando desde una camilla de hospital!! Es como si la película te timase. Por supuesto que mola más la historia del tigre y la hiena que la del cocinero, pero es porque en ningún momento quieren dejarte que puedas valorar la historia del cocinero.

Un compañero de trabajo, apasionado cinéfilo, lanzó una pregunta al aire e hizo que, encima, me rallase más al respecto. ¿Hasta qué punto esto es un tijeretazo de producción? Gérard Depardieu figura en los créditos y tiene, en toda la película, una escena de aproximadamente 40 segundos. Intensa, sí; pero solo esa breve escena. Todo parecería más redondo, más creíble, si nos ofreciesen una visión, aunque fuese abreviada, de los hechos humanos, una visión del maligno cocinero y su presencia en el bote, de cómo se deshace de todo el mundo hasta que el tigre (Pi) lo mata, hasta que se deshace de esa sucia hiena francesa.


Pese a todo me parece una buena película, pero sí que me dejó con una cierta sensación de abandono en sus momentos finales. Desconozco, reitero, qué parte de todo esto se debe al material original de Yann Martel, pero me gustaría haber podido elegir, me gustaría haber podido ver un poquito más a Depardieu en la piel del monstruo y me gustaría haber visto un poco más de la historia humana que subyacía a esa fábula que nos cuenta Piscine Molitor Patel.


Nota: 8. Una buena película y una delicia sensorial. Quizá le falte algo más de cercanía para poder dejarse llevar del todo por la película, y algo más de crudeza para que la triste historia de Pi nos deje tocar fondo con él en los peores momentos; pero nos encontramos ante una preciosa y efectiva fábula sobre la búsqueda de Dios, los milagros y el valor (o la falta de valor) de lo que consideramos «verdad». o «Verdad», ya puestos.