Hombres de armas - Terry Pratchett
La guardia nocturna de Ankh-Morpork ha crecido con la incorporación de reclutas de las minorías étnicas de la ciudad y Samuel Vimes, por su parte, está a punto de casarse con lady Sybil Ramkin. No obstante, durante esos días también se producen una serie de asesinatos sin relación aparente y se roba un objeto misterioso del museo del Gremio de asesinos de la ciudad: el «devolver» («gonne» en el inglés original).
Las incorporaciones de la Guardia Nocturna
Adoro cómo escribe Pratchett y, en general, me encantan casi todos los personajes importantes que crea: los protagonistas de muchas novelas, como la Muerte, las Brujas, Rincewind y los Guardias, y otros más secundarios como Vetinari, Dosflores y Escurridizo. No obstante, siempre sentí cierta predilección por las novelas de la Guardia. Supongo que soy el público perfecto para el carácter amargo, cansado y realista de Vimes… sobre todo cuando se contrapone con la inocencia bondadosa de Zanahoria.
En Hombres de armas, la Guardia que conocimos en ¡Guardias! ¿Guardias! ha crecido con un pequeño grupo de reclutas con los que se pretende dar reflejo a las minorías étnicas de la ciudad: los trols, cuyo representante es Detritus; los enanos, que son representados por Cuddy, porque por alguna razón Zanahoria no es un buen representante enano, y las mujeres, más o menos, mediante la resolutiva Angua.
Aunque puede parecer un grupo de personajes importantes ya considerable, pues se unen a los guardias que ya conocemos (Vimes, Colon, Nobbs y Zanahoria), Pratchett los gestiona bien y les da a todos momentos interesantes, emotivos e intensos. En mi opinión no todos los nuevos funcionan igual de bien y puede que incluso Pratchett opinase lo mismo de Cuddy, por cómo se desenvuelve la historia, pero sus escenas también funcionan de forma adecuada.
La magia en el Disco
Me gusta especialmente cómo la magia es tan variada en este universo en el que conviven magos y brujas, que tienen poderes distintos; dioses, factores narrativos, elfos y, ahora también, objetos de poder.
No recuerdo que Pratchett les dé ese nombre, pero el devolver ejerce un influjo perverso y oscuro sobre quienes lo portan o están demasiado cerca de él. Quizá sea solo la corrupción del poder, la posibilidad de decidir quién vive y quién muere con un pequeño movimiento del dedo índice, pero el autor lo explota de forma muy interesante y muestra cómo algunos personajes ceden ante ese poder… que de algún modo sentimos que nadie debería poseer. Me recuerda, por momentos, al influjo del Anillo Único.
Aunque normalmente rechazo a los personajes tan luminosos que no se ven afectados por lo que parece dominar las emociones y deseos de todos los demás, es muy difícil enfadarse en Hombres de armas, porque Zanahoria siempre se presentó como pura luz. En cualquier caso, Pratchett lo conduce a enfrentase con algunas decisiones difíciles en estas páginas y el fornido Fundidordehierroson puede sorprender en ciertos momentos… sean amorosos o filosóficos.
Zanahoria y Vimes
Si bien seguimos al cabo Zanahoria durante muchas páginas, esta novela da mucho espacio, y desarrollo, a Samuel Vimes… quien tiende a comerse las escenas. Hay algo en la actitud de Vimes, en sus diálogos y en sus ideas que resulta enormemente atractivo. Supongo que contribuye a esto que Hombres de armas sea la novela en la que articula la teoría de las botas:
La razón porque los ricos eran ricos, razonaba Vimes, era que se las arreglaban para gastar menos dinero. Tomemos el caso de las botas, por ejemplo. Él ganaba treinta y ocho dólares al mes más complementos. Un par de botas de cuero realmente buenas costaba cincuenta dólares. Pero un par de botas, las que aguantaban más o menos bien durante una o dos estaciones y luego empezaban a llenarse de agua en cuanto cedía el cartón, costaban alrededor de diez dólares. Aquella era la clase de botas que Vimes compraba siempre, y las llevaba hasta que las suelas se quedaban tan delgadas que le era posible saber en qué lugar de Ankh-Morpork se encontraba durante una noche de niebla solo por el tacto de los adoquines. Pero el asunto era que las botas realmente buenas duraban años y años. Un hombre que podía permitirse gastar cincuenta dólares disponía de un par de botas que seguirían manteniéndole los pies secos dentro de diez años, mientras que un pobre solo podía permitirse comprar botas baratas se habría gastado cien dólares en botas durante el mismo tiempo y seguiría teniendo los pies mojados.
Conclusión
Es una novela a la que resulta casi imposible pedirle más. Es la segunda vez que la leo y, aunque mi maravilloso recuerdo de la primera lectura estaba ya muy borroso, me ha quedado claro que nada era infundado: es graciosa, inteligente y elegante; tiene buenos personajes y sabe cuándo darles más espacio y cuándo retirarlos porque no tienen más que aportar; y, encima, tiene a Samuel Vimes como oscuro economista teórico. ¡Librazo!
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