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lunes, 30 de marzo de 2009

- Míralos. Tristes e incapaces, huesudos y atezados, bajos y peludos. Patéticos seres intentando vislumbrar cómo funciona el mundo. Contempla el torpe movimiento de sus dedos como si tuviesen miedo de manejar los hilos. Su mente no está preparada para entender el Poder que pueden llegar a desatar, su cuerpo no está preparado para soportarlo. Son débiles y estúpidos. Ni fuerza, ni esencia; nada se les da bien.

Y míralos bien, porque los mejores adivinadores coinciden en que se volverán peligrosos; no sé cómo, pero las mismas conjeturas por distintos adivinadores no pueden ser casuales. Se volverán una plaga y sustituirán su piel por una más dura y brillante, nos mirarán desde la profundidad de ojos negros y arrasarán la tierra en su desmedido auge. Sin control, sin mesura, y es que ni siquiera entonces dejarán de ser estúpidos. Se volverán insectos, Orzzoda, y arrasarán el mar y los campos, se convertirán en un virus que sorberá y minará la salud del planeta, poco a poco, hasta que muera convertido en un esqueleto vacío, en un cúmulo de desiertos que asomarán entre el inhabitable azul salado.

En mala hora firmamos un tratado con ellos. ¿Y ahora qué? ¿Lo violamos, arriesgándonos a la ira de la Dadora y de nuestros sacerdotes? Impensable. Estallaría una guerra interna que nos devoraría y eliminaría. Me pregunto si, sin habérselo planteado siquiera, estos pequeños e inútiles parásitos habrán dado la primera palada para nuestra tumba.