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jueves, 20 de abril de 2017

Los miserables - Victor Hugo

Esta es la primera entrada de una serie de publicaciones sobre Los miserables. En ella hablaré de la novela de Víctor Hugo; en la próxima, de la adaptación musical y de su versión cinematográfica de 2012; en la siguiente, de la música en particular; y en la última, de las diferencias argumentales entre novela y musical y de cómo cómo afectan al enfoque de la trama y al diseño de personajes.

Portada del libro, usando una ilustración de Émile Bayard, quien ilustró la versión original de Los miserables. El resto de imágenes de esta entrada son del mismo autor.

La primera vez que me acerqué a Los miserables fue con la adaptación cinematográfica del musical y ya entonces me atrapó su historia. Pero mi amor por la vida de Valjean se fue labrando con el tiempo: cada vez que veía la película (y fueron unas cuantas), ponía en YouTube Do you hear the people sing o escuchaba la banda sonora en Spotify, me gustaba un poco más. Después, fui a ver el musical a Londres y mi relación Los miserables dio un paso de gigante: me encantaba. Eso me hizo llegar a las páginas de la novela de Víctor Hugo en calidad de adorador.

Deseo destacar también que contra la costumbre de esta página, desgranaré algunos detalles del argumento de forma bastante exhaustiva, por lo que si no conocéis la historia y odiáis los spoilers, es mejor que no sigáis.

Personas, pueblo y sociedad

Desde un punto de vista estructural, esta novela se divide en cinco tomos: Fantine (que introduce el proceso redentor de Valjean), Cosette (que presenta a la pequeña hija de Fantine y cuenta cómo es adoptada por Valjean), Marius (que se centra en dicho personaje y en todo lo que le rodea: el abuelo, burgués y realista; el padre, veterano coronel napoleónico; los amigos del ABC…), El idilio de la calle Plumet y la epopeya de la calle Saint-Denis (cuando surge el amor entre Marius y Cosette) y Jean Valjean (en el que se desata la revuelta insurgente y se culminan las tramas de los distintos personajes).

Los miserables no se narra como una novela al uso. El texto de Hugo no siempre sigue a sus personajes de cerca. A veces es íntimo con ellos y se explaya en sus pasiones, pero otras sobrevuela un contexto social o histórico bastante alejado. Así, por ejemplo, empieza con una extensísima presentación del obispo de Digne, el motor primero de la redención de Valjean; más tarde dedica otro muy generoso bloque al auge y caída de Napoleón como anticipo a la dicotomía sociopolítica de la Francia de la época; y en otros momentos dedica un buen puñado de páginas a describir el sistema de alcantarillado de París a lo largo de la historia o a hablar del despilfarro frente a la pobreza.

«Se ha calculado que en salvas, cortesías reales y militares (…), etc., el mundo civilizado gasta en pólvora, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil tiros de cañón inútiles. A seis francos el tiro, importan novecientos mil francos al día, trescientos millones al año, que se convierten en humo. Esto no es más que un detalle. Entretanto, los pobres se mueren de hambre.»

Valjean es el personaje principal y casi todo lo que pasa le afecta en mayor o menor medida. Los distintos elementos de Los miserables están muy entrelazados, pero generalmente en torno o a través de él.

Valjean, uno entre los miserables

El obispo de Digne es presentado como la luz, como un santo: da lo que tiene a los pobres, tiene fe en Dios y en las personas, y su puerta siempre está abierta, no importa cuándo, no importa a quién. El obispo es la esperanza, un espíritu angélico y paternal dispuesto a levantar siempre al caído. Valjean es, entonces, un presidiario que ha pasado diecinueve años en trabajos forzados por robar un poco de pan para alimentar a los hijos de su hermana e intentar huir sucesivas veces de prisión. Durante todo este tiempo ha cosechado un gran talento para la huida, una fuerza descomunal y un enemigo, el policía Javert.

«Jean Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma, yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.»

Tras su liberación, la obligación de enseñar la documentación de presidiario dificulta la vida de Valjean, que acaba robando la plata al obispo que lo acoge en su casa. Capturado poco después por unos guardias, afirma que monseñor se la ha regalado, y este, cuando le preguntan, apoya la versión del ladrón. Asegura la libertad de Valjean y compra con esa plata su alma. El expresidiario aún se ve arrastrado a la oscuridad por la costumbre y los años de condena, pero ahora tiene la figura del buen obispo para aferrarse, su luz lo guía en la oscuridad. Pero Hugo, sabiendo que siempre una cosa destaca más entre su opuesta, define esa luz desde la oscuridad; dibuja pequeñas manchas que ayudan a destacar la virtud. La perfección no existe, y el camino de Valjean, aunque lo acerca a ella, está salpicado de sombras, como el egoísmo de querer para sí a Cosette o las dudas de si librarse de la mirada de la justicia dejando caer en sus garras a otra persona.Aunque casi todo rodee o pase por Valjean, Hugo define a unos personajes muy ricos que, en general, comparten un rasgo: la miseria. La novela tiene un escenario y un toque deprimente y oscuro. Los personajes parecen abocados al desastre y al sufrimiento de forma constante.

La tierna Fantine, la madre abnegada que debe hacer de todo para mantener a Cosette, su hija, a cargo de los villanos y siempre pobres Thénardier, entonces infames posaderos. La propia Cosette, una niña esclavizada. Los amigos del ABC, entregados a la fatalidad de buscar la igualdad en una tierra de clases despiadadas. Marius, que malvive y sacrifica todo para honrar a su padre y se encuentra con lo indigno que parece hacerlo. El pobre Gavroche, simpático granuja callejero, producto genético de los Thénardier, pero no hijo; sus hermanas Éponine y Azelma Thénardier, condenadas a la oscura vida de crimen de sus padres; o sus dos hermanos pequeños, casi tan abandonados como el pobre Gavroche. Javert, un ser sencillo entregado a una visión dicotómica de la justicia que es su único apoyo. El señor Guillenormand, burgués realista incapaz de comprender la visión política de su nieto, pero desesperado por mantener su cariño… Quizá los únicos sin salvación y sin matices sean los Thénardier y su banda de matones, meros villanos pese al ocasional intento de explicación por parte del propio señor Thénardier.

Pero si vamos un paso, y solo uno, más allá, Hugo también nos habla de las miserias de Napoleón, de los convencionales, de la Revolución Francesa, de los religiosos, de las clases sociales que poblaban las calles de París, de la pobreza y la justicia… El lienzo de la novela es grande, y el pincel de Hugo es casi siempre igual de oscuro.

«No tenía casa, ni pan, ni lumbre ni amor; pero estaba contento porque era libre.»

La oscura ciudad de la luz

Pese a ese sufrimiento y esa miseria a la que somete a los personajes, Hugo destila amor por París y los parisinos. Sean aspectos positivos o negativos, ensalza lo que considera representativo de esta ciudad y sus gentes. En lo que a Los miserables respecta, Grecia tuvo su Atenas, como la Europa de finales del XVIII y principios del XIX tuvo su París.

Esto, que podría aplicarse a todo en mayor o menor medida, resulta más claro cuando se acerca la revuelta. El ánimo se caldea en las calles uniendo al pueblo en torno a la figura del general Lamarque. La narración insiste en las diferencias entre revuelta y motín y dignifica la revolución.

Enjolras, líder de los amigos del ABC, es descrito como un ángel: es hermoso, carismático, honrado y noble hasta el fin. Entre quienes lo siguen hay un poco de todo: unos comparten sus ideas (como Courfeyrac, que encarna la filosofía de la revolución) y otros lo siguen atraídos por su carisma a pesar de opinar diferente (como Grantaire). Los amigos del ABC anhelan los principios de la revolución: «libertad, igualdad, fraternidad» y están dispuestos a matar y morir por ellos. No importa que el apoyo popular vaya cayendo ante el miedo al ejército y ante el dolor de los disparos; los insurgentes son la luz del cambio.

«Era severo en sus alegrías y bajaba castamente los ojos ante todo lo que no era la República. Era el enamorado de mármol de la libertad. Su palabra tenía cierta áspera inspiración y la vibración de un himno.»

Por otra parte, la aplicación férrea de la justicia, o más bien de la ley, personada en Javert, es tratada como algo negativo. Javert, tan fiel a la ley, es injusto. El policía divide los hechos en legales (buenos) e ilegales (malos) con pasmosa facilidad. No importan las razones, no hay atenuantes ni redenciones posibles. Esa ley se convierte en una oscuridad agobiante mientras los robos de los pequeños granujas y las personalidades falsas de un Valjean que alimenta a un pueblo son tratadas con cierto aprecio, y la resistencia, incluso la violenta, a las fuerzas de un gobierno equivocado son la luz.

Épica sobre el amor

A pesar de que la segunda mitad de la novela tiene un estilo bastante más realista que la primera, con toda esa información sobre el 89 y el 93, sobre la batalla de Waterloo y la extrema pobreza de las clases más desfavorecidas de París en 1830, Los miserables tiene un componente romántico muy fuerte en el que las pasiones de los personajes son los ejes que lo determinan y mueven todo. La realidad descrita, salvo en esos pasajes más de contexto, como el de Waterloo, está muy filtrada por los ojos de los personajes y procesada por sus sentimientos.

Esas pasiones pueden ser enfocadas siempre desde el amor. Los personajes de Los miserables son muy entregados a sus respectivas causas y realizan sacrificios de todo tipo por aquello que aman.

Valjean muestra su devoción por Cosette, pero tambien en su constante búsqueda de la redención: perdona los errores de los demás, evita los comportamientos incorrectos (que le surgen, pero se esfuerza en pulirlos) e intenta proteger y extender el bien a quienes le rodean; lo que a su vez despierta amor sobre él: como el amor del agradecimiento de Fauchelevent, o el amor final de Fantine o de Marius, una vez sobrepuestos a sus recelos iniciales.

Cosette responde a Valjean con una adoración filial, hasta que descubre el amor romántico por Marius en su adolescencia, al que se entrega con tanta fuerza como con la que le corresponde él, tanta como la que antes el barón Pontmercy dedicaba a su no conocido padre, por el que se había alejado de su abuelo Guillenormand y los realistas. Quizá Marius ame también los conceptos de justicia social, república e igualdad, pero incluso en ese caso, lo hace por el efecto de la sombra del padre y no con la plena convicción de los Amigos del ABC.

«Basta una sonrisa vislumbrada bajo un sombrero de crespón blanco con adornos de lilas para que el alma entre en el palacio de los sueños.»

Enjolras, el ángel frío y ardiente a un tiempo, entregado y dispuesto a todo por los principios de la Revolución, solo tiene un amor: la República Francesa. Enjolras aprecia sin duda a sus hermanos, pero lo hace como un medio para el fin que es traer la igualdad a las gentes de París, para tapar el foso que separa a los nobles de los pobres, aunque sabe que para ello habrá que hacer sacrificios. Muchos de sus seguidores sienten un amor fraternal entre sí y rozan el filial por Enjolras, que es para ellos el faro que el obispo de Digne es al principio de la novela para Valjean.

Javert está definido por su amor a la ley, merecedor casi de ese «Qué cosas hago por amor» que popularizó Jaime Lannister. Javert vive casi por y para la ley, no conoce ni respeta nada más. No entiende de circunstancias, carece de empatía y no cree necesitarla. Es una bestia fría al servicio del código penal. Con el paso de las páginas se ve acuciado por interrogantes similares a los que asaltan a Valjean poco después de dejar al obispo. Eso, especialmente bien tratado en el musical, del que ya hablaremos, da lugar a dos escenas de cambio casi opuestas. Valjean es vencido por la confianza que depositan en él y decide seguir la luz del obispo; Javert se ve superado por sus dudas, derrotado su amor por la ley, y decide seguir el oscuro curso del Sena.

«Lo ideal, para Javert, no era ser humano, ser grande, ser sublime; era ser irreprochable.»

El obispo ama así a Dios, como Grantaire a Enjolras, como este a Francia, como Cosette y Marius se aman mutuamente y como Javert ama a la ley. Todos aman con locura. Todos hablan con la misma pasión de aquello que les importa, sea del alma, la fe o Dios; de un padre, una hija o una amada; o de Francia y sus gentes.

Los miserables es el resultado del encuentro de esos amores, del choque de esas pasiones; es el producto de unos personajes que se buscan y se encuentran, que chocan y se matan, mientras Jean Valjean se lava el alma, Marius y Cosette se aman, y los amigos del ABC intentan devolver los ideales a las calles de París. El lienzo de Hugo resulta muy lúgubre, pero así, entre toda esa oscuridad, las pequeñas luces destacan más. Y entre todo ese amor, es fácil verse arrastrado con ellos.