miércoles 4 de enero de 2012

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas - Haruki Murakami

Admitiendo mi ignorancia, diré que hasta hace un mes, aproximadamente, no había oído hablar nunca del señor Murakami ni de su obra, aunque juraría que «Tokio blues» —como título de algo— me sonaba. De pronto, en cambio, salió en una conversación con uno de mis profesores sobre «libros que se deberían leer» y al cabo de unos días me trajo este. Así descubrí a Murakami.


Y el descubrimiento difícilmente pudo ser mejor.

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas presenta dos historias alternas, dos mundos que, al principio, parecen completamente escindidos, pero que, desde luego, no lo están: los capítulos impares se sitúan en El despiadado país de las maravillas y los pares en El fin del mundo; y los personajes, punto importante, tanto protagonistas como secundarios, carecen de nombre: son el científico, la bibliotecaria, etc.


En El despiadado país de las maravillas el protagonista es un «calculador», que recibe una buena oferta de trabajo y aunque es muy extraña, el contratante es un científico muy raro y el ambiente que lo rodea a todo posee un toquecillo inquietante, la acepta. Inquietante, por cierto, hasta el punto de que se plantea que en el subsuelo habitan unas criaturas predadoras llamadas «tinieblos».

Aquí existen dos facciones: el Sistema y la Factoría. El Sistema es el gobierno, es la ley y el orden. «Son los buenos», dice el protagonista sin nombre en algún momento, aunque Murakami se esfuerza de verdad en que solo parezcan facciones neutrales. La Factoría es el adversario del Sistema, son caóticamente metódicos —para evitar que se puedan prevenir sus acciones—, aplicados, inteligentes y eficaces. Son los semióticos... y molan un capazo. Así de simple. Unos villanos fantásticos.

Esta parte tiene un interesante aire de ciencia ficción, mucha conversación sobre neurología y sobre el efecto de la tecnología en la gente, en sus vidas y en el orden de la sociedad.


En El fin del mundo el protagonista es un lector de sueños. Como a todos los habitantes que «llegan» al fin del mundo, una ciudad perfecta en la que todo tiene una explicación, se lo despoja de su sombra, que es la que guarda sus recuerdos y su corazón. Es necesario que esto sea así. El lector de sueños lleva a cabo su trabajo en la biblioteca, leyendo los sueños de otras personas, que se almacenan en los cráneos de las bestias que viven domesticadas al lado de la ciudad.

Este lugar consta de una ciudad amurallada que es cruzada por un río. Extramuros, pero pegado a la ciudad está el redil de las bestias. Las sombras permanecen recluidas hasta que mueren en la plaza de las sombras, custodiadas por El Guardián, la única persona que emplea la violencia o que puede llegar a albergar ciertos malos deseos. El resto del escenario es absolutamente bucólico y distópicamente feliz. Hola otra vez, señor Huxley.

Esta parte tiene un interesante aire de fantasía, mucha reflexión algo intimista sobre el alma (el corazón), la memoria... y la identidad de las sombras, así como de la definición de la persona, del individuo, como el conjunto de genotipo más experiencia, concretado en forma de recuerdos.


La narración es muy minuciosa y detallista. A veces, tal vez, en un ligero exceso; no obstante no llega a resultar cansina ni a saturar. En general es precisa, tal vez de forma algo exagerado en cuanto a las horas. Las extrañas teorías pseudocientíficas del libro (por supuesto, esto se centra más en El despiadado país de las maravillas) se explican casi todas, unas en mayor y otras en menor detalle; hasta un punto agradablemente cifi, sin caer en enormes parrafadas ni detalles técnicos. Un poco de ciencia, un poco de fantasía, lo mezclamos bien, ¡y ahí lo tenemos! Por lo demás, salvo una curiosa forma de tratar el sexo (el libro transmite una extraña obsesión por el pene, mucho más que por cualquier otra cosa, de hecho... bueno, tal vez la soledad esté a la par; sí, la soledad y el pene son los temas más recurrentes) todo resulta muy evocador. Me encanta, en concreto, el tratamiento sentimental (¿asentimental, quizá?) del protagonista, cómo se nos acerca a su extraña forma de ver el mundo, a su parcial modo de verlo. Desde el pánico ante los tinieblas, su interés por las gordas, su —a grandes rasgos— apatía vital y su facilidad de comprensión de cosas que, en esencia, lo superan. Fantástico. De verdad que sí.

A partir de aquí desvelaré detalles del argumento bastante avanzado, bajo vuestra cuenta y riesgo queda:
Uno puede suponer más o menos rápidamente que los dos protagonistas, que esos sujetos que hablan en primera persona, son el mismo ser. O partes de un mismo ser, al menos. Aunque esta idea se me ocurrió en torno al primer tercio del libro, la verdad es que no lo tenía tan claro como para darlo por sentado. Esto se corresponde con la descripción del mundo consciente (el país de las maravillas) y del mundo inconsciente (el fin del mundo) del mismo individuo. La primera constatación evidente se produce, creo yo, cuando el calculador informa de que la contraseña para entrar en trance y hacer el shuffling es «El fin del mundo».
Murakami hace un gran esfuerzo (y su traductora, Lourdes Porta, también) por diferenciar las partes, para que una sea mucho más organizada y metódica que la otra. El país de las maravillas es frío y artificial, pero es mecánico y constante. Los personajes, a decir verdad, me parecen más deshumanizados en ese lado 'consciente'; pero en el otro todo, aunque las cosas funcionan y no quede nada al aire o al azar, el funcionamiento es caótico, está mal hecho. «Lo hizo un mago».
Tal vez uno de los mayores aciertos de la novela sea jugar, pues, con la figura del demiurgo. El fin del mundo, al fin y al cabo, es su subconsciente; es falso... pero es real. Le ha dado vida y, en realidad, se lo ha dado todo. Inconscientemente le ha dado «lógica» (se requiere mucho valor para decir que le ha dado lógica, pero bueno, hagamos como que sí). Una vez que sabemos eso, presenciar cómo se desenrolla la historia ante nuestros ojos, como los personajes que avanzaban a tientas empiezan a encontrar caminos sólidos que seguir... es una absoluta delicia.


Y aunque no creo que esto sea demasiado habitual en un libro, os dejo el tráiler, publicado por Tusquets (que fue quien lo trajo a España) en Vimeo:


Si os gusta la lectura, anotad el nombre de la editorial, porque ya le gustaría a muchas otras editoriales nacionales hacer un trabajo tan bueno. Los libros de Tusquets son caros, es cierto, pero leerlos es un placer.


Nota: 9. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es una obra original y magníficamente construida. Y os la recomiendo encarecidamente.

3 comentarios:

  1. Si te gusta este autor te puedo prestar Sputnik, mi amor, que es súper cortito pero a mi me gustó mucho. Típico libro ida de olla que solo pretende entretenerte un rato y cumple muy bien su función. Lo que yo denomino libros de leer en el bus

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  2. ¿No me jodas que nunca habías oído hablar de Murakami? Esto es un paren rotativas en toda regla !!! xD

    Recomendación 1Q84

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  3. Ya, Andrés, ya; la verdad es que en cuanto me hablaron de él e investigué un poquillo vi que era algo más que un «pequeño conocido». Pero bueno, ya he puesto remedio al asunto, ¿no? :D

    Anoto las dos recomendaciones y me guardo el as en la manga, Antía ;). Primero quiero acabar con El nombre del viento, que me está encantando.

    Un saludo y, ya puestos, feliz año a ambos.

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