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lunes, 21 de junio de 2010

Italo

Corría a través del mar de callejones de Margin III, en el borde del Círculo Interior, una de las colonias compartidas por humanos y parahumanos. Hasta hacía escasos minutos, el chico había estado violando a dos jovencitas que, seguramente, no tenían la mayoría de edad estándar. Él tampoco la tenía, pero no le importaba. No le importaba nada. Nadie le decía qué hacer y qué no. Cuando quería algo, se hacía con él. Aunque eso le causase algún que otro problemilla con los reguladores de la ley, como ahora, que se veía obligado a huir de la Seguridad del Círculo, un cuerpo policial compuesto en gran parte por parahumanos especialmente diseñados para su trabajo: eran más fuertes, más rápidos y más resistentes que los archaeosapiens. «Como no llegue rápido al tranporte, estoy jodido», pensó.

Sólo tenía 16 años y muchas ganas de vivir sus esperados 150 años de la forma más resultona posible. Nadie iba a perseguirlo fuera del sistema por violar a un par de parahumanas. Era perfectamente consciente. Aquellas aberraciones habían conseguido la independencia de unas cuantas colonias, cierto; pero nunca conseguirían el apoyo de los sangrepura, de los Antiguos. Poco lo separaba del transporte. Cada vez lo tenía más cerca. Dobló la esquina.

Dos hombres embutidos en sus armaduras pesadas lo encañonaban con con unas Roma de 16 milímetros.
- ¡Quieto, Italo! —dijo una de ellos bajo el visor blindado de su casco.
- Mierda, joder —masculló el adolescente alzando las manos vacías.
- De rodillas, hijo de la gr...

Algo cruzó el cielo a velocidad pasmosa, rodeado del aura de fuego de haber atravesado la atmósfera. Todas las miradas se desviaron hacia allí. Italo barajó la posibilidad de huir, pero no lo tendría nada fácil y un disparo por la espalda tendría muchas oportunidades de darle. «Piensa, piensa...».

La masa se acercaba con demasiada rapidez.
- ¿Es una aeronave? —preguntó la otra voz de los cuerpos de seguridad.
- Demasiado grande, salvo que sea una B... —contestó el que había hablado con Italo, que volvió a concentrar su atención en el muchacho.
- Una B en atmósfera, por los dioses, espero que no...

Y, de repente, el flamígero objeto se detuvo.
- Oh, no te vas a creer esto...
Italo observaba el cielo con la mirada desencajada. El que no le quitaba la vista de encima se permitió un segundo de vacilación y miró el cielo, en el que una enorme masa casi esférica de la que colgaban unos brazos largos como convoyes de transporte estaba suspendida sobre el centro de la ciudad.
- ¿Pero qué cojones es eso?

Italo se lanzó hacia delante y pegó un fuerte rodillazo en la corva del sorprendido guardia y aprovechando su sorpresa le arrancó el arma de las manos. A bocajarro disparó tres veces contra el casco del otro, que se giraba rápidamente hacia él. El primero intentaba levantarse del suelo mientras buscaba su cuchillo, aunque un disparo en el brazo lo disuadió de intentar alzarlo. Probablemente ninguno tuviese heridas de gravedad, pero un dolor agudo en el brazo y un par de brechas en la cabeza seguro que sí tenían.

Italo echó a correr alejándose del monstruo y de su nave, «¡joder, la nave!». No importaba, nada importaba. Corrió por su vida, camuflado entre toda la masa que huía tan rápido como podía. A su espalda, la titánica criatura derriba edificios como si fueran castillos de naipes y aplastaba los cazas que salían a su encuentro. Aunque cada vez estaba más baja, más cerca del suelo. "Corre, corre", pensaba Italo sintiendo la presión casi insoportable en su pecho de su corazón asfixiado, de sus músculos solicitando un descanso que no se podía permitir darles.

El suelo tembló un instante, probablemente la criatura hubiera impactado al fin, a su ínfima velocidad. ¿Cuánto pesaría la criatura para producir aquel efecto? Una terrible onda tiró a Italo al suelo, que se levantó con arañazos en las manos y la cara, medio arrastrándose entre el resto de caídos, pasándoles por encima. Gritos de dolor y pánico más cercanos reimpulsaron sus músculos. «Por favor, dioses, nunca os pido nada, pero si estáis ahí, dejadme encontrar una nave, por favor...».

Italo siguió corriendo un buen rato hasta encontrarse solo fuera de la ciudad. Volvió un instante la vista atrás: ya no se veía la criatura que habría caído víctima de los ataques de la Seguridad del Círculo y del ejército. Italo no podía casi respirar y la polvareda que se levantaba desde el lugar del desastre no se lo facilitaba. No tenía ni puta idea de qué coño era aquello, cierto, pero, desde luego, le había salvado la vida. O, al menos, había hecho que siguiese siendo libre.

- Brindo por ello —dijo para sí sacándose la petaca metálica que siempre llevaba en el bolsillo de dentro de la chaqueta— y por las parahumanas, que bien buenas estaban.

Italo sería un hijoputa, sí; pero era un hijoputa con suerte.