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domingo, 6 de junio de 2010

El superviviente

El capellán se acercó a la enfermería horas después. Álvaro, con gesto cansado, estaba repantingado en uno de los sillones. El superviviente seguía tirado, inmóvil, en la camilla.
- Deberías descansar, Álvaro.
El médico pareció evaluar la situación y consciente de que un pequeño descanso le vendría bien, aceptó.
- Volveré en una o dos horas.
- Aquí estaré —respondió el capellán.
- Si el equipo da pitido, vaya a avisarme.
- Así será.
«La conversación tendrá que esperar», pensó el capellán.

- ¿Qué tal está? —pregunto el capellán señalando al enfermo cuando volvió Álvaro.
- Bien... bueno, está débil, pero está muy bien contando el tiempo que pasó en el traje de supervivencia.
- ¿Para cuánto tiempo están pensados?
- Dos días... pueden aguantar tres, pero no al mismo nivel. Cuatro es, sin duda, forzar demasiado. Aunque esté vivo, a saber cómo se encuentra anímicamente.
- ¿Cuándo se despertará?
- Solo los dioses lo saben. A nosotros ya nos avisará el pitido del instrumental cuando empiece a mostrar signos...

El capellán tomó asiento.
- ¿Te envió Virginia? —le preguntó Álvaro.
- No —sonrió él—, he venido por mi propia cuenta y riesgo. Un superviviente, ningún resto de la nave. Extraño, ¿verdad?
- ¿Insinúa algo?
- Supongo que lo que todos pensamos.
El médico lo miró sin comprender. Tal vez negándose a ello.
- Tal vez no sea un miembro de la tripulación —dijo el capellán.
- Un Ello entonces —resopló el médico—, eso es lo que quiere decir.
- Eso es lo que quiero decir —sonrió.
- No, es un humano.
- ¿Es o parece un humano?
- Los Ello son entre amorfos y de morfología completamente ajena, ¿por qué este iba a tener una forma humana?
- Porque era la forma que necesitaba para entrar en la nave, superar las barreras defensivas y atacarnos desde dentro, claro —respondió sin vacilar el capellán.
- ¿Ha tomado sus drogas?
- Por supuesto.

El médico tomó asiento también y se llevó las manos a la cabeza en un silencioso «dioses santos».
- Si es un Ello estamos muertos —dijo finalmente.
- No, si lo matamos ahora —respondió el capellán bajando tanto la voz que el propio Álvaro tuvo que esforzarse en oírlo.

En la camilla, el cuerpo seguía inmóvil, inconsciente. El instrumental no daba ninguna señal nueva.
- Tal vez deberíamos hablarlo con los demás —comentó el doctor.
- No hay tiempo.
- Pero...
- Tal vez me equivoque —respondió el capellán—, pero estoy aquí para dar los consejos pertinentes y yo cargaré con las culpas ante Nexo si lo desea. Sólo aumente la dosis de estabilizantes hasta que sea letal. Lo tiene todo hecho.

Álvaro inspiró con fuerza, intentando calmar un inicio de ataque de ansiedad.