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domingo, 13 de junio de 2010

Capturado

De rodillas, el hombre aterrado respira atropelladamente, hiperventilando. Tiene una mordaza en la boca, las manos atadas a la espalda y una pistola apoyada en su frente.
- Sabes por qué estás aquí, ¿verdad, hijo de la gran puta? —pregunta con asco su captor.
El otro niega moviendo la cabeza de un lado a otro, muy lentamente.
- He soñado con este momento desde que tengo memoria. Tenerte aquí, a mi merced, disfrutando de tu dulce terror, de las gotas de sudor perlando tu frente calva. Lo cierto es que casi me excita, ¿te imaginas? Una vida entera dedicada a pillarte, cerdo.
Resoplido, resoplido; pestañeo frenético por el sudor que intenta colarse en uno de sus ojos.
- ¿Quieres que te quite la mordaza, verdad? —pregunta el hombre armado—, crees que serviría de algo. Que podrías hablar y aclararlo, que todo es un malentendido. Que tú sólo eres un buen tío, un norteño amanerado que nunca ha hecho daño a nadie, ¿no, escoria?
El sudor se cuela finalmente en el ojo y el pestañea lo expulsa haciéndolo caer por la mejilla como si fuese una lágrima. Tal vez sea una lágrima.
- Estás asustado y expectante, como un virgen antes de su primer polvo, como un animal perdido en mitad de un incendio. Aún estás vivo, y mientras lo estés, tendrás la esperanza. Tal vez creas que va a entrar la policía de repente, que va a gritar "al suelo" o "tire el arma" o sabe Dios qué. Tal vez creas que me voy a apiadar de tu cara de gordo calvo inocente, que en el fondo tengo un corazón normal, lleno de gilipolleces y de promesas, de princesas y príncipes azules sobre fondo rosa. Pero no, hoy no es tú día de suerte. Dentro de mí sólo hay un hijoputa que quiere matarte desde que tiene memoria.
El hombre llora, ya sin ninguna duda.
- Por suerte para ti, no soy demasiado ensañado y tu sufrimiento ha terminado.
Los ojos del prisionero se desencajan, se intenta mover frenéticamente; la adrenalina lo domina. El ruido del disparo retumba en su cabeza, directamente en su cabeza. Y ya no siente nada.
- Qué guarrada —comenta el que sigue vivo viendo el estropicio de pedazos de cráneo y sesos salpicados por el suelo, en torno al cadáver del tipo—, en mi concepción de la escena, todo sería más sobriamente épico.