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martes, 4 de mayo de 2010

Y ¡CLAC!

El grupo descendió de nuevo, adentrándose en las profundidades de la tierra y recorriendo los pasillos que ya habían visitado. Cuando bajaban las escaleras de acceso, Isivir se disculpó por haber aplastado a la criatura.
- Queríamos que la examinases, pero intentó huir y como podía ser peligrosa...
- Tranquilo —contestó Ber—, tal vez esté mejor así.

El médico e Ishil caminaban juntos, bastante cerca. Se adivinaba cierto tipo de atracción, tal vez basada en la cercanía que últimamente les era obligada y tal vez en los esfuerzos de Ber por sanarla y que reestableciese sus fuerzas. Eran una pareja curiosa y no pude dejar de preguntarme si Ber podía sentirse atraído por una hembra de su propia especie.

Cuando llegaron junto a donde yacía... junto a donde debería yacer el cadáver del enorme ciempiés, descubrieron con asombro y cierta inquietud que las orugas habían devorado casi todo, reduciéndolo a una fracción mínima de lo que había sido
- ¿Qué crees que deberíamos hacer con toda esa bichería, Ber?
Ber pareció reflexionar un instante.
- Eliminarla.
Casi todos lo miraron con estupefacción. Ellos mismos lo habían hecho antes, pero parecía que se negaban a aceptar de buenas a primeras que Ber tuviese ideas parecidas.
- Podemos tirarlas a la Nada Insondable.
- ¿Qué Nada Insondable? —preguntó el médico mucho más interesado de repente.

Cuando lo hicieron pasar a la sala contigua y le enseñaron de qué estaban hablando experimentó con ella arrojando cosas.
- Tiene que tener fondo —dijo.
Y hasta que arrojaron una antorcha y la luz de ésta se perdió más y más lejos, Ber no se dio por satisfecho.
- Tiene que ser muy hondo, efectivamente; pero tiene que tener fin.
- O ser un portal a otro lugar —dijo Luna.
- Tal vez sea eso... pero entonces quizá no sea la mejor opción arrojarlos a la Nada, alguien podría sufrirlos en nuestro lugar.

A partir de ahí discutieron sobre qué hacer con los gusanos hasta que Ber, finalmente, con un gesto de hastío, sentenció:
- ¡Bah! Tenéis razón, que se jodan. Tiradlos a la Nada.

Y los tiraron, todos. Las orugas en completo silencio se perdieron en la negrura aparente e ilógicamente infinita y el grupo se dirigió hacia el otro pasillo.

Se parecía al primero, casi una visión especular desde el punto de divergencia y, de hecho, todo sucedió de forma parecida. Encontraron una puerta, Nissit no vio trampas e intentó abrirla. ¡CLAC! La historia se repetía.