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viernes, 14 de mayo de 2010

Pacto

Recibí casi con incredulidad a las dríadas y a los protocottares y casi con mayor incredulidad las noticias que traían los míos. Un complejo de túneles que se perdía en el interior de la montaña sirviendo de entrada y salida, una enorme extensión llena de celdas que en su día estuvieron llenas de monstruos y criaturas de todo tipo y que actualmente almacenaban sus restos, las trece habitaciones casi por completo vaciadas. Nada parecía tener demasiado sentido. «Y además hay un troll —había dicho Ber». «Pero un troll amigo que vigila los pasillos para nosotros —había añadido Nissit por si aquella información no fuese suficientemente extraña».

Hablé con los míos y luego con los recién llegados. Parecían pacíficos incluso bajo la profunda mirada del Trono. Les invité a quedarse y aceptaron.

Pasaron unos días y Luna se acercó alarmada a la sala del Trono. «Aruala —me dijo— los protocottares no son lo que dicen ser. Son otras criaturas, ¡monstruos mentirosos cuyas intenciones desconocemos!». Y lo comprobamos. La verdad es que tenía razón, según ellos mismos aceptaron. Eran unas criaturas de apariencia erguida, como nosotros, pero parecían gelatinosos, aunque no lo eran; modificando esa gelatina dura conseguían emular cualquier rasgo y, además, podían adquirir cualquier juego cromático. Con tiempo suficiente podrían hacerse pasar por cualquier ser. Eran bastante peligrosos. Según contaron, llevaban allí 34 años. Estaban desde antes de que nosotros hubiéramos llegado. Nos hablaron de las descargas de luz, de la total aniquilación del mundo. Ellos habían sobrevivido en mitad de ninguna parte, enterrados pisos y pisos bajo la Gran Montaña, lo que inducía a pensar que tal vez hubiera más ciudades supervivientes. ¿Cómo sabían lo de las luces contando dónde estaban? Ésa era una pregunta que me escamaba, pero dijeron que los escasos supervivientes a la primera ola se refugiaron y recogieron sus pertenencias en las habitaciones enterradas antes de salir a luchar de nuevo. En aquel momento recibieron ellos la información que ahora nos transmitían; resultaba difícil de creer, pero ante la falta de información contra que recibía del Trono y de que no teníamos razones para desconfiar de eso, no tomé ninguna medida en su contra.

Y el año pasó casi en completa calma para los 72 cottares y los 98 elfos que quedaron, así como para los dos protocottares y las dos dríadas. Así un año y el siguiente. El tercer año, los niños habían empezado a corretear por las calles y por los campos. Volvían llenos de pequeños arañazo, siempre risueños.

Luna tuvo una niña el primer año y un niño el segundo. Las cosas nos iban genial. Como Elendir y yo nos turnábamos con El Trono, empecé a dar clases de botánica mientras él se ocupaba de él y luego Elendir daba clases de magia mientras yo me iba al trono. Cada vez dormía menos, es posible, aunque él no lo notó porque no dormía previamente, como si El Trono me arrebatase el sueño. El paso del tiempo fue tranquilizándome pese a todo, volvía a estar en casa, sin preocupaciones, sin grandes contratiempos y sólo de vez en cuando, muy de vez en cuando, recordaba a Alai. La muerta Alai, mi amante perdida. Mi gran error. Recordaba al Espíritul del Bosque y cómo habría hipotecado al pueblo si hubiera aceptado. No podía consentir tal cosa, pero no había disipado mi frustración, mis noches en vela, mis ruegos. No había disipado nada, era algo que había que aceptar como se daba, sin más. La resistencia era fútil.


Y así, el tercer día del segundo mes, según el cálculo de Eliavar, un astrónomo elfo; con una temperatura glacial en el exterior de la montaña, aunque suavemente mantenida dentro, recibimos una visita. Nuestra primera visita. La sorpresa no fue que alguien accediese al interior de la Montaña, ya que aquellas hendiduras parecían expresamente diseñadas para llamas la atención. Lo extraño era que las criaturas que llegaron venían, exprésamente, a pactar con nosotros. Sabían que estábamos allí, lo sabían perfectamente. Se acercaron a la ciudad.
- ¿Hacemos algo, majestad? —me preguntaron.
- No, dejadlos venir.
Eran dos hembras a las que sacábamos una cabeza. Tenían la piel rojiza, el cabello de un rojo muy oscuro y sus ojos, también rojos, brillaban como el fuego. Aquellos tonos rojos destacaban sobremanera sus labios y pezones, desviando involutariamente la vista hacia ellos, aunque a ellas no parecía importarles especialmente. Las hicieron subir a la Sala del Trono tras haberlas paseado por la ciudad. Todas las miradas se volvían a aquellas mozas casi desnudas, ellas se contoneaban, sonreían y hacían lentos gestos, suaves... que insinuaban un placer radiante.
Hice sentar a mis allegados en las otras sillas para que todos pudiéramos comunicarnos con ellas sin problemas idiomáticos.

- Buenos días —dijo en su idioma.
Nos saludamos y ellas dijeron de dónde venían. De un poblado situado al oeste y ligeramente al sur. Hablaron sobre lo bien que les había ido, sobre cómo habían prosperado en este par de años.
- ¿Cómo os ha ido a vosotros?
- Mejor de lo que cabía esperar —respondí.
- ¿Sí? ¿No ha sucedido ninguna desgracia? ¿No hay nada de que arrepentirse? ¿Exploradores perdidos en busca de agua, avanzadillas exterminadas por alguna bestia desconocido, víctimas de las enfermedades...? ¿Nada?
- ¿Qué venís a ofrecer?
- Ofrecemos pactos.
Y se hizo el silencio. Todos recordábamos al Espíritu del Bosque.
- ¿Qué tipo de pactos? —pregunté finalmente.
- Pactos con almas en juego.
Estaba claro que las almas jugaban un papel importante en el orden mágico de las cosas, porque el interés que suscitaban era cualquier cosa menos poco llamativo.

- Ya nos han ofrecido ese tipo de pactos —informé.
- Seguro que con costes abusivos, desproporcionados, mantenidos a lo largo del tiempo... pactadores perdidos por su incontenible codicia.
Sentía la boca reseca. «Alai, alai...».
Una de ellas me miró detenidamente y sonrió enseñando sus blancos dientes.

- Por favor, señores; me gustaría hablar con ellas a solas.
Todos me miraron sorprendidos como Nissit o decepcionados como Elendir —dada la importancia de la situación, ambos estábamos allí—, pero todos salvo Ber se levantaron sin decir palabra.
- No hagáis nada de lo que os arrepintáis luego —dijo secamente.
Y qué razón tenía, ¿por qué no le haría caso?

Me quedé a solas con las dos hembras. En completo silencio. Una de ellas dijo:
- Ponte en pie.
Y me puse en pie, no como acatando una orden. No sé por qué me puse de pie sin dudar, pero lo hice.
- ¿Qué deseas? —preguntó la otra, acercándose contoneante hacia mí.
- Yo hice... bueno... mi amante murió por mi culpa.
- ¿Y quieres recuperarlo? —sonrió la que me pidió que me levantara.
- Recuperarla. Sí.
Sonrieron.
- Te costará barato, este primer pacto.
Me ilusioné ligeramente, tal vez no sentenciase criaturas de forma eterna.
- Una sola alma —dijo la que se había acercado hasta mí, que ahora había apoyado sus manos en mis hombros, con suavidad, con experta dulzura.
Sentía la garganta reseca, obturada.
- La tuya —añadió la otra acercándose.
Dudé un instante.
- ¿Qué me pasará cuando mi alma sea vuestra?
- Cuando mueras —explicó la que estaba a mi lado mientras me empezaba a acariciar— tu alma nos pertenecerá. Algunas almas se destinan a conseguir mana, almas inútiles de gente sin valor. Una vida inútil proporciona un alma inútil. Otras son reencarnadas en uno de nosotros, otras se utilizan como pago para otros pactos y otras son parte de rituales concretos.
- ¿En mi caso?
- Nunca podemos afirmarlo ciegamente, pero no parecéis alguien sin valor —sonrió mientras acercaba sus labios a mi pecho.
- Quiero que vuelva —decidí—. Se llama Alai. La quiero de vuelta —noté mi respiración acelerada, cada vez respiraba peor—. Murió en... murió...
- No hace falta que digas nada más —dijo la mujer roja colocándome los dedos delante de los labios.
Por el Trono sabía que hablaban completamente en serio sobre los pactos. Me sentí terriblemente sucia, de todos modos, cuando hundió los colmillos en mi pecho, cuando sentí fluir la sangre hacia su boca. La otra, mientras nos miraba, se tocaba lascivamente entre las piernas; allí de pie, enfrente de mí. Fue tan desagradable. Tan terrible. Fue peor sentir que me excitaba cuando la que me mordía me inclinó en el suelo. Estábamos tumbadas, ella encima de mí, sus manos me recorrían, regueros de sangre manaban de mi pecho. La que se masturbaba se agachó y lamió la sangre. Me besó con ella en la boca. Sentí el sabor de mi sangre, potente, vieja y cansada. Luego me recorrió un escalofrío de placer que ascendió con fuerza. El pacto se había cerrado.

Todo acabó quince minutos después. Me sentía débil por la sangre perdida, en mi pecho no había ninguna marca de lo sucedido. Ellas sonrieron y abandonaron el castillo, yo llamé a Elendir y le pedí que se quedase en el Trono hasta mañana. Y me fui a dormir. Elendir y yo teníamos un acuerdo tácito de no investigar en nuestras mentes, no sé si el lo rompió ese día; pero aunque así fuese no hizo nada al respecto, por decepcionado que pudiera estar o la desconfianza que puediera tener.

Al día siguiente, Alai entró en la ciudad.