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jueves, 6 de mayo de 2010

Dríadas

El grupo se replegó. Empezaron a retroceder por el pasillo, las magas quedaron un poco adelantadas respecto a los demás. Balai en cabeza, concretamente. Un fuerte silbido cruzó el pasillo, un golpe, un grito, otro golpe. Balai tirada en el suelo gimoteó con una flecha atravesándole el torso.
- Atrás, atrás —aulló Nissit.
Casi todo el mundo se retiró tras la línea de Nissit.
- He de ayudarla —dijo Luna acercándose a Balai mientras gritaba y gesticulaba rápidamente.
Una nueva flecha silbó por el pasillo y Luna se desplomó al lado de Balai.
- ¡Joder! —gritó Nissit sin abandonar su cobertura—. Me cago en sus putos dioses.
Balai, aún no entiendo muy bien cómo, comenzó a gritar y a gesticular, tirada como estaba en el suelo. Pero una flecha que le rozó la mano la disuadió de seguir haciéndolo.
- ¡Alto, alto! —gritó Ishil, preocupada por el destino de sus dos compañeras.

Nadie hizo ningún intento más. Ber y Nissit se asomaron al pasillo mostrando las manos vacías, indicando, probablemente, que no se traían trucos ni intenciones belicosas. Al fondo del pasillo, de entre las sombras, salió una hembra bípeda desnuda. Tenía un salvaje atractivo en aquella piel verdosa. El pelo enmarañado y ondulado, como las raíces de los árboles y unos ojos enormes en una cara de rasgos agudos. Sus pechos desafiaban a la gravedad, alzándose duros y firmes, con los pezones orgullosamente alzados. Entre sus piernas destacaba una capa de vello verde grisáceo, como musgo. Sus piernas duras, de músculos definidos y sus pies duros y cuarteados, como la corteza de un árbol.
- ¡Una driada! —exclamó Ber.
- Tócate los cojones —gruñó Nissit—. Vencidos por una semiplanta...
Ber le hizo un gesto a Ishil, la dríada cogió otra flecha. Ber movió sus manos vacías insistentemente e Ishil salió mostrándolas al pasillo. La dríada esperó.
- Dame el agua —dijo Ber.
- Agua, joder, qué asco —comentó Nissit.
- Las dríadas son como plantas —respondió Ber— y no parece que por aquí haya demasiada.
Ber cogió el pellejo de agua y echó un chorro al suelo. El líquido transparente cayó y empezó a discurrir por el suelo. La dríada abrió mucho los ojos y un escalofrío le recorrió la espalda. Guardó la flecha, se colgó el arco y mostró sus palmas desnudas. Ber cogió el pellejo y lo tendió hacia ella, que empezó a acercarse muy lentamente, con todos los sentidos agudizados y los músculos preparados para saltar a la menor señal de peligro y empezar a repartir muerte. Cuando cogió el pellejo se llevó el chorro a la boca y empezó a beber. Rápidamente, casi sin pausa. El líquido se le escapaba ligeramente por las comisuras de los labios, discurriendo por su mentón y cayendo sobre sus erguidos pechos, que atraían las miradas de los varones presentes. Dejó el pellejo por la mitad y los miró agradecida y esbozó una sonrisa que podía querer decir cualquier cosa.

Ber intentó comunicarse con ella y empezó a probar idiomas. Ella lo miraba, preguntándose qué hacía y observando sus manos, asegurándose de que seguía quietas y mostrando las palmas, aunque observando de vez en cuando al resto de presentes, comprobando que estuviesen quietos.

Y en un determinado momento respondió. No era exactamente el mismo idioma, pero se parecía lo suficiente. Tal vez tuvieran un tronco común, o algo así. Hablaba una variedad extraña del élfico. En la que indicó que había otras tres como ella y que estaban debajo, en otro piso, encerradas. Luego, más ayudada por gestos que otra cosa, señaló las puertas del pasillo y dijo «¡Chac!» y concretó que abajo liberaban a alguien. Eran la defensa del lugar.
- Pues menuda defensa... —comentó Isivir.

El grupo descendió con la dríada hasta donde estaban las celdas. Era un lugar inmenso y lleno de barrotes en todas las direcciones que encerraban a todo tipo de criaturas. En realidad, siendo exactista, encerraban gran número de cadáveres. En algún momento, el lugar habría estado lleno de monstruos, per hoy en día quedaban muy pocos.
- ¿Cómo ha pasado esto? —preguntó Ber en élfico.
- Fuertes comer carne y bebimos de no-fuertes.
Por eso quedaban pocos. Por eso estaban hambrientos.
Vimos a las otras tres dríadas. Tiradas en distintas celdas, evitando consumir energía. Sólo las criaturas que podían sobrevivir, aunque fuese con dificultades, a partir de productos no biológicos, habían conseguido mantenerse hasta el momento.

- Tenemos que liberarlas.
- ¿Cómo?
- Abriendo habitaciones hasta que salgan...

Y allá fueron.

Ninguno de ellos se esperaba lo que pasó entonces y, de hecho, de no ser por la alerta de las dríadas, tal vez todos hubieran visto allí su fin. Una especie de vaca lenta pero de mirada mortífera salió de una jaula, aunque había pasado desapercibida hasta el momento. Fue abatida por las flechas pero mató a dos de las dríadas. Luego le vendaron la cabeza para que sus ojos muertos no pudieran seguir matando, pues según Ber, la leyenda decía que así era. Las dríadas lloraban desconsolodamente, lo que era todavía más desolador, contando que todo su alimento durante bastante tiempo había sido el agua que se condensaba en las paredes y que se filtraba desde el techo. Era como llorar sangre, como llorar vida. Lloraban vida por sus dos compañeras muertas.


Cuando el grupo salió de allí, se llevó a las dríadas con él, e incluso intentaron llevarse al troll pero no entraba por las escaleras de acceso al castillo.
- Podemos darle de comer y que vigile el subterráneo por nosotros.
Las dríadas les habían avisado de que había dos pasillos que llevaban hasta fuera de la Gran Montaña y Ber comentó la idea de tapiarlos.
- Si nosotros podemos usarlos para salir, pueden ser usados para entrar. Deberíamos cerrarlos.
Y con esa idea en mente, y para hacer una presentación de las dríadas, fueron a la sala del trono a buscar a Aruala, con mucho que informar.