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miércoles, 19 de mayo de 2010

Alai

Volvió al pueblo el sujeto Alai. Entró confusa por una de las hendiduras, caminaba con cierta torpeza vacilante. Contempló los muros de la ciudad y siguió hacia el interior. La gente la veía por las callejuelas.

En el hospital, Balai le hablaba a Ber sobre la depresión que no lograba superar.
- Ber, por favor, llevo dos años así. Pensé que podría superarlo, pero no puedo. No soy capaz, no dejo de pensar en los muertos, en los míos, en el viaje... yo...
Ber fue comprensivo y amistoso. Le dijo que debería haber ido antes, le hizo una serie de preguntas y, finalmente, le dio unas hierbas y un saquito con polvos.
- Ten estos polvos en la boca y trágalos con la sangre que tomes y luego, un par de horas después, masca estas hierbas.

Balai se fue con su nuevo tratamiento y entró Luna. Se sentó enfrente de Ber, que se tenía mucho mejor trato con ella desde que se había hecho madre por partida doble.
- Buenos días, Luna, ¿qué tal?
- Bueno... he venido notando que tengo dificultades para... para volver a quedarme embarazada.

Ber habló con ella. Se mostró comprensivo y la tranquilizó. «Has tenido dos descendientes en poco más de dos años, es normal que sea así, no te preocupes» pero parecía no tenerlas todas consigo. Con el paso del tiempo y las pruebas, se acabaría demostrando que, en realidad, las pociones de brujo iban minando algunos órganos de los seres afectados, los órganos no implicados en su propio soporte vital, como los genitales. Seguían pudiendo mantener relaciones, pero cada vez eran más infructuosas.

Luna estaba nerviosa y tenía cierto miedo de decírselo a Nissit.
- Ya has contribuido al pueblo —le dijo Ber—, Nissit comprenderá que tardes un poco en volver a concebir. No te preocupes por ello.

Y mientras hablaban, entró Alai. Ber le dirigió una mirada decepcionada, como cabía esperar.
- Hola —dijo Alai.
- Hola —respondió Luna con una sonrisa.
- Aruala está arriba —cortó Ber hoscamente.

Alai dudó un instante, sorprendida, casi en shock. Pero subió sin decir nada más.

Cerca de las escaleras que dan al segundo piso, Tarik e Ishil hablaban sobre rituales. La ritualista encarnada en drow explicaba a Tarik cómo se hacían funcionar y qué lógica seguían.
- No, así no. Siempre el mismo orden. La sangre funciona únicamente como desencadenante, así que siempre es el último elemento que se añade a las fórmulas. O de los últimos, al menos.
Y se callaron al ver a Alai. Ishil le dirigió una mirada furiosa, llena de rencor.
- Hola —dijo Alai tímidamente.
- Hola —respondió Tarik.
Y ante el silencio incómodo de Ishil, Alai siguió hacia el piso de arriba.

Entró en la sala del trono, tras dar unos golpecitos en la puerta que cerró al pasar.

Hablaron bastante, unos veinte minutos casi ininterrumpidos. Aruala se levantó de la silla y la abrazó.
- Te he echado de menos —le dijo.
- Y yo a ti —respondió Alai.
Hablaron sobre lo que había pasado mientras ella estaba fuera. Siempre usaron ese eufemismo, «fuera». Alai preguntó por la ciudad, por los muros, por las sillas.
- Haz tuya la casa que desees —añadió Aruala tras satisfacer todas sus preguntas.

Y Alai salió tras una ligera reverencia. El rostro de Aruala ya había mostrado suficiente extrañeza como para intentar nada más. No todo el mundo volvía de entre los muertos.