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sábado, 8 de mayo de 2010

19, 2, -16

- Rumbo 19, 2, -16 establecido —dijo Italo al micrófono.
-¿Tiempo estimado de llegada? —resonó la voz de Virginia.
- 4 días, 16 horas —respondió Sara tras una serie de cálculos en pantalla.
- Bien, protocolo de encuentro a partir de ahora.

El protocolo de encuentro definía unas medidas de actuación claras: uno de los pilotos permanentemente descansado, el mecánico lejos de la sala de ocio, decansando pero preparado para cualquier imprevisto, el médico tenía que preparar la sala de curaciones para cualquier eventualidad y estar disponible para cualquier tipo de consulta de la capitana o del jefe de los Asaltantes. El resto estaban, por el momento sin órdenes hasta que se declarase el estado de encuentro. Un protocolo de acción mucho más definido y restrictivo que el primer protocolo.

- Bueno —dijo Sara— ¿descansas tú o descanso yo?
- Como quieras —respondió Italo.
- Prefiero descansar yo ahora. Vuelvo en cuatro horas y media, ¿sí?
- Descansa —aceptó Italo sin apartar la vista de los controles.
Sara abandonó la cabina y se dirigió al dormitorio. Italo se quedó a solas.
- Mierda —masculló, arrepentido de haber sacado el tema. En los Círculos valía más una esperanza que una verdad. Como cuando los marineros salían en los albores del tiempo. La promesa de algo mejor valía mucho más que la certeza—. Mierda, joder.


Sara se acostó y observó el negro techo. Activó el cierre de la puerta y la insonorización de la sala. El ruido de los motores y demás ajetreo de la nave se fue apagando lentamente hasta quedar en completo silencio: una ausencia de sonido que las primeras veces resultaba casi aterradora. El golpeteo del corazón en el pecho, el aspirar de la nariz al coger aire, la fricción contra la cama al moverse, todo parecía incrementado en ausencia total de sonidos externos. Ella se había acostumbrado ya a dormir con el estrépito de la maquinaria, pero hoy necesitaba ese silencio. «Italo la cagó y bien —pensó—, con lo fácil que era seguir como hasta ahora, sin tensiones, sin miraditas avergonzadas. Joder. Ni que fuera un crío».

Se sentía mal y ligeramente apenada por el piloto al mando, pero no estaba interesada en absoluto en aquel viejo y sólo había conseguido volver la ligeramente tensa situación de convivencia en algo verdaderamente tenso. ¿Cómo podía tener esos errores de principiante a su edad?


El cambio de piloto se hizo sin intercambiar más que un puñado de frases sobre la falta de novedades y la absoluta calma que envolvía a Byrd.
- Duerme bien —dijo Sara.
- Lo intentaré —contestó Italo sin verla a los ojos.

«Imbécil —pensó Sara»