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jueves, 15 de abril de 2010

La Zorra

Le gustaba la Nave Nexo. Ella estaba acostumbrada a su caza personal, una maravilla de la tecnología más moderna. La gente creía que el ejército tenía los últimos modelos y que luego se iban generalizando, pero era mentira; la última tecnología la utilizaban menos de doscientas personas en toda la galaxia y cuando ya estaba probada, medida y los costes se habían abaratado, se empezaba a popularizar a precios abusivos. Ése era realmente el protocolo. Ella, Helena, una Zorra hecha y derecha, había tenido entre manos muchos de aquellos aparatos que harían las delicias de cualquier militar, ladrón o asesino. Ellas eran mucho más. Mucho, mucho más. Eran la élite y lo tenían todo. Todo menos la libertad de decidir y sentir. Eran creadas con un fin y lo ansiaban. Las Zorras disfrutaban con lo que hacían, habían sido creadas para que así fuese.

El caso es que ella había tenido que huir. Su pellejo estaba en juego e incluso una Zorra que disfruta del culatazo en el hombro, del estampido del disparo, de una herida superficial gracias a sus reflejos sobrehumanos, del olor de la muerte y de la adrenalina de la batalla; tenía cierto apego a la vida que llevaba bajo la piel. Bajo su piel de Zorra.

Helena tenía sus razones para querer ingresar en los Círculos Exteriores. En realidad, a casi todo el mundo le darían esta alternativa en vez de la muerte, pero ella tenía la certeza de que, en su caso, no sería así. No habría opción, salvo una huida temprana. «Abatir a otra Zorra, ¿cómo se me pudo ocurrir tal cosa?». La había montado buena, sin duda. Con lo que costaba adquirir una Zeta, incluso los empresarios más importantes se tirarían de los pelos en caso de perder una; y ella había destruido su caza. Probablemente no hubiera quedado nada de ella al impactar contra el espaciopuerto. Y aunque hubiese quedado, el código lo dejaba claro: «prohibido los conflictos físicos entre Zetas». Eran las guerreras más preparadas de la galaxia y abatían a competidores inferiores con frecuencia, pero tenían terminantemente prohibido herirse entre ellas. Sencillamente, Helena no había podido resistirse.

Y ahora estaba allí. En la Nexo A54, encomendada como Tirador para una E-D07. Aquello iba a ser como entrar en una nave de juguete, era perfectamente consciente. Pero haría su trabajo lo mejor que pudiera, Arturo tenía que querer mantenerla allí a toda costa cuando los Investigadores Empresariales la localizasen. Nadie podía conseguir el reenvío de un miembro de la Milicia si su oficial no lo deseaba así. Si sus cálculos eran correctos, los IIEE tardarían unos cuantos meses en encontrarla; para entonces tenía que haber abatido varios Ello y demostrar su valía. Esto era todo en lo que podía confiar si quería salir adelante.

La visión de la nave le trajo una sonrisa a los labios. «¿Con esto es con lo que se protege la humanidad?». Casi le daba miedo pensarlo. Subió las escaleras mientras se soltaba el pelo, quería causar una buena impresión a los hombres de la nave. Estadísticamente, siempre había más hombres que mujeres en las naves de los Círculos Exteriores. Tenerlos a su favor, actuaría en su beneficio cuando hablasen con el Oficial.