Google+

martes, 20 de abril de 2010

La novedad

En la sala de ocio Tobías, Tim y Álvaro jugaban a Duelistas con los Asaltantes. En la cabina conversaban Italo y Sara y en la habitación de Virginia la capitana discutía con el capellán.

Muchos podrían suponer que era un día normal. Pero no lo era. En la cotidianidad del día que podía parecer a vista de pájaro, uno encontraba la mentira y la intención oculta, el porqué de todo aquel juego. Sólo era necesario acercarse más. Acercarse y oír. Hasta los muertos tienen envidia, celos y preocupaciones.

- ¿Por qué crees que ha venido? —preguntó Sara casi con tristeza.
Italo la miró un instante sin saber muy bien qué decir. Quería animar a la joven. Sabía perfectamente cuánto había valorado su aspecto en el pasado. Ella misma se lo había dicho. Las cicatrices que ahora le deformaban la cara habían sido vengadas, pero jamás recuperaría su aspecto. No en los Círculos. Supuso la envidia que le tenía que producir ver el perfecto rostro de la Zorra, ver su contoneante y seductor cuerpo y comprobar como todas las miradas se giraban hacia ella.
- Para matar cosas. Esas putas parahumanas se crean para matar cosas, Sarita —dijo Italo con calma mientras tecleaba unos números en el panel de mandos— son muy bonitas, sí; pero no son personas. Son parapersonas. A ellas no las crearon los dioses, las creamos nosotros. Son poco más que máquinas.
- Son muy hermosas.
- Como muchas pinturas, ¿y qué? Tú eres una mujer, una mujer de verdad. No ese experimento extraño de algún científico sin vida social que quiso conseguir un coño cerca —Italo le sonrió con gesto cansado. Sus dientes amarilleados por el tabaco, estaban mellados, dejando claro que nunca había tenido una buena vida.
- Todos la desean.
Italo cogió aire. «Ahora o nunca».
- Yo te deseo a ti —dijo con suma sencillez.
Sara lo miró, sin saber qué decir durante unos instantes. Durante una eternidad. Italo se arrepintió tan pronto se entretejió el silencio.



- ¿Qué crees que la ha traído aquí? —preguntó Virginia.
- Ingresó por propia voluntad, supongo que tenía curiosidad por cómo era enfrentarse a los Ello.
Virginia miró al capellán con una sensación decepcionada y rencorosa a partes iguales.
- Sé qué dice el informe.
- ¿Creeis que hay algo más, señora?
- Sé que lo hay. Pero quiero conocer tu opinión.
El capellán se mordió el labio inferior y cogió aire. Reflexionó unos instantes y se encogió de hombros.
- Todo lo que podemos hacer... es especular.
- Especule pues.
- Pero...
- ¿Para qué está usted aquí? —preguntó Virginia con voz dura.
- Es... es tradición que haya un miembro de... un siervo de la fe en todas las naves, capitana.
- ¿Para decirle al oficial al cargo lo que este ya sabe? —inquirió con sorna. Ante el silencio del capellán, prosiguió poco después—: No, venís aquí a drogaros con vuestras plantas y responder a preguntas que no deberíais poder responder.
- Las plantas favorecen nuestra conexión con los dioses, por eso... por eso podemos...
- ¿Crees que los dioses pueden equivocarse? —preguntó Virginia con un inicio de furia—. ¿De verdad sois tan estúpidamente arrogantes como para pensar que habláis con los dioses? Esa mierda de narcóticos os ayudarán a focalizar mejor vuestros procesos cerebrales o qué se yo, pero deja de decir...
- Mi cargo me obliga a creer en y a predicar la existencia de los dioses...
- Mi sentido común me induce a pensar que los dioses, probablemente, no existan; y que si existen, en cualquier caso, no perderían su tiempo hablando con un tipo como tú perdido en un lugar como este, a bordo de una nave de mierda y enfrentándose a terrores desconocidos. La religión es una excusa para mandarnos para cama por la noche y que no tengamos miedo de la oscuridad. Una oscuridad que siempre debería ser temida —concluyó Virginia haciendo un gesto en derredor.
- Eres una hereje —musitó el capellán.
- Al contrario que tú, no estoy aquí por gusto. Y apuesto un riñón a que la nueva no ha venido aquí por gusto. Ni por fe —añadió tras un instante dramático y emponzoñado.
- Dentro de unas horas le contaré lo que me hayan dicho las voces —respondió el capellán secamente.
- Muchas gracias, capellán.
- Es mi trabajo, capitana.
El capellán le hizo un saludo fingidamente marcial que ocultaba su ira y se dirigió hacia la puerta. Cuando llegó hasta allí, Virginia lo interrumpió.
- No pretendía ser tan dura como tal vez haya sonado.
Él se giró en la puerta y la observó sin decir nada. La escena se cargó de tensión, se volvió realmente incómoda.
Virginia se arrepintió tan pronto se entretejió el silencio.
El capellán se dio la vuelta y abandonó la sala.



Desde la sala de ocio se escapan los gritos y las risas. La Zorra ganaba unas partidas y perdía otras, perfectamente consciente de que las partidas ganadas aumentan la respetabilidad y las perdidas la camaradería; debiendo ser adecuadamente combinadas, y de un modo u otro, todos estaban encantados con ella. Guapa, agradable, inteligente y con el punto perfecto de charla en el que no parecía apartada ni se hacía pesada.

Helena no podía evitar pensar en lo fácil que era caer bien a la gente. Las cosas empezaban bien. Muy bien. Por la noche, acabadas las partidas, ya en su camarote, sintió las miradas tensas y deseosas cuando se cambió de ropa ante la vista de todos. Incluso la Explorador la había devorado con los ojos. Allí, durante unos segundos, todos habían navegado a la deriva en su piel, cubierta tan solo por unas bragas de color azul claro liso.
- Lo... normal... es q-que nos vistamos en... en el aseo —dijo Javier vacilante, nervioso.
- Oh, disculpad; no volverá a pasar. Mi nave no disponía de uno... eran sólo para viajes cortos y... —Helena se llevó las manos a la cara en gesto avergonzado, aunque en realidad sólo pretendía cubrir una leve sonrisa. Sus mejillas se sonrojaron conscientemente.
- No pasa nada, mujer —dijo Roberto quitando hierro al asunto—, ahora ya lo sabes.
«Ahora todos sabemos cosas —pensó Helena», pero no dijo nada. Nadie más dijo nada. Se metieron en sus camas y todos pensaron en el hermoso cuerpo desnudo, incluso ella misma. Y en el camarote, mientras los Asaltantes intentaban dormirse sin poder abstraerse de la imagen de la piel de Helena, se entretejió el silencio.

Roberto fue el primero en ir al baño.