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martes, 13 de abril de 2010

Alimentación

El grupo de exploradores se había alejado mucho y aunque habían llegado a un punto en el que podrían hallar las plantas en cuya búsqueda habían partido, dado que la luz del día empezaba a agonizar en el horizonte, decidieron hacer un alto. Exploraron los alrededores mientras buscaban un lugar para hacer noche. Para dedicarse a esto eran un poco torpes, no parecían fijarse demasiado. Tal vez tuvieran algo en la cabeza: tal vez se preocupaban por la sujeto Ishil, tal vez estaban inquietos por haberme localizado y haberme perdido poco después.


Isivir fue a informar a Aruala de su profesión. Estaba claramente nervioso y alterado.

- Ya sabía que te dedicabas a eso –respondió Aruala con tranquilidad.

- Prefería avisar, de todos modos –explicó él, amablemente.

- No eres el único que se dedica a tal cosa. Como ya sabes.

Él asintió.

- No te preocupes por ello –insistió Aruala–. Todos volvemos a empezar. El Despertar nos ha hecho libres. Nuestro pasado ha quedado en Tilangibén.

- Gracias, señora –contestó Isivir con una ligera reverencia.



En el bosque, los exploradores encendieron una fogata. Los cottar parecían tener un leve frío de forma constante. Hicieron guardias mientras los demás dormían intranquilamente. Fue durante la guardia de Tarik cuando se acercó. Ella la vio, creo, antes que yo. Pero no se movió, estuvo quieta completamente mientras la sierpe se acercaba. Medía unos cuatro metros y se desplezaba serpenteando entre los árboles a unos 50 ó 60 centímetros del suelo, como si volase sin ningún tipo de aleteo. «El organismo flota, probablemente a causa de grandes vesículas llenas de una mezcla de aire más ligera que la mezcla de gases externos que se encontrarían bajo las capas musculares longitudinales y circulares o entre pares oblicuos, que utilizaría para conseguir ese movimiento serpenteante».



Al día siguiente, los exploradores emprendieron el regreso a la ciudad subterránea, donde Ber hacía pruebas de alimentación con leche y colorantes y edulcorantes varios con los que tuvo cierto éxito. Ishil comía. Ber estaba contento con el resultado, pero Ishil aquel día estuvo mal del estómago, y el médico no sabía que interpretar de estos resultados. Al final Ishil confesó haber ingerido sangre.

- ¿Y de dónde la has sacado? —preguntó Ber incrédulo.

- De Alain —respondió ella con evidente timidez—. Vino a ver qué tal estaba y... lo convencí.

Ber la miró mal. Incluso yo, bueno... uno de mis yo, tal vez, percibí algo en la palabra; un significado adicional, velado. El médico abandonó la sala. Lo seguí tranquilamente. Buscó al enfermo.

- ¡Alain!

- ¿Qué? —preguntó él empalideciendo de repente.

- ¿Le has dado sangre a Ishil?

- ¡Ella me sugestionó! Yo no quería... yo...

- Ya basta. No te acerques más a ella, ¿de acuerdo? Ocúpate de otras cosas, pero lo que ha sucedido es contraproducente con lo que queremos conseguir.

- Lo siento, Ber.

El médico sonrió como quitándole algo de hierro al asunto.

- Tranquilo, no pasa nada. Sólo prefiero que no te encargues de ella por si vuelve a intentar algo similar.

Y pasó la mañana y parte de la tarde y llegaron los exploradores. Tarik se acercó al hospital a dejar las plantas que había encontrado, unas cuantas más —similares, más bien— de la lista y Ber se quedó experimentando con ellas.


Y al día siguiente se preparó un grupo para investigar el subsuelo de la ciudad subterránea, formado por Tarik, Luna, Balai, Isivir, Nissit y Úlvien. Ber se negó a ir. No era un macho aventurero, aunque aquello era fácil de percibir.