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viernes, 23 de abril de 2010

¡¡CLAC!!

El descenso empezó desde una pequeña sala del castillo en la que tal vez se hubiera guardado algún tipo de recurso durante un tiempo. Era una sala angosta, opresiva y húmeda. Empezaron a descender por unas estrechas escaleras de caracol, estrechas, húmedas y ligeramente resbaladizas; Tarik y Nissit en cabeza con los magos en el medio e Isivir cerrando la marcha. Descendieron el primer tramo de escalones, unos diez metros ahondándose más en la tierra; y a los pies del tramo se extendía un piso circular que parecía hecho en una madera gris oscura, casi negra; y sobre aquel suelo había una serie de camastros de madera con rellenos de paja en perfecto estado. Nada de aquello tenía sentido. Los cottares y el joven elfo se miraron unos instantes. Y luego comenzaron a registrar dichos camastros. No pareció que hubiera nada en ninguno de ellos, pero de pronto, oí un grito. Pasos ajetreados, golpes. Una criatura vermiforme y muy veloz, con exoesqueleto aparentemente quitinoso se deslizó por el suelo entre las piernas de los cottares que intentaban golpearla. Uno de ellos se agarraba una mano con la otra y entre sus dedos se veían regueros de sangre. El gusano huyó hacia las escaleras, Isivir corrió hacia allí y se oyeron unos golpes. Todo lo que quedó de la criatura fueron unos restos reventados de exoesqueleto y manchas amarillentas en unos cuantos escalones. Maldijeron.
- Ahora ya no podremos llevárselo a Ber —dijo Luna.
- Venga, vamos; no tiene sentido preocuparse por lo que ya ha pasado.

Descendieron un nuevo tramo de escaleras que dio acceso a un lugar exactamente como el anterior. Se habían adentrado unos 20 metros en la tierra, desde la posición del castillo, ya enterrado en la montaña. Cada vez la superficie estaba más lejos y eso parecía afectarles, como reflejaba cierta oscuridad en su mirada; cierta ansiedad que se manifestaba en los rápidos movimientos de cabeza cuando, a la temblorosa luz de las antorchas, una sombra parecía moverse. Qué curiosa tiene que ser la fotorrecepción estricta. La tensión era palpable. Registraron los camastros con mucho más cuidado que antes. Encontraron unas cuantas monedas las examinaron a la luz y prosiguieron su camino escaleras abajo hasta dar a un pasillo de piedra tallada que se bifurcaba unos cuantos metros después. El pasillo estaba iluminado por una tenue luz blancoazulada de procedencia desconocida, aunque ellos examinaron un poco las paredes y caminaron con normalidad, aparentemente poco sorprendidos por la presencia de la misteriosa luz. Siguieron la bifurcación que se abría a la izquierda y, cuando ésta se volvió a bifurcar, siguieron a la izquierda otra vez. Según pudieron comprobar tras un par de minutos de marcha, los pasillos formaban, a esta altura, un cuadrado de grandes dimensiones, del cual, en el lado opuesto a por el que habían entrado, asomaba un rectángulo de pasillos que no llevaba, aparentemente, a ninguna parte. Ese rectángulo sin sentido arquitectónico brillaba mucho más que el resto de la construcción y, según comprobaron, se debía a unas orugas con espinas en su región dorsal que brillaban con algún tipo de luz fría y que estaban fijadas a las paredes en gran cantidad y, en menor medida, también al suelo y al techo.

Volvieron sobre sus pasos a la zona cuadrada y examinaron una puerta, la única que había; que daba al interior del cuadrado. El sujeto Nissit examinó la puerta atentamente, junto a Luthien que pronunciaba palabras sin sentido, sumida en una especie de trance. Pasado un instante, él se giró hacia los suyos.
- No veo nada... que pueda ser peligroso.
- Pues ábrela –contestó Isivir.
Nissit abrió la puerta y un claro y rotundo «CLAC», resonó con fuerza en el interior de la pared.
- ¡Oh, mierda! —gruñó Nissit.

Un ruido poderoso, como una avalancha empezó a oírse en el interior de los pasillos. Se acercaba a ellos a una velocidad pasmosa, en la dirección que no habían explorado. El suelo se agitaba muy ligeramente, indicando el peso de lo que corría desbocado hacia ellos, con un claqueteo constante, como de decenas de patas. Tal vez cientos de patas.
- Adentro, adentro, joder —gritó Nissit entrando apresuradamente en la sala que acababa de abrir.
Poco a poco todos fueron entrando, todos menos Tarik que se quedó fuera, ligeramente inclinada hacia el ruido.
- Entra, coño —dijo alguien mientras entraba yo.
Ella les pidió silencio con la mano. Y cuando el ruido parecía contiguo saltó hacia dentro y entre Nissit e Isivir cerraron la puerta.
- Es un enorme gusano con cientos de patas.
- ¿De qué tamaño es?
- No lo sé, no lo sé.

Las patas comenzaron a recorrer toda la pared, todas las paredes. Estábamos rodeados por entero de aquella monstruosa criatura. Según mis cálculos, una criatura de unos 60 metros que aporreaba la pared con sus patas. Los cottar examinaron rápidamente la sala. Había una zona con el suelo roto y parecía que la caída desde allí era infinita, como si la creación no hubiera dado forma a nada debajo.
- ¿Creéis que será un portal? —preguntó uno de ellos.
«Un portal, ¿a qué se refieren?».
La puerta saltó ligeramente, sin llegar a caer, desencajada ligeramente de sus goznes, salpicando astillas.
- Mierda, mierda —se quejaba Nissit.
- Podría intentar motivarlo a que se alejase de aquí —sugirió Balai—. Impulsarlo a ello.
El resto dieron su aprobación y Balai habló en voz alta y clara, acompañándose de gestos de sus manos. La criatura dejó de aporrear las paredes y se alejó. No acabo de entender que sentidos primarios despertó en ella ni cómo lo hizo, pero la criatura se alejó.