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viernes, 5 de marzo de 2010

Reencarnación

Ber atendía a los elfos negros heridos en el hospital. Si queríamos reencarnar a Ishil tendríamos que volver a ocultarle información. «¿Cuánto se puede tensar la confianza antes de que se quiebre de forma irreparable?». Nuestra especie, en general, se siente impelida a ayudarse a sí misma, a protegerse, a apoyarse en todo momento. Eso nos enseñan, eso nos inculcan. Nunca nadie discute tal cosa, aunque siempre hubo individuos que ignoraron esta lealtad férrea que caracteriza a los nuestros. Supongo que yo, que jamás sentí ese apego y fraternidad preestablecida por los míos me incluyo entre esos individuos. En cualquier caso, había intentado ser lo mejor posible para mi pueblo en todo momento. En Tilangibén tenía un trabajo noble y respetado y me dediqué a él con esfuerzo y sacrificio. Fui la mejor de las jardineras de Palacio. Los jardines eran mi hogar, los amé y los perdí. A pesar del esfuerzo y del mimo. Como perdí a Alai. A pesar del esfuerzo y del mimo. «¿Vale la pena luchar y trabajar por lo que quieres?». A pesar de ello, a pesar del sufrimiento, la pérdida y la desazón, seguía esforzándome; el pueblo se merecía lo mejor. «Los errores se pagan caro». ¿Tan caros? ¿El mundo me ponía en mi sitio por lo de Burhum? ¿A qué se debía entonces la pérdida de mis jardines? Los religiosos dicen que Osm, el dios del conocimiento y el arte, sabe todo lo que va a suceder; que los visionarios, como Luna, reciben su iluminación porque él así lo desea. Tal vez sea cierto, tal vez mi vida estuviera escrita de antemano. Tal vez... empezase a ser castigada por algo que todavía no había hecho en su momento. O... por algo que todavía no había hecho ahora mismo. «¿Haré algo peor? ¿Traeré el mal a este mundo? ¿Haré que sangren las tierras y los mares? ¿Gritarán mi nombre con odio los caídos en guerras injustas? ¿Qué voy a hacer Osm? ¿Es todo por odio? ¿Por celos? ¿Es por haber enviado a los míos a morir a las entradas de la tierra? ¿Al corazón oscuro de los elfos negros?». Mis pensamientos me quitaban el sueño. Cada día que pasaba me sentía más muerta, más incómoda. «¿Cuánto puede aguantar un individuo sin fe, sin deseos; un individuo perdido en una oscuridad sin fuente de luz alguna?».

Planeamos cómo dar tiempo a Tarik y a Nissit de sacar a la convaleciente drow del hospital y llevarla al bosque. Era totalmente necesario apartar a Ber de allí durante un rato. Luna fue a llamarlo, a convocarlo. Yo lo reclamaba, y él, educada y políticamente, vino. Estábamos en la Sala del Trono, Ber, Luna y yo. Él rechazó tomar asiento en un principio; con Luna sentada, igual que yo, les hablé sobre la marcha de la vieja ciudad. «¿La vieja ciudad? Apenas han pasado unos cuantos soles y ya... ¡dioses!». A él no pareció interesarle lo más mínimo. Hablé sobre la Montaña, a lo que él sólo respondió lacónicamente sobre la ausencia de vida y los problemas que podría tener esto para nuestro pueblo. Hablé sobre la ciudad y él escucho tranquila y cortésmente, sin mostrar un gran interés.
- Debería volver al hospital – comentó Ber. Había transcurrido un rato más o menos largo, pero debido a estar sentada en el Trono sabía que Tarik y Nissit aún cargaban con la camilla de la drow en el interior de la ciudad. «¿Por qué coño tardan tanto?», maldije.
- Ber, una última cosa – dije haciendo un amplio gesto con las manos, señalando todas las sillas que formaban el fragmento de círculo.
Y le hablé sobre qué hacían y para qué servían. Él, protocolariamente, esperó a ser invitado a sentarse. Sabía que ahora tenía cierto interés o, al menos, curiosidad. Tan pronto sentí desaparecer a las presencias que podían estropear todo el plan, señalé una de las sillas a mi derecha.
- Toma asiento.
Y lo tomó.
- Busca a Nubur.
- Está quieto en una plaza entre las Murallas Interior y Exterior.
- Así es. ¿Y qué hace?
- Habla... con un elfo, en cottar.
- Así es.
Ber se sintió, supongo, tan impresionado como nosotros la primera vez. Habló con nosotros, de forma más animada durante unos instantes y, finalmente, volvió al hospital.


Cuando el grupo que había salido al bosque volvió, la drow ya era Ishil. Lloraba desconsoladamente, confinada en el cuerpo de otra persona. Ber vio llegar a Tarik y a Nissit con ella, llorando. No sé qué pensó, aunque puedo hacerme una idea. Les dirigió una mirada matadora y se llevó a la joven al hospital.
- Tranquila, querida, no te van a hacer nada. Yo me encargo – le dijo con voz tranquilizadora.
Ella se fue calmando poco a poco. Tarik y Nissit estaban en el hospital. Desde el trono presenciaba la escena como si se tratase de una realidad más simple, como ver un dibujo. A la realidad le faltaba algo de profundidad, pero se podía discernir todo. Tal vez una jardinera no sea la mejor persona para explicarlo. Ber, siguiendo la costumbre de los elfos negros, de sexualidad increíblemente abierto, empezó a manosearla. Tal vez quería insinuar que no había pasado nada, que todo volvía ser como siempre. Ella, que en realidad era Ishil, se apartó, abrió los ojos exageradamente y volvió a echar a llorar. Ber dudó un instante, sorprendido por la reacción.
- Ya no es quien tú crees – dijo Tarik.
Los miró un instante, contrariado.
- Es Ishil – añadió finalmente, mostrando sus desiguales manos.
- La necesitamos viva – sentenció Nissit.
Ber no dijo nada. Los miró, sin más. A veces una mirada puede ser tan expresiva como un discurso. «¿Se habrá roto completamente y para siempre la cuerda de la confianza?».