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sábado, 13 de marzo de 2010

La espada negra: Ernest Iviné

Ernest fue apresado por los elfos. Con todo perdido, con sus compañeros muertos o batidos en retirado, ilocalizables. Con la guerra perdida, sí, con la guerra perdida, confesó. Los elfos tenían todo el tiempo del mundo y siempre estaban atentos a todo. Ernest se podía pasear por la aldea en todo momento, los elfos ni siquiera dormían y él estaba permanente vigilado por aquellos mortíferos arqueros. Así, un día, contó su historia; de muerto de hambre en las calles a rey de uno de los doce reinos humanos, de su caída en desgracia y de su captura a manos de los elfos. Había tenido una vida ajetreada, desde luego. A los elfos les parecía mágico poder conseguir tantas cosas en veinte miserables años. Ellos, que no morían si no se les mataba, que vivían tanto como los más grandes imperios.

Acabada la guerra, los orcos se extinguieron; hasta el último dio su piel en la confrontación. Fue la primera batalla en la que perdió el bando en que luchaban los Seres de luz. Los elfos habían recurrido a todas sus argucias para detenerlos: cientos de ilusiones dispuestas en el bosque. Entre ellas la ilusión de otros seres de luz; clamando a la nobleza de aquella especie, que hacía casi imposible que se diesen muerte entre ellos.

Habían pasado casi quince años. Ernest contaba con 33 por aquel entonces. Había vivido en el mismo pueblo desde la Gran Guerra. Era uno más, un elfo torpe y algo gordo - en comparación, la anatomía elfa es, per se, más estirada que la humana - y un día se lo ofrecieron.
- ¿Quieres ser uno de los nuestros?
La pregunta tenía trampa. Era evidente. Ya era uno de ellos, porque nunca volvería a vivir entre los humanos. La cuestión era: quieres ser un humano entre los elfos, o quieres ser un elfo. A muchos niveles, ya que mantendría sus torpes formas humanas, sería una consideración vacía; pero en quince años él siempre había sido tratado como un dafora, un extranjero. Quince años no era nada para los elfos, pero era una gran parte de la vida de Ernest.
- Me encantaría - respondió.

Fue así como uno de los doce reyes humanos se unió a los elfos. En un ritual de la Verdad aceptó unirse de corazón al Pueblo Viejo. Se le devolvieron sus armas y armadura, se le tatuó el emblema de la tribu. Un halcón con las alas desplegadas en la espalda.
- Eres libre. El camino se abre ante ti, bajo las alas del halcón. Camina, ve y vive. El mundo es tan tuyo como para cualquiera de los nuestros.


Y Ernest volvió a ser libre. Portaba al cuello un colgante de madera con la forma del halcón. Las tierras de los elfos se volvieron su mundo. Caminaba y caminaba, ni las bestias ni las alimañanas lo importunaban. Se cruzaban con él y lo observaban. Había algún tipo de magia implicada, era evidente, pero a sus ojos de nulo para la magia, aquello se reducía a una cosa que sucedía así y no tenía explicación posible. Recorrió pueblos y aldeas, siempre con su cota de mallas y con la espada de la familia Ivin, siempre recordando quién había sido y quién era; sabiendo que nunca había sido tan libre. Y nunca fue tan libre como cuando defendió al Pueblo Viejo en Nesh-Vohná contra los saqueadoras del este. Cuál debió ser la sorpresa de aquellos humanos viendo a uno de su especie liderar a los escasos guerreros elfos mientras las flechas cruzaban la espesura. Tal vez fuese mayor que cuando muertos los defensores, los atacantes pudieron ver la enseña de la casa Ivin en la armadura y en la espada. El ritual de alta magia elfo permitió que algunos elfos volvieran a la no-vida mientras los asaltantes saqueaban el pueblo y les dieran caza. Allí terminó todo.

Más elfos llegaron días después y les dieron a todos la sepultura que merecían, enterrados con sus armas y una runa de suerte. A todos los caídos elfos Los humanos fueron quemados, todos quemados. Y el más anciano de los elfos presente, musitó unas palabras de condena y fatalidad.

Y el lugar quedó protegido por los dioses hasta el Primer Holocausto, hasta que el pueblo que había pedido la ayuda y rendido los honores cayó. Hasta que el último de los suyos cayó. El destino volvió a abrir su abanico entonces.